El
pastel asesino
Ignacio
Batista | analisis@arcol.org
Parecerá
absurdo, pero en la vida hay cosas que se asemejan a esta ridícula
escena: imaginemos un hombre hambriento, terriblemente hambriento. De un
momento a otro se encuentra ante un delicioso, esponjoso, majestuoso
pastel de tres leches. No sólo seduce su mirada. A su olfato lo
encadena en un callejón sin salida: la fragancia hipnotizante del pan
recién horneado, único y caliente. Inconfundible. Tradicional. En fin,
una delicia. Y ahí están el hambre y el pastel: la víctima y el
asesino…
Y
aquel buen hombre, cuyas vísceras gimen por mitigar la inanición,
comienza a ver el pastel. Lo contempla sin mover un dedo. Su boca
empieza a hacerse agua. Traga saliva después de acariciarse los labios
de un extremo a otro con la punta de la lengua. Lo saborea con los ojos,
se imagina hartándose de ese delicioso pastel, peca de gula en su
acalorada imaginación. Así por un minuto... inmóvil. Pasa otro, y
otro… y el cadáver de cada minuto –a sazón de la canción de
Arjona- pasa burlándose de aquella hambruna sin apaciguar. Y mayor es
la chirigota ante aquel zoquete que, pudiendo matar su hambre, se queda
viendo por horas la inmediata solución a su problema.
En
la realidad esto no pasa. Si se tiene hambre, una de dos, nos
abalanzamos a la despensa y arremetemos con lo que se nos ponga enfrente
o, por desgracia para millones de personas, la actitud es la de espera a
que alguien les regale un mendrugo de pan.
En
fin, la cosa es que situaciones absurdas como la descrita más arriba no
se dan. Sin embargo, situaciones análogas, increíblemente, las vivimos
a diario.
La
mediocridad… ¿no es, acaso, el mejor ejemplo? Observemos: la falta de
superación de una persona sana, físicamente íntegra, sin patologías
psíquicas ni físicas… ¿no es como estar muriéndose de hambre
frente a un delicioso manjar sin hacer nada por comerlo…?
No
tiene explicación científica. ¿Cómo es posible que personas
“discapacitadas” hagan más por sí mismos y por la misma humanidad
que los que nos llamamos “capacitados”? ¿No es acaso la mentalidad
conformista, mediocre, la que hace la diferencia?
Si
no, ¿cómo se explica, por ejemplo, que una madre de familia sin brazos
lleve adelante con grandísimo éxito la vida familiar? Va al mercado a
comprar la despensa, regresa a la casa, ¡cocina!, lava la ropa… y le
da tiempo de ir al gimnasio a fortalecer las piernas con las que hace
todo. Todo. Todo lo que a veces algunas personas con piernas y brazos no
logran hacer en una casa llena de empleadas de servicio… Sencillamente
es cuestión de querer.
Ya
decía Sócrates que “los buenos y los malos son en realidad muy
pocos…y muchísimos los de en medio” Así se explican tantas
cosas...
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