Palabras dirigidas a Dios Padre "Ved cómo habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos. santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día y perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal" (Mt. VI, 9-13) Señor y Dios
mío, mi única esperanza, óyeme para que no me rinda ante el
desaliento y deje de buscarte. Que yo ansíe siempre ver tu rostro.
Dame fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara y me
has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi
firmeza y mi debilidad: conserva la primera y sana la segunda (...).
Haz que me acuerde de Ti. que te comprenda y te ame. Acrecienta en
mí estos dones hasta que mi conversión sea completa. Dios mío,
ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti,
como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar
mi paz, ni hacerme salir de ti, sino que cada minuto me lleve más
lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de
ella tu cielo. tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te
deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente,
totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas
a tu acción creadora. Os doy gracias,
Dios mío, por todas las gracias que me habéis concedido, en
particular por haberme hecho pasar por la prueba purificadora del
sufrimiento. Señor mío y
Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío,
dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de
mi mismo para darme todo a ti. Padre mío
-¡trátale así, con confianza!-, que estás en los Cielos, mírame con
compasivo Amor, y haz que te corresponda. - Derrite y enciende mi
corazón de bronce. quema y purifica mi carne inmortificada, llena mi
entendimiento de luces sobrenaturales, haz que mi lengua sea
pregonera del Amor y de la Gloria de Cristo. Aquí estoy,
porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo
como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro. Señor, que tus
hijos sean como una brasa encendidísima, sin llamaradas que se vean
lejos. Una brasa que ponga el primer punto de fuego. en cada corazón
que traten... Tú harás que ese chispazo se convierta en un incendio:
tus Angeles -lo sé, lo he visto- son muy entendidos en eso de soplar
sobre rescoldo de los corazones..., y un corazón sin cenizas no
puede menos de ser tuyo. ¡Dios mío.
enséñame a amar! - ¡Dios mío, enséñame a orar! Señor, te pido
un regalo: Amor..., un Amor que me deje limpio. -Y otro regalo aún:
conocimiento propio, para llenarme de humildad. Todo lo refiero
a Ti, Dios mío. Sin Ti -que eres mi Padre-, ¿qué sería de mí? Señor, yo me
uno a Ti, como un hijo cuando se pone en los brazos fuertes de su
padre o en el regazo maravilloso de su madre, sentiré el calor de tu
divinidad, sentiré las luces de tu sabiduría, sentiré correr por mi
sangre tu fortaleza. ¡Hágase,
cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y
amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas! Amén. Amén. ¡Gracias,
Señor, porque -al permitir la tentación- nos das también la
hermosura y la fortaleza de tu gracia, para que seamos vencedores!
¡Gracias, Señor, por las tentaciones, que permites para que seamos
humildes! Señor, que no
nos inquieten nuestras pasadas miserias ya perdonadas, ni tampoco la
posibilidad de miserias futuras; que nos abandonemos en tus manos
misericordiosas; que te hagamos presentes nuestros deseos de
santidad y apostolado, que laten como rescoldos bajo las cenizas de
una aparente frialdad... - Señor, sé que nos escuchas. Dios mío:
siempre acudes a las necesidades verdaderas. Señor, nada
quiero más que lo que Tú quieras. Aun lo que en estos días vengo
pidiéndote, si me aparta un milímetro de la Voluntad tuya, no me lo
des. Señor: aunque
sea miserable, no dejo de comprender que soy instrumento divino en
tus manos. Dios mío: sólo deseo ser agradable a tus ojos; todo lo demás no me importa. Madre Inmaculada, haz que me mueva exclusivamente el Amor. (Forja, n. 1028) ¡Tarde te amé,
hermosura soberana, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo
afuera, y así por fuera te buscaba; y me lanzaba sobre estas cosas
hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba
contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que sin Ti no
existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu
perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento
hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede
de Ti. Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro. lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. (Via Crucis VII, 3)
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