Palabras dirigidas a Dios Padre

"Ved cómo habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos. santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día y perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal" 
(Mt. VI, 9-13) 

Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no me rinda ante el desaliento y deje de buscarte. Que yo ansíe siempre ver tu rostro. Dame fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara y me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi firmeza y mi debilidad: conserva la primera y sana la segunda (...). Haz que me acuerde de Ti. que te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta que mi conversión sea completa. 
(San Agustín, De Trinitate) 

Dios mío, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo. tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora. 
(Beata Isabel de la Trinidad) 

Os doy gracias, Dios mío, por todas las gracias que me habéis concedido, en particular por haberme hecho pasar por la prueba purificadora del sufrimiento. 
(Santa Teresa de Lisieux) 

Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi mismo para darme todo a ti. 
(San Nicolás de Flüe) 

Padre mío -¡trátale así, con confianza!-, que estás en los Cielos, mírame con compasivo Amor, y haz que te corresponda. - Derrite y enciende mi corazón de bronce. quema y purifica mi carne inmortificada, llena mi entendimiento de luces sobrenaturales, haz que mi lengua sea pregonera del Amor y de la Gloria de Cristo. 
(Forja, n. 3) 

Aquí estoy, porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro. 
(Forja, n. 7)

 Señor, que tus hijos sean como una brasa encendidísima, sin llamaradas que se vean lejos. Una brasa que ponga el primer punto de fuego. en cada corazón que traten... Tú harás que ese chispazo se convierta en un incendio: tus Angeles -lo sé, lo he visto- son muy entendidos en eso de soplar sobre rescoldo de los corazones..., y un corazón sin cenizas no puede menos de ser tuyo. 
(Forja, n. 9) 

¡Dios mío. enséñame a amar! - ¡Dios mío, enséñame a orar! 
(Forja, n. 66) 

Señor, te pido un regalo: Amor..., un Amor que me deje limpio. -Y otro regalo aún: conocimiento propio, para llenarme de humildad. 
(Forja, n. 185) 

Todo lo refiero a Ti, Dios mío. Sin Ti -que eres mi Padre-, ¿qué sería de mí? 
(Forja, n. 229)

Señor, yo me uno a Ti, como un hijo cuando se pone en los brazos fuertes de su padre o en el regazo maravilloso de su madre, sentiré el calor de tu divinidad, sentiré las luces de tu sabiduría, sentiré correr por mi sangre tu fortaleza. 
(Forja, n. 342) 

¡Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas! Amén. Amén.
(Forja, n. 769) 

¡Gracias, Señor, porque -al permitir la tentación- nos das también la hermosura y la fortaleza de tu gracia, para que seamos vencedores! ¡Gracias, Señor, por las tentaciones, que permites para que seamos humildes! 
(Forja, n. 313) 

Señor, que no nos inquieten nuestras pasadas miserias ya perdonadas, ni tampoco la posibilidad de miserias futuras; que nos abandonemos en tus manos misericordiosas; que te hagamos presentes nuestros deseos de santidad y apostolado, que laten como rescoldos bajo las cenizas de una aparente frialdad... - Señor, sé que nos escuchas. 
(Forja, n. 426) 

Dios mío: siempre acudes a las necesidades verdaderas. 
(Forja, n. 221) 

Señor, nada quiero más que lo que Tú quieras. Aun lo que en estos días vengo pidiéndote, si me aparta un milímetro de la Voluntad tuya, no me lo des. 
(Forja, n. 512) 

Señor: aunque sea miserable, no dejo de comprender que soy instrumento divino en tus manos. 
(Forja, n. 610) 

Dios mío: sólo deseo ser agradable a tus ojos; todo lo demás no me importa. Madre Inmaculada, haz que me mueva exclusivamente el Amor. (Forja, n. 1028) 

¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti. 
(San Agustín, Confesiones) 

Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro. lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. (Via Crucis VII, 3)