Por qué en el Japón del bienestar la vida vale tan poco
Un suicidio cada 15 minutos, en el país más eficiente del mundo. Una
investigación exclusiva analiza los motivos. El obispo y el nuncio:
falta la fe en un Dios personal, en un pueblo que honra ocho millones de
dioses
por Sandro Magister
ROMA, 8 marzo 2010 – Se multiplican, entre Italia y China, las
celebraciones y las exposiciones en honor del jesuita Mateo Ricci, para
los chinos Li Madou, genial anunciador de la fe cristiana en el Celeste
Imperio de hace cuatro siglos.
La genialidad de Mateo Ricci fue la de entender y aprehender cuánto de
la cultura china podía ser asumido como propedéutico para la fe
cristiana. Él vio en el confucianismo - y no en el budismo o en el taoísmo
a los que rechazaba firmemente - las tablas de aquella ley universal de
la que el anuncio cristiano podía agregar su novedad inaudita. Y a este
anuncio, cuando Mateo Ricci estaba en China, siguieron importantes
conversaciones a niveles altos de la sociedad y de la cultura.
No ha ocurrido igual en el caso de otra gran nación y civilización del
oriente: Japón
La historia del cristianismo en Japón es una historia de mártires.
Ninguna otra civilización en el mundo se ha mostrado más impermeable
al cristianismo que la japonesa. En el pasado asesinando a quienes la
anunciaban. En épocas más recientes hospedándolos cortésmente, pero
sin que jamás a esto correspondan olas de conversiones.
Pero a su vez, también los anunciadores del cristianismo en Japón no
han sabido penetrar a fondo, hasta ahora, el misterio de aquella
civilización, para "inculturar" su anuncio.
*
Un impresionante indicio del misterio de la cultura japonesa es la
prevalencia de suicidios.
En promedio cada 15 minutos un japonés se quita la vida. En un año hay
más de 30.000. "Kamikaze" y "harakiri" son las
palabras de la lengua japonesa más conocidas en el resto del mundo.
Hoy se discute en Japón mucho más abiertamente que antes por qué ello
sea así. Y la investigación que sigue da cuenta precisamente de esta
discusión.
El autor de la investigación, Silvio Piersanti, es un periodista
italiano de gran experiencia internacional, que vive en Tokio y está
casado con una escritora japonesa. Ha interpelado sobre el argumento,
entre otros, al obispo católico de la capital y al nuncio vaticano en
Japón.
Los cuales están de acuerdo en indicar que está en la cuestión de
Dios la raíz última de la facilidad con la que los japoneses se quitan
la vida.
Los japoneses, dicen, "tienen ocho millones de dioses, miles de
templos y dos religiones oficiales, el budismo y el shintoismo",
pero les falta la fe en un Dios personal, omnipotente y misericordioso,
cercano y amoroso con cada hombre.
Una vez más, ha visto bien Benedicto XVI cuando ha indicado en la
cuestión de Dios la "prioridad" de su pontificado, bajo todo
cielo.
Aquí la investigación, desde Tokio.
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SUICIDIOS EN JAPÓN. LA ESPINA EN EL CRISANTEMO
por Silvio Piersanti
No es raro que al ingreso de una estación del metropolitano de Tokio se
vea el anuncio de un retraso a causa de un "ginshinjico", o
sea un "accidente con una persona": es la fórmula eufemística
con la que se define el suicidio de quien se ha tirado entre los rieles
al paso de un tren. El anuncio ya es de rutina. El cuerpo es retirado rápidamente,
los módulos de policía llenados a prisa y la circulación se retoma en
breve tiempo, frenética y eficiente como siempre.
Cada 15 minutos un japonés se quita la vida. Según datos oficiales
hechos públicos por el comando central de policía, ya desde hace 12 años
consecutivos, cada año en Japón se asesinan más de 30.000 personas y
los primeros datos estadísticos del año en curso hacen presagiar que
en el 2010 se podría llegar a 35.000: el número más elevado de
suicidios en el país socialmente más avanzado del mundo.
Yukio Hatoyama, jefe del partido democrático y del actual gobierno de
centro-izquierda que ha interrumpido décadas de gobierno de coalición
de centro-derecha, ha dicho que lo de los suicidios es un grave problema
social que debe ser afrontado con decisión, encontrando los medios ya
sea financieros o estratégicos para evitarlo. Ha comenzado su discurso
de inicio de año a la nación con las palabras: "Quiero proteger
la vida de la gente, la vida de aquellos que han nacido, que crecen y se
hacen adultos". Y ha seguido pronunciando la palabra
"vida" 24 veces, afirmando que el objetivo principal de su
gobierno es precisamente el de "proteger la vida humana".
En cinco meses, el task force creado por el gobierno para afrontar la
cuestión de los suicidios ha asignado a las agencias de trabajo unos
miles de psicólogos especializados en el tratamiento de depresiones
debidas a problemas de trabajo o de dinero, y se ha ampliado la
asistencia temporal a los mendigos, con alojamiento, alimento y
vestimenta proporcionadas en las dos semanas del periodo navideño y de
fin de año, un periodo en el cual generalmente el número de suicidios
se eleva dramáticamente. El año pasado en Tokio se beneficiaron de
esto unos 800, este año 230.000. Ha distribuido opúsculos, ha
instituido líneas telefónicas, ha dispuesto una pasantía específica
para grupos de voluntarios. Pero ninguna de estas medidas parece tener
efecto.
Un suicida cada 15 minutos es ya un dato terrible, pero si se analizan
los datos estadísticos la angustia aumenta. Se ve, en efecto, que un
tercio de los suicidas está entre los 30 y 49 años de edad, hombres y
mujeres en la plenitud de la vida que no ven en su presente y futuro
alguna razón para no tirarla. Y si se desciende en el rango de edades,
se descubre que Japón tiene el primado mundial de estudiantes suicidas:
552 en el 2009. Cada día del año escolar, por lo tanto, dos
estudiantes deciden quitarse la vida, víctimas de un sistema escolar ásperamente
competitivo y de actos de arrogancia y prepotencia estudiantil de
despiadada crueldad.
Quizá el resultado más importante obtenido por el gobierno ha sido el
de poner el problema de los suicidios frente a los ojos de todos. Esto
parece ser en síntesis el mensaje del gobierno: veamos juntos qué se
puede hacer, entendamos qué empuja a tanta gente a rechazar la vida en
esta nuestra sociedad tan acaudalada.
Anteriormente el suicidio no era visto por la opinión pública como un
problema social de todo el país. Cada uno lo consideraba una desgracia
ocurrida a la propia familia, sobre la cual era más digno callar. En
cambio ahora, después de la divulgación de los datos estadísticos y
la promesa del premier Hatoyama de hacer de ello una prioridad de su
programa de gobierno, la televisión, los diarios, libros,
universidades, discuten abiertamente el problema y buscan entender por
qué uno de los países más ricos y desarrollados, donde la tasa de
criminalidad está entre las más bajas del mundo, donde la elevada
longevidad debería testimoniar una sociedad serena, es en cambio el país
con el más alto número de suicidios.
Los japoneses no son felices. Datos oficiales publicados recientemente
por la asociación nacional de psiquiatras y neurólogos revelan que del
30 al 40 por ciento de los pacientes hospitalizados en los hospitales
japoneses sufren de disturbios psiquiátricos y que los 13.000
psiquiatras en servicio en el país no bastan para hacer frente a la
gran demanda de ayuda por parte de los enfermos mentales.
*
En el mensaje con el que ha introducido la Cuaresma de este año,
Benedicto XVI ha recordado cómo el principio del jurista latino
Ulpiano, según el cual "dare cuique suum" era la fórmula
para asegurar la justicia en el mundo, en realidad se ha revelado falaz.
Para ser feliz el hombre necesita de algo que no se le puede garantizar
por la ley: tiene necesidad del amor gratuito de Dios. Japón que,
ignorante de un Dios trascendente, se ha vuelto un país modelo de la
justicia social está plagado de este profundo impulso suicida. Parece
por lo tanto ser una prueba luminosa y dramática de la verdad del
pensamiento de Ratzinger: sin Dios el hombre no puede ser feliz. Los
bienes materiales son necesarios, pero no garantizan la felicidad, el
pleno goce de la vida.
Sería quizá simple ligar el brusco ascenso de suicidios a la crisis
económica en la que se debate el país por el fin de la llamada
"bubble economy" en la segunda mitad de los años '80, pero lo
de los fracasos y de los desocupados es sólo una, y quizá no la
principal, de las causas de esta ola de desesperación que golpea el país.
Naturalmente hay causas universales como enfermedades incurables,
desilusiones de amor, crisis de depresión, etc. Pero lo que se quiere
poner en claro es qué cosa está detrás de la aparente facilidad con
la que los japoneses llegan a la decisión de quitarse la vida. Sociólogos
y psicólogos consideran que un impulso suicida podría encontrarse en
la cultura y en la tradición de los "samurai", o sea de
"aquellos que sirven", cuyo suicidio - "seppuku", más
conocido en occidente con el sinónimo "harakiri" - realizado
con dignidad ritual, vestido de un kimono para ceremonias y hundiendo
una hoja en el propio vientre, era considerado el único modo honorable
de eliminar el ultraje de una derrota o de una humillación.
Esta tradición fue después recibida por los pilotos
"kamikaze", o sea "viento de dios", que durante el
segundo conflicto mundial destrozaban sus cazas contra las naves de
guerra americanas. Quizá la última manifestación pública de este
estoicismo exasperado ha sido el doble "seppuku" realizado por
el famoso escritor Yukio Mishima y su más fiel seguidor Morita el 25 de
noviembre de 1970, frente a unos mil soldados y a decenas de telecámaras
después de haber ocupado con un puñado de sus más leales el
ministerio del interior. Era la extrema protesta de Mishima y de su
pequeño ejército privado contra el pacto con el que Japón aceptaba no
tener un propio ejército y confiaba la defensa del propio suelo a las
fuerzas armadas americanas.
*
Nos dice el nuncio apostólico en Japón, el arzobispo Alberto Bottari
de Castello, en la dirección de la nunciatura de Tokio desde hace 5 años:
"los japoneses no tienen una relación personal con Dios. El
concepto de individuo, que está al centro de la cultura occidental, no
hace parte de su DNA cultural. Se identifican con el grupo, la sociedad,
la empresa, la nación. Cuando un cristiano llega a la decisión de
quitarse la vida sabe que está por infringir una norma sacra: la vida
se la ha dado Dios y sólo Dios se la puede quitar. El japonés tentado
por el suicidio no tiene este freno. No tiene el concepto de pecado. No
tiene a nadie, no tiene nada, fuera del propio mundo material y
cultural, a quien pedir ayuda. Pero en su mundo pedir ayuda es
deshonroso, y entonces debe resolver dentro de sí mismo el drama de la
propia infelicidad, que se ha hecho insoportable. Los cristianos, también
en los momentos más oscuros, pueden siempre tender la mano hacia Dios.
Los japoneses no. Tienen ocho millones de dioses, miles de maravillosos
templos, santuarios, altares, altarcillos, dos religiones oficiales, el
budismo y el shintoismo, pero viven sin el Dios único omnipotente y
misericordioso, sin el concepto de Dios padre de toda la humanidad y
presente en cada uno de nosotros, siempre".
Hiroko Nakamura, apreciada traductora de libros de narrativa italianos,
no cree que la relativa facilidad con que los japoneses llegan a la
decisión de renunciar a la vida se deba imputar a su ser ateos:
"Al contrario, pienso que es precisamente nuestro credo religioso más
difundido, el budismo, el que nos hace más fácilmente aceptable la
idea del suicidio como solución extrema de nuestros problemas terrenos,
tanto materiales como espirituales. El budismo predica la reencarnación,
o sea la transferencia del alma de un individuo a otro cuerpo físico,
no necesariamente humano. La vida es considerada una prueba de examen
para ganarse una nueva vida, subiendo de existencia en existencia, hacia
el nirvana, la eterna bienaventuranza celeste. Con esta fe, cuando la
presión de los problemas de la vida parece insostenible, es más fácil
ceder a la tentación de dejar todo atrás e intentar hacerlo mejor en
la próxima existencia. A Buddha, Jesús, san Francisco, Gandhi, los
hemos conocido en su última existencia, antes de su ingreso en el
nirvana".
El obispo católico de Tokio, Paul Kazuhiro Mori, está de acuerdo con
el nuncio Bottari de Castello en considerar que a los japoneses les
falta el concepto de Dios y de pecado. Cuando el japonés decide
quitarse la vida no piensa que está infringiendo una ley divina, no
siente remordimiento por su acto. No ve en él nada de condenable, de éticamente
negativo. Al contrario, con el suicidio el japonés salva su honor y el
de su familia, si todavía tiene una. "Cuando ustedes periodistas
vienen a Japón", nos dice el obispo Mori, "admiran los
extraordinarios alcances en el campo social. Escuelas, hospitales,
abundancia de bienes materiales, estipendios altos, baja tasa de
criminalidad, seguridad en las calles, transporte público admirado en
todo el mundo, industrias florecientes, orden público muy estable. Si
ustedes creen que es el bienestar social el que da la felicidad,
entonces pueden concluir que nuestro país es un país feliz, en los límites
humanos. Pero si quieren ver bajo esta costra de abundancia material,
entonces se encontrarán frente a uno de los países más pobres, en lo
que se refiere al respeto del individuo y a su alimentación
espiritual".
Las cifras oficiales, aún en su terrible crudeza, son nada respecto a
cuanto ellas esconden. Hay quien afirma que en realidad los suicidios
son al menos el doble de los denunciados y los intentos fallidos son al
menos una docena de veces más numerosos de los que se llevan a cabo, y
algo semejante respecto a los que están planificando su suicidio.
"Vivir en Japón es como vivir en la primera línea de
guerra", dijo una vez el famoso escritor budista Hiroyuki Itsukio.
Y se preguntaba: si ha sido llamada "una salvaje guerra civil"
la de los católicos y protestantes en Irlanda del norte, que en 40 años
le ha costado la vida a 5.000 personas, ¿entonces, cómo deberemos
llamar la realidad japonesa que ha visto en el mismo periodo de matarse
al menos un millón de personas? "Estoy completamente de acuerdo
con Itsukio", comenta el obispo Mori. "La opinión pública se
indignaba por las noticias que llegaban de aquella guerra fraticida.
Pero ninguno parecía preocuparse por esta carnicería que se realiza
todos los días desde hace tantos años frente a nuestros ojos".
*
El reverendo Samuel Koji Arai, 80 años muy bien llevados, es pastor de
la Iglesia protestante interdenominacional del barrio de Mabashi. Tiene
casi mil fieles en gran parte del sector social medio-alto. "Pero
eran sólo una docena cuando llegué hace 46 años", nos dice. Para
darnos la bienvenida, interrumpió una fuga de Bach que estaba tocando
en el órgano. Junto al órgano hay dos pianos y un violonchelo.
"Hacemos mucha música en vivo", sonríe, "clásica para
los ancianos, rock para los jóvenes. También cuando hablo a mis fieles
debo usar dos idiomas, uno para los jóvenes y otro para los ancianos.
Viven en mundos diferentes. Para los jóvenes es más fácil entender el
mensaje del Evangelio, porque el Evangelio es revolución. Mientras que
los viejos tienen raíces tan profundas en la tradición japonesa que
para ellos el Evangelio es frecuentemente incomprensible. ¿Los
suicidios? No tengo la menor duda del por qué: la falta de Dios en la
vida de los japoneses. Su vida frenética, consumista, hedonista, me
recuerda los judíos que danzaban en torno al becerro de oro, olvidados
de Dios. Desaparecida la ebriedad del alcohol, la excitación de la
danza, se reencuentran solos, sin un objetivo, sin un valor que
trascienda el bienestar físico. Se ve la vida como una carrera que
llega al último límite. Detrás de aquel límite, la oscuridad. Y
entonces se pregunta si vale la pena continuar luchando para ganar
siempre más, para gastar siempre más, para cuidarse siempre más pero
luego terminar de todos modos solos en alguna residencia para ancianos
acomodados o en cualquier hospicio. Y entonces la idea de arrojarse bajo
un tren comienza a entrar en la cabeza siempre más frecuentemente hasta
que un día se descienden las escaleras del metropolitano por última
vez. Habría bastado poder decir 'Jesús, ayúdame', habría bastado
levantar los ojos al cielo, sin necesidad de decir ni siquiera aquel par
de palabras y la vida habría tenido totalmente otro sabor, totalmente
otro sentido. Cuatro veces en cada hora me siento culpable, cuatro veces
en cada hora siento un pugno en el estómago. Aquellos cuatro hermanos
que cada hora del día y de la noche se van sin conocer a Dios, los
siento como cuatro fracasos de mi misión de pastor. Nosotros Iglesia
deberíamos hacer más".
"La Iglesia católica ha hecho mucho en Japón, pero ciertamente
puede hacer más", nos dice el nuncio Bottari. "Hemos
construido escuelas, hospitales, colegios, universidades. Nuestras
escuelas son muy apreciadas. La Universidad Sophia de Tokio es una de
las más prestigiosas de la nación. Estamos también financiando un teléfono
amigo llevado por protestantes para proporcionar asistencia psicológica
a quien ha decidido quitarse la vida. Pero aquí estamos frente a un
gran drama nacional. Para incidir positivamente sobre el fenómeno de
los suicidios debemos hacer que penetre el concepto de Dios y de la
sacralidad de la vida dentro de la cultura japonesa. Por ahora es un
objetivo aún lejano. Hay poco más de un millón de católicos en Japón,
de los cuales más de la mitad son inmigrantes. Tenemos cada año cerca
de 4 mil conversiones, nuestra visión de Dios avanza, pero lentamente.
Hay una pregunta que me planteo desde hace años sin encontrar una
respuesta satisfactoria. ¿Por qué los japoneses que han hecho de la
cortesía y del respeto del prójimo la base de su comportamiento
social, son tan refractarios al mensaje de amor universal del Evangelio?
¿Por qué no se convierten? Creo que el obstáculo principal es el que
tengan raíces profundas en su cultura milenaria, que les hace ver la
conversión a una fe monoteísta occidental como una traición de las
tradiciones, de la patria y de la entera civilización oriental en
general".
*
En efecto, los japoneses tienen una clásica relación de odio y amor
por occidente. Les atraen los valores expresados por la cultura
occidental en varios campos: ciencias, artes, literatura, arquitectura,
música, medicina, investigación espacial, pero al mismo tiempo se
sienten víctimas de una colonización intelectual. "En cada campo
son ustedes los que establecen las reglas, los criterios de juicio, la
estética e incluso la ética", nos dice la escritora japonesa
Kyoko Asada. "Son ustedes los que desde hace siglos se arrogan el
derecho de establecer qué cosa está bien y qué cosa está mal, qué
cosa, que cosa es bella y que cosa es fea, cuál es el dios verdadero y
cuál el falso".
El obispo Mori le da en parte razón, cuando dice: "En Japón hay
en realidad una gran necesidad de valores religiosos, hay fieles que
practican incluso varias religiones. Pero la Iglesia no llega a
satisfacer esta sed de religiosidad porque se equivoca en la estrategia:
la Iglesia no debe limitarse a dar a conocer la doctrina, la fe y las
tradiciones católicas, sino que debe encontrar la manera de conjugarlas
con la cultura y los problemas de la vida cotidiana de los japoneses,
evitando la división entre enseñanza de la doctrina y la vida
cotidiana en Japón. Obviamente es una tarea muy difícil, que se
convierte en más ardua por la disminución de las vocaciones y el
envejecimiento de los obispos locales".
¿Obispo Mori, hay esperanza? "Sí, creo que sí. Me basta pensar
en el ejemplo de la madre Teresa que supo encontrar el modo de hablar al
corazón de los indios por encima de las diferencias de fe, con el
simple lenguaje de sus acciones. Si llegamos también nosotros a dar un
testimonio así de grande del amor de Jesús, pienso que podremos también
contener de modo significativo la avalancha de suicidios que aflige el
país".
En un reciente debate televisado en el que participaron tres jóvenes
mujeres que habían intentado suicidarse, una de ellas, Shinohara Eiji,
26 años, contó su drama, iniciado en las escuelas media y superior
donde era objeto de burlas porque era gorda. La continua humillación, año
tras año, la llevó a la decisión de quitarse la vida. Regresando a
casa, del hospital donde había sido internada con las muñecas
cortadas, fue recibida por su padre que la abrazó. Era la primera vez
en toda su vida que recibía un abrazo de su padre. "No nos dijimos
una sola palabra, pero en aquel momento, entre sus brazos, entendí que
la vida era bella y digna de ser vivida".
Las tres jóvenes estuvieron de acuerdo en considerar que lo que habrían
necesitado para vencer la desesperación era "ai o kometa
osekkai". "Ai o kometa" significa "ser acompañada,
motivada, por amor", mientras "osekkai" quiere decir
"ser objeto de interés y de cuidado": un modo japonés para
dar a entender que habrían tenido necesidad de alguno que se interesara
con amor de sus problemas. En palabras más simples, un poco de amor las
habría contenido para no realizar ese gesto extremo. Y no hay bienes
materiales y distribución equitativa de las riquezas que puedan
garantizar aquel amor. Dios puede.
__________
Sobre la reciente beatificación de 188 mártires japoneses:
> El samurai con la cruz. De las actas de los mártires del Japón
(26.11.2008)
__________
Sobre la inculturación de la fe cristiana, la conferencia del cardenal
Camilo Ruini en el congreso internacional sobre Mateo Ricci, en
Macerata, el 4 de marzo del 2010:
>
Ragione, cultura e fede
__________
En la foto de Silvio Piersanti, plegarias en un templo budista del
barrio de Asagaya en Tokio.
__________
Traducción en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú.
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8.3.2010
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