"Queridos artistas, ustedes son custodios de la belleza"
El texto íntegro del discurso dirigido por el Papa, el 21 de noviembre
de 2009 en la Capilla Sixtina, a representantes de todas las artes:
pintores, escultores, arquitectos, novelistas, poetas, músicos,
cantantes, hombres del cine, del teatro, de la danza, de la fotografía
por Benedicto XVI
[En la foto: Francis Bacon (1909-1992), "Study for Velazquez
Pope", Museos Vaticanos].
¡Señores Cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
ilustres Artistas,
Señoras y Señores!
Con gran alegría los recibo en este lugar solemne y rico de arte y de
memorias. Dirijo a todos y cada uno mi cordial saludo y les agradezco
por haber acogido mi invitación. Con este encuentro deseo expresar y
renovar la amistad de la Iglesia con el mundo del arte, una amistad
consolidada en el tiempo, dado que el Cristianismo, desde sus orígenes,
ha comprendido bien el valor de las artes y ha utilizado sabiamente los
multiformes lenguajes para comunicar su inmutable mensaje de salvación.
Esta amistad debe ser continuamente promovida y sostenida, para que sea
auténtica y fecunda, adecuada a los tiempos y que tenga en cuenta las
situaciones y los cambios sociales y culturales. He aquí el motivo de
nuestra cita. Agradezco de corazón a monseñor Gianfranco Ravasi,
presidente del Pontificio Consejo de la Cultura y de la Pontificia
Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia, por haberlo
promovido y preparado, con sus colaboradores, así como por las palabras
que me ha apenas dirigido. Saludo a los señores cardenales, a los
obispos, a los sacerdotes y a las distintas personalidades presentes.
Agradezco también a la Capella Musical Pontificia Sixtina que me acompaña
en este significativo momento.
Protagonistas de este encuentro son ustedes, queridos e ilustres
artistas, pertenecientes a países, culturas y religiones diversas, quizás
lejanas a experiencias religiosas pero deseosas de mantener viva una
comunicación con la Iglesia católica y de no restringir los horizontes
de la existencia a la mera materialidad, a una visión reductiva y
banal. Ustedes representan el variado mundo de las artes y, justamente
por esto, a través de ustedes quisiera hacerles llegar a todos los
artistas mi invitación a la amistad, al dialogo y a la colaboración.
Algunas significativas circunstancias enriquecen este momento.
Recordamos el decenio de la Carta a los Artistas de mi venerado
predecesor Juan Pablo II. Por primera vez, en la vigilia del Gran
Jubileo del Año 2000, este Pontífice, también él artista, escribió
directamente a los artistas con la solemnidad de un documento papal y el
tono amigable de una conversación entre “cuantos- como reza la
dedicatoria-, con apasionada dedicación, buscan nuevas ‘epifanías’
de la belleza”. El mismo Papa, hace veinticinco años, había
proclamado patrono de los artistas al beato Angélico, indicando en él
un modelo de perfecta sintonía entre fe y arte. Mi pensamiento lo
dirijo ahora al 7 de mayo de 1964, cuarenta y cinco años atrás, en
este mismo lugar, se realizaba un histórico evento fuertemente querido
por el Papa Pablo VI para reafirmar la amistad entre la Iglesia y las
artes. Las palabras que pronunció en aquella circunstancia resuenan
todavía hoy bajo la bóveda de esta Capilla Sixtina, tocando el corazón
y el intelecto. “Nosotros necesitamos de ustedes- dijo-. Nuestro
ministerio necesita de vuestra colaboración. Porque, como ustedes
saben, nuestro ministerio es el de predicar y de hacer accesible y
comprensible, es más, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo
invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta operación….ustedes son
maestros. Es vuestro oficio, vuestra misión; y vuestra arte es la de
entender del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra,
de colores, de formas, de accesibilidad” (Enseñanzas II, [1964],
313). Era tanta la estima de Pablo VI por los artistas, como para
lanzarlo a expresiones verdaderamente audaces: “Y si nosotros
prescindiéramos de vuestra ayuda –continuaba-, el ministerio se haría
balbuciente e incierto, y tendría necesidad de hacer un esfuerzo, diríamos,
para ser artístico en sí mismo, es más, convertirse en profético.
Para elevarse a la fuerza de expresión lírica de la belleza intuitiva,
necesitaría hacer coincidir el sacerdocio con el arte” (Ibid., 314).
En aquella circunstancia, Pablo VI asumió el compromiso de
“reestablecer la amistad entre la Iglesia y los artistas”, y les
pidió hacer lo propio y compartirlo, analizando con seriedad y
objetividad los motivos que habían turbado esa relación y asumiéndose,
cada quien con valentía y pasión, la responsabilidad de un renovado y
profundo itinerario de conocimiento y de diálogo, en pos de un auténtico
“renacimiento” del arte en el contexto de un nuevo humanismo.
Aquel histórico encuentro, como decía, tuvo lugar aquí, en este
santuario de fe y de creatividad humana. No es por lo tanto casual
nuestro reencuentro precisamente en este lugar, precioso por su
arquitectura y por sus simbólicas dimensiones, pero, más aún, por sus
frescos que lo hacen inconfundible, empezando por las obras maestras de
Perugino y Botticelli, Ghirlandaio y Cosimo Rosselli, Luca Signorelli y
otros, para alcanzar las Historias del Génesis y del Juicio Universal,
obras excelsas de Miguel Ángel Buonarroti, que aquí dejaron una de las
creaciones más extraordinarias de toda la historia del arte. Aquí
también resonó con frecuencia el lenguaje universal de la música,
gracias al genio de grandes músicos que han puesto su arte al servicio
de la liturgia ayudando al alma a elevarse hacia Dios. Al mismo tiempo
la Capilla Sixtina es un singular cofre de memorias, ya que constituye
el escenario solemne y austero de eventos que signan la historia de la
Iglesia y de la humanidad. Aquí, como ustedes saben, el Colegio de los
cardenales elige al Papa; aquí he vivido también yo, con trepidación
y absoluta confianza en el Señor, el momento inolvidable de mi elección
a sucesor del apóstol Pedro.
Queridos amigos, dejemos que estos frescos nos hablen hoy, acercándonos
a la meta última de la historia humana. El Juicio Final que sobresale a
mis espaldas, recuerda que la historia de la humanidad es movimiento y
ascensión, es incansable tensión hacia la plenitud, hacia la felicidad
última, hacia un horizonte que siempre sobrepasa el presente mientras
lo atraviesa. En su dramatismo, sin embargo, este fresco coloca frente a
nuestros ojos también el peligro de la caída definitiva del hombre,
amenaza que incumbe sobre la humanidad cuando se deja seducir por las
fuerzas del mal. El fresco lanza por lo tanto un fuerte grito profético
contra el mal; contra toda forma de injusticia. Pero para los creyentes,
el Cristo resucitado es el Camino, la Verdad y la Vida. Para quien
fielmente lo sigue es la puerta que introduce en aquel “cara a
cara”, en aquella visión de Dios de la que surge sin limitación
alguna la felicidad plena y definitiva. Miguel Ángel ofrece de este
modo a nuestra visión, el Alfa y el Omega, el principio y el final de
la historia y nos invita a recorrer con alegría, valentía y esperanza
el itinerario de la vida. La dramática belleza de la pintura de Miguel
Ángel, con sus colores y sus formas, nos hace entonces anuncio de
esperanza, invitación potente para elevar la mirada hacia el horizonte
último. La relación profunda entre belleza y esperanza constituía
también el núcleo esencial del sugestivo mensaje que Pablo VI dirigió
a los artistas en la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, el 8
de diciembre de 1965: “A todos ustedes- proclamó solemnemente-la
Iglesia del Concilio les dice con nuestra voz: ¡si ustedes son los
amigos del verdadero arte, ustedes son nuestros amigos!” (Enchiridion
Vaticanum, 1, p. 305). Y agregó: “este mundo en el cual vivimos
necesita belleza para no precipitar en la desesperación. La belleza,
como la verdad, es aquello que infunde alegría en el corazón de los
hombres, es el fruto precioso que se resiste a la degradación del
tiempo, que une a las generaciones y las hace comulgar en la admiración.
Y esto gracias a vuestras manos… Recuerden que ustedes son custodios
de la belleza del mundo” (Ibid.).
El momento actual está lamentablemente marcado, además de por los fenómenos
negativos a nivel social y económico, también por un debilitamiento de
la esperanza, por una cierta desconfianza en las relaciones humanas, por
lo que crecen los signos de resignación, de agresividad, de desesperación.
El mundo en el que vivimos, corre el riesgo de cambiar su rostro por
causa de la obra no siempre sabia del hombre, el cual en lugar de
cultivar su belleza, explota sin conciencia los recursos del planeta en
favor de unos pocos y con frecuencia desfigura las maravillas naturales.
¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede animar al
alma humana para encontrar el camino, a levantar la mirada hacia el
horizonte, a soñar una vida digna de su vocación sino la belleza?
Ustedes saben bien, queridos artistas, que la experiencia de lo bello,
de lo auténticamente bello, no efímero ni superficial, no es accesorio
o algo secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque
tal experiencia no aleja de la realidad, más al contrario, conduce a
una estrecha comparación con la vida cotidiana, para liberarla de la
oscuridad y transfigurarla, para hacerla luminosa, bella.
Una función esencial de la verdadera belleza, de hecho, ya evidenciada
por Platón, consiste en el comunicar al hombre una saludable
“sacudida”, que le haga salir de sí mismo, le arranque de la
resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir,
como un dardo que lo hiere pero que justamente de este modo lo
“despierta” abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la
mente, poniéndole alas, empujándolo hacia lo alto. La expresión de
Dostoevskij que voy a citar es sin duda audaz y paradójica, pero invita
a reflexionar: “La humanidad puede vivir –decía- sin ciencia, puede
vivir sin pan, pero sin la belleza no podría vivir más, porque no habría
nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la
historia está aquí”. Le hizo eco el pintor Georges Braque: El arte
está hecho para turbar, mientras la ciencia tranquiliza”. La belleza
golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone
en marcha, lo llena de nueva esperanza, de dona la valentía de vivir
hasta el final el único don de la existencia. La búsqueda de la
bellaza de la que hablo, evidentemente, no consiste en una fuga
irracional o en un mero esteticismo.
No obstante, a menudo, la belleza de la que se hace propaganda es
ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en
lugar de hacer salir a los hombres de sí y abrirles horizontes de
verdadera libertad empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí
mismos y los hace todavía más esclavos, privados de esperanza y de
alegría. Se trata de una seductora pero hipócrita belleza, que
estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia
sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario,
asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la
provocación en sí misma. La auténtica belleza, en cambio, abre el
corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar,
de ir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la
belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces
redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de aferrar el
sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y
del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del
compromiso cotidiano. Juan Pablo II, en la Carta a los Artistas, cita,
en este contexto, este verso de un poeta polaco, Cyprian Norwid: “La
belleza es para entusiasmar el trabajo,/ el trabajo es para resurgir”
(n.3). Y más adelante agrega: “Como búsqueda de lo bello, fruto de
una imaginación que va más allá de los cotidiano, el arte es, por su
naturaleza, una suerte de llamado al misterio. Incluso cuando escruta
las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más espantosos
del mal, el artista se hace de alguna manera voz de la universal espera
de redención”(n. 10). Y en la conclusión afirma: “la belleza es
cifra del misterio y llamado a lo trascendente” (n. 16).
Estas ultimas expresiones nos llevan a dar un paso adelante en nuestra
reflexión. La belleza, desde aquella que se manifiesta en el cosmos y
en la naturaleza hasta aquella que se expresa a través de las
creaciones artísticas, precisamente por su característica de abrir y
ampliar los horizontes de la conciencia humana, de llevarla más allá
de sí misma, de asomarla al abismo de lo infinito, puede convertirse en
un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios.
El arte, en todas sus expresiones, en el momento en el que se confronta
con las grandes interrogantes de la existencia, con los temas
fundamentales de los cuales deriva el sentido de vivir, puede asumir una
validez religiosa y transformarse en un recorrido de profunda reflexión
interior y de espiritualidad. Esta afinidad, esta sintonía entre
recorrido de fe e itinerario artístico, se confirma en un incalculable
número de obras de arte que tienen como protagonistas los personajes,
las historias, los símbolos de aquel inmenso depósito de
“figuras”- en sentido amplio- que es la Biblia, la Sagrada
Escritura. Las grandes narraciones bíblicas, los temas, las imágenes,
las parábolas han inspirado innumerables obras maestras en cada sector
de las artes, así como también, han hablado al corazón de cada
generación de creyentes mediante obras de artesanía y de arte local,
no menos elocuentes y conmovedoras.
Se habla, en este contexto, de una "via pulchritudinis", un
camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico,
estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica. El teólogo
Hans Urs von Balthasar abre su gran obra titulada "Gloria. Una estética
teológica" con estas sugestivas expresiones: “Nuestra palabra
inicial se llama belleza. La belleza es la última palabra que el
intelecto pensante puede osar pronunciar, porque ella no hace otra cosa
que coronar, cual aureola de esplendor inalcanzable, el doble astro de
lo verdadero y del bien y su indisoluble relación”. Después observa:
esa es la belleza desinteresada sin la cual el viejo mundo era incapaz
de entenderse, pero que se ha apartado de puntillas del moderno mundo de
los intereses, para abandonarlo a su oscuridad, a su tristeza. Esa es la
belleza que ya no es amada y custodiada ni siquiera por la religión”.
Y concluye: “Quien, en su nombre, crispa los labios en una sonrisa,
juzgándola como el juguete exótico de un burgués, de éste se puede
estar seguro que –secretamente o abiertamente- no es capaz de rezar y,
pronto, ni siquiera de amar”. El camino de la belleza nos conduce,
entonces, a tomar el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito,
Dios en la historia de la humanidad. En este sentido, Simone Weil escribía:
“En todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico
de lo bello, está realmente la presencia de Dios. Hay casi una especie
de encarnación de Dios en el mundo, del cual la belleza es un signo. Lo
bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por
esto, cada arte de primer orden es, por su esencia, religiosa”. Todavía
más cáustica es la afirmación de Hermann Hesse: “Arte significa:
dentro de cada cosa mostrar a Dios”. Haciendo eco a las palabras del
Papa Pablo VI, el siervo de Dios Juan Pablo II reafirmó el deseo de la
Iglesia de renovar el diálogo y la colaboración con los artistas:
“Para transmitir el mensaje confiado por Cristo, la Iglesia necesita
del arte” (Lettera agli Artisti, n. 12); pero preguntaba
inmediatamente después: “¿El arte necesita a la iglesia?”,
animando a los artistas a encontrar en la experiencia religiosa, en la
revelación cristiana y en el “gran código” que es la Biblia una
fuente de renovada y motivada inspiración.
Queridos Artistas, llegando a la conclusión, quisiera dirigir también
yo, como ya lo hizo mi predecesor, un cordial, amigable y apasionado
llamamiento. Ustedes son los custodios de la belleza, ustedes tienen,
gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la
humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar
sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y del
compromiso humano. ¡Sean gratos por los dones recibidos y plenamente
concientes de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de hacer
comunicar en la belleza y a través de la belleza! ¡Sean también
ustedes, a través de vuestro arte, anunciadores y testimonios de
esperanza para la humanidad¡ ¡Y no tengan miedo de relacionarse con la
fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes,
con quien, como ustedes, se siente peregrino en el mundo y en la
historia hacia la Belleza infinita¡. La fe no quita nada a vuestro
genio, a vuestra arte, es más, los exalta y los nutre, los anima a
atravesar el umbral y a contemplar con ojos fascinados y conmovidos la
meta última y definitiva, el sol sin crepúsculo que ilumina y hace
bello el presente.
San Agustín, cantor enamorado de la belleza, reflexionando sobre el
destino último del hombre y casi comentando "ante litteram"
la escena del Juicio que tienen hoy ante sus ojos, escribía:
“Gozaremos, entonces de una visión, o hermanos, nunca contemplada por
los ojos, ni oída por las orejas, nunca imaginada por la fantasía: una
visión que supera todas las bellezas terrenas, aquella del oro, de la
plata, de los bosques y de los campos, del mar y del cielo, del sol y de
la luna, de las estrellas y de los ángeles; la razón es esta: que esa
es la fuente de cualquier otra belleza” (In Ep. Jo. Tr. 4,5: PL 35,
2008). Deseo a todos ustedes, querido artistas que lleven en sus ojos,
en sus manos, en su corazón ésta visión, para que les dé alegrìa e
inspire siempre sus bellas obras. Mientras de corazón les bendigo, les
saludo, como lo hizo Pablo VI, con una palabra: ¡Hasta pronto! ¡Hasta
la vista!
__________
La homilía de Pablo VI a los artistas del 7 de mayo de 1964, en la
Capilla Sixtina:
>
"Cari signori e figli ancora più cari..."
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La Carta de Juan Pablo II a los artistas, del 4 de abril de 1999:
> "A los que con apasionada entrega..."
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>
Focus al ARTE Y MÚSICA
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21.11.2009
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