Quiebra de los convencionalismos

Ignacio María Rubio | equipogama@arcol.org

   Cómo negarlo: estamos en crisis. Algo fácil de constatar en cuanto uno asoma la nariz fuera de su propio cascarón. Aún no he oído a nadie decir “estoy en crisis”, ni he visto ninguna declaración parecida  en ningún titular del periódico. Mucho más común es oír: “la crisis me está afectando”, “la crisis está arruinando mi trabajo…”.

 

La crisis: una tercera persona que invade mis circunstancias habituales de vida. Es, a la vez, una gran mentira y una gran verdad.  La crisis social que vivimos al día de hoy y que va dejando su eco por las aulas de las universidades, las compras en los supermercados, las tertulias en los  parques y las “actuaciones” (creo que es la palabra más adecuada) en los congresos y parlamentos, tiene un innegable carácter global.  La crisis: algo ajeno a mí, algo abstracto y superior, inevitable y aplastante… Es verdad que  podría existir  esa crisis “global”. Pero debemos darnos cuenta de que la crisis de la sociedad, es la crisis de cada uno de los miembros que la componen, y que, por lo tanto: yo estoy en crisis (y no una idea plural inexistente).

 

Asistimos día a día a la caída de grandes empresas que pierden el sostén de sus negocios, a menudo amparado en el bienestar de los últimos años, y se declaran en “quiebra”. Creo que, siendo sinceros, muchas personas deberían reconocer lo mismo. 

 

Así como existe cierta dificultad en el “saberme en crisis”, me es difícil reconocerme en quiebra.  Continuando con un juego de ideas, la siguiente constatación lógica es que, si podemos hablar de una crisis globalizada a pesar de tratarse de la crisis personal de cada uno, podemos hablar de una “quiebra global” a partir de la quiebra personal que ya hemos visto. Y un matiz curioso de esta quiebra global es “la quiebra de los convencionalismos”.

 

Lo convencional es aquello que todo el mundo se compromete a cumplir porque a todos les conviene. Es convencional, por ejemplo, que los vehículos circulen por la derecha;  y este es un tipo de convencionalismo que no se puede quebrar, porque habría un montón de otras cosas que también se quebrarían: es un convencionalismo que mira a la salud pública. Hay otros que miran a la protección de la moralidad pública: son estos los que hoy, y desde hace unos años, están en crisis y en quiebra…

 

Los principios morales, hasta hace poco, habían sido asumidos por el convencionalismo social: supongo que hace unas decenas de años habría unos cientos de personas que habrían solicitado el divorcio sin ningún escrúpulo de no saber que quedarían excluidas de la sociedad elegante. Porque hace unas decenas de años el divorcio, el aborto, la eutanasia, las uniones (que no matrimonios) entre homosexuales… no entraban dentro de lo convencional. Pero hoy estos convencionalismos – sólo he citado unos pocos casos de primera mano – están en quiebra.

 

El motivo es la confusión ampliamente difundida de la moral real y un convencionalismo social que pasa y cambia. Cuando deja de identificarse una cosa con la otra, unos cantan victoria y se dan al desenfreno sin barreras. Ni siquiera tienen la barrera “social” – ahora quebrada – que antes les ataba. Pero lo que me parece más curioso es la desesperanza en la que quedan sumidos otros, a menudo buenas personas, rectas y decentes en sentido real (no convencional). Son las personas que diríamos de “moral recta”. Al ver atacados los principios que ellos tienen como propios y que hasta ahora la sociedad defendía como convencionales, quedan abrumados de estupor: el mundo se viene encima de ellos.

 

Una crisis, e incluso una quiebra, no siempre tienen que ser del todo malas. No hay por qué tirar la toalla; de hecho es lo más impropio y cobarde en estas circunstancias. El que hayan quedado separadas las normas morales y convencionales significa claridad. Y no hay nada como la claridad para poder ver la realidad como es. Y viendo la realidad como es, nos es más fácil encontrar la verdad.  Pero, ¿Qué se ve de claro en todo esto?

 

1.    Primero: existen el bien y el mal (como ausencia de bien), más allá de todo convencionalismo. Si el bien y el mal no existieran, sería totalmente imposible cometer la equivocación de pensar que existen.

 

2.    Segundo: el arte de vivir – como todo arte – tiene que seguir unos patrones fijos, unas leyes de armonía que debe respetar para ser arte (todo hombre tiene un ideal o patrón de conducta). Un hombre que sea totalmente “amoral” – que no tiene porque ser anti convencional - , si es que un ser así puede existir, es alguien que no ha saboreado nada de la vida.

 

3.    Tercero: es posible que la conciencia humana pierda sensibilidad para identificar lo moralmente bueno o malo y puede llegar a confundirlo en ocasiones. Pero es un hecho que la conciencia de todo hombre admira la virtud allí donde la ve. Puede confundirse en algunas cosas, pero nunca va a odiar el bien por ser bueno y a querer el mal por ser malo, aunque lo malo sea lo convencional en una sociedad en crisis de valores.

 

Todo hombre busca la verdad. Y la Verdad es una, más allá de todo convencionalismo. Por esto no cabe lugar para la desesperación en los rectos y no cabe lugar para la victoria en los “malos”…