Primero
fue el código Da Vinci, ahora llega el “código Miguel Ángel”
Jorge Enrique Mújica Desde hace años
algunos grupos de activistas homosexuales, psicólogos, escuelas pictóricas,
astrónomos y otros, se han adjudicado la interpretación “más
exacta” de la obra del Miguel Ángel, concretamente la de la Capilla
Sixtina. Benjamin Blech y Roy
Doliner se unen a toda esa tropa de agoreros. Hace unas semanas
publicaron el libro The Sistine Secrets: Michelangelo´s Forbidden
Messages at the Hearth of the Vatican (“Los secretos de la
sixtina: los mensajes prohibidos de Miguel Ángel en el corazón del
Vaticano”). El argumento es simple:
Miguel Ángel era adepto a la cábala judía, ese sistema judío de
dudosa ortodoxia basado en conjeturas esotéricas y transmitidas por vías
de iniciación. ¿Quién lo inició? Según los autores, fue el mecenas
Lorenzo de Médicis y la influencia de la figura del letrado príncipe
italiano Giovanni Pico de la Mirandola. A partir de esta relación,
Blech y Doliner, pasan al típico y morboso recurso literario de la
corrupción de la corte papal para agregar un dudoso juicio sobre el
trato dispensado a los judíos por parte del Papa que, según los
autores, sería uno de los motivos por el cual Miguel Ángel aprovechó
para llenar con mensajes cabalísticos las paredes y la bóveda de la
Capilla Sixtina. El libro, en definitiva, evoca un sentimiento anti
Papal y destaca la ingenuidad secular de teólogos, historiadores, filósofos
y santos que han meditado o investigado los frescos de la Sixtina. O lo
que es lo mismo, aunque veladamente dicho: gracias a la sabiduría de
Benjamin Blech y Roy Doliner, rabino el primero y guía de turistas la
segunda, se ha podido dar con semejante descubrimiento. Y a todo esto, ¿hay
algo que objetar? Después del Código Da Vinci es fácil inventar
cualquier historia o hacerla pasar por cierta. Después de todo son
pocos los formados y menos aún los dispuestos a corroborar lo expuesto
por mentes que elucubran fantasías y saben venderlas. Ciertamente a los
autores se les han escapados detalles como el que Miguel Ángel era
miembro de la orden tercera de san Francisco o que en ninguno de sus
escritos menciona a Pico de la Mirandola. De hecho, si bien es cierto
que en su afán de conocer más, Pico se relacionó con círculos gnósticos,
no es menos verdad que se mantuvo con buenas disposiciones en cuanto a
la aceptación o rechazo de sus tesis por parte de la autoridad Papal. En su obra “Historia
de los papas” (Barcelona, Gustavo Gili, 1910), el historiador Ludwig
Pastor escribe a propósito de Pico: “En el ánimo de aquel filósofo,
de grandes cualidades y buenas intenciones, pero fantástico y
apasionado, se habían mezclado por extraña manera, doctrinas platónicas
con ideas cabalísticas […] algunas tesis de Pico eran heréticas,
sospechosas de herejía y escandalosas; varias renovaban errores de los
filósofos paganos, hacía tiempo desechados, y otras favorecían la
superstición judaica. Inocencio VIII adoptó esta sentencia,
enteramente justificada; y aun cuando gran número de tesis se reconoció
ser católicas y verdaderas, a causa de hallarse mezcladas con otras
falsas, condenó el Papa todo el catálogo de ellas y prohibió su
lectura; pero, como tenían un carácter puramente académico, y su
autor se había mostrado dispuesto a sujetarse al juicio de la Santa
Sede, y aseguró asimismo con juramento, no defender jamás cosa
semejante, el Papa salvó expresamente el buen nombre de Pico”. Vistas con detenimiento las cosas, no parece que The Sistine Secrets: Michelangelo´s Forbidden Messages at the Hearth of the Vatican sea una obra seria que merezca cualquier otra consideración.
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