Papá,
atrévete a decirme que no
Gabriel
María Abascal
gabascal@legionaries.org
Hoy
en día existe la tentación en muchos jóvenes matrimonios de permitir
a sus hijos aquello que no les fue permitido a ellos, aunque con estas
concesiones se contradigan los principios y valores cristianos que están
tratando de infundir en casa.
La
irreflexión, el quedar bien y el no saber dar negativas con pulso firme
a los hijos, arrastran a algunos padres de familia a la incoherencia
entre lo que piensan y lo que en realidad transmiten.
La
sencilla historia de Ricardo e Iñaqui, y los padres de este último,
pretende darnos un poco de luz sobre cómo actuar ante ciertas
circunstancias que presentan los adolescentes y que a veces, sin darnos
cuenta, ponen en riesgo la coherente educación que les queremos
infundir.
Era
el ciclo escolar 2005-2006. Ricardo contaba con Iñaqui como su mejor
amigo. Tenían 14 y 15 años respectivamente y eran compañeros de
escuela. Existía una diferencia entre ellos, pues aunque los dos eran
bastante sanos, cualificados, deportistas, líderes y del mismo grupo de
amigos, Ricardo vivía en casa una realidad difícil de padres
divorciados, mientras Iñaqui vivía una realidad de unión familiar y
gozaba de una educación basada en los principios y valores cristianos.
Sucedió
que Ricardo invitó a sus mejores amigos al segundo matrimonio civil de
su padre y, obviamente, Iñaqui era el primero de la lista. La fiesta
tenía la particularidad de ser en la playa, en un lujoso hotel, con
todos los elementos para que Ricardo y sus amigos se divirtieran a
placer. Ricardo no estaba de acuerdo con las segundas nupcias de su
padre, pero al menos le quedó el consuelo de poder invitar a sus amigos
a que fueran a la fiesta y disfrutaran… A Iñaqui le suplicó que no
le dejara solo.
Todos
se apuntaron y confirmaron la asistencia, incluso estaban invitados
algunos padres de otros compañeros. Los padres de Iñaqui, al escuchar
la petición de su hijo, pronunciaron aquellas terminantes palabras que
cierran toda posibilidad a un adolescente ante un permiso: “Ya lo
hemos decidido y no puedes ir…”
Trataron
de explicarle a Iñaqui que a pesar de la amistad que había con el
padre de Ricardo, no podían aceptar que fuese al festejo de un
“matrimonio” que iba en contra de los principios y valores con los
que lo habían educado a él y a sus hermanos desde siempre. No juzgaron
al padre de Ricardo, simplemente protegían la coherencia de la educación
cristiana que habían construido por años y no podían dejar que su
hijo festejase un evento de este tipo.
Iñaqui
reaccionó como muchos adolescentes que no ven más allá: “Mis padres
no comprenden… Debo estar con mi amigo…Qué va a pensar si rechazo
la invitación…Yo tampoco estoy de acuerdo… Sólo lo hago por él…Mis
padres están exagerando…Pero si van los papás de…”.
Molesto,
buscó por todos los medios que le dieran el permiso, incluso proponiéndose
como único responsable de los gastos, que pagaría con sus ahorros, si
le dejaban asistir. La respuesta ya estaba dada. Se encontró con
Ricardo y le explicó con mucho aplomo y caridad el verdadero motivo que
le impedía acompañarle a esa fiesta.
Aquí
termina la primera parte de la historia y saltan a la vista las primeras
enseñanzas de este hecho de vida.
Podemos
aprender de los padres de Iñaqui que los principios y valores
cristianos en una familia no son negociables. Puede doler muchísimo a
los padres de familia el hecho de ver al hijo triste o preocupado por un
permiso que no se le concedió y que en otras circunstancias quizá sí
se le hubiese dado. Pero hay que estar dispuestos a hacer estos
sacrificios y no dejarse llevar por un sentimiento de culpa cuando la
formación está de por medio. El hecho de negar por motivos válidos un
permiso con firmeza y no cambiar lo decidido es señal de padres
prudentes y sabios. Así, estaremos sentando las bases de una formación
sólida y coherente.
Los
padres de familia tienen que saber ponderar y analizar lo que afecta a
la educación de sus hijos, y una negativa firme cuando las
circunstancias lo requieren, es necesaria y algún día esa poda dará
sus frutos.
Formar,
en este sentido, significa negarse y explicar. No se trata de negarse
“porque lo digo yo y punto”, sino más bien, con toda la prudencia y
caridad que el caso requiera, exponer los argumentos para modelar las
conciencias de los adolescentes y que ellos vayan aprendiendo y
adquiriendo una justa jerarquía de valores que les ayude a discernir en
un futuro.
La
historia no terminó ahí. Iñaqui y Ricardo siguieron siendo amigos
pero eligieron distintas preparatorias y ya no coincidían a diario. En
el verano del año 2008 Ricardo se encontró a Iñaqui en una reunión
de amigos y le pidió un favor: en su parroquia habían puesto la fecha
de las confirmaciones, él quería recibir el sacramento y necesitaba un
padrino…
Iñaqui
aceptó con gusto y fue a contárselos a sus padres. La verdad es que ya
no se acordaba de lo sucedido hace algunos años, pero sus padres sí.
En la comida de ese día se lo recordaron a él y a sus hermanos para
sacar una buena lección. Iñaqui escuchó con atención, agradeció
aquella negativa del pasado y apadrinó a Ricardo.
La
máxima del Evangelio y el mismo ejemplo de Cristo, de morir para tener
vida, se hace realidad incluso en estos pequeños detalles. No hay que
tener miedo de cortar con decisión aquello que afecte al buen
crecimiento espiritual y humano de los hijos, aunque implique para el
corazón un sacrificio, ya que después gozaremos de los frutos. En
muchos casos será imposible demostrarlo, pero es evidente que un firme
y sostenido NO ante ciertas circunstancias, da la garantía de que ellos
en un futuro tomarán decisiones correctas en la vida
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