SERVICIO CATÓLICO
____________________
 

 

Padres y educadores cristianos: Maestros que son discípulos

el-maestro-cristiano
 

por  ESTANISLAO MARTÍN RINCÓN en HOMO GAUDENS
 
 

                              

 

 

La vida de cada persona, y también la de cada comunidad, podría compararse como un escrito que se hace a mano y con doble trazo, como algo que discurre entre dos orillas. He aquí algunos ejemplos. El ser humano es hombre y mujer, hijo de padre y madre, constituido por alma y cuerpo, por cabeza y corazón; estamos sostenidos por la naturaleza y por la gracia, por la razón y la fe; experimentamos la salud y la enfermedad, el trabajo y el descanso; saboreamos éxitos y fracasos, alegrías y tristezas… y caminamos, sin escapatoria posible, hacia el cielo o al infierno. Esta condición antropológica bifronte es del máximo interés y ha enraizado con mucha fuerza lo mismo en campos decisivos, determinantes para el devenir de la historia, como en el día a día del hombre de la calle. Como ejemplo de los primeros cabe citar la filosofía (véase el dualismo filosófico con todas sus variantes), las ideologías políticas (ahí está el nacionalismo excluyente, o la división marxista de la sociedad entre opresores y oprimidos, plasmada en la lucha de clases) o las grandes guerras, en las que siempre los enfrentados son dos bandos. Como ejemplo de dualidad en la vida ordinaria se puede constatar el hecho universal de que cada uno poseemos experiencia sobrada del bien y del mal. En relación con el bien y el mal, nuestro andar por el mundo es un caminar sobre un pavimento ajedrezado con sus baldosas blancas y negras de las que resulta difícil escapar; queriendo pisar solo en blanco, con mucha frecuencia nos vemos pisando en negro. San Pablo ha explicado esta situación mejor que nadie en términos de lucha interior entre seguir la ley de Dios y seguir los reclamos del pecado. “Descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros (…) Así pues yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a ley del pecado” (Rom 7, 21-23; 25).

Este marco antropológico de ambivalencia nos aporta una visión muy valiosa porque dentro de ese marco puede entenderse la vocación del maestro, tomando esta palabra en sentido amplio: maestro como formador, como educador y guía, como alguien que señala el camino y ayuda a andar por él. Por otra parte, entiendo la vocación no solo -ni tanto- como deseo o propensión personal, no como tendencia sentida internamente, sino sobre todo como realización, como vocación en acto, como plasmación práctica en el campo de la educación de esa tendencia interior. Añadamos, para completar este marco, una clave más, fundamental, de la que hay que dar cuenta desde el principio: la fe cristiana. Este artículo está escrito con perspectiva de fe, abierto a todo el que quiera acercarse a él, pero dirigido especialmente a padres y maestros cristianos.

Al maestro en ejercicio (padre, educador, catequista, monitor, etc.) le vendrá bien saber que su vocación educadora está ubicada, necesariamente, dentro de esa dualidad que se acaba de señalar. El maestro que quiera llevar adelante su vocación con sinceridad de corazón y altura de miras, debe ser consciente de que se va a topar inexorablemente con una gran paradoja: por una parte vivirá su magisterio con grandes dosis de dureza, a veces extrema; por otra, como experiencia plenificante y gozosa. La educación de otros es, para quien tiene que educar, fuente de contento y a la vez fuente de amargura.

¿Y esto tiene que ser así necesariamente? ¿No puede ser de otra manera? ¿No podría ejercerse la vocación viviéndola en un disfrute continuado, sin mezcla de frustración? La respuesta es no y ¡ay! de aquel educador que se empeñe en buscar solo las mieles de su oficio. Conviene saber que en la educación -igual que en la vida- las cosas son así, y aunque el hecho de saberlo no disminuye la intensidad de las vivencias, dulces o amargas, el conocimiento de esta realidad dual sí puede ayudar a recorrer este camino apaciguando el ánimo en momentos de turbación y levantándolo cuando este se vea tentado de tristeza o cuando toque caminar por trechos de oscuridad.

Querido maestro, me tomo la libertad del tuteo para dirigirme a ti, compañero de oficio. Cuando este (el oficio) te sonría, cuando todo vaya a pedir de tus deseos, cuando veas que tus afanes fructifican en maduración y crecimiento de tus hijos o alumnos, disfrútalo y repleta las alforjas de tu espíritu para cuando las cañas se tornen lanzas, que se tornarán. Cuando, por el contrario, te parezca evidente que tu trabajo no aprovecha a nadie, cuando creas que los valores que siembras producen abrojos, cuando te veas solo y perdido en medio del desierto de tu vocación, entonces espera. Reza, trabaja y espera. No te preocupe en ningún sentido si vives alternativamente períodos de uno y otro signo. Lo preocupante sería que te instalaras en uno solo, aunque fuera el gratificante. Quien se instala y echa raíces en cualquiera de las dos posturas es como quien anda a la pata coja, que es cosa que exige un gran esfuerzo para avanzar poco y cansarse mucho.

La educación -igual que la vida- es una empresa que se lleva a cabo de manera artesanal y el camino que hay que recorrer se hace a pie, andando. El andar humano no es el desplazamiento de una flecha que sigue una trayectoria rectilínea e invariable. El hombre no avanza a toda velocidad impulsado por la fuerza de un disparo; el hombre, porque es un ser bípedo, avanza paso a paso y en zig-zag, y además, en su avance concurren varias fuerzas que no siempre empujan a favor. Nuestro ir hacia adelante debe hacerse con rectitud, pero la trayectoria no es una recta marcada con tiralíneas. ¿Has observado, lector, cómo es el andar humano? La estructura bípeda del cuerpo obliga a que nuestro caminar sea el resultado de una combinación entre el desplazamiento hacia adelante y un continuo balanceo. Balanceo equilibrado, pero balanceo, a derecha e izquierda alternativamente, al mismo tiempo que se avanza. La historia colectiva, lo mismo que la historia personal de cada cual, no es una sucesión de saltos, sino un fluir continuo; la vida no discurre a zancadas, ni al galope, ni con movimientos reptantes, sino paso a paso, sobre dos piernas que se reparten los apoyos y las cargas. Esta dualidad observable en el andar físico tiene su correlato en nuestro caminar psicológico y espiritual. No pienses que esta comparación es una feliz casualidad ni una ocurrencia mía más o menos acertada. No. El cuerpo humano con su estructura, su porte y sus movimientos está diseñado en función de nuestra alma espiritual y si podemos vivir y actuar con ella es gracias a este cuerpo. Por eso, todo lo que en el hombre es específicamente corporal (su estructura, su porte, sus movimientos) encuentra su justificación por su espíritu. Volviendo al andar humano y para terminar la comparación, digamos que el hombre es ser en camino, homo viator, en todas las facetas de su existencia. También en los campos psicológico y espiritual hay que cubrir un recorrido para alcanzar unas metas, también en los órdenes psicológicos y en el espiritual avanzamos en zig-zag, y también en esos campos rige el principio de la dualidad.

Me ha parecido conveniente comenzar esta segunda parte copiando las últimas líneas con las que terminaba el artículo anterior, la primera parte de PADRES Y EDUCADORES CRISTIANOS: MAESTROS QUE SON DISCÍPULOS, para que pueda verse fácilmente la continuidad de ambas partes.

Decía así: “El hombre es ser en camino, homo viator, en todas las facetas de su existencia. También en los campos psicológico y espiritual hay que cubrir un recorrido para alcanzar unas metas, también en los órdenes psicológico y en el espiritual avanzamos en zig-zag, y también en esos campos rige el principio de la dualidad”.

Se había dicho también que en educación -igual que en la vida- las cosas no pueden avanzar en una trayectoria rectilínea, sino con un movimiento de balanceo. Ahora toca explicar por qué, por qué la vocación del maestro es dual, por qué tiene que desenvolverse necesariamente en zig-zag, entre dos orillas. Puestos a buscar causas, seguramente encontraríamos varias, pero a mí me basta con señalar una sola: porque el maestro, al tiempo que maestro, es discípulo. La condición educador no le sustrae de tener que seguir siendo educado, de la misma manera que el padre por ser padre no pierde su condición de hijo. Seamos padres o maestros, o ambas cosas, seguimos siendo hijos y/o discípulos. Hijos de Dios en primer lugar, hijos de la Iglesia e hijos de nuestros padres, si acaso viven todavía. Añadamos que en el caso del maestro, este será, muy probablemente, discípulo de otro maestro con más saber y más autoridad que la suya. Y el caso del maestro cristiano, discípulo de Cristo, que no es poco.

De todas las posibilidades que se ofrecen, para no complicar la reflexión, nos vamos a quedar solamente con el hecho de ser maestros cristianos, es decir, hombres y mujeres que teniendo el deber de educar, al mismo tiempo somos discípulos de Cristo e hijos de la Iglesia.

No podemos ni siquiera esbozar ahora todo lo que comporta ser discípulo de Cristo, pero para lo que aquí interesa, digamos que puesto que “un discípulo no es más que su maestro” (Mt 10, 24), el objetivo final, por elevado que sea, no puede ser otro sino llegar a ser como el maestro. Esta es la clave, ser como el maestro. Creo que si se nos hubiera dado a los hombres la potestad de fijar nuestros propios objetivos como discípulos de Cristo, como mucho se nos habría ocurrido aspirar a parecernos al Maestro, pero he aquí que el listón no lo hemos fijado fijado nosotros, sino Él, el propio Cristo, el cual dice que “ya le basta al discípulo ser como su maestro” (25).

¿Te das cuenta, discípulo cristiano, de la inmensa dignidad que se te concede?: Parecerte al Maestro, no. Ser como el Maestro.

La aceptación de este objetivo, ser como el Maestro, nos abre a un mundo de interrogantes, el primero de los cuales se encuentra en responder a esta pregunta: ¿De verdad se puede ser como el maestro? La respuesta afirmativa, que ya está implícita en el versículo citado del evangelio de San Mateo (“ya le basta al discípulo ser como su maestro”) se hace explícita y rotunda en otro evangelista, San Lucas: “No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro” (Lc 6, 40). O sea, que sí se puede, con una condición: que termine su aprendizaje.

La siguiente pregunta nos lleva a preguntarnos por el aprendizaje. ¿En qué consiste? Ese aprendizaje consiste en vivir en comunión con Cristo y vivir en comunión con Cristo es vivir al mismo tiempo su cruz y su resurrección. Ese es justamente el programa de las Bienaventuranzas. En palabras de Benedicto XVI, “las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo [y] son la trasposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo” (Del libro Jesús de Nazaret, p. 101). “En las bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con Él” (p. 102).

No sé si acierto a explicar bien la relación entre los vaivenes del ejercicio de la vocación educadora y la condición del discípulo. Desde que Cristo vino a este mundo, suyo y nuestro, la historia de sus discípulos a lo largo de los siglos y en cualquier lugar de la tierra, es una agonía en el más pleno sentido de la palabra ‘agonía’, una lucha entre la vida y la muerte. Esta agonía ha introducido en la historia una dialéctica  ininterrumplida entre cruz y resurrección que se repite inexorablemente en cada discípulo.  “El poder de Dios -sigue diciendo Benedicto XVI- en este mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero. La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamente permanece y salva” (p. 70). La tarea educadora también es una tarea salvadora (aunque hay que entender la salvación en otra dimensión). Ahora bien, sin cruz y resurrección no hay salvación posible. El educador-discípulo habrá de aceptar, por tanto, que sin cruz y resurrección no hay educación. Ahora entenderás por qué sería un error aspirar a llevar adelante una vocación como la educadora, renegando de su cara oscura y dolorosa. Renegar de esta cara dolorosa es renegar de la cruz y eso no es lo que corresponde a un buen discípulo del Crucificado porque dice Él que el que quiera ser discípulo suyo, debe renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (véase Mt 16, 24). Entiendo que te veas tentado -tentado también en el sentido más pleno del término- de querer quedarte solo con las zonas luminosas de tu magisterio o de tu paternidad, pero debes ser consciente de que en esa aspiración es justamente donde introduce su propuesta el tentador. Ahí está la gran trampa, en hacerte creer que no debes renunciar a ti mismo. Esa fue la tentación-síntesis de las tres que sufrió el Maestro y esa es la seductora tentación que acucia a todo educador. La pregunta ¿no puedo ejercer mi vocación solo y siempre gozando de ella?, tiene la misma respuesta que esta otra: ¿no puedo ser discípulo de Cristo sin llevar ninguna cruz?

Una palabra ahora sobre la idea de vivir en comunión con Él. Sobre el hecho de vivir en comunión con otro, el mejor ejemplo que tenemos es el del matrimonio. Vivir en matrimonio (me refiero al matrimonio cristiano, el sacramental) es un misterio que por ser misterio solo podemos explicar parcialmente. Vivir en matrimonio es vivir una sola vida, sin que ninguno de los esposos pierdan su vida personal individual. Es constituirse en una sola carne sin dejar de ser dos personas distintas, con una unión tan singular que cuando el matrimonio llega a cierto grado de madurez, no hay manera de saber dónde empieza el esposo y termina la esposa, y al revés. Es bien sabido que el matrimonio cristiano es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. ¿Signo de qué? De la unión de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa, que llevado a la individualidad personal significa unión de Cristo Esposo con el alma esposa. Dicho de otra manera, un discípulo de Cristo es un consorte de Cristo.

Esta es la almendra, este es el fundamento de la vida del discípulo: vivir siendo consorte de Cristo. Esta es la llave del maestro cristiano.

El católico que no está en comunión con Dios porque deliberadamente la rechaza, se cierra voluntaria y torpemente a la acción del Espíritu Santo, con lo cual actuará como hombre mundano. Si ese hombre es maestro, será un maestro mundano y enseñará mundanamente, que quiere decir, ajustado a los criterios de este mundo, el que nos va tocando vivir en cada instante del tiempo presente. Actuar mundanamente no equivale necesariamente actuar mal, pero sí equivale a actuar a ras de suelo, sin sentido trascendente. Pues bien, una educación sin sentido trascendente, que no mire al más allá de las personas que la reciben, normalmente niños y jóvenes, no merece ser llamada educación; una educación que no sirve para la vida eterna, en realidad no sirve para nada. “La educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario”, vuelvo a citar a Benedicto XVI, ahora tomando estas palabras del saludo que dirigía el 17 de septiembre de 2010 a los profesores y religiosos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham (London Bourough of Richmond) durante su última visita como papa al Reino Unido.