El. 6 de agosto de 1978 murió en Castelgandolfo el Papa Pablo VI, cuyo proceso de canonización está incoado. El gran Papa del Concilio Vaticano II, el Papa de la proclamación de María Madre de la Iglesia, el Papa de la casi insuperable Marialís cultus, tiene algunos textos marianos de gran valor menos conocidos. Por ejemplo, en su exhortación apostólica Gaudete in Domino, del 9 de mayo de 1975, en la que pone a María como la primera en cuyo corazón brotó la alegría que nace de la Palabra de Dios: ««El primer puesto corresponde a la Virgen María, llena de gracia, la Madre del Salvador. Acogiendo el anuncio de lo alto, sierva del Señor, esposa del Espíritu Santo, madre del Hijo eterno, ella deja desbordar su alegría ante su prima Isabel que alaba su fe: Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mí espíritu en Dios, mi Salvador.. Por eso, todas las generaciones me llamarán bienaventurada (Lc 1, 46‑48). Ella, mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas. Sin que el discurrir aparente de su vida salga del curso ordinario, medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón. Sin que los sufrimientos queden ensombrecidos, ella está presente al pie de la cruz, asociada de manera eminente al sacrificio del Siervo inocente, como madre de dolores. Pero ella está a la vez abierta sin reserva a la alegría de la Resurrección; también ha sido elevada, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo. Primera redimida, inmaculada desde el momento de su concepción, morada incomparable del Espíritu, habitáculo purísimo del Redentor de los hombres, ella es al mismo tiempo la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Ella es el tipo perfecto de la Iglesia
terrestre y glorificada. Qué maravillosas resonancias adquieren, en su singular existencia de Virgen de Israel, las palabras proféticas relativas a la nueva Jerusalén: Altamente me gozaré en el Señor y mí alma saltará de júbilo en mí Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en manto de justicia, como esposo que se cíñe la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas (ls 61, lo). Junto con Cristo, ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: Mater plena sanctae laetitiae y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: Causa nostrae laetitiae.
El mismo Pablo VI ofrece una síntesis de la fe católica en torno a la Santísima Virgen en su «Credo del Pueblo de Diosa, del 30 de junio de 1968: «Creemos que la Bienaventurada María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo y que en virtud de esta elección singular, ella ha sido, en atención a los méritos de su Hijo, redimida de modo eminente, preservada inmune de toda mancha de pecado original y colmada del don de la gracia más que todas las demás creaturas. Asociada por un vínculo estrecho e indisoluble a los Misterios de la Encarnación y de la Redención, la Santísima Virgen, Inmaculada, fue elevada al final de su vida terrena en cuerpo y alma a la gloria celestial y configurada con su Hijo resucitado en la anticipación del destino futuro de todos los justos. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida cotidiana en las almas de los redimidos» (Cf. ambos textos íntegros, más su Testamento en: PABLO VI: La alegría de ser cristiano, Edibesa, Madrid, 1998).