PURIIFICACI
ÓN Y PRESENTACIÓN...

Cuando Faraón no quería dejar salir a los israelitas, ordenó Dios al pueblo por medio de Moisés: Todo padre de familia debe degollar un cordero y embadurnar con su sangre las jambas de la puerta y su dintel. Y donde el padre de familia había cumplido la orden con obediencia fiel, perdonaba el ángel de Dios a los primogénitos. Esta misericordia con los primogénitos de Israel, mientras los de los egipcios perecían sin excepción, fue para bien universal del pueblo, porque Faraón permitió, en vista de ello, que se trasladaran del cautiverio a la tierra de promisión.

Para recuerdo perpetuo de esta liberación prodigiosa, ordenó Dios que todo primogénito le fuese consagrado de manera especial a él y al pueblo a un mismo tiempo ( ... ).

Junto con la ley de la presentación de los primogénitos existía otra prescripción particular acerca de la purificación levítica de la madre después del alumbramiento..

He aquí el tenor de esa ley cuando se trata de niños varones: la mujer que ha concebido y dado a luz un hijo varón,debe permanecer en casa durante los días (7 antes y 33 después de la circuncisión), purificándose de su sangre. No debe tocar ningún objeto santo ni penetrar en el santuario, hasta que se cumplan 10 días de su purificación. Y cuando se hayan cumplido, debe presentar a las puertas de¡ tabernáculo delante de¡ concurso y entregárselo al sacerdote, un cordero de un año para el holocausto y un pichón o una tórtola para el sacrificio propiciatorio. El sacerdote debe ofrecerlos delante de Dios y rogar por ella, y de ese modo quedará purificada del flujo de su sangre. Si esto es superior a sus recursos y no puede ofrecer un cordero, lleve dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y otro para el sacrificio propiciatorio, y el sacerdote ore por ella, y así quedará purificada (Lv 12, 1 ss.).

El sacrificio que tenía que ofrecer la madre en la purificación podía, pues, «subir o bajar»; es decir, que la oblación se regulaba conforme a los haberes, en cada caso: los ricos tenían que ofrecer un cordero, los pobres un par de tórtolas. José y María, que pertenecían a la clase pobre, ofrecieron dos palomas. Las palomas se podían llevar al templo, pero también había la posibilidad de pagar en él a un sacerdote la tasa fijada para ellas. La gente que venía de lejos hacía sin duda uso de esta facultad.

En nuestros días parece extraña, a primera vista, semejante ley. Con todo, si se consultan en alguna obra sobre etnología los apartados «embarazo, alumbramiento, postparto» se ve que todos los pueblos que viven de una manera primitiva, observan para tales épocas prescripciones que tienen algo de religioso. Ése es también el alcance de la purificación legal después del alumbramiento. No se trata de una relegación a causa de un pecado en sentido estricto, sino de una impureza legal; y el sacrificio prescrito al fin de esos días, marca la salida de una situación en la que el hombre siente de modo especial su impotencia y se ve impulsado hacia Dios.

María no incurrió por el alumbramiento de Jesús en ninguna impureza legal. Con todo, se sometió al correspondiente sacrificio purificatorio. No ciertamente para disimular y para acomodarse a lo que hacían los demás, sino para asemejarse a su modelo Jesús, sometido por Dios a la Ley. Que María procediese en esto según la voluntad divina, lo atestigua la manifestación que Dios hizo en ella con este motivo.

El viaje a Jerusalén, que les llevaría como dos horas, fue demasiado corto para María para acabar de considerar todo lo que revolvía en su ánimo.

Desde la circuncisión, José y María habían llamado muchas veces al Niño con el nombre de Jesús, que Dios le había dado. Cuantas veces se les asomaba a los labios y resonaba en su corazón, penetraban más con la inteligencia en su significado: Jesús, Salvador enviado por Dios, salvación, autor de la salud. Ahora, mientras avanzaban camino del templo para presentar el niño al Señor, tenían conciencia de que, tratándose de él, la entrada en el santuario del Altísimo significaba algo singular.

Llegaron a la puerta de Jaffa, situada junto al palacio de Herodes. Aquello pululaba a diario de traficantes de Jerusalén y caravanas de todo el mundo, de ciudadanos ociosos que iban a curiosear y de mendigos que solicitaban de todos una limosna. En medio del camino había camellos tumbados, con la mirada fija en el aire, y asnos que pataleaban atados en hileras. En aquel ambiente de compras y ventas nadie reparó en las dos personas sencillas que iban con un niño y procuraban abrirse paso por entre la aglomeración. A lo sumo algún cambista que se fijó a ver si José llevaba consigo las palomas o si pensaba pagar la tasa en metálico, y, por consiguiente, ver si se presentaba o no un negocillo; porque era indudable que se trataba de un matrimonio que se dirigía al templo.

Al penetrar ellos en el recinto del santuario se cumplió la profecía de Malaquías: «El dominador a quien vosotros buscáis, el ángel de la alianza por quien suspiráis, vendrá a su templo». Aunque María no tuviese presentes estas palabras, su fe le hizo experimentar interiormente lo que el profeta había contemplado en visión. Un resto de la profecía sobrenadaba aún en el pueblo; se decía que el Mesías bajaría del cielo al pináculo del santuario, y que de aquel modo se manifestaría a Israel. Pero no fue de esa manera portentosa, sino cual niño llevado en brazos de la madre, como apareció por primera vez en la casa de su Padre.

Las madres tenían que esperar al sacerdote en la puerta oriental. Allá se fue María junto con otras, y aguardó a que el sacerdote tomara de su mano las palomas o el dinero. A su lado estaba José para pagar el rescate de Jesús. La ceremonia de la purificación de María y la del rescate del Niño del servicio del templo, no se diferenciaron exteriormente en nada de lo que solía suceder con otras en la misma ocasión. Pero interiormente la ceremonia se compenetraba en tal grado con la realidad, que dejaba de ser ceremonia. Así como en la última cena celebró Jesús el banquete pascual bajo los ritos del Antiguo Testamento, siendo al mismo tiempo el Cordero de Dios que abolía el simbolismo del cordero pascual, así se sometió también como primogénito a la presentación, siendo al mismo tiempo el primogénito que había de poner fin a todas las presentaciones en el templo. Porque él era el Unigénito de Dios que creó un nuevo sacerdocio, que nada tenía que ver con aquellos primogénitos. El cordero pascual había salvado la vida a los primogénitos en Egipto en previsión de su muerte, y así había librado a todo el pueblo de la esclavitud. Jesús, el verdadero Cordero pascual, estaba llamado a salvar a Israel, el primogénito entre los pueblos, y a redimir también a los demás pueblos.

María y José ofrecieron el Niño a Dios y lo rescataron, recibiéndolo de nuevo. Como los demás padres, debían también ellos educar a su Hijo para el oficio que Dios le hubiese señalado. Ellos sabían mejor que cuando se trata de otros primogénitos, para qué había venido al mundo Jesús, el Hijo de Dios: tenía que salvarlo de sus pecados.

La prescripción tocante a los «primogénitos» estaba en relación, ya lo hemos notado, con la vida de la madre. En el caso de María sucedía esto de un modo especial, puesto que Jesús no tenía padre humano. En cuanto dependía de los hombres la oblación del hijo al Señor, era ella la única que tenía vinculo esencial con su Hijo.

Y como sola y única preparó su corazón para ofrecerlo al Señor en el templo, dedicándolo al oficio sagrado a que estaba destinado. Al hacer esto, ponía simultáneamente su propia vida en las manos de Dios. Aquella ofrenda fue de perfección suma. Como que ni un solo momento, durante toda su vida, había ella deseado un hijo por interés personal, ni se lo había reclamado para sí, sino que había concebido conforme a la voluntad de Dios. Al igual que María, puso José también su vida al servicio de aquel Niño a quien estaba confiada la redención. También su sacrificio era perfecto en su medida; aunque de modo muy diverso comparado con el de María. Porque Jesús era el Hijo de María, de manera singular.

Como los pastores recibieron directamente de Dios la comunicación del nacimiento de jesús, así iluminó también ahora Dios a un varón que apareció en el templo. Un anciano llamado Simeón, hombre piadoso del pueblo, vino al templo a la misma hora, impulsado por el Espíritu Santo. Como si la conociese, se presentó delante de María y le tomó el Niño de los brazos. En el mismo momento sentía él interiormente, con absolu~ ta seguridad, que se había realizado la promesa del Señor, según la cual había de contemplar él al Salvador antes de morir. Por eso en su himno se dirigió en primer lugar a Dios, y no a María y José:

Señor, puedes ya dejar partir en paz a tu siervo según tu palabra, pues han visto mis ojos tu redención, que preparaste a la faz de todos los pueblos; luz para iluminar a los gentiles y timbre de gloria para el pueblo de Israel.

¡Ahora, Señor, puedes dejar partir a tu siervo en paz! Simeón fue el primer hombre del Antiguo Testamento que habló de la muerte sin temor.

Salía regocijado de este mundo, una vez que había visto con sus propios ojos al Mesías, una vez que lo había sostenido en sus brazos agostados; aquel Mesías enviado al pueblo de Israel que lo aguardaba con ansia, pero también a los pueblos paganos, que ya no poseían idea clara sobre su venida. Gloria del pueblo de Israel, luz que ilumina a los pueblos paganos, lo llamó Simeón con solemnidad profética.

María y José lo contemplaban atónitos, cuando el anciano abrió su boca para ensalzar al Señor y para expresar sus inspiraciones divinas. Mis ojos han visto tu redención, exclamaba alborozado. En su mirada y en sus palabras aprendieron José y María a elevar sus ojos y su espíritu sobre las fronteras del pequeño país. La alusión a los gentiles era como una preparación para la huida a Egipto, el viejo imperio pagano. Allí habían de proporcionarles las palabras del viejo Simeón consuelo y fuerza, habían de robustecerles la fe en que también esta permanencia del Salvador entre los paganos entraba en la misión que le había señalado Dios.

Por ilustración divina se asoció a Simeón una mujer, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. El Evangelio la presenta como una profetisa, como mujer que vivía llena del Espíritu Santo y bajo su dirección especial. Después de vivir en matrimonio durante siete años, no se había vuelto a casar, sino que vivió en calidad de viuda hasta los 84, consagrada enteramente al servicio de Dios. «No se apartaba del templo»; había alquilado, por consiguiente, alguna pequeña vivienda en los departamentos cercanos a él. Casos semejantes se narran también en los documentos sobre templos paganos. Los «pupilos», por ejemplo, se acogían con preferencia a los santuarios. Ana vivía entregada a Dios por completo; los días los pasaba orando y ayunando. Su sueño dorado, como el de todas las almas piadosas, era el Mesías. Atraída por el Espíritu de Dios compareció también ella, mientras el Niño Redentor estaba en el templo. Como Simeón, prorrumpió en júbilo y daba gracias a Dios por tan gran beneficio. Debió de ser un espectáculo singular cuando aquella viuda anciana, que no se había vuelto a casar por amor a Dios y que, por decirlo así, había vuelto al estado de virginidad, se encontró en el santuario con María, la virgen que por amor a Dios había renunciado a su vida recogida de virgen, y ambas se congratularon de que el Salvador del mundo hubiese nacido por fin. Probablemente se darían cuenta de que coincidían en sus ideales, más por el Espíritu de Dios que animaba a la una y a la otra, que por lo que se contaron mutuamente sobre sus vidas.

FRANZ MICHEL WILLAM (Vída de María, 12.‑ edición, Herder, Barcelona,1982, pp. 116‑122)