Relativismo,
verdad y democracia
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
Algunos
analistas y sociólogos piensan que el fin del comunismo soviético y la
caída de dictaduras conservadoras o fascistas implican el triunfo de un
modelo de vida social y política, basada en la democracia, la economía
del mercado y el relativismo cultural.
¿Corresponden
estos análisis a la situación real? Responder no es fácil, pues nos
falta la distancia necesaria para juzgar de modo más o menos objetivo
nuestro momento histórico. Queremos ahora fijarnos en la relación que
algunos dicen encontrar entre relativismo y democracia, como si no
pudiera existir la segunda sin el apoyo del primero.
El
relativismo es una doctrina que defiende que no existen verdades
absolutas. Por lo mismo, quedan solo opiniones “relativas” según
los distintos puntos de vista, sin que nadie pueda creer que “su
verdad” pueda ser mejor que la que piensen o digan los demás.
En
la vida política el relativismo defiende que las distintas opiniones
(partidos, grupos de poder, ideologías, etc.) participan y se
confrontan entre sí sin que ninguna pueda ser reconocida como
“mejor” o “superior” a las demás opiniones, como si todas
fuesen de igual valor, al menos en principio. Luego, son los votos de la
gente y de los parlamentos quienes “deciden” qué opción se impone
durante unos años a toda la sociedad a través de leyes y decisiones de
gobierno.
Entonces,
según el relativismo, a la hora de discutir sobre política o economía,
sobre religión o ética, sobre familia y vida, nadie debería pensar
que tiene más razón que los demás. Cada uno debería entrar en el
debate con una actitud de “humildad”: tengo un punto de vista, pero
no puedo creer que mi propuesta sea mejor que la ofrecida por los otros.
Simplemente, la ofrezco para que, a través del diálogo y del debate,
al final lleguemos a un acuerdo sobre lo que esté o no esté permitido
en nuestra sociedad. O, si no llegamos al acuerdo, que los votos
decidan...
Presentado
de esta forma, parecería que el relativismo coincide con el presupuesto
fundamental de las democracias modernas. En realidad, la cosa no es tan
sencilla, porque la mayoría de las democracias suponen diversos
elementos irrenunciables e indiscutibles, lo cual muestra que un
relativismo absoluto es difícilmente aplicable en la práctica.
Pensemos,
por ejemplo, en el racismo. En casi ninguna democracia se concede
libertad de expresión y espacio en las listas electorales a aquellos
grupos que defienden y promueven la discriminación de algunas razas o
grupos y buscan aumentar los privilegios para otros. No porque no
falten, por desgracia, personas racistas, sino porque aunque existan
posiciones de ese tipo no debe permitirse nunca que puedan difundir sus
ideas y sus antivalores.
Este
ejemplo nos hace ver que nuestras democracias se construyen sobre
algunos valores básicos, sin los cuales pondríamos en serio peligro la
convivencia y la paz social de los pueblos.
Otros
valores que también son básicos, sin embargo, han sido puestos en
discusión por un abuso en la práctica de los mecanismos democráticos.
Es triste constatar, por ejemplo, que numerosos parlamentos de los “países
libres” han aprobado leyes que despenalizan o legalizan el aborto, en
algunos casos con la financiación estatal, como si se tratase de un
normal servicio de salud, cuando en realidad se trata de suprimir una
vida humana no nacida.
En
otros lugares los parlamentos han promulgado leyes que permiten el
despido casi libre de los trabajadores, o medidas que han perjudicado a
la pequeña y mediana empresa, o planes de “desarrollo” que han
empobrecido a miles de personas. Incluso hay gobiernos que, con el apoyo
de los “representantes del pueblo”, inician guerras sumamente
peligrosas y, muchas veces, injustas.
La
democracia no puede consistir, por lo tanto, en un simple juego de poder
en el que los ciudadanos votan por cualquier lista política sin tener
en cuenta que existen principios irrenunciables sin los cuales no existe
verdadera democracia.
Hace
falta, por lo mismo, reconocer una serie de derechos mínimos, que
llamamos normalmente “derechos humanos”, sin los cuales cualquier
sistema político corre el riesgo de avanzar hacia la destrucción de la
vida social y, lo que es peor, hacia el hambre o la muerte de miles de
seres humanos inocentes. Poner en duda tales derechos en nombre del
relativismo es contradecir la esencia misma de la democracia.
Conservan
toda su fuerza las palabras que escribía, en 1991, el Papa Juan Pablo
II: “Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción
política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser
instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin
valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o
encubierto, como demuestra la historia” (Juan Pablo II, carta encíclica
“Centesimus Annus”, n. 46).
Benedicto
XVI volvió sobre estas ideas en un discurso dirigido a los miembros de
la Comisión Teológica Internacional, el 5 de octubre de 2007. Tras señalar
la existencia de “una concepción positivista del derecho” según la
cual “la humanidad, o la sociedad, o de hecho la mayoría de los
ciudadanos se convierte en la fuente última de la ley civil”, lo cual
implica buscar el poder y dejar de lado el bien, el Papa añadía:
“En
la raíz de esta tendencia se encuentra el relativismo ético, en el que
algunos ven incluso una de las condiciones principales de la democracia,
pues el relativismo garantizaría la tolerancia y el respeto recíproco
de las personas. Pero si fuera así, la mayoría de un momento se
convertiría en la última fuente del derecho. La historia demuestra con
gran claridad que las mayorías pueden equivocarse”.
Benedicto
XVI quería, a través de este discurso, subrayar la validez de la teoría
de la “ley moral natural” para evitar graves injusticias y para
anclar la democracia en principios verdaderos e irrenunciables. Sus
palabras en el discurso anteriormente citado fueron suficientemente
claras: “Si por un trágico oscurecimiento de la conciencia colectiva
el escepticismo y el relativismo ético llegaran a cancelar los
principios fundamentales de la ley moral natural, el mismo ordenamiento
democrático quedaría radicalmente herido en sus fundamentos”.
No
debemos tener miedo, por lo tanto, a defender los verdaderos valores en
los que vida democrática encuentra su fundamento seguro, especialmente
aquellos valores que nos llevan a proteger la vida y la integridad de
cualquier ser humano, desde que nace hasta que muere. De esta forma, los
miembros de la sociedad quedarán al reparo de manipulaciones y de
arbitrios por parte de quienes buscan imponer la propia ideología de
turno, y se verán respetados en su dignidad y en sus derechos básicos,
que anteceden y que posibilitan la convivencia social y el progreso de
los pueblos
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