SÁBADO DENTRO DE LA OCTAVA DE PASCUA
De las Catequesis de Jerusalén
El pan celestial y la bebida de salvación
GLOSA
Como los hijos de los hombres se sienten necesitados de un alimento material, así también los hijos de Dios anhelan un manjar celeste: la santísima Eucaristía. «Fuente y culmen de todo el culto de la Iglesia», encierra en sí todo el bien espiritual de la Iglesia, produce la unidad del Pueblo de Dios y renueva el misterio pascual. Pero, como todo sacramento, a la Eucaristía debe acceder la colaboración humana: para ser concorpóreos y consanguíneos con Cristo no basta con asistir a un rito. «No tiene efecto sino en aquellos -dice Santo Tomás- que se unen a la Pasión de Cristo por medio de la fe y la caridad.» De nuestra viva participación en la Eucaristía podremos extraer el impulso para ser solícitos en la realización de obras buenas y para animar al mundo con el espíritu cristiano.
Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó a pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo.» Y tomando el cáliz, después de pronunciar la Acción de Gracias, dijo: «Tomad y bebed, ésta es mi sangre. » Por tanto, si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?
Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo te haces concorpóreo y consanguíneo suyo. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre.
Así, como dice San Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina.
En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, decía: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Pero, como ellos entendieron estas palabras en un sentido material, se hicieron atrás escandalizados, pensando que los exhortaba a comer su carne.
En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma.
Por lo cual, el pan y el vino cucarísticos no han de ser considerados como meros y comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe.
Adoctrinados e imbuidos de esta fe certísima, debemos creer que
aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y
que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la
sangre de Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan
da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues, fuerzas
a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual, y da brillo así al rostro de tu alma.
Ojalá que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia,contemplando la gloria del
Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús nuestro Señor, a
quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.