Escribí este artículo el 28 de diciembre del año 2006.
Mat 2,16-18
Entonces Herodes, viéndose burlado por los magos, se irritó
sobremanera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y
en sus términos de dos años para abajo, según el tiempo que con
diligencia había inquirido de los magos. Entonces se cumplió la
palabra del profeta Jeremías, que dice:
“Una voz se oye en Rama, lamentación y gemido grande: es Raquel,
que llora a sus hijos y rehusa ser consolada, porque no existen.”
¿Podía imaginarse el evangelista que algún día Raquel pediría
la ayuda de Herodes para matar en su seno a su hijo no nacido?
Pues en los últimos 20 años, más de un millón de “Raqueles”
españolas han solicitado que sus hijos fueran ejecutados en sus
senos maternos por los Herodes modernos, que van en bata blanca y se
lucran con su actividad asesina. Porque, sépanlo ustedes, por muy
legal que sea dicha actividad, los que la practican son ni más ni
menos que eso: asesinos de niños inocentes. Herodes modernos que
llenan sus cuentas bancarias a cambio de despedazar a seres humanos
en el seno de sus madres.
Algo ocurre en esta sociedad cuando algo tan sagrado como es el
instinto materno, el mismo que garantiza la supervivencia de la raza
humana, es anulado y machacado por la cultura de la muerte que se
nos quiere imponer bajo el vestido de la legitimación democrática.
La misma a la que podía aludir Hitler cuando venció en las urnas
con un programa que ya mostraba los indicios de lo que luego supuso
para su país y para el mundo. Y es que, dejémoslo claro, la
legitimidad del asesinato de inocentes en el seno materno a
principios del siglo XXI, es la misma que la legitimidad del
asesinato de niños menores de dos años en los alrededores de Belén
a principios del siglo I de nuestra era. Herodes envió a sus
soldados para que entraran en las casas y arrancaran a los niños
inocentes de los brazos de sus madres para asesinarles a sangre fría.
Hoy las madres ofrecen su seno para que les arranquen del mismo a
sus hijos y así Herodes los deposite en el cubo de la basura.
Maldito fue Herodes y maldita es la sociedad que al callar o
mirar para otro lado, se hace cómplice de semejante holocausto.
Maldito Herodes y malditos los diputados que votaron sí a la
despenalización del aborto en España. Y malditos los diputados
que, diciéndose hoy cristianos, no ponen todo su empeño en al
menos dar la batalla en sus partidos y ante la opinión pública por
esta cuestión. Porque de ellos se puede decir con verdad aquello
de: “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Stg
4,17)
ETA es casi una asociación benéfica si la comparamos con el
conjunto de las clínicas abortivas que operan en este país. En una
semana mueren más seres humanos en esas clínicas que todos los que
han muerto a manos de la banda asesina. Cada día hay en España un
11-M, un tren de la muerte con parada en cada una de esas clínicas.
Pero no nos mostrarán en los medios audiovisuales el resultado de
ese 11-M diario. No veremos el resultado de la acción de los
fundamentalistas del bisturí y la bata blanca que rinden cuentas al
dios del aborto. Saben que si tan sólo una vez en horario de máxima
audiencia, pudiéramos ver de verdad lo que ocurre en esas clínicas
abortivas, quizás su negocio se vería en peligro. ¿O quizás no?
¿o quizás la conciencia de la sociedad española está tan
cauterizada que seguirían produciéndose cerca de cien mil abortos
anuales, aunque viéramos de forma clara cómo se hace un aborto? No
lo descarto.
La Iglesia de Cristo ha de ser luz en medio de las tinieblas. Ha
de ser una voz de denuncia de este gran holocausto moderno. No
podemos callar, no podemos disminuir la contundencia de nuestra
protesta, no podemos cejar en el empeño de arrancar de cuajo las raíces
de la cultura de la muerte, o un tsunami de destrucción nos llevará
por delante junto con el resto. Si nosotros callamos, las piedras
hablarán. Salgamos de nuevo a la calle. Formemos conciencias desde
los púlpitos para que los cristianos sepan argumentar a favor de la
cultura de la vida cuando salen de los templos. Usemos los medios de
comunicación a nuestra disposición para dar la batalla en la opinión
pública, en favor de ese otro millón de inocentes que pueden ser
aniquilados en los próximos diez años. Prediquemos el evangelio,
que es la mejor medicina para derrotal al mal. Y así la maldición
se convertirá en bendición.
Roguemos al Dios hecho niño en los brazos de María, para que
interceda ante el trono de su Padre en el cielo por todos y cada uno
de esos inocentes que no han podido ver la luz en esta tierra. Que
por sus méritos en la cruz, esos niñitos puedan ver la luz divina
que llena el alma, que da la vida, que lleva a la felicidad eterna
fruto de la contemplación del rostro de Dios. Porque como bien dice
el Salmo: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Dios
me recogerá.”
Recógelos Señor y prepárales un lugar junto con aquellos de
nosotros que alcancemos la gracia de morir en paz contigo.
Han pasado dos años y, como era previsible, la situación ha
empeorado. Y no me cabe la menor duda de que todavía se agravará más
en los próximos años. La respuesta del gobierno al aumento imparable
del aborto es cambiar la ley para facilitarlo aún más. Hoy estamos
en una ejecución por cada cinco embarazos. Dentro de dos o tres años
estaremos cerca de una por cada cuatro. El embrión humano es en España
una especie en peligro de extinción, perseguida con saña. Tienen más
protección las crías de peces -acuérdense de la campaña
“Pezqueniñes, no gracias"- que las crías de seres humanos.
Muchos se preocupan por la crisis económica, pero la misma es un
chiste de Gila comparado con la crisis moral de la sociedad española.
Una nación genocida que mata antes de nacer a uno de cada cinco de
sus hijos no merece sobrevivir. Hace 70 años nos matamos entre
hermanos. Ahora matamos a nuestros hijos. ¿De verdad alguien piensa
que no habrá consecuencias fatales a corto, medio y largo plazo?
Creo que la Iglesia en España debería de ser mucho más
contundente en la denuncia de este Holocausto continuo. El derecho a
la vida es esencial y a él están supeditados el resto de derechos.
Si hay una batalla que merece la pena combatirla hasta la extenuación,
es esta. Anuncios, campañas, declaraciones explosivas de obispos,
movilizaciones masivas de laicos. Todo será poco. Pero si ni siquiera
hay eso, ¿con qué cara nos presentaremos delante de aquel que ama a
todos esos inocentes a los que no se permite nacer?
Luis Fernando Pérez Bustamante