REPORTAJE DE LA PASIÓN DE JESÚS

Es el segundo de los «Ocho ensayos religiosos» (1948). El relato lo escribe un supuesto reportero de Roma. Obras Comp1etas (Escelicer),III, 1228-1240.

 

Sería la hora de nona cuando entraba yo en Jerusalén, por la puerta de los Jardines. Había tenido que apretar el paso porque el cielo se había puesto repentinamente de color de ceniza y habían empezado a caer unos goterones de lluvia densos y pesados como si fueran de aceite. Pensé que teníamos encima una de esas tardías tormentas abrileñas, gruñidos malhumorados del decrépito Invierno, al ver sus dominios invadidos por la señorita Primavera.

Como era la tarde que esta gentecilla judía llama la «Parasceve», o sea la preparación de la última vigilia de Pascua, Jerusalén ardía en una inusitada animación. Todo el abigarrado turismo religioso que viene en estos días a cobijarse a la sombra del Templo bulle en las calles: judíos, samaritanos, galileos, tratantes de ganados de Galaad, pescadores de Bethsaida, aristócratas de Cesárea... Como en un zumbido de colmena, se mezclan todas las lenguas y todos los acentos: griego, hebreo, arameo, latín... Por entre los corros, haciendo salpicar con sus sandalias el barro de los charcos, pasan, erguidos y displicentes, los soldados de la metrópoli. Sus rostros limpios contrastan con las barbas grasientas de los otros. Le doy gracias a los dioses por ser hijo de la Loba.

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Los preparativos de la Pascua llenan la ciudad de un olor penetrante de carne fresca y pan caliente. Están las azoteas empavesadas de pieles de cordero, y cabritos despellejados, en patios y zaguanes, destilan gota a gota su sangre sobre las baldosas del suelo. Van y vienen hombres y mujeres con cestos y barricas. Y entre los corros que charlan interminablemente, borriquillo s minúsculos, con cabezadas de colorines, piden humildemente paso con la frente.

La ocupación preferente de esta gentecilla del país es charlar y charlar. Es éste un pueblo sin acción, que se diluye en palabras. Hablan siempre a media voz, con profundos gestos misteriosos. Parece siempre que conspiran o que negocian. Pero hoy la conversación me resulta más animada, ligera y gesticulante. Aquel fariseo que nunca alzó su mano más allá de los labios para el saludo ritual hoy ha permitido llevársela hasta la frente en un supremo gesto de asombro. A mi entrada, un corro de mujeres, medio levantados los velos, señalaban, bajo la puerta de los Jardines, no sé qué huellas de sangre. Comentaban nerviosamente y se quitaban unas a otras las palabras. Hoy todas llegarán tarde a la cena doméstica. Como la lancha de los pescadores deja, al pasar, en el lago una estela de burbujas blancas, «algo» ha pasado hoy por Jerusalén, dejando una estela de gestos y palabras. ¿,Qué será?

 

Bar Rabban

Un balanceo general de la muchedumbre callejera y charlatana me ha hecho volver la cabeza. Cien uñas negras, sucias de polvo y migas 'de pan moreno, han señalado unánimemente a un hombretón de revueltas greñas y áspera barba que va allá, discurseando y gesticulando, al frente de un corro numeroso. Se va despertando mi curiosidad frívola de buen latino. Habría en todo esto una información interesante. He preguntado a una mujer que llevaba una cesta con dos gallinas quién es aquel hombre. Ha clavado con extrañeza en los míos sus profundos ojos melancólicos.

- ¿Llegas ahora de fuera?

- Hace un instante.

- Sólo así se comprende que no sepas, que ése es Bar Rabban, el hijo de Rab, el que esta mañana fue puesto en libertad por el Pretor. Estaba en prisiones, por una muerte que hizo con motivo de una sedición.

Hizo una pausa la mujer de la cesta, porque en aquel momento pasaba cerca, susurrando bellas palabras civilizadas, un soldado de la metrópoli. Esperó a que desapareciera, siguiéndole con sus bellos ojos de cautiva. Luego me explicó que el «delito político» de Bar Rabban consistía en haber matado a uno con motivo de uno de tantos motines movidos por los Zelotes contra el poder romano. Por la mañana, el Pretor había ofrecido al pueblo que escogiera entre la libertad de ese hombre y la del Nazareno. Y el pueblo había optado por la del sedicioso político. Porque el Nazareno -argüía la mujer- había hablado de derogar la ley de Moisés y de demoler el Templo.

No he comprendido bien todo esto. Me decepcionó un poco. Me temo que se trata de un incidente doméstico y nacionalista de esta pobre gente supersticiosa.

Cuando terminó sus verbosas explicaciones, se oyó rodar un trueno sobre las nubes negras, y un relámpago iluminó el rostro de mi interlocutora. Estaba intensamente pálida. Las dos gallinas se revolvieron con impaciencia en su cesta. Las aplacó con caricias y me explicó que le apremiaba el tiempo para llegar a su casa. Se fue rápidamente. Pero dos pasos más allá se enganchó otra vez, con nuevos gestos y comentarios, en otro corro de mujeres. Hoy todas llegarán tarde a la cena.

 

El soldado

Suceso de aldea, pleito interno de judíos comuneros y ritualistas. No me parece que va a tener aquí el informador materia para divertir un poco a las matronas romanas en el tibio sopor de después del baño.

Ya casi tenía decidido no tomar más notas cuando he oído decir a un corro que aquel soldado de Roma que viene por allá llega del lugar del suplicio. Por lo visto, ese Nazareno agitador que decía la mujer de las gallinas ha debido de ser ajusticiado. Esto es más serio de lo que pensé. Será cosa de interrogar al soldado que vuelve del sitio de la ejecución. Él podrá darme cuenta exacta y desapasionada del suceso, libre de los prejuicios y supersticiones de la gentecilla del país. He logrado abrirme paso hasta él, . Y me he preparado para tomar mis notas. .

Pero... o aquel hombre era de pocas palabras o volvía intensamente preocupado. No encontré en él la versión ligera y sonriente del suceso que yo esperaba de un paisano. Me manifestó que los judíos habían acuciado a Pilatos, el Pretor, para que aligerase la muerte de los ajusticiados. Hablaba así, en plural, porque, juntos con el Nazareno, habían sido puestos en cruz dos ladrones. Los judíos querían aligerar la muerte de aquellos hombres porque se venía encima el Gran Sábado de la Pascua y no querían que la muerte lo impurificase. Yo me sonreí al oír esta cominería de los fariseos, pero él no se sonrió. Continuó diciendo que el Pretor había dado orden de que fuera una patrulla de soldados a quebrar las piernas de los crucificados. Así está dispuesto por la ley, que previene que si ha de aligerarse la muerte de los condenados a cruz se haga aplicándoles otro tormento que compense en intensidad lo que en duración se les alivia. Aquí el soldado se interrumpió secamente.

- Y ahora, ¿no te ríes?

Comprendí que, verdaderamente, aquella cominería de nuestra sabia ley de Roma allá se iba con la de la ley de los judíos. No tuve tiempo, sin embargo, de razonar sobre tal descubrimiento porque el soldado continuó contándome que, al llegar al monte Calvario, donde estaban los crucificados, el Nazareno había muerto ya. Aunque sólo llevaba tres horas en la cruz, no era extraño, pues antes había perdido mucha sangre, al ser azotado en el Pretorio. 'Se le quebraron las piernas a los otros dos ajusticiados. Al Nazareno, por certificar su muerte, el propio soldado que me hablaba le había dado un fuerte lanzazo en el costado. Le había llegado casi al corazón. En la herida cabría la mano de un hombre...

Cuando llegó aquí, calló de repente. Fue a decir algo más, pero se arrepintió. Yo quise que me acompañara en mis comentarios sonrientes sobre la muerte de aquel agitador judío. Pero él se separó de mí, en silencio, mirándome fijamente con sus ojos profundos cargados de secretos misteriosos.

Se han ido aclarando las calles de corros, viandantes y borriquillos. La noche ha cerrado con viento,y lluvia. Algunos rezagados que todavía van y vienen, chapoteando sobre el fango, amontonan comentarios fantásticos sobre el suceso de la tarde. A uno oí decir que el velo del Templo se había partido en dos mitades. Otro afirma que el centurión Petronio dice que el hombre que ha muerto era un justo. Esta beligerancia que con tanta seriedad dan mis paisanos al suceso aldeano de la tarde es lo que más me turba. Sobre todo cuando en un corro de chiquillos, he oído decir que el soldado que alanceó el costado del Nazareno ha asegurado que de la herida brotó, extrañamente, sangre yagua.

Me temo otra vez -pero ahora por razones totalmente contrarias- que esta información no va a divertir mucho a las matronas romanas en el tibio sopor de después del baño.

 

Claudia Prócula

He decidido enterarme a fondo del suceso. Y para no tropezar más con judíos supersticiosos o con soldados alucinados, en busca de una fuente limpia y auténtica de información, he encaminado mis pasos hacia el Pretorio. El Pretorio está situado en el foro o plaza pública. Tiene enfrente una casa-cuartel para los soldados de guardia. La sala del tribunal está al fondo de una amplia terraza que, mediante una escalera descubierta, se comunica con la plaza. Gran gentío debió de congregarse en ésta con ocasión del popular proceso. Por el suelo han quedado regadas migas de pan y máscaras de frutas, vestigios del sucio y trashumante rebaño de la Pascua.

Hecha valer mi condición y expresada mi solicitud, he logrado del Pretor la promesa de una inmediata entrevista. Conducido a una antesala, he tenido en ella el honor de saludar a su mujer, Claudia Prócula. Gracias a los dioses, que me permiten, en ella, encontrar otra vez a Roma. Claudia Prócula es de la ilustre y poderosa familia Claudia, uno de los más claros linajes de la metrópoli. Es alta y bien proporcionada. Habla un claro y seguro latín.

Pero... Después de las naturales reverencias, he procurado derivar la conversación hacia el tema que, más que interesarme, empieza a producirme inquietud; y mi turbación y desasosiego, lejos de disminuir, se han acentuado. Decididamente este Oriente taimado y perezoso constituye un grave peligro de mareo y borrachera para la clara inteligencia de Roma. Su contacto colonial tiene riesgos de mujer perfumada o de droga sedante. La atracción de sus misterios y de sus cosmogonías empieza a sentirse con fuerza, sobre todo en la ligera fantasía de nuestras mujeres. He conocido en Roma a varias damas patricias, que se han hecho iniciar en los misterios de Mitra y Osiris, y a esta Claudia Prócula la he encontrado fuertemente atraída por el judaísmo. Ya nuestro señor Tiberio tuvo que expulsar de Roma a varios judíos que habían enloquecido a la matrona Fulvia. Vivimos tiempos de decadencia y blandura, lejanos del austero razonar de nuestros padres. Cualquier novedad exótica atrae a nuestros jovencitos y perturba a nuestras damas. Claudia Prócula me ha dicho mil extrañas maravillas que se cuentan del profeta que ha sido ajusticiado esta tarde, y me ha asegurado que, en sueños, la noche anterior, sufrió mucho por la causa de aquel justo. Tal fue su desasosiego que, durante el proceso, según dice, hubo de mandar a su marido un recado para que no le hiciera mal.

Me iba a decir más cosas de aquel extraño judío; me iba a hacer el recuento de sus curaciones de ciegos y tullidos, y se proponía repetirme alguno de sus bellos cuentecillos aldeanos de espigas, simientes y jornaleros, con los que se hacía entender de la plebe, cuando fui llamado a presencia del Pretor Poncio Pilatos.


Pilatos, el Pretor

Estaba el Pretor reclinado entre unos almohadones; era de más que regular estatura, la nariz aguileña, el labio inferior saliente y voluntarioso, y la frente despejada, así como la curva de su cráneo rasurado y amplio.

Poncio Pilatos me habló con circunspección y aplomo. Me recibió con afabilidad, y con una sonrisa ceremoniosa me dio licencia para tomar asiento. Al fin, tenía delante de mí un hombre culto, educado en las máximas de Epicuro y Pirron. Se sometió a mi interrogatorio con una suave condescendencia y con un ligero malhumor de hombre acostumbrado a ser él el que interrogase. Medía sus palabras al contestar. Hubiera preferido, como buen político, que le trajese yo mis preguntas por escrito y le dejase una noche para meditar sus respuestas.

Empezó hablándome de política colonial. Creía que los procedimientos actuales de Roma pecaban de débiles y condescendientes. Ese respeto a las creencias del país iba en desdoro del culto al Emperador. Su primer conflicto con los judíos nació de que, al cambiarse la guarnición de Jerusalén, dio orden de que los soldados entrasen en la ciudad llevando las imágenes de plata del César. Pero los judíos lo tomaron a provocación, y con súplicas mareantes y continuas se las hicieron devolver a Cesárea. Luego, en el palacio de Herodes Antipas, actualmente tetrarca de Galilea y Perea, mandó colocar unas tablillas votivas en honor de Tiberio. También protestaron los judíos; hicieron llegar su protesta a Roma, y el Emperador, demasiado complaciente, le desautorizó y mandó retirar las tablillas. Creía él que fue tendenciosamente informado en contra suya por Heroctes Antipas. Pero, al llegar aquí se interrumpió, cauto, en seco.

- Bueno, nada de esto es para que lo pongas en tu información.

Y no cejó hasta que, mirando él mismo mis notas, se cercioró de que sólo había escrito un vago preámbulo, desvaído y convencional, que me dictó:

- Estoy en Jerusalén, de Pretor, desde el año 26. El clima es bueno, y Jerusalén, una gran ciudad que prospera bajo el mando benigno de nuestro señor Tiberio.

No parecía muy propicio a hacerme declaraciones sobre el suceso de la tarde. Me entretuvo hablando de no sé qué obras hidráulicas que había construido en la ciudad, utilizando para ello parte de los tesoros del Templo de los judíos. Pero mi tenacidad casi indiscreta, le llevó poco a poco al tema de mi información.

-¿....?
- Sí; a eso del amanecer, la plebe, amotinada, trajo a mi presencia al Nazareno. Le traían a golpes y empellones, atado con una soga, como un cordero, y al frente de las turbas venían Caifás y casi todos los príncipes de los sacerdotes. Mi primer deseo fue inhibirme del pleito, y entregarlo a la jurisdicción de los mismos judíos. Era lo más prudente, puesto que se trataba de cuestiones internas de ellos.

-¿….?

- No; el Sanedrín, que es el Tribunal de los judíos, sólo puede imponer penas leves y menores. Por eso ellos no se conformaban con mi propuesta. Entonces les pedí que me concretasen una acusación, y me dijeron que aquel hombre se decía Rey de los Judíos, y que levantaba al pueblo diciendo que no había que pagar tributos al César. Ya esto me pareció más razonable, y le hice subir a la sala del tribunal. Pon esto bien claro en tu información.

-¿….?

- Sí; allí me explicó, a su modo, sus palabras. Me dijo que la

realeza de que él había hablado a los judíos no era de este mundo, y que él habla venido a dar testimonio de la Verdad. ¡Figúrate... la verdad!

-¿….?
- Yo no encontraba culpa alguna en él. Sus ojos estaban lle

nos de inocencia. Lo más prudente era intentar una nueva inhibición. Y como me informaron que era galileo, pensé que, en realidad, el pleito pertenecía a la jurisdicción del tetrarca. Era un modo, además, de demostrarle a Herodes Antipas que no desdeñaba su poder. Di orden, pues, de que le llevaran a su presencia. Creo que obré discretamente.


-¿....?

- Herodes no quiso solucionar la cuestión. Me devolvió al Nazareno al poco tiempo, habiéndole hecho poner, como a un demente, una túnica blanca. Me encontré otra vez entre la tozudez de esa gente que pedía para aquel hombre la pena capital y la falta de pruebas en su contra. Gritaba de un modo la plebe, que no era posible enfrentarse con una negativa rotunda. Estos orientales son maestros en el grito insistente y quejumbroso. Entonces, persuadido de que aquel hombre era inocente, decidí, para aplacar al pueblo, mandarle azotar. ¿Qué otra cosa podía hacer?

- ¿....?

- Los judíos, por su ley, no pueden pasar de los cuarenta azotes; pero nosotros, los romanos, podemos llegar a los sesenta y seis. Le hice, pues, flagelar en la columna, y luego, ataviado con una corona de espinas y un cetro de caña que mis soldados le pusieron, se lo presenté al pueblo. Pero el pueblo, lejos de apiadarse, insistió con una sola palabra obsesionante: ¡Crucifícale! Millares de veces oí esa palabra durante toda la madrugada. Todavía la tengo metida en los oídos.

-¿....?

- Me resistí todavía. Pero los judíos insistieron en que aquel hombre se había querido proclamar Rey. Te confieso que tenía una misteriosa dulzura en sus pocas palabras y en sus largos silencios. Pero... la chusma insistía en su pretensión. Llegaron a decirme -fíjate bien- que si no castigaba a aquel hombre que se quería alzar como Rey, yo no era amigo del César. Esta sospecha no podía consentirla yo. Esta Judea es una provincia apartada, y yo sé, por experiencia, cómo llegan las informaciones a Roma.

-¿....?

- ¿Qué iba a hacer? Decidí entregar a aquel hombre a la voluntad del pueblo. Pero, eso sí, en testimonio de mi inhibición de aquella resolución extrema, antes pedí una jofaina con agua y me lavé las manos a presencia del pueblo. ¿Qué otra cosa podía hacer?


- Sí; al escribir la tablilla que el reo había de llevar al cuello hasta la cruz y luego había de clavarse en ésta, puse: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos». Ellos querían que hubiese puesto «que se hace llamar Rey de los Judíos», pero yo estaba ya harto de imposiciones y exigencias. En este último asunto, al menos, quise salvar mi opinión. Te confieso que ese hombre tenía una extraña majestad en el rostro. Escribí, con cierta reticencia y gusto, sin salvedad alguna: «Rey de los Judíos».


¿....?
-¿Qué quieres? Esto es gobernar con prudencia y buena política. No se puede contentar a todos. ¿No te parece?


¿....?
- Sí; hace un momento, poco antes de venir tú, José de Arimatea, un judío rico y pacífico, me ha pedido el cadáver del Nazareno para darle sepultura. Es persona de prestigio entre ellos, y se lo he concedido. Hay que andar así, contemporizando: a esto, no; a lo otro, sí. Mi mujer no está conforme con nada de lo que he hecho esta mañana. ¿Qué quieres? No se puede contentar a todos.

Se levantó sonriendo. Me despidió con afabilidad y cortesía. Yo he transcrito sus palabras con la mayor exactitud posible.

 

Cosas y meditaciones

¿Había encontrado en el Pretor Pilatos la versión definitiva, clara y serena, que para mi información buscaba? El lector juzgará. Yo extrañé en todo su relato, tan prudentemente medido, aquella larga vacilación y resistencia en un hombre, al parecer tan frío, frente a la resolución de un caso aparentemente vulgar. ¿Qué es lo que había luchado en el Pretor tanto tiempo frente a la simple conveniencia política y colonial de complacer a los judíos? ¿Compasión? ¿Miedo supersticioso ?.. No opino; pero quedaba flotando sobre todo su relato, no sé si como una ironía o como un remordimiento, aquella extraña complacencia con que había escrito en la tablilla: «Rey de los Judíos». La tablilla, ¿era una acusación o un diploma?

Al salir pude lograr de unos soldados del cuerpo de guardia que me enseñaran los instrumentos de la flagelación. La columna, más alta que la estatura de una persona, estaba toda llena de salpicones de sangre. Los látigos eran de tiras de cuero terminadas en púas de hueso y de madera. También había varas de olmo, refinadamente flexibles y nudosas. De la boca, fragante de vino aguado, de uno de los soldados obtuve algunos detalles más. Ellos habían añadido a la flagelación ordenada, a modo de propina, unas cuantas burlas de cuartel. No todos los días se tiene a la mano un judío para hacer escarnio en él. Uno de los soldados se quitó su clámide bermeja de legionario y se la echó por los hombros al Nazareno; otro le ciñó la frente con una corona hecha de ramas de espino y otro le puso en las manos una caña. Luego, pasaban por delante y le gritaban: «¡Salve, oh Rey de los Judíos!...». Otra vez el misterio de la realeza del ajusticiado. Para el Pretor, la proclamación de esa realeza es como un «trágala» para los judíos; para los soldados, es una burla y un mote; para los judíos, es una blasfemia. Pero, por un camino o por otro, todos vienen a reincidir en su proclamación. Y en verdad que todo el aparato del suceso y de su trágico desenlace más parece sedición contra un Rey que agitación lugareña contra un impostor. Porque no he podido obtener de estos soldados que me digan qué contestaba el Nazareno a sus burlas e insultos. Parece ser que callaba con un imponente silencio. Y a esto yo digo que la «majestad» que ellos le daban podría ser una mentira y una burla; pero la majestad de ese silencio misterioso parecía algo más que una burla y una mentira.

 

Herodes y Caifás

De Herodes Antipas no he podido obtener información alguna. A pesar de lo agitado de la jornada, dormía. No creo que con ello pierda nada el lector, pues, según parece, su contacto con el judío se limitó a pedirle que hiciera un milagro en su presencia. Este Herodes Antipas no es amado, por nadie. Se cuentan de él mil historias sucias donde danzan su cuñada Herodías y su sobrina Salomé. Parece ser que, el Nazareno no se dignó contestarle siquiera. No cabe duda que este judío era, por lo menos, un magnífico administrador del Silencio y la Palabra.

He logrado, en cambio, cambiar una breves palabras en casa de Anás, su suegro, con Caifás, el Sumo Sacerdote de los judíos. Es hombre taimado, que mide también sus palabras. Deja en la oscuridad los verdaderos móviles que determinaron al Sanedrín a mandar prender al Nazareno. Me parece adivinar que éste ponía de manifiesto, por las veredas, las calles y las plazas, la hipocresía de estos fariseos. Sospecho que éstos temieron ver en sus palabras la ruina de esta lucrativa industria del Templo de Jerusalén. Caifás, muy típico oriental, viste de grandes gestos lastimeros y desgarramiento s de túnica sus pequeñas reacciones utilitarias. Según él, el Nazareno ajusticiado, no ya se decía Rey, sino Hijo de Dios. Parece que todos se esfuerzan, creyendo hacer lo contrario, en dar a este suceso estatura gigantesca. Porque todo esto de la realeza y la filiación divina no tiene más que dos salidas: o la locura o la sublimidad... Y para la simple locura no creo que fuera necesaria la cruz.

Todos quieren hacer risa y burla de los títulos de este judío: Rey, Hijo de Dios. Pero frente a todo esto, hay una cruz dándoles misteriosa seriedad. En todo este proceso me suena a hueca la risa, y la burla me suena a exaltación. Me parece traslucir en todos una misma preocupación por desembarazarse a prisa de algo más temido que odiado o despreciado. No me han referido una sola palabra ni actitud del ajusticiado que denuncie al impostor o al loco. El relato de sus propios acusadores no consigue borrar la atracción misteriosa del Nazareno crucificado. La desproporción de la muerte de cruz frente a las burlas y desprecios que la acarrearon convierte en testimonios estos desprecios y estas burlas: ¡Rey! ¡Hijo de Dios!

Darse estos títulos es cosa de locos. Llevarlos hasta la muerte es ya verdaderamente cosa de reyes o de dioses. Romanos: anotad que un hombre extraordinario ha muerto en Jerusalén en este plenilunio del mes de Nisán.

 

¿Dónde están?

Y ahora pienso que sólo he interrogado a sus enemigos. Este hombre, según me dicen todos, revolvió media Judea y media Galilea. Le seguían, en tropel, numerosos discípulos. ¿Dónde están? Sería bueno obtener de ellos una información.

Pero no es posible dar con el paradero de ninguno de ellos. Parece que, al ser prendido el Nazareno, todos se dispersaron como una bandada de pájaros con una pedrada. Una criada de Caifás me dice que uno estuvo, de mañana, calentándose en el atrio. Por el habla se le notaba que era galileo. Pero negó reiteradamente ser discípulo del Nazareno.

He salido a la calle en busca de mejor fortuna. La noche es oscura a ratos y a ratos blanca de plenilunio. Quedan todavía por los rincones algunos corros comentaristas y gesticulantes. Pero nadie me da cuenta de los discípulos del muerto. Todos niegan haberle conocido. Nadie sabe nada. Nadie oyó nada... En un corral vecino ha sonado, como clarín de la aurora ya próxima, el canto de un gallo.

 

El extraño cortejo

Ya iba a recogerme, cuando me crucé en una esquina con un extraño cortejo lento y silencioso. Eran dos hombres y varias mujeres. Lloraban en silencio. Llevaban en las manos lienzos y tarros de ungüento. Dejaban tras de sí, como una estela, un fuerte olor de mirra y áloe. Oí decir en un corro que el uno se llamaba Nicodemo y el otro José de Arimatea. Al pasar, la luna llena blanqueó el rostro de una de las mujeres. Así, dos veces pálida, era la imagen del más serenísimo dolor. Alguien, en voz muy baja, comentó cerca de mí:

- Esa es la madre...

 

Al cerrar esta información

Ya en mi posada, sonora de arrieros y fragante de cabrito despellejado, traté de conciliar el sueño. Pero no era posible. Me atraía, con un desasosiego extraño, aquel ajusticiado sólo conocido por mí a través de los relatos de sus acusadores. Me cantaban en los oídos los bellos y magníficos títulos de su acusación. Y el rostro doloroso de su madre me desvelaba como una luz.

La noche continuaba lluviosa a ratos, a ratos despejada. Poco a poco las calles iban quedándose solitarias y silenciosas. Apuntaba ya el día cuando todavía un rezagado comentaba junto a mi ventana:

- Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios.

José María Pemán