Por
qué creo que eres persona
Fernando
Pascual | fpa@arcol.org Imaginemos
que un profesor ha puesto la siguiente pregunta en un examen: ¿creen
ustedes que todos los seres humanos son personas? Entre las respuestas,
quizá podríamos encontrar algunas como estas: “Sólo son personas
los blancos”. “Sólo son personas los negros”. “También son
personas los orangutanes”. “No son personas los fetos”. “Son
personas sólo los que acaban de nacer”. “Dejan de ser personas los
que no pueden entender ni razonar de un modo normal”. “No sé qué
significa ser persona”. “Los varones no son personas”. “Los
chicos no son personas”. Y las posibilidades se podrían alargar hasta
el infinito. Desde
luego, si alguien nos dijese que ser persona es el resultado de
creencias subjetivas, pues no todos pensamos lo mismo. Si además
afirmase que hay algunos hombres que son personas y otros que no lo son,
las consecuencias podrían ser trágicas. Seríamos
capaces de repetir páginas de la historia tan tristes como el
Holocausto de los judíos, el genocidio de los armenios, la esclavización
de los negros, la opresión de la mujer, el sacrificio de los
prisioneros de guerra a los dioses, el infanticidio como sistema para
eliminar los defectos en los recién nacidos, y el uso del aborto como
“método” para evitar que nazcan seres humanos no deseados. Es
cierto que algunos se dedican a discutir por discutir, y son capaces de
afirmar que no es posible saber lo que significa la palabra
“persona”. Pero no podemos quedarnos en la pura discusión, pues al
político, al parlamentario, al médico y al ciudadano normal nos
interesa establecer con la mayor precisión posible quiénes son
personas y quiénes no lo son. Tal vez podríamos concordar en algunos
parámetros objetivos para llegar a un acuerdo. Incluso,
para empezar, podemos dejar de lado por un momento el uso de la palabra
“persona” y fijarnos solamente en lo que significa el pertenecer a
la especie humana. El
primer parámetro fundamenta todo lo demás: todo individuo de la
especie humana debe ser respetado en sus derechos, por el simple hecho
de que es individuo de la especie humana, sin mayores especificaciones.
No podemos fijarnos en su tamaño (si mide un metro, dos metros o 3 centímetros),
ni en su coeficiente intelectual, ni en su sexo, ni en la situación
económica de su familia, ni en la claridad u oscuridad de su piel, ni
si entra en una mezquita o en una iglesia o en una asociación de ateos.
Basta
con que sea hombre para que podamos defenderlo en su dignidad. Por
desgracia, no todos llegan a esta convicción básica sobre la que puede
construirse un derecho mínimamente justo, pues las discriminaciones y
los juicios sumarios sobre grupos distintos del propio es algo tan viejo
y tan actual como los moratones en las cabezas de los niños. El
segundo parámetro debería ser la consecuencia lógica del primero: si
ser individuo de la especie humana es la fuente del respeto y del valor
de cada uno, entonces cualquier discriminación que vaya contra ese
respeto es una injusticia. Es
claro, lo repetimos, que existen las diferencias. No
habla igual un chileno que un japonés, ni tienen el mismo color de ojos
un niño ruso y un niño africano. Son distintos los pasteles en Alaska
y en Filipinas, y la camiseta que usa un futbolista no sirve para vestir
a Susanita que acaba de cumplir tres años. Soñar
con que todos seamos iguales es algo absurdo, porque existen millones de
diferencias entre unos y otros. Pero las diferencias que nos separan no
quitan la unidad profunda: el embrión y el anciano, el canadiense y el
sudanés, el rico y el pobre, un famoso actor de cine y el hombre que
vive en cavernas del Suroeste de África, son igualmente dignos,
igualmente valiosos, igualmente personas, y nadie puede cometer ninguna
injusticia contra otro ser humano, aunque uno sea un rico encorsetado y
el otro un pobre más lleno de parches que de bolsillos. Por
lo tanto, y ese es el tercer parámetro, una sociedad verdaderamente
justa será aquella que sepa respetar a cada ser humano en sus derechos
más elementales. El primero de esos derechos, el que permite defender
los demás, es el derecho a la vida. Como toda vida empieza antes del
nacimiento (porque sería un milagro que sólo empezase cuando vimos la
luz al terminar el embarazo), el aborto es un acto injusto, es un
crimen. No
todos acepten esta verdad evidente (también es evidente que los “indígenas”
son seres humanos, y no han faltado “hombres de cultura” que han
dudado de esta evidencia...), pero no por ello deja de ser válida. Dos
más dos serán cuatro aunque alguno siga diciendo que son tres, sobre
todo a la hora de presentar sus cuentas al estado. Como
toda vida necesita un poco de comida y de protección (casa, vestidos,
cariño), es injusto cualquier sistema económico que impida a algunos
lo necesario para vivir mientras otros dejan pudrirse toneladas de
alimentos “sobrantes”. Como toda vida humana está llamada a crecer
y a desarrollarse de modo racional y responsable, habrá que eliminar
cualquier forma de imposición o de amenaza que impida el acceso a la
educación y al uso correcto y ordenado de la libertad, en el respeto
que siempre merecen los demás. Podríamos
seguir con toda una lista de derechos y de deberes que nacen del punto
de partida: todos los hombres somos concebidos con una misma dignidad, y
nadie, amparado en ninguna ideología o visión totalitaria o eugenismo
discriminatorio, podrá eliminar esa dignidad, aunque lo pretenda de
palabra o con comportamientos o leyes llenas de injusticia y de maldad. A
la pregunta inicial respondemos con seguridad: creemos que todos los
seres humanos somos personas. Esperamos,
además, que este milenio, que ha iniciado con la marca de injusticias y
violencias (guerras, atentados terroristas, hospitales que practican el
aborto, economías que privilegian sólo a los ricos, rencores hacia
quienes son de otra raza o de otra cultura) pueda cambiar de ruta para
empezar a vivir aquello que se firmó en las Naciones Unidas un 10 de
diciembre de 1948: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en
dignidad y derechos...” (art.1).
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