El
regalo vil
Miguel
Aranguren | miguelaranguren.com
Maldito
regalo envenenado con el que algunos jefes encadenan a sus subordinados.
Me refiero a esos teléfonos galácticos que no sólo sirven para
mantener una conversación sino para recibir, sin freno, correos electrónicos,
informes, presentaciones… Es cierto que el aparatito de marras ofrece
cierta distinción, que quien lo porta puede presumir de no ser un
mileurista (en principio), pero demoníacas las cadenas que se amarran
al cuello de quien lo porta. Porque las empresas saben que el dichoso
presente –muy caro, muy moderno, muy singular- favorece un control férreo
sobre la libertad del empleado una vez éste se marcha a casa (casi
siempre mucho después de la hora que en contrato le corresponde) y,
sobre todo, desde que da comienzo el fin de semana.
Uno
de estos modernos condenados a galeras me explicaba que había firmado
un añadido a su contrato laboral, un compromiso de “máxima disposición”
que aumentaba su sueldo e iba acompañado por el teléfono sideral. De
hecho, a lo largo de nuestro almuerzo aquella pantalla no cejó de
anunciar una cascada de emails que impedían el normal desarrollo de una
comida entre amigos. La “máxima disposición” incluye, por
supuesto, la obligatoriedad de encontrarse localizado las veinticuatro
horas del día, incluidos los momentos de descanso, así como que la
oficina sea prioritaria a las necesidades familiares. Es decir, que si
uno se encuentra abrazado a su santa esposa y suena el aparatito, ¡hay
que contestar inmediatamente! O que si por fin llega el momento de
dedicar un rato de exclusividad a los hijos, el teléfono galáctico se
encarga de poner las cosas en su sitio y recordarnos a quién hemos
vendido el alma.
En
la vida familiar no hay nada más dañino que la infidelidad, que los
“cuernos”. Ahora, este tipo de traiciones no sólo tienen que ver
con camas ajenas sino que pueden fraguarse con la tecnología, es decir,
con la tecnología puntera unida al trabajo, lo que todavía es peor.
Tenemos
que encontrar la manera de denunciar a todos aquellos jefes que cometen
la vileza de colarse en la intimidad de un matrimonio.
|