¿Otorgar
derechos o conceder libertades?
Federico
Rodríguez de Rivera | aragonliberal@gmail.com
Es
muy peligrosa la mentalidad "progresista" que, al tiempo que
afirma que tenemos más derechos que antes, nos los otorga por ley, como
algo gratuito y, de paso, los regula.
Los
derechos fundamentales se reconocen, no se regulan. Sólo se regula la
situación de conflicto y las situaciones dudosas. El derecho a la vida
es absoluto y no cabe una normativa que lo desarrolle. Pero cuando se
otorga el derecho al aborto se ha eliminado el derecho a la vida del niño
en el seno materno. Se han relativizado todos los derechos.
La
libertad es algo connatural al ser humano, y por tanto no se otorga,
pero su ejercicio puede entrar en conflicto con la libertad ajena, por
eso cabe la regulación de su ejercicio en esos ámbitos, pero no así
en otros. ¿Cabe acaso establecer una normativa para determinar nuestra
libertad de pensar? Sin embargo cabe la normativa que impida que nuestra
expresión sea una difamación o una calumnia. No se limita el derecho a
la libertad de expresión sino al uso de la palabra como arma arrojadiza
contra nuestro prójimo.
La
esencia de los derechos impresos en la naturaleza implica su
preexistencia antes de cualquier organización social. El Estado suele
garantizarlos en una Norma Superior, la Constitución, que en esos
aspectos muestra realidades que están por encima de la capacidad humana
de cambiar u organizar la realidad. Mentir, matar, robar son acciones
siempre contra natura. Pero al mismo tiempo el derecho a formar una
familia, el derecho a la educación en libertad de los hijos, el derecho
a la vida, son derechos que ningún Estado puede conculcar.
El
legislador "progresista" intenta construir la realidad desde
cero, inventando una nueva naturaleza. Si tenemos la suerte de que sus
primeros presupuestos coincidan con los derechos humanos, no se notará
mucho la trampa: "otorgar libertades que no reconocerlas".
Pero no es esa la realidad del siglo XXI.
Hoy
en día se regula todo, se tiene un exceso de normativa en la que por
una parte se otorgan libertades contraponiendo el Estado a la Familia y
haciéndose el Estado con la tutoría y educación de los hijos orientándoles
habitualmente a la corrupción sexual y de valores. Pero al mismo tiempo
se restringen las libertades básicas, las derivadas de la naturaleza
del ser humano: la vida del no nacido, la buena práctica médica, el
derecho de los padres a la educación de los hijos.
El
Estado del Siglo XXI está hipertrofiado y, además, ofrece como
"progreso" una construcción idealista que ya es un fracaso
del siglo XX: la violencia doméstica, la inestabilidad de nuestros jóvenes
y adolescentes con los conflictos generados contra la paz social y su
propia salud, el fracaso escolar, la destrucción afectiva derivada del
aborto o del divorcio son los frutos de sus ideales sociales.
Curiosamente
la naturaleza muestra con los frutos de las leyes anti-natura, la
realidad del recto orden social como contrapunto.
Hoy
en día el derecho, amparado en mayorías amplias o exiguas, se
construye contra la vida y violenta las conciencias. La res pública ha
invadido la res social y la res personal. Ya había confundido todo lo público
o social como de ámbito estatal, ahora está empeñado en disolver las
relaciones familiares otorgando o quitando derechos de padres e hijos;
y, también la conciencia del ciudadano implantándole nuevos modos de
valorar el bien y el mal acorde al apriorismo progresista.
No
entender que el derecho emana del ser natural del hombre, de la persona
real, no jurídica y que ese ser humano es "criatura" y, por
tanto está referido al Creador de la vida, hace que el más poderoso,
que es el Estado, sustituya a Dios y, también, a la persona y su
conciencia.
Por
eso estos tiempos son tiempos de crisis del Estado. Le hemos dado
demasiado poder y, después, hemos dejado a unos iluminados que lleven
el timón.
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