El
ser sacerdotal de Jesús, según san Juan
Podemos hacer un recorrido por el evangelio de San Juan para ver
el fundamento, la originalidad, la unicidad del sacerdocio de Jesús.
Dios le ha dado el poder de juzgar, el que crea en lo que él dice
no tendrá juicio de condenación, sino que alcanzará la vida
eterna, ha pasado de la muerte a la vida; el Padre le ha dado el
poder de dar la vida (Jn 5, 22.24.26). Las Escrituras hablan
de él, Moisés da testimonio de él, un testimonio que los
judíos no aceptan, porque su orgullo les impide entender las
Escrituras en su verdadero sentido (Jn 5, 44).
Lo que Dios nos pide es que creamos en el que El ha enviado (Jn
6. 29). El es el pan de Dios que viene del Cielo para dar la vida al
mundo. El ha venido al mundo para hacer la voluntad de su
Padre y la voluntad del Padre es que no rechace a nadie
sino que nos resucite en el último día. El Padre quiere que todos
los que vean al Hijo y crean en El tengan vida eterna y El los
resucitará en el último día. (Jn 6, 34-40). Sólo El, que viene
del Cielo, conoce al Padre. El es el verdadero pan del Cielo, el pan
de vida, quien cree en El no morirá (Jn 6, 43-50). Este pan de vida
es su propia carne entregada en sacrificio por nosotros.
Desde el principio, en la conciencia de Jesús está presente la
previsión de la cruz, por eso su presentación como pan del cielo
pasa a ser invitación a comer su carne y beber su sangre, en una
evidente alusión a su muerte. Su carne es verdadera comida y su
sangre verdadera bebida. Jesús es consciente de que llega a
ser pan de vida para toda la humanidad mediante su muerte en la
cruz. (Jn 6, 53-59). Este “comer su carne” es sinónimo
de “vivir por El”. Como El vive con y por el Padre, así tenemos
que unirnos a El (por la fe) para poder vivir con El y por El (vv.
57 y 58). “Nosotros creemos y sabemos que Tu eres el Santo de
Dios” (v.69). Sabe que uno de los suyos le va a entregar. “Uno
de vosotros es un diablo”.
Jesús viene de Dios, lo conoce, se siente enviado por El, y esta
conciencia de haber sido enviado es la que le da autoridad y lo
sostiene en su ministerio (Jn 7, 28-29). Jesús sabe que el Padre
está con El, vive en todo identificado con El, hace las obras de
Dios en el mundo (Jn 8, 18-19). La identidad personal como Hijo del
Padre venido a este mundo, la misión y la obra de Jesús están
estrechamente relacionadas, El viene de Dios, ha sido
enviado por el Padre y hace la obra del Padre, lo que oye,
lo que ve, lo que Dios quiere que haga (Jn 8, 23-29.38).
Ante la figura mediadora de Jesús, Juan presenta la incredulidad
y el rechazo creciente de los judíos. “El que habla por su cuenta
busca su propio honor” (Jn 7, 18). El testimonio de Jesús no es
aceptado por los que buscan la gloria de este mundo, porque no son
hijos de Dios sino del diablo. Ellos son los que lo llevan a la
muerte (Jn 8, 37.42.44.47). Jesús discute con ellos, les insiste en
la necesidad de aceptar su testimonio, recurre una y otra vez a su
unión con el Padre, a su carácter de enviado, a su fidelidad al
mandato del Padre, para invitarles a creer. Llega incluso a insinuar
su unidad substancial con el Padre apropiándose el nombre de Dios
en el Exodo, “vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros
sois del mundo, yo no soy del mundo” (8, 23). “Antes que
Abrahan naciera YO SOY” (8, 59). Pero las manifestaciones
de Jesús en vez de despertar la fe en sus oyentes les endurecen más
y provocan en ellos un rechazo más profundo y más intemperante.
“Tomaron piedras“, pretenden lapidarlo por blasfemo.
En este rastreo del evangelio de Juan podemos también leer la
parábola del Buen Pastor dándole un sentido sacerdotal (Jn 10):
Jesús es la puerta, El ha venido para que sus ovejas tengan vida,
en plenitud, y da la vida por ellas. Las ovejas son de su Padre y el
Padre, que le ha enviado, se las ha confiado a El, para que les dé
la vida. Como otras veces, la relación entre Jesús y sus
ovejas es semejante a la que El tiene con el Padre, como el
Padre me conoce y yo le conozco, así yo las conozco y ellas me
conocen (v. 15). La misión del Buen Pastor incluye la muerte dando
la vida por sus ovejas (v. 17). Lo que hace Jesús es como si lo
hiciera el Padre, porque el Padre y El “son uno” (v.30). En su
empeño por sacarles de su incredulidad, Jesús prescinde de Sí
mismo y les pide que acepten al menos el testimonio de sus obras
para ver “que el Padre está en mí y yo en el Padre” (v.38).
Jesús dice y hace lo que el Padre le manda, por eso creer en El es
creer en el Padre, para alcanzar la vida eterna. (Jn 12, 42-50).
Después de la resurrección de Lázaro, la incredulidad de los
judíos se hace más dura y el rechazo es más firme y más radical
(Jn 11, 47.53). Como consecuencia de este rechazo se va perfilando y
fortaleciendo en la conciencia de Jesús la inminencia de su muerte.
Cuando unos griegos se acercan a El, esta presencia de la muerte se
aviva en la conciencia de Jesús, El sabe que no llegará a ser el Salvador
universal sino a través de su muerte. Para dar fruto el
grano de trigo tiene que morir (12, 24).
Jesús vive su muerte como el cumplimiento de su misión. La
incredulidad, el rechazo del Pueblo de la Alianza va a obligarle a
ofrecer su vida en sacrificio de fidelidad y de amor, para cumplir
la misión recibida del Padre. Jesús prevé que su muerte violenta
y humillante va a ser una prueba para la incipiente y vacilante fe
de sus discípulos. No esperan un final semejante, no van a
comprender esta manera de cumplir las promesas de Dios, a pesar de
que está ya insinuada en los Profetas. El se va, y va a
preparar el lugar en la casa del Padre, volverá a buscarnos para
que todos podamos estar definitivamente con El. A sus discípulos
les conviene que El muera porque así podrá enviarles el Espíritu
Santo que les traerá el don de la vida eterna en la comunión de
amor con el Padre. El es el camino, nadie llega al Padre sino por
El, el está en el Padre y el Padre en El, El va al Padre y quiere
llevarnos con El, hasta el Padre, con el amor y la intimidad del Espíritu
Santo. “Yo en el Padre, vosotros en mí y yo (con el Padre) en
vosotros” (cap. 14). “El que me ama, mi Padre lo amará y
vendremos a El y haremos morada en El” (Jn 14, 23). Jesús se va
del mundo, pero volverá, estará con sus discípulos, ellos lo verán
y podrán vivir con El (14, 28), tendrán que ser sus testigos en
medio de muchas persecuciones (Jn 15, 27). Los discípulos tienen
que estar dispuestos a recibir el mismo tratamiento que su Maestro,
pero no han de tener miedo porque Jesús ha vencido al mundo (Jn 15,
20; 16, 1-4) y podrán contar con el poder del Padre que les
concederá todo cuanto le pidan en su nombre (Jn 16, 24).
Su última oración de despedida se llama la “oración
sacerdotal” “Padre, ha llegado la hora. Me diste poder
para darles la vida eterna. Saben que he venido de ti, que tú me
enviaste”. Su suerte es la nuestra. El se siente en todo unido a
nosotros. Ruega por nosotros para que nosotros lleguemos con El
hasta el Padre. “Guárdalos para que sean uno como tú y yo somos
uno. Que puedan participar de mi alegría. Haz que sean tuyos por
medio de la verdad, tu palabra es la verdad”. Jesús se ofrece al
Padre por nosotros para que nosotros nos ofrezcamos al Padre con El.
Pide que estemos unidos a El y al Padre, como El mismo está unido
al Padre, nos ha dado la gloria que le dio el Padre para que podamos
ser uno como ellos lo son, Jesús desea y pide que estemos con El
junto al Padre, amados con el mismo amor” (Jn 17). En la visión
de Jesús parece que todos los que creen en El quedan reunidos,
unificados dentro de su humanidad, queridos por Dios como una misma
cosa con el Hijo primogénito. Ese es su sacerdocio. Esa es su
victoria.
Estos mismos son los sentimientos de Jesús en la institución de
la Eucaristía. Una vez que ha consumado su entrega al Padre
aceptando y viviendo el sacrificio de su vida en la muerte de Cruz,
llegada la resurrección, la humanidad terrestre y corporal de Jesús
entra en la comunión glorificante con el Padre y el Espíritu
Santo. Se cumplen las promesas, alcanza el fruto de su sacrificio,
de su ser sacerdotal. “Diles a mis hermanos que voy a mi Padre que
es vuestro Padre, a mi Dios que es vuestro Dios” (20, 17). Las
apariciones de Jesús a los Apóstoles son ya el cumplimiento de su
misión sacerdotal: les da la paz, los envía, les da el
Espíritu (20, 21). La celebración de la Eucaristía perpetúa en
la Iglesia estos encuentros con el resucitado que nos comunica el
Espíritu de Dios y nos trae el don escatológico de la paz. Si
somos capaces de leer la palabra de Dios en profundidad, veremos que
en el relato del bautismo de Jesús se nos dice ya todo acerca de su
sacerdocio: Jesús es el Hijo del Padre, ungido por el Espíritu
Santo, que carga con los pecados del mundo. A continuación comienza
en el desierto su lucha contra el poder del demonio sobre la
humanidad (Mt 3, 13ss).
El
sacerdocio de Jesús, en las cartas de san Pablo
En la carta a los hebreos, con otros conceptos, traídos de la
liturgia veterotestamentaria, se nos presenta también el sacerdocio
de Jesús como un sacerdocio único, definitivo, irrepetible. Un
sacerdocio que cumple de verdad la aspiración de establecer la
alianza definitiva entre Dios y los hombres. El es el Hijo,
engendrado en el hoy eterno de Dios, que realizó la purificación
de los pecados y está sentado a la derecha de Dios en las alturas
(1, 2-3). Jesús compartió nuestra carne para librarnos por
medio de la muerte del poder del demonio que nos tenía
esclavizados por el temor a la muerte (2, 14-18). El ha compartido
nuestra vida, ha sufrido nuestros mismos dolores, por eso es
misericordioso con nosotros (4, 15-16). Dios lo constituyó sumo
sacerdote por ser su Hijo. Sufriendo los dolores de la muerte
aprendió lo que era obediencia y selló para siempre en su propia
carne la unión de la humanidad con Dios “a través del
sufrimiento”. Alcanzada así la perfección de su filiación en la
obediencia suprema de la muerte, “llegó a ser causa de salvación
para todos los que le obedecen y ha sido proclamado por Dios sumo
sacerdote al estilo de Melquisedec” (5, 9-10), es decir, sacerdote
único, sin ascendientes ni descendientes.
El, con su carne, que es también nuestra carne, ha penetrado en
la morada de Dios, y desde allí es ahora nuestra esperanza, como un
áncora clavada en los cielos a la cual nosotros nos agarramos por
la fe para llegar hasta donde El está “como precursor nuestro”
(6, 18-20). Nosotros somos su casa, su familia, por eso la
obediencia y la fidelidad de Jesús nos han abierto el camino de la
reconciliación y de la salvación (3, 5-6). El ha entrado
en los cielos, ha llegado hasta Dios; unidos a El por la fe podremos
nosotros llegar también hasta la gloria de Dios (4, 14).
Jesús, el Hijo de Dios encarnado, es propiedad nuestra, es
santo, inocente, separado de los pecadores, no necesita sucesores,
porque consiguió borrar los pecados del pueblo con su propia
muerte, de una vez para siempre, y permanece vivo para interceder
siempre por nosotros, “perfecto para siempre” (7, 28). Los
sacerdotes de la Antigua Alianza eran muchos y tenían que ofrecer
muchos sacrificios que eran “observancias exteriores”, en
cambio Cristo entró en el santuario de Dios “de una vez para
siempre, con su propia sangre y así nos alcanzó una redención
eterna (9, 12). Cristo entró en el Cielo y está presente
ante Dios para interceder por nosotros “para dar la salvación a
los esperan en El” (9, 28). Nosotros hemos quedado consagrados a
Dios gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho en su carne por
nosotros (10, 9-10). Con una sola oblación ha conseguido
definitivamente los bienes de la vida eterna. Donde los pecados han
sido perdonados no hacen falta más oblaciones (10, 18).
Ya no hay más sacrificios. Ahora nos toca “buscar la salvación
por medio de la fe” (10,19). De esa fe que es la presencia de las
cosas que se esperan”, “la seguridad de las cosas que no se
ven”, es decir, la seguridad y la presencia de la intercesión de
Cristo por nosotros, corramos fijos los ojos en Jesús, autor y
consumador de la fe, que soportó la cruz y está ahora en la gloria
de Dios, en la ciudad del Dios vivo, como “mediador de la nueva
alianza” (12, 18-24). Esta es la hora de ofrecer a Dios un culto
de alabanza, el culto del amor, de la santidad de nuestra vida,
haciendo el bien y ayudando a los hermanos. La sangre de Cristo que
se ofreció a Dios por el Espíritu eterno nos permite dar a Dios un
culto verdadero, el culto de la fe y del amor (9, 14). Este
es el culto verdadero, estos son los sacrificios que agradan a Dios,
“el cumplimiento de su voluntad con toda clase de obras buenas”
(13, 21). El sacerdocio de Jesús nos permite asociarnos desde ahora
al culto verdadero de los ángeles y de los santos en el cielo. La
liturgia cristiana es el culto de una vida santa asociada al
sacrificio de Jesús eternamente presente ante el trono de Dios. Así
vemos la profunda coincidencia entre el evangelio de Juan, los
escritos paulinos y el Apocalipsis.
Sería demasiado prolijo hacer un recorrido semejante por las
cartas de Pablo, pero encontraríamos, con otro formato, la misma
doctrina. Cristo es el Hijo de Dios que se hizo hombre para
vivir en nuestra carne su vida filial. Rechazado por el
pecado de los hombres, consumó su filiación, vivió humanamente
hasta el extremo su ser de hijo, obedeciendo hasta la muerte de
cruz, y por esta fidelidad llegó con su humanidad hasta el trono de
Dios donde está vivo glorificando al Padre e intercediendo por
nosotros, dándonos la posibilidad de vivir en paz con Dios y
heredar su herencia de vida eterna. Aunque Pablo no llame a Cristo
sacerdote, porque la obra de Cristo desbordaba infinitamente la
función de los sacerdotes de la Antigua Alianza, en sus cartas,
Pablo está describiendo y ponderando continuamente la eficacia del
sacrificio de Cristo que nos salva. Gracias al sacrificio de Cristo,
los cristianos, por medio de la fe pueden dar a Dios el culto
verdadero de la fe, la confianza, la obediencia, el amor, la
santidad de su vida, dando gloria a Dios en nuestro cuerpo (IC 6,
20). Por eso es fácil leer los grandes textos cristológicos y
soteriológicos de Pablo en perspectiva sacerdotal. En ellos
encontramos unas afirmaciones muy cercanas en la forma y
coincidentes en el fondo con la cristología de Juan y de la carta a
los hebreos.
Así, por ejemplo, IC 15, “por su unión con Cristo todos
resucitarán para la vida”, Cristo restablece el Reino de Dios en
el mundo y se lo entregará “para que Dios sea todo en todas las
cosas” (v.28). “Cristo ha muerto por todos para que los que
viven no vivan ya para ellos sino para el que ha muerto y resucitado
por ellos” (IIC 4, 15). “Dios reconciliaba consigo al mundo en
Cristo” (IIC 5, 19). “A quien no cometió pecado Dios lo hizo
por nosotros reo de pecado para que por medio de El nosotros nos
transformáramos en salvación de Dios” (IIC 5, 21). Desde la
eternidad hemos sido elegidos por Dios en Cristo y por medio de El
llegamos a ser “alabanza de su gloria” (Ef 1, 12). Dios
ha desplegado su fuerza salvadora y vivificadora al resucitar a
Cristo y sentarlo a su derecha por encima de todas las criaturas, lo
ha constituido cabeza suprema de la Iglesia que es su cuerpo y
plenitud de la presencia de Dios en el mundo (Ef 1, 20-23). “Dios
rico en misericordia, por pura gracia, nos volvió a la vida
verdadera junto con Cristo, nos resucitó y nos sentó con El en el
cielo” (Ef 2, 4-6). “Somos hechura de Dios, creados en Cristo
Jesús, para cumplir las buenas obras que Dios nos señaló de
antemano” (Ef 2, 9). “Gracias a El, unos y otros, unidos en un
mismo Espíritu, tenemos acceso al Padre, hasta llegar a ser por
medio del Espíritu morada de Dios” (Ef 2, 19-22). Jesús, siendo
Hijo de Dios, tomó condición de esclavo, “haciéndose obediente
hasta la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2, 8), por eso Dios lo
exaltó y lo constituyó Señor del Universo para gloria de Dios
Padre. El transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso
como el suyo en virtud del poder que tiene para someter todas las
cosas” (Fil 3, 21). Dios ha querido poner en El la plenitud y
reconciliar por medio de El todas las cosas (Col 1, 19 y 20). El os
ha reconciliado con Dios por medio de la muerte que ha sufrido en su
cuerpo mortal. Mediante la fe en El y gracias a El nos atrevemos a
acercarnos a Dios con plena confianza (Ef 3,12).
No hay necesidad de insistir más, todos los libros del Nuevo
Testamento nos presentan a Jesucristo como el gran sacerdote, el
mediador y santificador de toda la humanidad