El origen de la sociedad humana, el matrimonio y la familia

Alejandro Lara

alarat@arcol.org

 

 

Una cuestión importante a discutir es el origen de la sociedad humana. Por un lado tenemos a quienes dicen que la sociedad nace exclusivamente por contrato o por un determinismo de tipo sociológico, idealista o materialista. De acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, la sociedad nace de la naturaleza misma del hombre, activada ésta por la voluntad libre. El origen remoto es la naturaleza del hombre, y el origen próximo la voluntad libre.

 

Juan Pablo II ha desarrollado una visión Personalista de estos argumentos. En sus reflexiones subraya mucho cómo el hombre realiza su naturaleza, su ser imagen de Dios al darse a los demás. La sociedad, por tanto, le es necesaria.

 

Es importante subrayar el origen “personalista” de la afirmación de que el hombre está destinado por la naturaleza a vivir en sociedad. Esto no significa que la sociedad surja por una necesidad de tipo «físico», como el efecto necesario de un mecanismo interno, o por instinto, como sucede, por ejemplo, en las «sociedades» animales, como las abejas. Lo que se afirma es que hay una exigencia natural, pero que esta exigencia se dirige a la mente y a la voluntad del hombre para que este establezca un modo de vida que satisfaga sus necesidades de seguridad y de realización humana. La vida social se funda en el carácter espiritual integral del hombre e implica una búsqueda de los bienes del espíritu como son la verdad, la justicia y el amor.

 

Estos mismos conceptos se aplican al matrimonio y la familia. El matrimonio, por tanto, no es un simple contrato entre dos personas, sino que responde a la naturaleza del hombre. El matrimonio es una institución natural confirmada como tal por Jesucristo. A nivel jurídico, el matrimonio, una vez contraído, constituye algo objetivo, indisoluble por parte de la voluntad de los esposos. La familia es la primera célula de la social humana. No se puede pensar en la sociedad sin la familia. Pertenece al patrimonio más originario y sagrado de la humanidad, incluso antes que el Estado.

 

Desde el punto de vista filosófico, el carácter natural de la familia se deduce de la observación de la realidad humana del hombre y la mujer y su relación. Existen algunos elementos familiares que van más allá de tiempos y lugares: la unión conyugal estable, la función de los padres en la educación de los hijos, la convivencia estable entre padres e hijos, etc. La naturaleza quiere la unión sexual del hombre y la mujer y quiere que esa unión se realice en la estructura del matrimonio: unión estable, exclusiva, libremente decidida, socialmente ratificada. La Iglesia defiende esta realidad contra otras formas de ejercer la sexualidad. El origen remoto del matrimonio está en la naturaleza, mientras que el origen próximo está en el consentimiento libre de los esposos.

 

Entendiendo bien el origen de la sociedad y del matrimonio, es fácil ver las aberraciones que se están dando en nuestras sociedades actuales con respecto a la institución matrimonial. Un ejemplo de esto son las sociedades de convivencia entre dos hombres o dos mujeres, en donde quieren equipáralas con el matrimonio, que, para que sea auténtico, debe ser siempre entre un hombre y una mujer.

 

 

Los sistemas económicos

 

 

Para ayudar a comprender mejor este apartado incluimos en el apéndice algunos conceptos económicos básicos de las economías de mercado.

 

El pensamiento de la Iglesia sobre la economía se sintetiza de manera bastante completa en el siguiente texto del documento Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II:

 

“La finalidad fundamental de esta producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuenta sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción de raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre”.

 

“El crecimiento económico debe orientarse al bien-ser del hombre y de todos los hombres y no sólo al bien-estar. El crecimiento económico no puede ser un fin en sí mismo, sino un medio –necesario- para responder a las necesidades esenciales de los pueblos y, luego, para promover el bien-ser de todos. Un desarrollo económico del sólo tener sería un error, porque es parcial y no abarca a todo del ser humano ni a todas las personas.”

 

La política económica, así como la organización del mundo del trabajo, debe hacerse de forma que favorezca la riqueza y la estabilidad de las familias, célula básica de la sociedad. Esto pasa por el respeto a la mujer y a su feminidad sin pretender que asuma roles masculino que no le corresponden. Conocemos cómo los mecanismos económicos afectan la configuración de la familia y esto es inevitable, pero tanto el Estado como la sociedad deben idear los mecanismos necesarios, a través del mismo gobierno o de instituciones intermedias, como las asociaciones de obreros, para que no sea disminuida en sus funciones esenciales y en su dimensión personalista.

 

Sea cual sea el sistema que se emplee, debe buscar satisfacer las aspiraciones más altas y nobles del hombre e introducirlas en la lógica misma de la producción, distribución y consumo. Por este respeto al hombre, es necesario que las estructuras económicas y sociales permitan actuar, interactuar y vivir en un ámbito de libertad. Sólo en la libertad el hombre puede alcanzar su pleno desarrollo logrando así que se respete su dignidad como persona. Por esto el mercado debe ser libre, no sólo por ser actualmente el modelo más adecuado desde el punto de vista financiero. Pues si este fuera el fundamento que rige, sería fácil que se pisoteara la libertad del hombre argumentando tener un mejor sistema económico donde no se respeten estas libertades, como puede ser actualmente el caso de algún país asiático.

 

Ahora bien, en el mercado libre no pueden entrar al mismo nivel quien tiene fuerzas y recursos y quien tiene sólo su cuerpo y su dignidad para venderlas y conseguir con ello lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas. “Es necesario valorar el trabajo como dimensión de realización y de dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo”.

 

El mercado debe proveer igualdad de oportunidades. Debe permitir que cada persona, en plenitud de facultades –aunque en ocasiones con pobre educación- sea capaz de llevar adelante una profesión u oficio digno y por tanto pueda fundar una familia.

 

Aunque es necesaria la propiedad privada, ésta no puede erigirse como absoluta. Los recursos no son sólo para quienes los poseen, sino que estos tienen la obligación de hacerlos producir para el bienestar de los demás hombres. La organización económica debe tener como prioridad al individuo, y, por tanto, defender y cuidar el bienestar de la familia y su unidad.

 

La intervención del Estado se debe basar en la doctrina de la subsidiaridad: dejar a los individuos en aquello que pueden hacer, pero sin abandonar a los más débiles, regulando la actividad económica para que exista una equitativa distribución de los bienes. Los sistemas de libre mercado tienden a olvidar esto marginando con ello a los más débiles. Los recursos de los que dispone el Estado deben estar destinados a promover obras para beneficio social de poco rendimiento económico. Como dotar de agua y luz a zonas rurales o marginadas. El Estado, como promotor del bien común, debe promover el trabajo y el ahorro. Estos son los dos factores fundamentales para la creación de riqueza. “La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios de justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para protegerse de una economía globalizada, y ante las exigencias del bien común internacional.”

 

Todo lo anterior da origen a la cultura de la solidaridad, no como vago sentimiento de benevolencia, sino con acciones concretas basadas en el valor infinito del ser humano. Las solidaridad cristina se basa el mandamiento del amor, y por tanto busca atender las necesidades materiales de su hermanos.

 

 

El trabajo humano

 

 

En su encíclica Laborem Exercens Juan Pablo II reflexiona sobre el trabajo humano. Lo primero que nos dice es que la Iglesia defiende que el  trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra.  Es una convicción de fe, pues tiene sus raíces en el libro del Génesis: “Procread y multiplicaos, y bendecid la tierra; sometedla”. Nos dice que el hombre es la imagen de Dios, entre otros motivos, por el mandato recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo ser humano, refleja la acción misma del Creador del universo.

 

Aunque unido a la fatiga y al esfuerzo, el trabajo no deja de ser un bien, de modo que el hombre se desarrolla mediante el amor al trabajo. Este carácter del trabajo humano, totalmente positivo y creativo, debe constituir el fundamento de las valoraciones y de las decisiones que se toman con respecto a este.

 

A partir de la revolución industrial, el problema del trabajo ha sido planteado en el contexto del gran conflicto entre el “mundo del capital” y el “mundo del trabajo”. Es decir, entre el grupo restringido de los empresarios, propietarios o poseedores de los medios de producción y la más vasta multitud de gente que no disponía de estos medios, y que participa en los medios productivos exclusivamente mediante el trabajo directo. Tal conflicto ha surgido por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para el trabajo, las ponían a disposición del grupo de los empresarios, y que éste, guiado por el principio del máximo rendimiento y por tanto por una mentalidad puramente utilitarista,  trataba de establecer el salario más bajo posible para el trabajo realizado por los obreros.

 

Ante este hecho, la Iglesia defiende el principio de la prioridad del “trabajo” frente al “capital”. Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el “capital”, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre.

 

Si en el ámbito del “capital” entran también los recursos de la naturaleza puestos a disposición del hombre, y este ha ido transformando estos medios según sus necesidades, y en cierto sentido “humanizándolos”, entonces se debe constatar aquí que el conjunto de medios que hoy vemos es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano. Todos los medios de producción, desde lo más primitivos hasta los ultramodernos, han sido elaborados gradualmente por el hombre; por la experiencia y la inteligencia del hombre.

 

Conviene subrayar y poner de relieve la primacía del hombre en el proceso de producción, la primacía del hombre respecto de las cosas. Todo lo que está contenido en el concepto de “capital” -en sentido restringido- es solamente un conjunto de cosas. El hombre como sujeto del trabajo, e independientemente del trabajo que realiza, el hombre, él solo, es una persona.

 

Como resultado de lo anterior, podemos decir que no se puede separar el “capital” del trabajo, y que de ningún modo se puede contraponer el trabajo al capital ni el capital al trabajo. La ruptura de la primacía de las personas sobre las cosas ha tenido inicio primeramente en la mente humana y después de un largo período de incubación ha tenido consecuencias muy negativas en la vida práctica. Se ha realizado de modo tal que el trabajo ha sido separado del capital y contrapuesto al capital, y el capital contrapuesto al trabajo, casi como dos fuerzas anónimas, dos factores de producción colocados juntos en la misma perspectiva “economística”. En este orden de cosas había un error fundamental, que se puede llamar el error del economismo, que considera el trabajo humano exclusivamente según su finalidad económica. Se puede también y se debe llamar este error fundamental del pensamiento un error del materialismo, en cuanto que el economismo incluye, directa o indirectamente, la convicción de la primacía y de la superioridad de lo que es material, mientras por otra parte el economismo sitúa lo que es espiritual y personal (la acción del hombre, los valores morales y similares) directa o indirectamente, en una posición subordinada a la realidad material.

 

Uno de los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia es que el derecho a la propiedad privada está subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes. La propiedad nunca se ha entendido de modo que pueda constituir un motivo de contraste social en el trabajo. La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer, porque el único título legítimo para su posesión es que sirvan al trabajo; consiguientemente que, sirviendo al trabajo, hagan posible la realización del primer principio de aquel orden, que es el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común.

 

Así pues el principio de la prioridad del trabajo respecto al capital es un postulado que pertenece al orden de la moral social. Cuando el hombre trabaja, sirviéndose del conjunto de los medios de producción, desea a la vez que los frutos de este trabajo están a su servicio y al de los demás y que en el proceso mismo del trabajo tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice en el puesto de trabajo, al cual está dedicado.

 

El hombre que trabaja desea no sólo la debida remuneración por su trabajo, sino también que sea tomado de tal manera que sea consciente de que está trabajando “en algo propio”. Esta conciencia se extingue en él dentro del sistema de una excesiva centralización burocrática, donde el trabajador se siente engranaje de un mecanismo movido desde arriba; se siente por una u otra razón un simple instrumento de producción, más que un verdadero sujeto de trabajo dotado de iniciativa propia. Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente a la economía, sino que implica además y sobre todo, los valores personales. El mismo sistema económico y el proceso de producción redundan en provecho propio, cuando estos valores personales son plenamente respetados. Según el pensamiento de Santo Tomás de Aquino[i], es primordialmente esta razón la que atestigua en favor de la propiedad privada de los mismos medios de producción. Hay que hacer todo lo posible para que el hombre, incluso dentro de este sistema, pueda conservar la conciencia de trabajar en “algo propio”. En caso contrario, en todo el proceso económico surgen necesariamente daños incalculables; daños no sólo económicos, sino ante todo daños para el hombre.