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El
desencadenante fue un gallo. Un gallo tallado en madera y pintado
con alegres colores. Formaba parte de los muchos objetos que
aquellos feligreses habían regalado para la tómbola de la
parroquia que todos los años se celebra en el mes de mayo, no sólo
con el fin de conseguir algunos fondos para proyectos de caridad
sino con el de que los parroquianos limpien sus casas de las
fruslerías que han ido acumulando a lo largo del tiempo.
El
gallo en cuestión se encontraba en lo alto de una montaña de
libros, como si la coronara con el propósito de lanzar un
prolongado quiquiriquí que asombrara a los visitantes de la tómbola.
Mas estos parecían subyugados por cacerolas, viejas películas de
DVD, ropajes de segunda mano, juguetes desportillados y otros en
mejor situación, floreros de loza, juegos incompletos de café,
restos de cuberterías, servilletas, toallas bordadas, ropa de bebé,
artículos de gimnasio, cuadros de malos copistas, bandejas
repletas de horquillas y pasadores, guantes, collares y pendientes
de bisutería, animales de porcelana, candelabros desparejados…
Los
parroquianos compraban en aquel marasmo de inutilidades con la
conciencia de estar realizando una buena acción. Y en algún
caso, de llevarse una ganga que podía quedar bien en una mesita
del salón, en la alacena de la casa de campo o, incluso, con el
propósito de hacer algún regalo de poco compromiso.
Llovían
los billetes y los cambios, las bolsas de todos los tamaños y
colores así como la alegría que suelen desprender los actos benéficos.
Fue entonces cuando apareció él, despistado como de costumbre.
Ojeaba los lomos de los libros viejos, confiado en toparse con
alguna novela descatalogada. Abría un cómic y cerraba un
glosario de aves del este de África. Entonces se encontró, cara
a cara, ojo a ojo, con el gallo de madera pintada. Lo tomó entre
las manos con cuidado para que no se le cayera, sopesó su
liviandad, admiró los caminos abiertos por las gubias, los golpes
maestros que habían modelado la cresta bermellón y el pico
orgulloso del ave de corral. Nuestro amigo lo miró por arriba y
por abajo y descubrió su precio bajo la peana que sujetaba la
escultura.
Convencido
de que aquel gallo de madera podía ser una agradabilísima
sorpresa, observó a izquierda y derecha, no fuera a ser que otro
visitante de la tómbola también quisiera echarle el guante. De
hecho, le extrañaba que aquel objeto decorativo hubiese resistido
el ímpetu de las primeras horas del mercadillo. Para evitar una
lucha más que segura con algún contrincante, alzó el brazo con
un billete extendido con el que llamar la atención de la
voluntaria que hacía las veces de vendedora.
En
unos minutos se encontraba de camino a casa de sus suegros, en
donde le esperaban a almorzar, como todos los domingos. Estaba
persuadido de que aquella sería una extraordinaria sorpresa, una
simpática forma de recompensar los muchos fines de semana
familiares. Además, conocía bien a su suegra, el cariño con el
que estaba decorando su casa de campo, las bondades que le
despertaban las reproducciones de los animales domésticos, el
gusto que demostraba ante las habilidades artesanas de quien era
capaz… ¡de perfilar un elegantísimo gallo de madera!
No sabía el yerno detallista, que avanzaba a paso rápido por las
calles de la ciudad, que su suegra se había despertado aquella mañana
un poco más temprano que de costumbre. Tenía una cita en la
parroquia. La noche anterior había recorrido su casa en busca de
aquellos artículos que ya no necesitaba, que no le gustaban o a
los que apenas daba uso, con el propósito de regalarlos a la tómbola.
Rebuscó
en los armarios y arrambló con todo lo que no utilizaba. Y también
cogió un elemento decorativo del fondo de un cajón. No sabía
desde cuándo estaba allí. Es más; ni siquiera lo recordaba.
Pero al verlo sintió la repulsión que nos provocan aquellas
piezas que ya desde el primer vistazo no nos gustan. Detestó los
colores que alegraban la talla, los caminos trazados por la gubia
del artesano, el aire orgulloso del ave de corral.
Cuando
su yerno le tendió el paquete en presencia del resto de la
familia, tras los consabidos “no tendrías por qué”, “si es
que eres un detallista”…, estalló una carcajada general. En
las manos de la suegra, aún medio protegido por el envoltorio,
asomaba el pico y la mirada altiva del gallo que apenas había
pasado un par de horas fuera de casa. La suegra es mi suegra. Y el
yerno detallista, este pequeño escritor
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