Pecado, juicio, purgatorio, infierno,
paraíso
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero
de Roma (IV)
[Don Pietro Riggi, salesiano del Borgo Ragazzi
Don Bosco:]
Santo Padre: trabajo en un oratorio y en un
centro de acogida para menores en situación de riesgo. Desearía preguntarle: el
25 de marzo de 2007 pronunció un discurso espontáneo lamentando
que hoy se hable poco de los Novísimos. De hecho, en los catecismos de la CEI [Conferencia Episcopal
italiana. Ndt] utilizados para la enseñanza de nuestra fe a los chavales que se
preparan para la confesión, la primera comunión y la confirmación, me parece
que se omiten algunas verdades de fe. Nunca se habla de infierno, jamás de
purgatorio, una sola vez de paraíso, una sola vez de pecado, sólo del pecado
original. Al faltar estas partes esenciales del credo, ¿no le parece que se
desmorona el sistema lógico que conduce a contemplar la redención de Cristo? Si
falta el pecado, no se habla de infierno, también la redención de Cristo acaba
por disminuirse. ¿No le parece que se favorece la pérdida del sentido de pecado
y por lo tanto del sacramento de la reconciliación y la propia figura
salvífica, sacramental, del sacerdote que tiene poder de absolver y de celebrar
en nombre de Cristo? Actualmente por desgracia también nosotros, sacerdotes,
cuando en el Evangelio se habla de infirmo, esquivamos el Evangelio mismo. No
se habla de ello. Nos arriesgamos a dar a la fe una dimensión sólo horizontal o
bien demasiado desprendida esta horizontal de su dimensión vertical. Y ello
lamentablemente, en la catequesis juvenil, si no en la iniciativa de los
párrocos, falta en los cimientos. Si no me equivoco, este año se celebra el 25º
aniversario de la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María. Para la
ocasión, ¿no se podría pensar en renovar solemnemente esta consagración para el
mundo entero? Ha caído el muro de Berlín, pero quedan tantos muros de pecado
que deben desplomarse aún: el odio, la explotación, el capitalismo salvaje.
Muros que deben desmoronarse y esperamos que triunfe el Corazón Inmaculado de
María para poder realizar también esta dimensión. Desearía observar que la Virgen jamás temió hablar
del infierno y del paraíso a los niños de Fátima, quienes, precisamente, tenían
edad de catequesis: siete, nueve y doce años. Y nosotros muchas veces omitimos
esto. ¿Podría hablarnos sobre este tema?
[Benedicto XVI:]
Ha hablado usted con acierto sobre los temas
fundamentales de la fe, que por desgracia raramente aparecen en nuestra
predicación. En la
Encíclica Spe salvi he querido precisamente
hablar también del juicio final, del juicio en general, y en este contexto
asimismo sobre purgatorio, infierno y paraíso. Pienso que todos nosotros
estamos aún afectados por la objeción de los marxistas, según los cuales los
cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. Así,
queremos demostrar que realmente nos comprometemos por la tierra y no somos
personas que hablan de realidades lejanas, que no ayudan a la tierra. Pero
aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan por la tierra -y todos
nosotros estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una
ciudad para Dios y de Dios-- no debemos olvidar la otra dimensión. Sin tenerla
en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido para mi uno
de los objetivos fundamentales al escribir la Encíclica. Cuando
no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del
fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la
necesidad de la purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra
dado que pierde al final los criterios, ya no se conoce a sí mismo, al no
conocer a Dios, y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han
prometido: tomaremos las cosas en nuestras manos, ya no descuidaremos la
tierra, crearemos el mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio han
destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el
consumismo, que han prometido construir el mundo tal como debería haber sido y
sin embargo han destruido el mundo.
En las visitas ad limina de los obispos
de países ex comunistas, veo siempre de nuevo cómo en esas tierras se ha
destruido no sólo el planeta, la ecología, sino sobre todo, y con mayor
gravedad, las almas. Reencontrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada
por la presencia de Dios, es el primer trabajo de reedificación de la tierra.
Ésta es la experiencia común de aquellos países. La reedificación de la tierra,
respetando el grito de sufrimiento de este planeta, se puede llevar a cabo sólo
reencontrando en el alma a Dios, con los ojos abiertos hacia Dios.
Por ello usted tiene razón: debemos hablar de
todo esto precisamente por responsabilidad hacia la tierra, hacia los hombres
que viven hoy. Debemos hablar también y precisamente del pecado como
posibilidad de destruirse a uno mismo y también otras partes de la tierra. En la Encíclica he intentado
demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos
queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del
pasado, a todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios
mismo puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para
los muertos. Y como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la
carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta
resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Actualmente se
suele pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce, así que el pecado
no cuenta, al final Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe
la justicia y existe la verdadera culpa. Quienes han destruido al hombre y la
tierra no pueden sentarse de inmediato en la mesa de Dios junto a las víctimas.
Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por ello me parecía importante
escribir este texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan
obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar.
He intentado decir: tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que
son insanables para siempre, los que carecen de elemento alguno sobre el que
pueda apoyarse el amor de Dios, los que no tienen en sí mismos una mínima
capacidad de amar. Esto sería el infierno. Por otra parte, son ciertamente
pocos -o en cualquier caso no demasiados-- los que son tan puros que pueden
entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos
que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios
y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas
heridas, tanta inmundicia. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser
purificados. Ésta es nuestra esperanza: incluso con tanta suciedad en nuestra
alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava por fin con su bondad
que viene de su cruz. Nos hace así capaces de existir eternamente para Él. Y de
tal forma el paraíso es la esperanza, es la justicia por fin cumplida. Y nos da
también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna forma
paraíso, una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos
criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece
también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el
camino de los mandamientos, de los que debemos hablar más. Estos son realmente
indicadores del camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por
ello debemos también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la
reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar,
que debería ser purificado. Y ésta es la maravillosa realidad que nos ofrece el
Señor: existe una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza
con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás
en nuestra vida.
Este aspecto de la renovación, de la
restitución de nuestro ser después de tantos errores, después de tantos
pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece. Y que, por
ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está muy
difundida y es también necesaria ante tantas psiquis destruidas o gravemente
heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas: sólo
puede intentar un poco reequilibrar un alma desequilibrada. Pero no puede
brindar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades
del alma. Y por eso sigue siendo siempre provisional, jamás definitiva. El
sacramento de la penitencia nos da la ocasión de renovarnos hasta el fondo con
el poder de Dios --ego te absolvo-- que es posible porque Cristo cargó
sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que ésta es precisamente hoy
una gran necesidad. Podemos ser sanados. Las almas que están heridas y
enfermas, como es la experiencia de todos, necesitan no sólo consejos, sino una
verdadera renovación que sólo puede venir del poder de Dios, del poder del Amor
crucificado. Me parece éste el gran nexo de los misterios que al final inciden
realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos volver a meditarlos y así
acercarlos de nuevo a nuestra gente.
Traducción del original italiano por Marta Lago