Primera estación: María, en el cenáculo
Porque nos es lícito casi afirmar que María, con las otras santas mujeres, asistió al Cenáculo.
El primer día de los Ázimos, el Salvador salió de Bethania y se encaminó a Jerusalén para celebrar la Pascua. Muéstrase Jesús en todo el curso del Evangelio ejemplar cumplidor de la ley mosaica, cuyos preceptos rituales aún no habían sido suplidos por la ley del Amor. Y como la Ley disponía que la Pascua se celebrase mediante la inmolación de un solo cordero por cada familia y Jesús no tenía otra familia sino su Madre Santísima, parece de acuerdo con el buen orden que fuese acompañado de ella cuan-do, con sus discípulos, salió de Bethania para Jerusalén. Confírmalo así el texto de San Mateo (27, 55-56): «Había allí también varias mujeres que miraban de lejos. Habían seguido a Jesús des-de Galilea para servirle». No está, pues, desprovista de sólido fundamento la opinión del padre Ricard, reflejo de una vieja y piadosa creencia: «Se cree, generalmente –dice–, que la Madre de Jesús, María Magdalena, María Cleofás y las otras santas mujeres, asistieron a la Cena en una sala contigua al Cenáculo; que pudieron seguir con la vista todos los actos del Salvador; que escucharon las palabras sacramentales y `recibieron de su misma mano su Cuerpo y su Sangre"».
¿Habéis visto bien esta última frase? ¿Cómo es posible que los pintores hayan olvidado esta vieja creencia, en sus Cenáculos? ¿Cómo es posible que ninguno haya sentido tentados sus pinceles por esa escena de la Comunión de María?... O acaso retrocedieron ante su magnitud.
Acaso: como yo
retrocedo ahora ante esta estación de mi «Vía
Crucis» mariano. No quiero que mi pluma se deje llevar ahora por
esa práctica fácil y de mal devocionario, de los coloquios y de los
afectos. Quiero escribir del dolor de la Virgen, sin esos puntos
de exclamación que son como lágrimas de cera de la tipografía:
postes indicadores de una sentimentalidad prevista y a plazo fijo. Quiero
imitar la economía y buena administración de afectos
del dulce Evangelista. Él sólo dijo que María estaba al pie de
la Cruz. Yo sólo os digo que María estaba en el Cenáculo.
Y ese «estaba» simple y sobrio, lleno de derivaciones inmensas –María comulgó
de manos de su Hijo; María oyó aquel discurso de la sobremesa en que se
daba al mundo un nuevo Mandamiento–, ese «estaba», digo, por lo mismo que
encierra una seguridad nacida, más que de inducciones críticas, de seguridades
de amor, significa, sin más palabras, una bella profesión de fe.
El «Stabat Mater» del pie de la Cruz es una glosa del Evangelio. Este otro «Stabat
Mater» del Cenáculo, fuera de todo texto evangélico, es el himno confiado de
los que creen con amor y entusiasmo, sin necesidad de andar, como el
discípulo de la duda, hurgando
las llagas en comineras comprobaciones críticas.