Pacelli
y Wojtyla: la riqueza insondable de la Iglesia
José
Luis Restán | director de contenidos de la cadena COPE
Benedicto
XVI ha vuelto a demostrar su libertad de espíritu en ambos casos.
Respecto a Juan Pablo II ha tenido que templar los ánimos de quienes
empujaban entonando el "santo súbito", pero tampoco le han
hecho mella las recientes críticas del belga Daneels, que denunciaba un
cierto favoritismo a la hora de examinar el caso Wojtyla. El Papa polaco
ha debido atravesar todos los filtros, si bien su caso ha podido avanzar
a mayor velocidad debido al conocimiento bien documentado de su vida y a
la multitud de testimonios disponibles.
Por
lo que se refiere a Pacelli, el Papa Ratzinger tenía sobre la mesa
desde hace un año el parecer favorable de la Congregación para las
Causas de los Santos, pero ha preferido esperar. Durante este tiempo ha
hecho su propia lectura de la figura de Pío XII, ha visitado Jerusalén
y ha hecho notar a los hermanos hebreos la inquebrantable amistad de la
Iglesia católica con el pueblo judío y su compromiso con la suerte de
este pueblo. Pero también les ha hecho saber que esa amistad debe ser
gratuita y que por tanto no aceptará condiciones ni amenazas.
En
su discurso a la Curia romana, realizado dos días después del
reconocimiento público de las excepcionales virtudes que abren el
camino hacia la beatificación de Pío XII, Benedicto XVI ha querido
subrayar el significado de su visita a Yad Vashem, el Memorial del
Holocausto en Jerusalén: "un encuentro sobrecogedor con la
crueldad de la culpa humana, con el odio de una ideología ciega que sin
justificación alguna ha condenado a millones de personas a la muerte y,
de esta forma, ha querido extirpar del mundo también a Dios, al Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob, y al Dios de Jesucristo".
Miles
de horas de intenso escrutinio de la documentación existente han
llevado a la Iglesia a la convicción de que Pío XII fue plenamente
consciente de la maldad radical del nazismo y actuó, dentro de la
contingencia histórica que le tocó vivir, para proteger a los judíos
de la horrible persecución que se abatía sobre ellos. Eugenio
Pacelli, como secretario de Estado de Pío XI, fue el muñidor de
la actividad doctrinal de la Santa Sede con las encíclicas Non
abbiamo bisogno, Mit Brenender Sorge y Divini Redemptoris,
tres piezas del magisterio pontificio que no dejan lugar a dudas sobre
la claridad de criterio ante el huracán totalitario que se cernía
sobre Europa, bastante antes de que la mayor parte de las cancillerías
occidentales hubiesen desarrollado un diagnóstico claro al respecto.
Después
llegaron los años terribles de la Segunda Guerra Mundial y Pío XII
debió decidir, en medio de la tormenta, cómo administrar sus recursos
y posibilidades. La Iglesia ya se había pronunciado claramente sobre la
idolatría nazi y por otra parte sus sacerdotes estaban sufriendo una
dura persecución en Alemania, Polonia y otras regiones de Europa.
La
experiencia parecía mostrar que los pronunciamientos duros y explícitos,
como el del episcopado holandés, sólo servían para recrudecer la saña
de la persecución, tanto de judíos como de católicos, y no faltaron
episcopados europeos que rogaron al Papa que evitase esa posibilidad. Se
comprende la encrucijada moral del pontífice, que difícilmente puede
juzgarse con categorías de despacho. En todo caso, en el radiomensaje
de la Navidad de 1942, Pío XII se refirió a la persecución sufrida
por miles de inocentes a causa simplemente de su nacionalidad o de su
raza, en evidente referencia a los judíos.
En
todo caso, Benedicto XVI ha ofrecido su propia interpretación de estos
hechos en la homilía de la misa del cincuentenario de la muerte de Pío
XII, en octubre de 2008. Según ésta, Pío XII prefirió actuar "a
menudo de manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente
de las situaciones concretas de ese complejo momento histórico, intuía
que sólo de ese modo podía evitarse lo peor y salvar al mayor número
posible de judíos". A esa tarea dedicó todas sus energías,
movilizando la extensa red de las nunciaturas, las parroquias y las órdenes
religiosas. Sólo así se explica el unánime reconocimiento del mundo
judío en los años posteriores a la guerra, cuando no se había abierto
un debate contaminado en su raíz. Recordemos por ejemplo las
afirmaciones de la ministra de Exteriores israelí Golda Meir:
"Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro pueblo,
durante los años del terror nazi, la voz del Pontífice se ha levantado
a favor de las víctimas". O las del rabino de Jerusalén, Isaac
Herzog, que en 1944 afirmaba que "el pueblo de Israel no olvidará
jamás lo que Pío XII y sus colaboradores están haciendo por nuestros
desventurados hermanos en la hora más trágica de nuestra
historia".
La
confusión que ha llegado a la locura de acusar a Pío XII de
complicidad con el nazismo, o cuando menos de tibieza, arranca del
estreno en Berlín de la obra El Vicario de Rolf Hochhuth, en
1963. Diversas investigaciones, la más reciente la del profesor Michael
Hasemann (Pío XII, el Papa que se opuso a Hitler) señalan que
dicha obra responde a una estrategia diseñada por el KGB para demoler
la imagen de un Pontífice que se había convertido en un bastión de
anticomunismo.
Por
cierto que en el mismo año de su estreno, el Gobierno de la República
Federal Alemana mostró su amargura por las acusaciones contra Pío XII,
"que había levantado en diversas ocasiones la voz contra las
persecuciones raciales del tercer Reich y liberado a tantos hebreos de
las manos de sus perseguidores". Pero es cierto que los hallazgos
de tantos historiadores (no pocos de ellos hebreos) que documentan la
monumental estrategia del Papa Pacelli a favor de los judíos apenas
encuentran eco en la gran prensa mundial, que sin embargo recoge como
una especie de dogma los infundios contenidos en El Vicario.
Pero
está claro que Benedicto XVI ha decidido que la Iglesia debe atenerse a
su propia conciencia antes que a los humores del poder mediático. Por
otra parte, el reconocimiento de las virtudes heroicas de Pacelli servirá
también para disolver algunos tópicos muy asentados en el seno del
mundo católico: entre ellos la imagen de Pío XII como Papa rígido,
incapaz de juzgar adecuadamente el rumbo de la historia, y por tanto en
oposición dialéctica al Beato Juan XXIII. En aquella homilía
mencionada, Benedicto XVI lo presentaba como precursor del Concilio
Vaticano II en temas como la eclesiología, la liturgia, las ciencias bíblicas,
el impulso a las misiones y la promoción del laicado.
Cuando
el Papa estampó su firma en el documento correspondiente tenía también
marcada en su agenda la fecha del 17 de enero de 2010, cuando está
prevista su visita a la Sinagoga de Roma. Algunas voces irritadas del
mundo judío han hecho temer por el futuro de esta visita, que
afortunadamente ya ha sido confirmada por la comunidad judía de Roma.
El Papa Ratzinger es manso y paciente, encaja los golpes, sabe esperar y
sabe dar razones. Pero no retrocede un milímetro cuando están en juego
la verdad y la libertad de la Iglesia
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