Pasajes
difíciles de la Biblia
Fernando Pascual A veces resulta difícil
comprender algunas páginas de la Biblia, especialmente del Antiguo
Testamento. Leemos en ocasiones escenas, acciones, algunas presentadas
como “órdenes divinas”, que hoy nos parecen contrarias a la
justicia y a la bondad, que vemos como incompatibles con el modo de ser
de Dios. Las dificultades pueden
superarse si aprendemos a leer la Biblia en su conjunto y en sus partes
según los criterios de interpretación de la Iglesia católica. Vamos a
recordar esos criterios y aplicarlos a un pasaje concreto. Encontramos en el libro
de Josué un pasaje que narra la conquista de Jericó. Josué
pide a los israelitas que consagren como anatema para Yahveh todo lo que
se encontraba en la ciudad, menos a Rajab la prostituta y a su familia.
Las murallas de Jericó caen, y los israelitas asesinan a hombres y
mujeres, jóvenes y ancianos, e incluso a los animales (cf. Jos
6,1-27). Un poco más adelante
leemos cómo los gabaonitas, que vivían en la zona, estaban convencidos
de que existía una terrible orden divina de exterminio. Tras haber engañado
a Josué y conseguido una forma de “coexistencia pacífica” con los
israelitas, explican el motivo de su mentira: “Le respondieron a
Josué: ‘Es que tus siervos estaban bien enterados de la orden que había
dado Yahveh tu Dios a Moisés su siervo, de entregaros todo este país y
exterminar delante de vosotros a todos sus habitantes. Temimos mucho por
nuestras vidas a vuestra llegada y por eso hemos hecho esto’” (Jos
9,24). Surge la pregunta al
leer estos pasajes: ¿Dios habría dado la orden de exterminar a los
pueblos que vivían en Palestina? En otras palabras: ¿es posible que
Dios haya pedido a Josué que cometiese un acto que hoy nos parece
claramente injusto? ¿Qué “culpa” podrían tener los civiles
desarmados, los ancianos y los niños, las mujeres y los jóvenes, para
ser asesinados? Además, ¿cómo justificar la conquista de una ciudad
asentada durante muchos años en un lugar concreto? ¿Qué derecho tenían
los israelitas de iniciar una guerra de invasión contra poblaciones que
durante siglos habían vivido en aquella región? Son preguntas, es
cierto, que nacen desde nuestro tiempo histórico, y que pueden parecen
fuera de sitio al ser aplicadas a una época muy diferente de la
nuestra. Sin embargo, sabemos que el asesinato de inocentes o que la
guerra de exterminio son actos que siempre van contra la justicia,
aunque un pueblo haya llegado a un nivel de ceguera que le impida ver la
malicia de sus acciones. Pero entonces, ¿cómo
Dios permitió en el pueblo elegido una actitud y unos comportamientos
tan gravemente injustos? ¿No pudo haber revelado a los israelitas que
nunca es lícito asesinar a inocentes, ni expulsar a una población de
la tierra en la que vive? En el camino hacia la
respuesta, hemos de tener presente qué es la Biblia para la Iglesia.
Luego podremos recordar los criterios de interpretación que la Iglesia
usa para leer cualquier pasaje de la Biblia, y aplicarlos al relato de
la conquista de Jericó. Preguntémonos, para
empezar: ¿qué sentido tiene para los católicos la Biblia en su
conjunto y en sus distintas partes? Como enseña el
Concilio Vaticano II, la Iglesia considera que Dios ha inspirado todos
los libros recogidos en el “canon” (la lista de escritos que
constituyen la Biblia). Decir que estos libros están inspirados
significa afirmar que exponen con certeza y sin ningún error lo que
Dios quiere enseñarnos para nuestra salvación, porque están escritos
gracias a la acción del Espíritu Santo (cf. Dei Verbum, n. 11). Dios es el Autor de los
distintos libros de la Biblia, y también es autor el hombre (escritor
sagrado) que redacta bajo la luz de Dios y según sus talentos y
cualidades humanas (cf. Dei Verbum, n. 11). Encontramos, así, dos
acciones en los escritos sagrados: por un lado, la acción por la que
Dios quiere comunicar su Palabra; por otro, la acción del hombre que
comprende y expresa el mensaje según su modo de pensar. Teniendo esto presente,
podemos preguntarnos: ¿cómo leer, cómo interpretar cada texto? La lectura de la
Biblia, en la Iglesia, se realiza según unos criterios generales y,
siempre, bajo la guía del magisterio (del Papa y de los obispos que
enseñan unidos entre sí por lazos de comunión y en plena sintonía
con el Papa). Vamos a ver esos criterios generales de interpretación y
aplicarlos a nuestro pasaje. a. Primero, hay que
identificar cuál es el género literario usado por el autor de cada
libro. Según dice Dei Verbum (n. 12), “para entender
rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay
que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar,
de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a
las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los
hombres”. En el caso de la
conquista de Jericó, el autor escoge el género de campaña militar,
según la mentalidad de una época histórica en la que grupos humanos y
tribus enteras pensaban que el derecho de conquista podría justificar
la eliminación de las poblaciones vencidas. Además, el pueblo de
Israel (y el autor sagrado es hijo de su pueblo) pensaba que ese derecho
de conquista, como tantas otras tradiciones, venía directamente de
Dios. Hoy, ciertamente,
reconocemos la atrocidad de la matanza de inocentes en cualquier guerra,
del pasado o del presente. Pero aquel tiempo era muy diferente. Hemos de
recordar, además, que Dios, en la elaboración de la Biblia,
“condesciende” (cf. Dei Verbum n. 13) con los hombres y
permite que elementos importantes de su mensaje queden expresados a través
de palabras escritas por hombres frágiles, incluso pecadores, en un
ropaje que nos puede parecer indigno, pero que es simplemente eso: lo
que pensaba y vivía un grupo humano en una etapa concreta de su
historia. Hace falta, por tanto,
no limitarnos a la “letra” del texto escrito para evitar el peligro
de caer en el fundamentalismo. Ello nos lleva a recurrir a otros
criterios de interpretación sumamente importantes. Presentamos ahora
conjuntamente dos de esos criterios: b. La Biblia necesita
leerse “con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el
sentido exacto de los textos sagrados” (Dei Verbum n. 12). En
ese sentido, toda la Escritura adquiere comprensión plena a la luz de
Cristo, que es el culmen de la Revelación y centro del mensaje que Dios
quiere transmitir a los hombres. c. Hay que leer la
Escritura en su unidad, de forma que ningún pasaje sea considerado de
modo aislado, como si por sí mismo fuese suficiente para expresar el
mensaje de Dios a los hombres. Además, el Antiguo Testamento, que
contiene “algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos” (Dei
Verbum n. 15) ha de leerse e interpretarse desde la plenitud de
comprensión que recibe con el Nuevo Testamento (cf. Dei Verbum
n. 16). Volvamos a nuestro
texto para iluminarlo con los dos criterios que acabamos de mencionar.
El Nuevo Testamento (el Antiguo Testamento se comprende en plenitud
desde el Nuevo Testamento, desde Cristo) ofrece dos textos que
interpretan el pasaje que estamos considerando del libro de Josué. El primer texto se
encuentra en la Carta a los Hebreos. Allí leemos lo siguiente: “Por
la fe, se derrumbaron los muros de Jericó, después de ser rodeados
durante siete días. Por la fe, la ramera Rajab no pereció con los incrédulos,
por haber acogido amistosamente a los exploradores” (Hb
11,30-31). El segundo texto se
encuentra en la Carta de Santiago: “Ya veis cómo el hombre es
justificado por las obras y no por la fe solamente. Del mismo modo
Rajab, la prostituta, ¿no quedó justificada por las obras dando
hospedaje a los mensajeros y haciéndoles marchar por otro camino?” (Sant
2,24-25). Estos dos pasajes del
Nuevo Testamento interpretan la conquista de Jericó y el privilegio
dado a Rajab en clave de fe y de obras: quien cree y se comporta de modo
correcto se beneficia de la acción salvífica de Dios. No se habla de
los otros aspectos del libro de Josué (la conquista de la ciudad, la
entrega al “anatema” de hombres, mujeres, niños, animales), que
quedan en la sombra y no son vistos como relevantes respecto de la
pregunta con la que debemos leer la Biblia: ¿qué mensaje salvífico
ofrece un pasaje concreto? La respuesta de estos dos textos del Nuevo
Testamento para el pasaje que estamos considerando es clara: la fe lleva
a la salvación, la falta de fe provoca la ruina de los hombres. d. Damos un paso
adelante con la ayuda de otros criterios de interpretación. Uno se
refiere a la Tradición viva de la Iglesia. Como enseña el Concilio
Vaticano II, la Sagrada Escritura debe ser leída teniendo “en cuenta
la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (Dei
Verbum n. 12, cf. nn. 8-10). Nos fijamos ahora en la Tradición. ¿Qué entendemos por
“Tradición viva”? En ella se recoge la predicación que los Apóstoles
legaron a los obispos que les sucedieron, y que se convierte en una
“transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo”, que es
“distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella.
Por ella, la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y
transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (Catecismo de
la Iglesia Católica n. 78, que cita Dei Verbum n. 8). De
modo especial, los Santos Padres recogen y reflejan esta Tradición
viva, y nos permiten acceder en su integridad a la Revelación de Dios
(que está recogida tanto en la Tradición como en la Escritura). Lo que acabamos de
decir explica por qué el cristianismo no es una “religión del
libro”: no se basa simplemente en un texto sagrado en el cual se
encontraría todo y al cual se debería recurrir siempre, directamente,
sin intermediarios ni interpretaciones. Sobre este punto, el Catecismo
de la Iglesia católica n. 108, explica: “Sin embargo, la fe
cristiana no es una religión del Libro. El cristianismo es la religión
de la Palabra de Dios, no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo
encarnado y vivo. Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es
preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu
Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc
24,45)”. e. Otro criterio, ya
mencionado, es la analogía de la fe. Por analogía de la fe se entiende
la trabazón profunda que existe entre las verdades cristianas, dentro
del conjunto de la Revelación. En otras palabras, no se puede
“sacar” de un pasaje bíblico una conclusión que vaya contra lo que
entendemos en la lectura completa de la Biblia y de la Tradición. Es claro que si
aplicamos la analogía de la fe es imposible interpretar la conquista de
Jericó como si Dios hubiera ordenado un genocidio, sencillamente porque
Dios es amante de la vida y, si no amase algo, no lo habría creado (cf.
Sab 11,24-26). Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se
convierta y así viva (cf. Ez 18,23). El Hijo no vino para
condenar, sino para salvar a todo el que crea (cf. Jn 3,16-18).
El seguidor de Cristo no puede desear que caiga fuego del cielo para
destruir a los que no reciben al Señor (cf. Lc 9,51-56). Desde la ayuda y la
integración de otros pasajes bíblicos podemos llegar a una lectura
correcta del libro de Josué. Si, además, vemos la Tradición viva de
la Iglesia y las enseñanzas constantes de los Papas y de los obispos,
aparece claramente que la Iglesia no ha defendido nunca un “derecho de
conquista” que implique la destrucción completa de un pueblo, sino
que más bien ha condenado siempre cualquier crimen de inocentes, también
en tiempo de guerra, porque va contra el quinto mandamiento, y porque
nadie debería apoyarse en la Biblia para justificar ninguna guerra de
agresión ni, mucho menos, el exterminio de un pueblo. Podemos añadir aquí
que el pasaje de la conquista de Jericó, como otros pasajes bíblicos,
fue interpretado por algunos Escritores eclesiásticos y Santos Padres
de un modo alegórico, como una figura que escondía un significado más
profundo. Por poner un ejemplo, Orígenes (siglos II-III) veía en la
ciudad de Jericó una imagen del mundo; en Rajab, que acogió a los
exploradores, encuentra un modelo de todos aquellos que reciben a los apóstoles
por la fe y la obediencia; en el hilo escarlata que cuelga en su casa
(cf. Jos 2,18) descubre una señal de la Sangre salvadora de
Cristo (cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de Josué, 6,4). Existe, ciertamente, el
peligro, ya señalado por santo Tomás de Aquino y recordado en un
importante documento de la Pontificia Comisión Bíblica (El pueblo
judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 20), de
exagerar en el uso de la alegoría y olvidar la importancia de los datos
históricos. Lo que encontramos en el libro de Josué, en un estilo que
ciertamente no es el de un cronista ni el de un historiador en el
sentido moderno de la palabra, es la narración de la conquista de una
de las ciudades de la tierra prometida. La conquista de Jericó
es un dato histórico de un enorme dramatismo. Se coloca, por un lado,
en el camino de Israel, el pueblo que sale de Egipto, que es ayudado por
Dios para librarse de la opresión de los egipcios, que recibe unos
mandamientos y unas promesas. Por otro lado, en el momento de la
llegada, del asentamiento, de la conquista de unas tierras según un
deseo divino que responde a la lógica de la promesa: si el pueblo será
fiel, podrá vivir en libertad y tener una patria propia. La ocupación de la
tierra prometida se realizó, como dijimos, según modos que reflejan
una mentalidad muy lejana a la nuestra. El hecho de la matanza, de haber
ocurrido, sigue un modo de pensar en el que el derecho de conquista
“permitía” tomar medidas muy fuertes sobre los vencidos. Pero la
lectura correcta del hecho, en el contexto de una intervención de Dios
en la historia, no puede prescindir de que por encima de una acción
injusta, y con un pueblo todavía necesitado de una profunda conversión,
Dios estaba preparando un camino para ofrecer la salvación a los
hombres, si éstos la aceptaban con una fe como la que, en un modo
imperfecto, encontramos en Rajab. Además, notamos que la
misma narración bíblica no nos habla de un exterminio completo de los
pueblos que vivían en Palestina. Como vimos, los habitantes de Gabaón
hicieron alianza con Josué (cf. Jos 9,3-27). Otros pueblos no fueron
conquistados, y serán motivo de continuas guerras y aflicciones para
los judíos. El autor sagrado interpretó este hecho como parte de la
voluntad de Dios, que habría querido “probar” a su pueblo para ver
si mantenía o no su fidelidad. Sabemos que el pueblo no fue fiel: se
unió con los pueblos vecinos y cayó en la idolatría y en numerosos
males y derrotas (cf. Jue 2,20-3,8). Está claro que siempre
será incorrecto considerar a los pueblos vecinos simplemente como
objeto de odio o de desprecio por parte de Dios. Aunque Israel tiene
clara conciencia de ser un pueblo elegido, predilecto, amado, necesita
reconocer que su elección está en función del amor que Dios tiene
también a otros pueblos. Lo señala expresamente la Pontificia Comisión
Bíblica en el documento antes citado: “La elección de
Israel no implica el rechazo de las demás naciones. Al contrario,
presupone que las demás naciones pertenecen también a Dios, pues ‘la
tierra le pertenece y todo lo que en ella se encuentra’ (Dt
10,14), y Dios ‘ha dado a las naciones su patrimonio’ (32,8). Cuando
Israel es llamado por Dios ‘mi hijo primogénito’ (Ex 4,22; Jr
31,9) o ‘las primicias de su cosecha’ (Jr 2,3), esas mismas
metáforas implican que las demás naciones forman parte igualmente de
la familia y de la cosecha de Dios. Esta interpretación de la elección
es típica de la Biblia en su conjunto” (El pueblo judío y sus
escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 33). Es posible, además,
realizar una lectura más precisa sobre este relato y sobre los diversos
pasajes del Antiguo Testamento que hablan del “anatema”. ¿En qué
consiste el “anatema”? En consagrar a Dios el botín y los despojos
de los derrotados, para evitar cualquier contaminación con las
religiones presentes en Palestina. En Dt 13,13-19 la orden de
destrucción completa afecta no sólo a los extranjeros, sino a aquellas
ciudades de Israel (es decir, a los mismos judíos) que se aparten de la
Alianza y den culto a otros dioses. En realidad, ya vimos
que no todos los pueblos fueron exterminados. Con el pasar del tiempo,
muchos de los pueblos hostiles dejaron de existir en Palestina.
Entonces, ¿cómo entender el anatema? Lo explica el documento que
citamos antes: “En el tiempo de la
composición del Deuteronomio así como del libro de Josué, el anatema
era un postulado teórico, puesto que en Judá ya no existían
poblaciones no israelitas. La prescripción del anatema pudo ser el
resultado de una proyección en el pasado de preocupaciones posteriores.
En efecto, el Deuteronomio se preocupa de reforzar la identidad
religiosa de un pueblo expuesto al peligro de los cultos extranjeros y
de los matrimonios mixtos” (El pueblo judío y sus escrituras
sagradas en la Biblia cristiana, n. 56). En ese contexto, pueden
darse tres interpretaciones del anatema, expresados en el mismo n. 56
del documento que acabamos de citar: -primero, teológico:
reconocer la tierra como un dominio del Señor; -segundo, moral: evitar
al pueblo cualquier posible tentación que pueda dañar la propia
fidelidad a Dios; -tercero, sociológico:
la tentación del pasado que puede darse en el presente “de mezclar la
religión con las formas más aberrantes de recurso a la violencia” (El
pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n.
56). Esa tercera
interpretación del anatema, podemos decirlo con seguridad, no
corresponde al proyecto de amor de Dios. En otras palabras, Dios no
quiso de ningún modo que fueran eliminados seres inocentes en la
conquista de ciudades por parte de los judíos. Quizá para más de uno
quedaría por responder una pregunta que surge al leer la Biblia: ¿por
qué no simplificar el texto sagrado? ¿No sería mejor dejar de lado un
Antiguo Testamento difícil de entender, con pasajes como el de la
conquista de Jericó que resultan “escandalosos”? ¿No lograríamos
así un cristianismo más asequible al mundo moderno? La respuesta está en
comprender la naturaleza de la Biblia: es un único libro, en el que
Cristo ocupa el lugar central, y en el que cada pieza tiene su valor. El
Antiguo Testamento no es un “lastre”, sino un elemento clave de la
Revelación, un conjunto de libros que nos lleva a comprender mejor la
acción salvadora de Dios en su Hijo encarnado. Como recordaba la
Pontificia Comisión Bíblica en el texto antes citado: “Sin el
Antiguo Testamento, el Nuevo sería un libro indescifrable, una planta
privada de sus raíces y destinada a secarse” (El pueblo judío y
sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 84). O, como decía
san Agustín, “en el Antiguo Testamento está velado el Nuevo, y en el
Nuevo está la revelación del Antiguo” (La catequesis de los
principiantes, IV,8). En conclusión, los
pasajes difíciles de la Biblia adquieren su inteligibilidad a la luz de
una lectura realizada dentro de la fe de la Iglesia, según unos
criterios de interpretación que nos dan la llave para la comprensión
de un texto que narra una historia maravillosa: la de la llamada de un
Dios que ama a los hombres; y la de la respuesta de los hombres que, en
medio de las mil peripecias de la vida, y con límites debidos a las
distintas épocas de la historia, se dejan guiar y maduran su respuesta
de amor a quien tanto nos ha amado. (Para profundizar, cf.
Curso de la Biblia del P. Antonio Rivero L.C., especialmente http://es.catholic.net/conocetufe/804/2778/articulo.php?id=27363).
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