En un par de semanas me ha golpeado la muerte de dos
mujeres fuertes, dos mujeres del pueblo de la Iglesia
que a través de distintos hilos se han cruzado en mi
vida. Ambas han fallecido temprana e imprevistamente,
llenando de misterio y de preguntas el corazón de
muchos. Una era la teóloga alemana afincada en Navarra Jutta
Burgraff, a la que he leído y entrevistado con
gusto en varias ocasiones. La otra Manuela
Camagni, miembro de la asociación Memores
Domini, que junto a tres compañeras atendía al
Papa en su apartamento. Me ha impresionando contemplar a
Benedicto XVI de rodillas ante el féretro de esta
mujer, en silencio, conteniendo las lágrimas.
El Papa lleva muchas semanas seguidas presentando en la
catequesis de los miércoles las figuras de mujeres como
éstas, mujeres en el corazón de la Iglesia. Por el
momento son diez las que ha perfilado y glosado con su
genial maestría, pero vendrán más, porque esto no es
casualidad. Las hay vírgenes y casadas, trotamundos y
sedentarias, en el silencio denso de los monasterios y
en los pasillos de los poderosos del mundo; mujeres de
cultura, de oración, de gobierno, místicas y
reformadoras. Y no hemos hecho más que empezar.
El tema de la mujer en la Iglesia es recurrente en
los últimos tiempos. Nunca falta una tribuna mediática,
una agenda renovadora, un párroco listillo o una
asociación feminista que le afee a la Iglesia la
postración secular de las mujeres. Y aunque esta
preocupación la mayoría de las veces es más falsa que
Judas, reconozcamos que no siempre la respuesta está a
la altura. A veces se responde a la frivolidad con
frases hechas, con demasiada ligereza. Pero es preciso
ir al fondo. No basta ese esquema según el cual las
mujeres son importantes (y lo han sido desde el
principio) porque suelen ser más protagonistas
del servicio, de la transmisión de la fe, de la acogida
maternal. Esto tiene bastante de cierto, pero no es
suficiente. Desde la otra orilla se suele responder que
todo eso está muy bien, pero que al final quienes
gobiernan y deciden son los hombres. Veamos. Bonito
esquema de poder, aunque esto no autorice a esconder una
especie de última insatisfacción. Una vez más
Benedicto XVI coge el toro por los cuernos.
En primer lugar es falsa esa distribución que
adjudica la acción a los varones y la contemplación a
las mujeres, el gobierno (entendido como organización y
gestión) a los hombres, mientras la caridad y la
transmisión de la fe recaerían principalmente en las
mujeres. La historia está ahí para desmentirlo, pero
además, ni el gobierno es sólo ministerio ni se puede
separar del testimonio. El Papa se ha referido al tema
(un tema de su preferencia) en su libro-entrevista Luz
del mundo, distinguiendo la cuestión de la ordenación
sacerdotal de la cuestión del protagonismo esencial de
las mujeres en la vida de la Iglesia. Por un lado, la
Iglesia, explica Benedicto XVI, no
tiene la facultad de ordenar a mujeres, porque el Señor
le dio una figura constitutiva con los Doce, y después
con sus sucesores, con los obispos y los presbíteros.
Por otro, la experiencia cristiana ha sido el factor más
potente de liberación de la mujer que se haya dado en
la historia (echemos un vistazo al atlas de las culturas
y comprobemos) y si se contempla en particular la
historia de la Iglesia, "la importancia de las
mujeres -desde María, pasando por Mónica y
hasta llegar a la Madre Teresa- es tan eminente que en
muchos sentidos las mujeres plasman la imagen de la
Iglesia más que los hombres".
Este es el punto decisivo. ¿Quién puede sostener
que Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Brígida de
Suecia o Teresa de Calcuta no han
tenido una incidencia real y concreta plasmando el
rostro de la Iglesia, impulsando su renovación y
vitalidad más allá de los planes de reforma que
pudieron establecer en su tiempo los propios obispos? Lo
que es evidente es que la Iglesia no puede vivir y
realizar su misión sin el genio femenino, del que habló
fantásticamente Juan Pablo II. Porque
como él mismo explicaba la mujer está especialmente
dotada para la espera, para la acogida, para la
paciencia y el cuidado de la vida. Y a fin de cuentas el
cristianismo es eso, vida que es preciso generar y
custodiar, educar y transmitir. No creo que Jutta y
Manuela estuviesen preocupadas por la ordenación de
mujeres. En el pensamiento y en el servicio, en el
magisterio y en la caridad, ellas construían día a día
el hogar de la Iglesia. Su lugar estuvo en el corazón,
pero también en la cabeza. Gracias amigas.
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