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Reconocer
y mirar al otro: Para combatir la pobreza, el
odio y la violencia, hace falta algo más que llevar a cabo acuerdos
internacionales, pues es necesario reconocer y mirar al otro, ya que no
podemos seguirnos de largo, como si nada estuviera pasando. Tenemos que
reconocer que no somos las únicas personas que existimos en el mundo y,
desde ahí, mirar el rostro de quienes sufren a causa de las
injusticias. La gente se pregunta cómo,
sin tener una gran capacidad económica, puede hacer algo para combatir
la pobreza, sin embargo, el simple hecho de que un patrón respete el
sueldo del empleado y, a su vez, lo inscriba en el Seguro Social, ya es
una manera concreta de transformar una pequeña porción de la realidad,
es decir, contribuir en la economía de los demás, siendo justos y
respetando las leyes que se han creado para tales fines, facilitará la
calidad de vida de una familia y, por lo mismo, se habrá combatido la
pobreza de centenares de empelados que padecen las injusticias de la
vida laboral. Cristo, quien no fue un sociólogo
o político, nos invita a reconocer y mirar a los demás, pues es uno de
los mandamientos del Evangelio. La fe, por si misma, no puede erradicar
la pobreza, el odio o la violencia, sin embargo, cuando la ponemos en práctica
con fidelidad al Evangelio, y nunca con base a ideologías extremistas,
podremos verdaderamente transformar la realidad de nuestros hogares y
ciudades. Reconocer al otro, es valorar
su dignidad humana, pues es inaceptable pasar por encima de los demás,
a causa de los intereses personales. Cuando somos capaces de mirar a
quienes nos rodean, más allá de nuestras prioridades, empezamos a
vivir el Evangelio desde una perspectiva espiritual y, desde luego, de
vinculación social, pues tomamos en cuenta las realidades del mundo. Se necesita la colaboración
de los organismos internacionales, estados y sociedades en general, sin
embargo, cada persona, desde sus posibilidades materiales, puede hacer
algo para sumarse a tan importante tarea. Cristo nos llama, la fe nos
convoca, y el Espíritu Santo es quien nos mueve a reconocer y mirar al
otro. Carlos
Díaz Rodríguez
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