Pasó por
la tierra haciendo el bien
Tú y yo entonces, ¿qué? Una mirada para
ver si tenemos algo que enmendar. Yo sí que encuentro en mí mucho que rehacer.
Como me veo incapaz por mí solo de obrar el bien, y como nos ha dicho el mismo
Jesús que sin El no podemos nada[1][1], vamos tú y yo al Señor, a implorar su asistencia, por
medio de su Madre, con estos coloquios íntimos, propios de las almas que aman a
Dios. No añado más porque es cada uno de vosotros el que tiene que hablar,
según su propia necesidad. Por dentro y sin ruido de palabras, en este mismo
momento, mientras os doy estos consejos, aplico personalmente la doctrina a mi
propia miseria.
Pertransiit benefaciendo. ¿Qué hizo
Jesucristo para derramar tanto bien, y sólo bien, por donde quiera que pasó?
Los Santos Evangelios nos han transmitido otra biografía de Jesús, resumida en
tres palabras latinas, que nos da la respuesta: erat subditus illis[2][2], obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de
desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la
obediencia.
Soy muy amigo de la libertad, y
precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos
de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre.
Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que
es la razón más sobrenatural.
El espíritu del Opus Dei, que he procurado
practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho
comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los
hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les
tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de
amor, porque nos busca uno a uno, como hijas e hijos suyos, y porque conoce
nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano,
esa mano que El nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra
libertad. Y para saber llevarlo a cabo, hemos de ser humildes, hemos de
sentirnos hijos pequeños y amar la obediencia bendita con la que respondemos a
la bendita paternidad de Dios.
Conviene que dejemos que el Señor se meta
en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni
recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro
egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria.
Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús:
para que El nos haga verdaderamente libres y de esa forma podamos servir a Dios
y a todos los hombres. Sólo así percibiremos la verdad de aquellas palabras de
San Pablo: Ahora, habiendo quedado libres del pecado y hechos siervos de
Dios, cogéis por fruto vuestro la santificación y por fin la vida eterna, ya
que el estipendio del pecado es la muerte. Pero la vida eterna es una gracia de
Dios, por Jesucristo Nuestro Señor[3][3].
Estemos precavidos, entonces, porque
nuestra tendencia al egoísmo no muere, y la tentación puede insinuarse de
muchas maneras. Dios exige que, al obedecer, pongamos en ejercicio la fe, pues
su voluntad no se manifiesta con bombo y platillo. A veces el Señor sugiere su
querer como en voz baja, allá en el fondo de la conciencia: y es necesario
escuchar atentos, para distinguir esa voz y serle fieles.
En muchas ocasiones, nos habla a través de
otros hombres, y puede ocurrir que la vista de los defectos de esas personas, o
el pensamiento de si están bien informados, de si han entendido todos los datos
del problema, se nos presente como una invitación a no obedecer.
Todo esto puede tener una significación
divina, porque Dios no nos impone una obediencia ciega, sino una obediencia
inteligente, y hemos de sentir la responsabilidad de ayudar a los demás con las
luces de nuestro entendimiento. Pero seamos sinceros con nosotros mismos:
examinemos, en cada caso, si es el amor a la verdad lo que nos mueve, o el egoísmo
y el apego al propio juicio. Cuando nuestras ideas nos separan de los demás,
cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos, es
señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios.
No lo olvidemos: para obedecer, repito,
hace falta humildad. Miremos de nuevo el ejemplo de Cristo. Jesús obedece, y
obedece a José y a María. Dios ha venido a la tierra para obedecer, y para
obedecer a las criaturas. Son dos criaturas perfectísimas: Santa María, nuestra
Madre, más que Ella sólo Dios; y aquel varón castísimo, José. Pero criaturas. Y
Jesús, que es Dios, les obedecía. Hemos de amar a Dios, para así amar su
voluntad y tener deseos de responder a las llamadas que nos dirige a través de
las obligaciones de nuestra vida corriente: en los deberes de estado, en la
profesión, en el trabajo, en la familia, en el trato social, en el propio
sufrimiento y en el de los demás hombres, en la amistad, en el afán de realizar
lo que es bueno y justo.
Cuando llegan las Navidades, me gusta
contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor
que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido
presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna
de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida
cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría.
No alcanzaremos jamás el verdadero buen
humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como El, humildes. Insistiré
de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en
unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede
actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la
responsabilidad de ayudar a los demás.
Es a veces corriente, incluso entre almas
buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias
preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en
la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia: el desear
convertirse en el centro de la atención y de la estimación de todos, la
inclinación a no quedar mal, el no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el
afán de seguridad personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz
maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción
se transforman en desgraciadas e infecundas.
Cristo fue humilde de corazón[4][4]. A lo largo de su vida no quiso para El ninguna cosa
especial, ningún privilegio. Comienza estando en el seno de su Madre nueve
meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema. De sobra sabía el Señor
que la humanidad padecía una apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre
de venir a la tierra para salvar a todas las almas, y no precipita el tiempo.
Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la concepción
hasta el nacimiento, nadie -salvo San José y Santa Isabel- advierte esa
maravilla: Dios que viene a habitar entre los hombres.
¿Cómo es posible tanta dureza de corazón,
que hace que nos acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para que
podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro
amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su
poder, sino ante la maravilla de su humildad.
Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre
es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El está ahí, en un pesebre, quia
non era eis locus in diversorio[5][5], porque no había otro sitio en la tierra para el dueño
de todo lo creado.