PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

‑Señora, ¿adónde vais?

‑Al templo.

‑¿A qué?

‑A presentar a Dios su Mayorazgo y mío, el cual él me dio.

¡Quién viera aquel relicario de Dios y con cuánta humildad lo ofrece! Quía fecit mibí magna quí potens est [porque el Poderoso hizo obras grandes en mi] (Lc 1, 49). Señor, este Niño os ofrezco. Vuestro es, pues de vos es eternalmente engendrado; y mío, porque por vos, para remedio de los pecadores, me fue dado. ¡A vos sea la gloria! Vuestro es, yo os lo ofrezco.

La mejor ofrenda que nunca se ha ofrecido, y más agradable a los ojos del Padre, fue lo que la Virgen ofreció hoy. Y si miró Dios a Abel y a sus dones (Gn 4, 4), ¿cómo no mirará mejor a la Virgen y a su cordero y Hijo que ofrecía? Padre yo os ofrezco a vuestro Hijo.

Padres sacerdotes, aprended de la Virgen cómo habéis de ofrecer al Padre su Hijo: Yo os ofrezco vuestro Hijo para vuestro servicio, para que os agrade, y para el provecho de los pobres, para que les predique, enseñe, para que trabaje por ellos y muera por ellos.

¡Oh qué ejemplo para las madres que tenéis hijos! Ofreced vuestros hijos al templo. El que más amaba que sus entrañas, al Padre le ofrece para su hoara de Padre; y así la ensalzó sobre los coros de los ángeles a la Virgen, pues le ofreció la mejor ofrenda.

Y pues, Señora, ¿de nosotros no os acordáis? Sí por cierto. ¡Oh cuánto debemos a la Virgen! ¡Cuánto te costaría decir: Ofrézcoos, Padre, este Niño para que padezca por los hombres, sea azotado, muerto por ellos!

SAN JUAN DE ÁVILA