El sacramento del retorno (Carta pastoral) Imprimir E-Mail
Escrito por + Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos   
miércoles, 25 de febrero de 2009

Cuaresma 2009

 

Carta Pastoral 

 

EL SACRAMENTO DEL RETORNO 

 

¡Es hora de volver a la casa del Padre y acogernos a su infinita misericordia! In aeternum misericordia Eius es el lema de mi ministerio episcopal. No encuentro palabras más adecuadas y gozosas para dirigirme a todos vosotros, sacerdotes y fieles, ante la ya inminente Cuaresma, tiempo fuerte de gracia y de perdón.  Nuestra sociedad ha experimentado ya suficientemente que la huida de la casa del Padre no ha supuesto el descubrimiento de un paraíso de libertad y felicidad sino el encuentro con el dolor de la insatisfacción. Es lógico que así sea, porque un hijo, sobre todo si es pequeño y débil, no puede encontrar la felicidad más allá del amor y de la compañía de su padre.

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Por eso, os invito a todos a acompañarme en esta reflexión sobre el sacramento de la Reconciliación que os dirijo, ante todo y sobre todo, como llamada de buen pastor a volver a la casa del Padre, apoyados en la infinita misericordia de Dios, que es nuestro Padre. Dios nunca es más grande que cuando perdona ni nunca es más Padre que cuando nos convida al banquete de la Eucaristía , después de que nosotros hayamos herido su corazón paternal.

 

Como veréis por el tenor de estas líneas, me dirijo, en primer término, a los sacerdotes. Vosotros sois los primeros heraldos del Dios «rico en misericordia» a vuestros fieles. Eso explica que las presentes reflexiones sean, principal y directamente, un diálogo con vosotros. Pero me dirijo también a los seglares y a las almas consagradas.

 

Estoy convencido de que el misterio del pecado-misericordia-perdón es un aspecto fundamental de la vida cristiana en el que debemos de progresar aún más. Unos, para predicarla con gozo y con convicción y, llenos de esa fe, pronunciar en nombre de Cristo y de la Iglesia las palabras eficaces del perdón divino. Otros, para recibir este don con gran alegría. Todos, para redescubrir personalmente el gozo del perdón misericordioso de nuestro Padre.

 

 

Testigos y colaboradores de la misericordia divina

 

         Diciéndolo con lenguaje fuerte y gráfico, pero que se acerca bastante a la realidad, el sacerdote tiene que «impersonar» la misericordia divina en todas sus actuaciones, pero especialmente en los momentos entrañables del sacramento de la reconciliación.

 

Las manos del sacerdote están ungidas para bendecir y perdonar, para curar las heridas del alma. En forma análoga a como el rostro de Cristo en la Cruz es visibilidad del rostro del Padre, la actitud del sacerdote ha de revelar, en los gestos y en las palabras, en la cercanía y en la capacidad de escucha, a Cristo que se hace el encontradizo con el pecador para perdonar, para curar, para darle una vida nueva, para devolverle al amor. En todo su existir, pero especialmente en la celebración del Sacramento de la Reconciliación , el sacerdote ha de ser para el hombre de hoy la visibilidad de Cristo, médico misericordiosísimo y poderoso.

 

Existe una leyenda que atribuye a San Agustín la siguiente anécdota. Paseaba Agustín por la playa, mientras meditaba en el misterio de la Trinidad , y vio a un niño jugando. Había hecho un hoyo en la arena, y pretendía encerrar todo el mar en ese pequeño hoyo. Y una voz dijo a Agustín en su interior: así eres tú. Quieres abarcar con tu cabeza el misterio de Dios, que es infinito. Algo semejante nos ocurre a nosotros: nuestra cabeza y nuestro corazón, tan pequeños, resultan incapaces para abarcar el inmenso mar de la misericordia divina. Es infinita la misericordia que hay en Dios para cada uno de nosotros y para con todos los hombres.

 

Como ministros del Sacramento de la Reconciliación , sumerjámonos confiadamente en ese mar infinito de la misericordia divina, sabiendo que ese mar nos trasciende totalmente. San Pablo expresa esto mismo con gran vigor cuando escribe a los cristianos de Éfeso: Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe, para que arraigados y fundamentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer también el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para que os llenéis por completo de toda la plenitud de Dios (Ef 3, 17-19).

 

Es precisamente la infinitud de la misericordia de Dios la que envuelve en un gran gozo la vuelta al hogar del hijo pródigo, tanto en el corazón del hijo, como, sobre todo, en el corazón del padre. Es un gozo tal, que el Señor dice en la parábola de la oveja perdida que hay en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que hacen penitencia (cfr Lc 15, 7). Esta alegría del cielo acompaña siempre a una auténtica conversión, que nunca es una cuestión «meramente» personal, sino también una cuestión eclesial y, por tanto, que afecta no sólo al alma del penitente, sino que también llena de alegría a la comunidad de los santos.

 

 

 

 

 

La conversión, misterio que nos trasciende

 

 

 

La infinitud de la misericordia divina hace, además, que nuestra vuelta al Padre –nuestra conversión–, sea en sí misma un misterio que nos trasciende. Esta vuelta comporta la donación de una vida nueva, la recuperación plena de la vida de hijo de Dios en Cristo, la recuperación de la comunión perdida.

 

La misericordia de Dios no sólo es infinita a la hora de recibirnos, sino también a la hora de la búsqueda. Porque, como muestra la parábola de la oveja perdida (cfr Mt 18, 12-14; Lc 15, 1-7), es el Buen Pastor quien sale a nuestro encuentro y nos pone sobre sus hombros para traernos de vuelta a casa. La misericordia de Dios antecede ya a nuestro primer movimiento hacia la conversión.

 

Conviene tener esto muy presente: nuestra conversión es ante todo iniciativa de Dios. Así se ve en las parábolas de la misericordia[1]; así lo ponen de relieve los Concilios al referirse a los primeros pasos que da el hombre para acercarse a Dios; incluso el primer deseo de acercarnos a Dios es ya obra divina en nosotros[2]. En el Sacramento de la Reconciliación , pues, el sacerdote es llamado a intervenir en un proceso de acogida y de perdón que ha sido iniciado, quizás mucho tiempo antes, por el mismo Dios, que ha salido al encuentro del penitente.

 

En el comienzo de toda conversión está la predicación de la Palabrafides ex auditu (Rm 10, 17)–, la catequesis oportunamente desarrollada que se hace eco del clamor del Apóstol: en el nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios (2 Co 5, 20). Pero es la acción del Espíritu Santo en el alma la que mueve eficazmente a emprender el camino que lleva hasta el momento supremo de la reconciliación con Dios. Esta reconciliación tiene lugar sacramentalmente, es decir, con signos que causan eficazmente lo que significan, mediante el ministerio de la Iglesia a través del sacerdote.

 

 

 

 

 

La iniciativa del Dios de la Alianza

 

 

 

En el misterio de nuestra conversión, acontece lo que es constitutivo de toda la teología de la Alianza :  brota de la iniciativa divina. El itinerario espiritual de cada uno produce, de modo irrepetible y único, lo que acontece en el marco de la historia de la salvación en el que estamos insertos: el Dios que ha tomado la iniciativa de establecer la nueva Alianza en la sangre de Cristo, ha tomado también la iniciativa de que esa Alianza se haga eficaz en nuestra alma, llamándonos al dolor y a una nueva vida.

 

Desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura , Dios se nos muestra como el Dios que toma la iniciativa al establecer la Alianza con el hombre, como el Dios que es siempre fiel a ella, y que siempre está dispuesto al perdón. Y en la noche suprema de la Última Cena, nuestro Señor toma la iniciativa de ofrecer el pan y el vino, su Cuerpo y su Sangre, ofreciéndolos como Alianza nueva y eterna.

 

Esta iniciativa divina de establecer la Alianza no tiene lugar «a pesar» de la pecaminosidad humana, sino «contando» con ella; podría decirse que «movido» por ella. Es como si el pecado removiese las entrañas misericordiosas de Dios. Desde la narración del primer pecado, la Sagrada Escritura insiste en que Dios no sólo no abandona al hombre en su pecado, sino que va en su busca: tras el primer pecado, promete el envío de un Redentor. De modo análogo, tras nuestro pecado, Dios sale a nuestro encuentro con una invitación, que es al mismo tiempo una llamada al cambio, a la conversión del corazón y del pensamiento, y un llamamiento a la renovación en el amor.

 

Esa búsqueda y esa invitación son, sobre todo, una llamada a volver a la amistad con Dios, a vivir conforme a nuestra vocación de hijos de Dios en Cristo; es decir, una invitación a volvernos hacia el Padre. Por esta razón, escribe San Juan Crisóstomo, «la conversión es fácil, no hay en ella nada que abrume. ¿Eres pecador? Entra en la iglesia. Di: ‘¡He pecado!’ y te has librado ya del pecado»[3].

 

Están en la mente de todos nosotros las exclamaciones gozosas de la Iglesia Santa cuando considera este misterio del pecado y de la reconciliación en la Noche Santa de Pascua. Resulta inolvidable el grito de la liturgia: “¡Oh feliz culpa, que mereció tener tan gran Redentor!”[4].

 

 

 

 

 

La parábola del hijo pródigo

 

 

 

San Lucas concreta incluso la ocasión de la parábola del hijo pródigo. Se acercaban al Señor los publicanos y pecadores para oírle,  mientras los fariseos y los escribas murmuraban porque los recibía y comía con ellos. Más aún, muchas veces se hacía el encontradizo con ellos e iba en su búsqueda. Los fariseos se escandalizaban de la misericordia, como si esa misericordia maltratase a la justicia y el honor que se debe a Dios. Jesús pronuncia la parábola como una invitación a los pecadores para que se le acerquen y como una respuesta a quienes se escandalizaban de la acogida que ellos recibían por parte del Señor.

 

La parábola es, por eso mismo, una vigorosa llamada a la conversión y un canto al amor inagotable del Padre, a la fidelidad del Padre a su paternidad:

 

He aquí cómo lo expresa Juan Pablo II: 

 

«El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a su casa después de haber gastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquella fastuosidad tan generosa respecto al disipador después de su vuelta, de tal manera que suscita contrariedad y envidia en el hermano mayor»[5].

 

La parábola, en efecto, tiene como telón de fondo el misterio de nuestra filiación adoptiva en Cristo. Somos hijos de Dios en el Hijo por el Espíritu Santo. Dios Padre tiene en el corazón los sentimientos insondables de un padre, una lógica que nos trasciende, porque es la lógica de la paternidad y de la misericordia.

 

La verdad gozosa del Antiguo Testamento es que Dios mira al hombre con sentimientos de padre y de madre[6]. El Nuevo Testamento añade a esta verdad gozosa la afirmación de la filiación natural de Cristo, y que en esa filiación de Cristo nosotros somos constituidos, por el Espíritu Santo, verdaderos hijos del Padre. Desde esta perspectiva, el escándalo de los fariseos -como si la misericordia lesionase la justicia- es en sí mismo una grave injusticia contra aquél que está llamado a la dignidad de hijo; es una injusticia, sobre todo, contra el corazón del Padre.

 

He aquí una parte importante del misterio de la conversión: aún cuando esté lejos, aunque haya abandonado a Dios, la dignidad filial del hijo es un bien inconmensurable para el padre, y mucho más si se trata de un padre misericordioso y magnánimo.

 

Comenta Benedicto XVI:

 

«...Desde el principio vemos también la magnanimidad del padre. Accede al deseo del hijo menor de recibir su parte de la herencia. Da libertad. Puede imaginarse lo que el hijo menor hará, pero le deja seguir su camino. El hijo se marcha a “un país lejano”. Los Padres han visto aquí sobre todo el alejamiento interior del mundo del padre –del mundo de Dios –, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la separación de lo que es propio y de lo que es auténtico»[7].

 

Este es el fondo del drama del pecado: la ruptura de la relación filial, la separación de lo que es propio de la dignidad y del bien del hijo: la filiación­ al padre. A esta luz se comprende la alegría de la vuelta, la importancia que tiene para el padre recuperar al hijo, el hecho de que la conversión del hijo sea una vuelta a su propia casa, una vuelta de la muerte a la vida: Estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado (Lc 15, 32).

 

La conversión cristiana se puede definir, pues, como un viaje de retorno a la verdad más profunda de la propia existencia, a la propia dignidad: la que proviene de la relación filial con Dios. Se puede definir también, en el sentido pleno de la expresión, como una vuelta a la casa del Padre, como una vuelta a la verdad más profunda de uno mismo, a la propia vocación de hijo de Dios en Cristo.

 

 

 

 

 

Convertíos, está cerca el reino de Dios 

 

 

 

En esta perspectiva se comprende la importancia que la conversión del pecador tiene en la predicación de Jesús de Nazaret, pues el hijo pródigo sólo volverá a la casa si lo desea libremente. San Marcos hace notar que Jesús comenzó su predicación con una invitación a la conversión: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15). La llamada a la conversión es parte esencial del anuncio del Reino, y vertebra toda la predicación del Señor.

 

Pero insistamos en esto: la conversión del hombre a Dios es siempre una respuesta a la llamada del Padre. Jamás es un caminar solitario. Tampoco es un caminar autónomo. Dios, que tomó la iniciativa de establecer una Alianza con los hombres, que ha establecido una nueva Alianza en la sangre de Cristo, sale ahora al encuentro del hombre en pecado, llamando, acompañando, esperando, acogiendo, como el padre del hijo pródigo. Todo proviene de Dios, dice San Pablo, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo (2 Co 5, 18). E inmediatamente añade, refiriéndose al ministerio sacerdotal: y nos confirió el ministerio de la reconciliación (ibid).

 

El reencuentro con el Padre se hace sacramentalmente visible en la Iglesia. Ella ha recibido como una de sus tareas esenciales el ministerio de la reconciliación, precisamente para que se haga visible en el ejercicio de este ministerio la recepción que Dios hace del pecador. El ministerio sacerdotal hace presente con inmediatez sacramental a Cristo que cura, que da nueva vida, que acoge con los brazos abiertos a los pecadores.

 

 

 

 

 

La reconciliación del hombre con Dios, acontecimiento trinitario

 

 

 

La reconciliación del hombre con Dios es un acontecimiento eclesial y trinitario. El ministerio de la reconciliación se ejerce por la acción del Espíritu Santo que Nuestro Señor Jesucristo entrega a los discípulos en la alegría de la tarde de Pascua. La escena nos resulta inolvidable: Recibid el Espíritu Santo, dice el Señor; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados (Jn 20, 22).

 

El perdón de los pecados tiene lugar por la acción creadora y santificadora del Espíritu: Él es dador de vida. Dios Padre nos reconcilia en el Hijo por el Espíritu Santo. Esta reconciliación tiene lugar en la Iglesia , por el ministerio de la Iglesia y por manos del sacerdote.

 

Prodigó el Señor sus “milagros médicos”, es decir, las curaciones que están más allá de las fuerzas humanas. Había una razón para esto: la compasión del Corazón de Cristo ante el dolor y el sufrimiento del hombre. Había, además, una razón de signo: esas curaciones eran signo de otras curaciones no menos sorprendentes, no menos milagrosas: la curación del alma, la liberación de la culpa, la reintegración del hijo pródigo a su primera dignidad filial.

 

Jesús mismo remite a su poder de curar las dolencias físicas como un signo que muestra su poder de liberar a las conciencias del peso de la culpa. Baste recordar la curación del paralítico que relata San Mateo: Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados − se dirigió entonces al paralítico −, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa (Mt 9, 6).

 

Con razón la liturgia de la Iglesia llama a Cristo “medicina” y “médico celeste”[8]. Se trata de un apelativo que se utiliza ya en la Iglesia naciente, como muestran estas palabras de San Ignacio de Antioquía (+ ca. 107): «Hay un solo médico, carnal y espiritual, creado e increado, Dios hecho carne, vida verdadera en la muerte, [nacido] de María y de Dios, primero pasible y, luego, impasible, Jesucristo nuestro Señor»[9]. Con este texto, que muy bien podría ser un primitivo himno litúrgico, Ignacio de Antioquía intenta reafirmar la perfecta divinidad y humanidad del Señor, y, al hacerlo, pone de relieve que Él es esencialmente médico y curador del hombre[10]. Él da vista a los ciegos y sana los corazones desgarrados. Él es nuestra reconciliación y nuestra paz. Él, y sólo Él, es el salvador de la historia.

 

 

 

 

 

El fuego del Espíritu Santo

 

 

 

La dramaticidad de la historia humana, que brota del mal que anida en el corazón del hombre, es también un misterio que nos trasciende. Sólo la frivolidad de un corazón inmaduro puede leer esta historia sin sentir en su interior el vértigo que provoca la malicia que comporta el rechazo del Dios de la Alianza y que tantas veces lleva consigo la violencia contra el hombre en el núcleo más íntimo de su dignidad humana; con abrumadora frecuencia, la impiedad para con Dios se convierte irremediablemente en impiedad para con el hombre.

 

Aquél que ama, sabe bien lo que es la malicia de la infidelidad al Amor, la infidelidad a la Alianza. Hemos de mantener viva nuestra sensibilidad de cristianos para no acostumbrarnos a la existencia del mal, para no permanecer insensibles ante él, para no hacernos sus cómplices con nuestro silencio. El pecado existe, y no sólo «está mal», sino que hace verdadero mal. Se trata de un mal que resulta tantas veces humanamente irreparable. Baste recordar la sangre que derrama Caín no sólo a través de las guerras, sino a través de tantos crímenes siempre injustificables. El sacerdote, si no quiere hacerse cómplice de esta tragedia universal, debe denunciar la malicia que anida en el pecado, debe subrayar la malicia que encierra. Si dejase de hacerlo, contribuiría a la pérdida del sentido del pecado y el corazón de los cristianos se iría debilitando –como si estuviese anestesiado – a la hora de reaccionar ante el espectáculo del mal.

 

Durante la Última Cena, al anunciar el envío del Espíritu Santo, el Señor dice que el Espíritu convencerá al mundo en lo referente al pecado (Jn 16, 8). El Espíritu que es Amor, el Espíritu de la Verdad , es enviado al mundo y al corazón del hombre para sanarlo; haciéndole comprender, precisamente, la verdadera dimensión del pecado, su malicia y su derrota: su relación con la Cruz de Cristo. Se trata de una doble dádiva que hace el Espíritu: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención[11]. Este desenmascarar el pecado que está en el corazón del hombre es ya un comienzo de sanación, y provoca los primeros pasos de su vuelta al Padre.

 

Refiriéndose a esta labor curadora del Espíritu Santo, como iluminador de las conciencias sobre la verdadera naturaleza del pecado, escribe Juan Pablo II: 

 

“El «convencer» es la demostración del mal del pecado, de todo pecado en relación con la cruz de Cristo. El pecado, presentado en esta relación, es reconocido en la dimensión completa del mal, que le es característica por el «misterio de la impiedad» (2 Ts 2, 7). El hombre no conoce esta dimensión –no la conoce absolutamente– fuera de la cruz de Cristo. Por consiguiente, no puede ser  «convencido» de ello si no es por el Espíritu Santo: Espíritu de la verdad y, a la vez, Paráclito. En efecto, el pecado, puesto en relación con la cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena dimensión del misterio de la piedad (1 Tm 3, 16), como ha señalado la exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et poenitentia (nn. 19-22)”[12].

 

El misterio Pascual ha de ocupar el centro de nuestra predicación, especialmente cuando se trata de tocar la intimidad de las conciencias, cuando somos Cristo que sale al encuentro del corazón enfermo, Cristo que acoge y perdona. El sacerdote sabe que siempre, pero sobre todo al celebrar este sacramento, ha de «impersonar» la misericordia infinita de Dios, llena de bondad y de «justicia», es decir, de «santidad».

 

La cruz de Cristo arroja una luz definitiva sobre la pecaminosidad humana y sobre la crueldad de la historia. Esa cruz es al mismo tiempo testimonio elocuente de la gravedad que comporta el rechazo de Dios, y del misterio de la piedad que ese rechazo provoca en la intimidad divina. Nuestro Señor lo explicó con claridad a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 16-17).

 

El sacerdote no sólo es testigo de la gravedad del mal y de la infinitud de la misericordia, sino que está llamado a cooperar con todas sus fuerzas en la reconciliación del hombre con Dios: desde el momento en que coopera con el Espíritu Santo que convence del pecado hasta el momento sublime en que con la autoridad de Cristo y con la fuerza del Espíritu, que él mismo ha recibido, pronuncia las palabras que causan realmente el perdón que significan.

 

 

 

 

 

El ministerio de la reconciliación

 

 

 

En efecto, a este Cristo que acoge, que cura y que perdona con autoridad divina lo hace presente el ministerio sacerdotal de modo inmediato en el sacramento de la reconciliación. En este contexto han de entenderse las palabras del Señor cuando habla del “poder de perdonar los pecados” (cfr Mt 16, 19; Mt 18, 18; Jn 20, 23). Son textos que hablan del “poder” de perdonar los pecados con la autoridad del mismo Jesucristo. O, mejor dicho, el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo, que es quien realmente cura y perdona.

 

Conviene insistir en esto: el “poder” de perdonar los pecados se entrega al mismo tiempo que se otorga el don del Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida[13], precisamente porque es un poder de curación, de resurrección, de dar una nueva vida. En el Sacramento actúa el poder de este Espíritu vivificador. A través de las palabras de la absolución se realiza  el perdón y la reconciliación con Dios, se nos da una nueva vida, se renueva nuestra relación con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo -en cuyo nombre se nos absuelve de nuestros pecados-, y se nos reconcilia también con la Iglesia.

 

He aquí cómo lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica :

 

“El perdón de los pecados reconcilia con Dios y también con la Iglesia. El obispo, cabeza visible de la Iglesia particular, es considerado, por tanto, con justo título, desde los tiempos antiguos como el que tiene principalmente el poder y el ministerio de la reconciliación: es el moderador de la disciplina penitencial (Lumen gentium, 26). Los presbíteros, sus colaboradores, lo ejercen en la medida en que han recibido la tarea de administrarlo sea de su obispo (o de un superior religioso), sea del Papa, a través del derecho de la Iglesia”[14].

 

Precisamente por la dimensión eclesial de la reconciliación, el sacerdote ha de sentirse un humilde «administrador» de este Sacramento, en el que actúa in persona Christi Capitis[15]. A este respecto, conviene recordar que la eclesiología de comunión resulta decisiva a la hora de considerar la figura del sacerdote en la Iglesia y en el mundo, su vocación, su misión de reconciliación, orientada hacia la Eucaristía. El sacerdote es el hombre de la comunión, el hombre de la unidad y reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Ha de ser, en consecuencia, el hombre de la communio; el que reúne, no el que dispersa.

 

Por eso, el sacerdote debe orientar el ministerio de la reconciliación de tal modo que sea instrumento de  comunión, sirviendo a la unidad de la Iglesia. Esto –conviene insistir en ello – ha de notarse en su fidelidad a la fe y a la moral de la Iglesia , en la suave fortaleza con que sabe aplicarla al caso concreto del penitente que tiene delante, a la misma celebración litúrgica, que ha de hacerse conforme a cuanto prescriben las normas de la Iglesia.

 

 

 

 

 

La vida nueva del Espíritu

 

 

 

El Sacramento de la Penitencia , al reconciliarnos con Dios, es fuente de vida, la vida nueva del Espíritu, que derrama en nuestros corazones el amor divino (Rm 5, 5). Por la acción vivificadora del Espíritu, que se ejerce a través del ministerio sacerdotal, el hombre es devuelto al amor, a la comunión con Dios y con la Iglesia , de la que precisamente el Espíritu es el alma y la fuerza que le da unidad.

 

El Espíritu no sólo se encuentra en los primeros momentos de nuestra conversión, sino en todo nuestro caminar hacia la casa del Padre. Además, nos ayuda a madurar el firme propósito de vivir un camino de conversión permanente, hecho de empeños concretos, de caridad y de oración, de lucha y de paz. La presencia del sacerdote en el momento del acontecimiento sacramental no sólo hace presente fidedignamente el perdón de Dios, sino que es también ayuda para el propósito y la perseverancia. La vida nueva, a la que así renacemos, muestra no sólo la belleza y la fuerza del perdón invocado y recibido siempre de nuevo, sino que se abre a un progreso sin límites en el amor y en la comunión, es decir, a un progreso hacia la santidad.

 

A lo largo de toda su vida, pero especialmente en el sacramento del perdón, el sacerdote puede hacer realidad la oración que se atribuye a San Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay un error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría».

 

Aunque hemos de esforzarnos por realizar este hermoso ideal a lo largo de todo nuestro ministerio, en el sacramento de la reconciliación lo hacemos presente de un modo inmediato y con eficacia sacramental. El sacerdote “por la unción del Espíritu Santo queda marcado con un carácter especial que lo configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que puede obrar in persona Christi Capitis[16]. En el sacramento de la reconciliación, con la fuerza del Espíritu, el sacerdote es padre, maestro, consejero, médico. Él es Cristo que sale al encuentro del hombre de nuestro tiempo lleno de misericordia y perdón: donde hay ofensa, él pone perdón, donde hay oscuridad, él pone luz.

 

 

 

 

 

Hacia una renovada valentía pastoral

 

 

 

Esto exige del sacerdote un gran esfuerzo y una gran atención. Le exige, conviene decirlo con claridad, el ejercicio heroico de la caridad pastoral, que le llevará a saber actuar con fortaleza y con paciencia, a poner un gran amor –amor de buen pastor – en todo lo relativo al sacramento de la reconciliación: en la predicación que anuncia la misericordia y que convoca a la conversión; en el trato personal que prepara y anima para una fructuosa recepción del Sacramento; en la acogida  a quien pide confesión, en la capacidad de escucha, en la ayuda a la conversión y al propósito. En una palabra, ha de «implicarse» en la vida del penitente, consciente de que ese «encuentro» puede marcar «la hora de Dios» en la vida del pecador.

 

El sacerdote debe ser la visibilidad del Padre que se alegra con la vuelta del hijo pródigo, el testimonio vivo de la presencia de Cristo, el que perdona y aconseja con la fuerza del Espíritu. Significativamente, el don de consejo, que tanto necesita el buen confesor,  es uno de los siete dones del Espíritu Santo.

 

En la Carta Apostólica Tertio millennio ineunte, escribía Juan Pablo II: “Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación ” (n. 37).

 

Se trata de la pedagogía del buen pastor que sabe ir delante de su rebaño. La situación actual, que en tantos ambientes hace más difícil valorar el sacramento del perdón, requiere de nosotros un mayor amor, una mayor atención. Requiere que vayamos por delante, antes que nada recorriendo nosotros mismos el camino de la conversión; valorar personalmente el sacramento, recibiéndolo con sincero corazón, lleno de amor contrito. Para enseñar a confesarse, lo primero es practicar bien, con esmero y frecuencia, nuestra propia confesión. Esta “experiencia” nos hará ir por delante del rebaño; nos llenará también de una santa confianza en la fecundidad de la gracia

 

En la Carta Apostólica antes citada, el Papa se dirige a los sacerdotes en estos términos: “Es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. ¡No debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor –y los sacramentos son de los más preciosos – vienen de Aquel que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia”[17].

 

Esto exige una pastoral activa y llena de iniciativas. Los sacerdotes hemos de predicar el perdón, despertar amorosamente las conciencias y atender con esfuerzo y cansancio nuestros confesonarios. Y, en el momento de la confesión, «no estar pasivos», sino bajar a lo concreto, a orientar hacia el próximo paso que conviene dar en la marcha hacia de Dios; es decir, estar atentos para ayudar a la sinceridad, al dolor, a la formulación de un buen propósito.

 

 

 

 

 

Dedicar tiempo a oír confesiones

 

 

 

El aprecio del sacerdote por el sacramento de la reconciliación se manifiesta, en primer lugar, en la importancia que concede a la administración de este sacramento a la hora de distribuir su tiempo. La pedagogía de que habla Juan Pablo II incluye, como es lógico, que los fieles puedan percibir que el sacramento de la reconciliación es de suma importancia para la Iglesia y para nosotros.

 

Esto se desprende y “entra por los ojos” por el modo en que cuidamos su celebración. Me refiero, en primer lugar, a la disponibilidad de los sacerdotes para oír las confesiones; a la claridad con que se percibe que, en su plan de trabajo pastoral, la administración del sacramento de la reconciliación ocupa un espacio de singular relieve; y a la delicadeza con que se cuidan todos los detalles. Los fieles distinguen cuándo se les confiesa bien y cuándo su confesión es recibida como un trámite molesto que se desea concluir de la forma más rápida posible.

 

Al hablar así, lógicamente tengo presentes las dos formas usuales de la celebración de este sacramento. Ambas formas son de suma importancia. En las dos hay una acogida y un encuentro real del penitente con la Iglesia. Hemos de tener presente que ese encuentro no es primordialmente con nuestra persona, sino con la Iglesia : los fieles son acogidos, escuchados y reconciliados por el sacerdote en la persona de Cristo y en el nombre de la Iglesia.

 

Esta dimensión eclesial del sacramento de la reconciliación se pone especialmente de manifiesto en la celebración comunitaria de la penitencia, siguiendo el «Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual» (Rito B). También aquí han de ponerse los medios necesarios para que la celebración, con la riqueza de signos y símbolos previstos por la Liturgia , toque el corazón de los fieles y sea vivida piadosamente. Confiemos en la gran pedagogía de la liturgia. El ambiente que crea la comunidad orante y penitente facilita, sin duda, la conversión de cada uno. Por esta razón, es de suma importancia que haya suficiente número de sacerdotes para que todo –especialmente la manifestación de los propios pecados al confesor– se realice ágilmente, pero sin precipitaciones, con la clara conciencia de no ser tratado como un “un número”, sino como “una persona”, con el esmero que merece una joya preciosísima. Buen ejemplo de esto nos da el Maestro en su encuentro con tantas personas a las que atiende con amor y paciencia.

 

En cualquier caso, estemos disponibles para celebrar este sacramento teniendo horarios fijos y estables para oír confesiones, de modo que, especialmente en las parroquias, todos sepan cuándo y dónde hay confesores dispuestos a atenderles. La experiencia dice que es frecuente que los fieles se acerquen a recibir el perdón y la paz cuando saben dónde hay sacerdotes disponibles para oírles en confesión.

 

 

 

 

 

La figura del confesor

 

 

 

Aunque en los sacramentos, como es bien sabido, el Espíritu da su gracia ex opere operato -por la obra realizada-, también el opus operantis -la santidad de quien confecciona el sacramento- tiene una gran importancia. En todos los sacramentos hay una synergia, una colaboración entre Dios y el hombre. En el caso del sacramento de la reconciliación esta synergia tiene lugar de modo especialmente palpable. No es lo mismo oír desinteresadamente, pasivamente, que atender con interés, con amor.

 

Como dice Benedicto XVI, en el misterioso proceso de renovación interior que es el sacramento de la reconciliación, «el confesor ya no es espectador pasivo, sino «persona dramatis», es decir, instrumento activo de la misericordia divina. Por tanto, es necesario que junto a una buena sensibilidad espiritual y pastoral tenga una seria preparación teológica, moral y pedagógica que le permita comprender lo que vive la persona (...) No hay que olvidar que el sacerdote, en este sacramento, está llamado a desempeñar el papel de padre, juez espiritual, maestro y educador»[18].

 

No se improvisa un buen confesor. Se necesita una gran madurez humana y sobrenatural para desempeñar el “papel de padre”. En el buen confesor debe brillar esa eximia humanitas de que hablaba Pablo VI, esa capacidad de leer en el corazón del hombre, que se reflejaba, por ejemplo, en el modo con que el Santo Cura de Ars ejercía su ministerio.

 

En virtud de la ordenación sacerdotal, el confesor desempeña un peculiar ministerio en nombre de la Iglesia : el ministerio de la acogida, del encuentro, del perdón, de la curación. Por tanto, es necesario unir a la sabiduría humana y a la preparación teológica, una profunda vida interior, una gran intimidad con Dios. El sacerdote ha de ser, en el sentido profundo de la expresión, homo Dei, hombre de Dios, como pide San Pablo a Timoteo (1 Tm 6, 11), hombre portador de Dios, hombre poseído por Dios, hombre revestido de las entrañas de misericordia de Dios Padre.

 

 

 

 

 

Cuida de ti y de la enseñanza (1 Tm 4, 16)

 

 

 

El sacerdote que quiere ser un buen confesor, debe atender especialmente a su vida interior, a su unión íntima con Dios, a su identificación con el mensaje íntegro del Señor, también en su dimensión moral. Es decir, debe orar, debe recibir piadosamente el sacramento de la reconciliación, y debe estudiar, consciente de que hoy nos encontramos con nuevos y no fáciles problemas sobre la antropología sexual, el matrimonio, el respeto y cuidado de la vida, la justicia social, la colaboración al mal, etc. El ejercicio responsable del ministerio de la reconciliación exige, por tanto, el estudio y la formación permanente, los cuales son parte integrante de la caridad pastoral.

 

Para cumplir con nuestro ministerio lo menos indignamente posible, hemos de hacer que penetre en nosotros el mensaje de salvación del Señor, transformándonos profundamente. No podemos predicar seriamente el perdón y la reconciliación a los demás, si no estamos personalmente penetrados de ese perdón y de esa reconciliación.

 

Dicho llanamente: si queremos ser buenos ministros del sacramento de la reconciliación, recibamos bien este sacramento; si queremos acoger con el corazón del padre al hijo pródigo que vuelve, hagamos nosotros también, con frecuencia, la experiencia del hijo pródigo. Seamos hombres que están abiertos a la infinita misericordia de Dios, que tienen conciencia de su pecaminosidad y de la infinitud de la misericordia con que Dios los trata. Seamos, además, hombres que tienen un corazón con los mismos sentimientos misericordiosos de Cristo Jesús (cfr Flp 2, 5).

 

Como recordaba Juan Pablo II, describiendo precisamente las cualidades de un buen confesor, misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios nos ha elegido (cfr Jn 15, 16); misericordia es la condescendencia con la que nos llama a actuar como representantes suyos, aun sabiendo que somos pecadores; misericordia es el perdón que Él nunca rechaza, como no rehusó a Pedro después de haber renegado tres veces de Él[19].

 

También a nosotros se dirige la afirmación del Señor: habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión (Lc 15, 7). Ya que queremos ser buenos administradores de la «misericordia de Dios», redescubramos esa misericordia en nuestra propia vida, redescubramos nuestra vocación como ministros de la misericordia.

 

Gracias a Dios, para su formación teológico-moral, el sacerdote, además de los conocidos manuales de teología sacramentaria y moral, tiene a su disposición numerosos documentos emanados por el Magisterio, que son de gran actualidad y que se deben meditar con frecuencia. Entre ellos hay que destacar la Exhortación Apostólica Reconciliatio et poenitentia (2.XII.1984) de Juan Pablo II, la Instrucción Pastoral Dejaos reconciliar con Dios  (15.IV.1989), de la Conferencia Episcopal Española, la Carta Apostólica en forma de «motu proprio» Misericordia Dei (7.IV.200), de Juan Pablo II y el Vademecum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal (12.II.1997) del Pontificio Consejo para la Familia.

 

 

 

 

 

Hacia una catequesis penitencial renovada

 

 

 

En nuestro planes pastorales hemos de ponernos como prioridad importante el objetivo de que el pueblo de Dios –nuestros fieles – redescubran la importancia de la penitencia y, especialmente, de su momento fuerte en la celebración del Sacramento de la Reconciliación.

 

Para lograr esta recuperación –cuya perentoria necesidad todos advertimos- es imprescindible seguir realizando una catequesis, a la vez sencilla y profunda, en todos los niveles, teniendo como guía las enseñanzas de la Iglesia. En este sentido, es necesario enseñar, con convicción y prudencia, que el Sacramento de la Reconciliación es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo. Esto hay que hacerlo sin ningún eufemismo, de modo que se eviten situaciones que puedan servir de coartada para el abandono o el retraso en su práctica por parte de los fieles.

 

En este sentido, sigue siendo actual y oportuno lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre los Sacramentos de Curación (nn. 1420-1532), especialmente lo relativo al valor del Sacramento de la Penitencia en nuestro proceso de conversión y santificación, a los actos del penitente,  de modo especial a la forma de hacer bien el examen de conciencia, la correcta confesión de los pecados, el dolor y el propósito.

 

Para la recuperación efectiva y afectiva del Sacramento de la Reconciliación , es de gran importancia, además, hacer comprender que la dinámica propia de este sacramento es una dinámica de «encuentro» con Cristo y con la Iglesia en la persona del sacerdote; como señalaba Juan Pablo II, este sacramento es un “especialísimo coloquio de salvación”[20].

 

 

 

 

 

El misterio de Pedro

 

 

 

El itinerario espiritual de San Pedro, su caída y su elevación por Cristo como la piedra sobre la que edifica su Iglesia, se reflejan, en cierto modo, en cada uno de nosotros y en nuestro ministerio.

 

Es muy significativo el gesto del Señor al constituir a Pedro Primado de su Iglesia, tras la triple caída y la triple confesión de amor (cfr Jn 21, 15-23). La misericordia y el poder divinos son capaces de convertir la debilidad de Pedro en roca inconmovible; esa misericordia es también capaz de convertir nuestra debilidad en fortaleza para los demás. Como advierte Juan Pablo II, «la vida de Pedro es emblemática para todos los que han recibido la misión apostólica en los diversos grados del sacramento del Orden»[21].

 

El itinerario espiritual de San Pedro es un misterio grande porque es efecto y expresión de lo que constituye el núcleo del gran misterio de la historia de la salvación: el misterio de la misericordia, del pecado y de la conversión. Insistamos una vez más: Cristo no ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los pecadores. La Carta a los Hebreos explica la razón de esta elección: Porque todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados, y puede compadecerse  de los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está rodeado de debilidad (Hb 5, 1-2).

 

No hemos sido elegidos a pesar de nuestra debilidad, sino precisamente por ella. La razón que da el autor de la Carta a los Hebreos nos estimula a poner todo nuestro amor a la hora de administrar el sacramento de la reconciliación: hemos sido elegidos de entre los débiles para que podamos compadecer a los que ignoran y yerran.

 

Algo muy parecido encontramos en la vocación de Pablo. También ella es fruto de la iniciativa divina, de la gratuita y eficaz intervención de la misericordia de Dios. En el camino de Damasco se le hace descubrir el amor misericordioso del Padre que reconcilia consigo al mundo en Cristo. Sobre esta base de gratuidad y de misericordia, Pablo comprenderá el servicio apostólico como ministerio de reconciliación: Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación (2 Co 5, 18-19).

 

Los testimonios de Pedro y Pablo nos invitan a vivir con sentido de infinita gratitud el don del ministerio de la reconciliación, que nos ha sido entregado con la unción por el Espíritu. Es importante que redescubramos el sacramento de la reconciliación como instrumento fundamental de nuestra santificación. Acercarnos a un hermano sacerdote, para pedirle esa absolución que tantas veces nosotros mismos damos a nuestros fieles, nos hace vivir la grande y consoladora verdad de ser, antes aún que ministros, miembros de un único pueblo, un pueblo de «salvados». El sacramento de la Reconciliación , irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal.

 

 

 

 

 

Recordar la fe de la Iglesia

 

 

 

Es necesario tener presente que la normativa en torno a la celebración del sacramento de la reconciliación está en dependencia de la fe cristiana en torno a los diversos modos en que la Iglesia ejerce el poder de perdonar los pecados. Hay que celebrar, pues, el Sacramento del Perdón del mejor modo posible, en las formas litúrgicamente previstas, para que conserve su plena fisonomía de celebración de la divina Misericordia, de encuentro del hijo que vuelve con el padre que espera. Hay que celebrar el sacramento de la reconciliación con la clara conciencia de que estamos cumpliendo un mandato de Cristo, de que estamos actuando en nombre de la Iglesia.

 

Es importante que, incluso desde este punto de vista, el ministro de la reconciliación cumpla bien su obligación. Su capacidad de acogida, de escucha, de diálogo, y su constante disponibilidad, son elementos esenciales para que el ministerio de la reconciliación manifieste todo su valor. El anuncio fiel, nunca reticente, de las exigencias radicales de la Palabra de Dios, ha de estar acompañado siempre de una gran comprensión y de una exquisita delicadeza, también en el lenguaje y en  el gesto. Los evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con los publicanos y pecadores. Esos encuentros nos sirven de ejemplo perenne.

 

 

 

 

 

Ni rigorismo ni laxismo

 

 

 

Es necesario desempeñar con sabio equilibrio pastoral la difícil tarea de ser fiel a Dios y a la Iglesia en la administración del sacramento de la reconciliación. Me refiero a la gran sabiduría –y también al sentido común– que son necesarios para actuar con fortaleza de médico y con entrañas de padre. Es necesario evitar dos extremos: el rigorismo y el laxismo.

 

El rigorismo no tiene en cuenta la gracia previa que ha movido al penitente a la conversión y que le ha acercado a la confesión; el laxismo no tiene en cuenta el hecho de que la salvación plena, la que verdaderamente sana y reaviva, implica una verdadera conversión a las exigencias del amor de Dios. Tengamos esto en cuenta, sobre todo cuando nos encontramos ante pecados que han violado la justicia, cuando hay daño a terceros que es necesario reparar. La reparación, la claridad del propósito son muestra, tantas veces necesaria e imprescindible, de la sinceridad del arrepentimiento y de la conversión.

 

Hay que estar siempre atentos para evitar cualquiera de estos dos vicios, que tanto daño hacen a las almas. El rigorismo oprime y aleja; el laxismo desorienta, crea falsas ilusiones y, a la larga, no cura la enfermedad del alma.

 

Resulta delicado el encuentro del sacerdote con las almas en un momento tan íntimo como es el de la confesión de los propios pecados. Esto exige mucha discreción, mucha prudencia, un acertado discernimiento. Efectivamente, el sacerdote debe suponer que el penitente, al acercarse y confesar sus pecados,  manifiesta un dolor y un propósito suficientes para recibir la absolución.

 

Esta suposición, habitual en los confesores a lo largo de los siglos, estará más justificada si  la pastoral de la reconciliación sacramental ha sabido ofrecer las ayudas oportunas, facilitando, por ejemplo, los momentos de preparación al Sacramento.

 

 

 

 

 

La importancia de la liturgia

 

 

 

Además, es necesario dar toda su importancia a la configuración litúrgica del Sacramento. El Sacramento entra en la lógica de comunión que caracteriza a la Iglesia. El pecado mismo no se comprende del todo si es considerado sólo de una manera exclusivamente privada, olvidando que afecta inevitablemente a toda la comunidad y hace disminuir su nivel de santidad. Con mayor razón, la oferta del perdón expresa un misterio de solidaridad sobrenatural –la comunión de los santos–, cuya lógica sacramental se basa en la unión profunda que existe entre Cristo cabeza y sus miembros.

 

Es muy importante ayudar a redescubrir el aspecto «comunional» del Sacramento de la Reconciliación , también mediante los gestos litúrgicos, mediante las liturgias penitenciales comunitarias que se concluyan con la confesión y la absolución individual. Esto ayuda a los fieles a percibir mejor la doble dimensión de la reconciliación y los compromete más a vivir el propio camino penitencial en toda su riqueza regeneradora, también en su faceta de testimonio[22].

 

A este propósito, deseo reiterar –subrayaba Juan Pablo II – que la celebración personal es la forma ordinaria de administrar este Sacramento, y que sólo en «casos de grave necesidad» es legítimo recurrir a la forma comunitaria con confesión y absolución colectiva. Las condiciones requeridas para esta forma de absolución están definidas en el Ritual de la Penitencia y en el Código vigente[23] y en el documento Dejaos reconciliar con Dios, de la Conferencia Episcopal[24] Según este magisterio, «no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una fiesta o peregrinación»; «corresponde al obispo diocesano juzgar si se dan las condiciones requeridas (...), el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal , puede determinar los casos en los que se verifica esta necesidad»[25] grave y urgente. Para que un penitente reciba validamente la absolución colectiva se requiere: estar debidamente dispuesto y, a la vez, tener el propósito de hacer a su debido tiempo la confesión individual de todos los pecados graves que en las circunstancias presentes no ha podido confesar. Quien haya recibido tal absolución debe hacer confesión individual e íntegra antes de recibir otra absolución general, de no interponerse causa justa. Y, en cualquier caso, sigue en pie la obligación para todos los fieles que hayan llegado al uso de razón de confesar sus pecados graves al menos una vez al año[26].

 

Esforcémonos en ser auténticos ministros de la misericordia. Dios cuenta también con nosotros, con nuestra disponibilidad y con nuestra fidelidad, para hacer prodigios en los corazones de los hombres. Cada encuentro con un fiel que nos pide reconciliarse, ha de ser siempre, por la gracia de Dios, un momento de encuentro suyo personal con Dios. En el sacramento de la Reconciliación , nosotros somos instrumentos de un encuentro sobrenatural entre Dios y el hombre, que tiene sus propias leyes, y que a nosotros corresponde seguir y respetar.

 

La gracia de Dios –la misericordia divina–  precede siempre el acercamiento a la confesión. Para llegar a nosotros, el penitente no ha recorrido su camino de modo solitario, sino acompañado por Dios. La misericordia divina es la que le ha tocado el corazón, la que le ha hecho iniciar su personal itinerario de conversión. Este itinerario llega a su momento fuerte en el momento de la celebración penitencial. La llamada divina, las exigencias de conversión, han de encontrar una decidida respuesta en el  corazón del hombre. La claridad y la sinceridad de esa respuesta depende muchas veces del «arte» con que el sacerdote sabe animar al arrepentimiento y al propósito.

 

El ministerio de la reconciliación pertenece al corazón mismo de la historia de la salvación; aunque afecta a la persona en lo más hondo de su existencia, no pertenece propiamente hablando a la esfera de lo «privado», sino a la relación del hombre con Dios, relación que tiene lugar precisamente en el ámbito de la Nueva Alianza.

 

En el sacramento del perdón se inserta en ese gran dinamismo trinitario de la historia de la salvación: Dios Padre ha sellado una alianza en su Hijo, Cristo nuestro Señor, ofreciendo en Él y a través de Él la gracia y la reconciliación. En Él reconcilia consigo al mundo entero. El Espíritu es enviado a la Iglesia para hacer volver a los hombres a Cristo y, a causa de esta vuelta, entregarse al servicio de todos los hombres. En la pedagogía del Sacramento de la Reconciliación es necesario prestar gran atención a la dimensión pneumatológica de la reconciliación. El Espíritu, enviado del Padre, mueve los corazones hacia la reconciliación.

 

 

 

 

 

El banquete eucarístico

 

 

 

El ministro del perdón, que encarna para el penitente el rostro del Buen Pastor, debe expresar al mismo tiempo la misericordia que espera al hijo que vuelve, el perdón que alcanza el fondo del alma y le hace convertirse más profundamente, y la alegría que culmina en el banquete eucarístico.

 

La eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia. De ella brota el sacramento de la penitencia y a ella conduce. Volviendo a la parábola del hijo pródigo, la vuelta al Padre, la reconciliación culmina en un gran banquete. He aquí cómo describe San Ambrosio este sentido eucarístico del sacramento de la reconciliación tomando pie precisamente de la parábola del hijo pródigo:

 

 «Tan pronto merece el perdón, que ya de vuelta, estando aún lejos, sale a su encuentro su padre y le da una beso, que es signo de paz sagrada, ordena que le pongan la estola, que es el vestido nupcial y todo aquel que no lo lleva es excluido del banquete de bodas; coloca un anillo en su mano que es garantía de fidelidad y sello del Espíritu Santo; manda que le entreguen un calzado –pues se ha de celebrar la Pascua del Señor, se ha de comer el cordero (...)–; manda que se mate un becerro, pues Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Pues cuantas veces bebemos la sangre del Señor, anunciamos su muerte. Pues así como una sola vez fue inmolado por nosotros, así también cuantas veces se perdonan los pecados, tomamos el sacramento de su cuerpo, para que por su sangre se perdonen los pecados»[27].

 

         Las palabras de San Ambrosio son un testimonio elocuente del itinerario seguido por los cristianos, desde los primeros siglos, en su itinerario hacia Dios, tal y como se refleja paradigmáticamente en la parábola del hijo pródigo. La recepción gozosa por la vuelta del hijo culmina en la paz, la recepción del vestido nupcial, la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo. 

 

Existe una relación mutua entre el sacramento de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación. El pensamiento de la recepción de la Eucaristía debe llevar a un mayor amor al sacramento de la penitencia y, a su vez, el movimiento penitencial que lleva a la confesión culmina precisamente en la celebración del Misterio Pascual y en la recepción del sacramento eucarístico.

 

Su Santidad Benedicto XVI recuerda en su Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis “que es cometido pastoral del Obispo promover en su propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión que nace de la Eucaristía y fomentar entre los fieles la confesión frecuente”[28].

 

El testimonio de San Ambrosio y tantos más que podrían aducirse pone de relieve que la pedagogía de la conversión, como toda la Iglesia , brota de la Eucaristía y lleva a ella. Es la convicción de que comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo exige estar en comunión plena con Dios, lo que ha llevado tantas veces a los fieles a vencer las propias dificultades para acercarse al sacramento de la penitencia con dolor y con alegría. Y, al mismo tiempo, la conciencia de que el camino de la conversión conduce al banquete eucarístico, les ha llevado a fomentar la piadosa costumbre de la comunión frecuente. 

 

 

 

 

 

María, Madre de misericordia

 

 

 

Al terminar esta Carta Pastoral, dirijo los ojos al Corazón Inmaculado de Santa María. Ella es la estrella de la mañana que lleva a Cristo; Ella es Madre de misericordia, con un corazón, que es fuente inagotable de ternura y de perdón. En su seno dio comienzo la obra de la reconciliación; bajo su protección se reunió la primera Iglesia en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo. Ella, con su pedagogía maternal, acogió y llevó a Cristo a los que volvían después de la deserción del Viernes Santo. Diciéndolo con palabras de Juan Pablo II, “que por su intercesión la humanidad misma descubra y recorra el camino de la penitencia, el único que podrá conducirla a la plena reconciliación”[29].