La
parábola del hijo pródigo
San
Lucas concreta incluso la ocasión de la parábola del
hijo pródigo. Se acercaban al Señor los publicanos y
pecadores para oírle, mientras
los fariseos y los escribas murmuraban porque los recibía y
comía con ellos. Más aún, muchas veces se hacía el
encontradizo con ellos e iba en su búsqueda. Los fariseos se
escandalizaban de la misericordia, como si esa misericordia
maltratase a la justicia y el honor que se debe a Dios. Jesús
pronuncia la parábola como una invitación a los pecadores
para que se le acerquen y como una respuesta a quienes se
escandalizaban de la acogida que ellos recibían por parte del
Señor.
La
parábola es, por eso mismo, una vigorosa llamada a la
conversión y un canto al amor inagotable del Padre, a la
fidelidad del Padre a su paternidad:
He
aquí cómo lo expresa Juan Pablo II:
«El
padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor
que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se
expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en
acogerlo cuando vuelve a su casa después de haber gastado el
patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría,
con aquella fastuosidad tan generosa respecto al disipador
después de su vuelta, de tal manera que suscita contrariedad
y envidia en el hermano mayor».
La
parábola, en efecto, tiene como telón de fondo el misterio
de nuestra filiación adoptiva en Cristo. Somos hijos
de Dios en el Hijo por el Espíritu Santo. Dios Padre tiene en
el corazón los sentimientos insondables de un padre, una lógica
que nos trasciende, porque es la lógica de la paternidad y de
la misericordia.
La
verdad gozosa del Antiguo Testamento es que Dios mira al
hombre con sentimientos de padre y de madre.
El Nuevo Testamento añade a esta verdad gozosa la afirmación
de la filiación natural de Cristo, y que en esa filiación de
Cristo nosotros somos constituidos, por el Espíritu Santo,
verdaderos hijos del Padre. Desde esta perspectiva, el escándalo
de los fariseos -como si la misericordia lesionase la
justicia- es en sí mismo una grave injusticia contra aquél
que está llamado a la dignidad de hijo; es una injusticia,
sobre todo, contra el corazón del Padre.
He
aquí una parte importante del misterio de la conversión: aún
cuando esté lejos, aunque haya abandonado a Dios, la dignidad
filial del hijo es un bien inconmensurable para el padre, y
mucho más si se trata de un padre misericordioso y magnánimo.
Comenta
Benedicto XVI:
«...Desde
el principio vemos también la magnanimidad del padre. Accede
al deseo del hijo menor de recibir su parte de la herencia. Da
libertad. Puede imaginarse lo que el hijo menor hará, pero le
deja seguir su camino. El hijo se marcha a “un país
lejano”. Los Padres han visto aquí sobre todo el
alejamiento interior del mundo del padre –del mundo de Dios
–, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la
separación de lo que es propio y de lo que es auténtico».
Este
es el fondo del drama del pecado: la ruptura de la relación
filial, la separación de lo que es propio de la dignidad y
del bien del hijo: la filiación al padre. A esta luz se
comprende la alegría de la vuelta, la importancia que tiene
para el padre recuperar al hijo, el hecho de que la conversión
del hijo sea una vuelta a su propia casa, una vuelta de la
muerte a la vida: Estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido
encontrado (Lc 15, 32).
La
conversión cristiana se puede definir, pues, como un viaje de
retorno a la verdad más profunda de la propia existencia, a
la propia dignidad: la que proviene de la relación filial con
Dios. Se puede definir también, en el sentido pleno de la
expresión, como una vuelta a la casa del Padre, como una
vuelta a la verdad más profunda de uno mismo, a la propia
vocación de hijo de Dios en Cristo.
Convertíos,
está cerca el reino de Dios
En
esta perspectiva se comprende la importancia que la conversión
del pecador tiene en la predicación de Jesús de Nazaret,
pues el hijo pródigo sólo volverá a la casa si lo desea
libremente. San Marcos hace notar que Jesús comenzó su
predicación con una invitación a la conversión: El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar;
convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15). La llamada
a la conversión es parte esencial del anuncio del Reino, y
vertebra toda la predicación del Señor.
Pero
insistamos en esto: la conversión del hombre a Dios es
siempre una respuesta a la llamada del Padre. Jamás es un
caminar solitario. Tampoco es un caminar autónomo. Dios, que
tomó la iniciativa de establecer una Alianza con los hombres,
que ha establecido una nueva Alianza en la sangre de Cristo,
sale ahora al encuentro del hombre en pecado, llamando, acompañando,
esperando, acogiendo, como el padre del hijo pródigo. Todo
proviene de Dios, dice San Pablo, que
nos reconcilió consigo por medio de Cristo (2 Co 5, 18).
E inmediatamente añade, refiriéndose al ministerio
sacerdotal: y nos
confirió el ministerio de la reconciliación (ibid).
El
reencuentro con el Padre se hace sacramentalmente visible en
la Iglesia. Ella
ha recibido como una de sus tareas esenciales el ministerio
de la reconciliación, precisamente para que se haga
visible en el ejercicio de este ministerio la recepción que
Dios hace del pecador. El ministerio sacerdotal hace presente
con inmediatez sacramental a Cristo que cura, que da nueva
vida, que acoge con los brazos abiertos a los pecadores.
La
reconciliación del hombre con Dios, acontecimiento trinitario
La
reconciliación del hombre con Dios es un acontecimiento
eclesial y trinitario. El ministerio de la reconciliación se
ejerce por la acción del Espíritu Santo que Nuestro Señor
Jesucristo entrega a los discípulos en la alegría de la
tarde de Pascua. La escena nos resulta inolvidable: Recibid
el Espíritu Santo, dice el Señor;
a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados
(Jn 20, 22).
El
perdón de los pecados tiene lugar por la acción creadora y
santificadora del Espíritu: Él
es dador de vida. Dios Padre nos reconcilia en el Hijo
por el Espíritu Santo. Esta reconciliación tiene lugar
en
la Iglesia
, por el ministerio de
la Iglesia
y por manos del sacerdote.
Prodigó
el Señor sus “milagros médicos”, es decir, las
curaciones que están más allá de las fuerzas humanas. Había
una razón para esto: la compasión del Corazón de Cristo
ante el dolor y el sufrimiento del hombre. Había, además,
una razón de signo: esas curaciones eran signo de otras
curaciones no menos sorprendentes, no menos milagrosas: la
curación del alma, la liberación de la culpa, la reintegración
del hijo pródigo a su primera dignidad filial.
Jesús
mismo remite a su poder de curar las dolencias físicas como
un signo que muestra su poder de liberar a las conciencias del
peso de la culpa. Baste recordar la curación del paralítico
que relata San Mateo: Pues
para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la
tierra para perdonar los pecados − se
dirigió entonces al paralítico −,
levántate, toma tu camilla y vete a tu casa (Mt 9, 6).
Con
razón la liturgia de
la Iglesia
llama a Cristo “medicina” y “médico celeste”.
Se trata de un apelativo que se utiliza ya en
la Iglesia
naciente, como muestran estas palabras de San Ignacio de
Antioquía (+ ca. 107): «Hay un solo médico, carnal y
espiritual, creado e increado, Dios hecho carne, vida
verdadera en la muerte, [nacido] de María y de Dios, primero
pasible y, luego, impasible, Jesucristo nuestro Señor».
Con este texto, que muy bien podría ser un primitivo himno
litúrgico, Ignacio de Antioquía intenta reafirmar la
perfecta divinidad y humanidad del Señor, y, al hacerlo, pone
de relieve que Él es esencialmente médico y curador del
hombre.
Él da vista a los ciegos y sana los corazones desgarrados. Él
es nuestra reconciliación y nuestra paz. Él, y sólo Él, es
el salvador de la historia.
El
fuego del Espíritu Santo
La
dramaticidad de la historia humana, que brota del mal que
anida en el corazón del hombre, es también un misterio que
nos trasciende. Sólo la frivolidad de un corazón inmaduro
puede leer esta historia sin sentir en su interior el vértigo
que provoca la malicia que comporta el rechazo del Dios de
la Alianza
y que tantas veces lleva consigo la violencia contra el hombre
en el núcleo más íntimo de su dignidad humana; con
abrumadora frecuencia, la impiedad para con Dios se convierte
irremediablemente en impiedad para con el hombre.
Aquél
que ama, sabe bien lo que es la malicia de la infidelidad al
Amor, la infidelidad a
la Alianza. Hemos
de mantener viva nuestra sensibilidad de cristianos para no
acostumbrarnos a la existencia del mal, para no permanecer
insensibles ante él, para no hacernos sus cómplices con
nuestro silencio. El pecado existe, y no sólo «está mal»,
sino que hace verdadero mal. Se trata de un mal que resulta
tantas veces humanamente irreparable. Baste recordar la sangre
que derrama Caín no sólo a través de las guerras, sino a
través de tantos crímenes siempre injustificables. El
sacerdote, si no quiere hacerse cómplice de esta tragedia
universal, debe denunciar la malicia que anida en el pecado,
debe subrayar la malicia que encierra. Si dejase de hacerlo,
contribuiría a la pérdida del sentido del pecado y el corazón
de los cristianos se iría debilitando –como si estuviese
anestesiado – a la hora de reaccionar ante el espectáculo
del mal.
Durante
la Última Cena, al anunciar el envío del Espíritu Santo, el
Señor dice que el Espíritu convencerá
al mundo en lo referente al pecado (Jn 16, 8). El Espíritu
que es Amor, el Espíritu de
la Verdad
, es enviado al mundo y al corazón del hombre para sanarlo;
haciéndole comprender, precisamente, la verdadera dimensión
del pecado, su malicia y su derrota: su relación con
la Cruz
de Cristo. Se trata de una doble dádiva que hace el Espíritu:
el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de
la redención.
Este desenmascarar el pecado que está en el corazón del
hombre es ya un comienzo de sanación, y provoca los primeros
pasos de su vuelta al Padre.
Refiriéndose
a esta labor curadora del Espíritu Santo, como iluminador de
las conciencias sobre la verdadera naturaleza del pecado,
escribe Juan Pablo II:
“El
«convencer» es la demostración del mal del pecado, de todo
pecado en relación con la cruz de Cristo. El pecado,
presentado en esta relación, es reconocido
en la dimensión completa del mal, que le es característica
por el «misterio de la impiedad» (2 Ts 2, 7). El hombre no
conoce esta dimensión –no la conoce absolutamente– fuera
de la cruz de Cristo. Por consiguiente, no puede ser
«convencido» de ello si no es por
el Espíritu Santo: Espíritu de la verdad y, a la vez,
Paráclito. En efecto, el pecado, puesto en relación con la
cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena
dimensión del misterio de la piedad (1 Tm 3, 16), como ha señalado
la exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio
et poenitentia (nn. 19-22)”.
El
misterio Pascual ha de ocupar el centro de nuestra predicación,
especialmente cuando se trata de tocar la intimidad de las
conciencias, cuando somos Cristo que sale al encuentro del
corazón enfermo, Cristo que acoge y perdona. El sacerdote
sabe que siempre, pero sobre todo al celebrar este sacramento,
ha de «impersonar» la misericordia infinita de Dios, llena
de bondad y de «justicia», es decir, de «santidad».
La
cruz de Cristo arroja una luz definitiva sobre la
pecaminosidad humana y sobre la crueldad de la historia. Esa
cruz es al mismo tiempo testimonio elocuente de la gravedad
que comporta el rechazo de Dios, y del
misterio de la piedad que ese rechazo provoca en la
intimidad divina. Nuestro Señor lo explicó con claridad a
Nicodemo: Tanto amó
Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que
todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida
eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al
mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3,
16-17).
El
sacerdote no sólo es testigo de la gravedad del mal y de la
infinitud de la misericordia, sino que está llamado a
cooperar con todas sus fuerzas en la reconciliación del
hombre con Dios: desde el momento en que coopera con el Espíritu
Santo que convence del
pecado hasta el momento sublime en que con la autoridad de
Cristo y con la fuerza del Espíritu, que él mismo ha
recibido, pronuncia las palabras que causan realmente el perdón
que significan.
El
ministerio de la reconciliación
En
efecto, a este Cristo que acoge, que cura y que perdona con
autoridad divina lo hace presente el ministerio sacerdotal de
modo inmediato en el sacramento de la reconciliación.
En este contexto han de entenderse las palabras del Señor
cuando habla del “poder de perdonar los pecados” (cfr Mt
16, 19; Mt 18, 18; Jn 20, 23). Son textos que hablan del
“poder” de perdonar los pecados con la autoridad del mismo
Jesucristo. O, mejor dicho, el sacerdote hace sacramentalmente
presente a Cristo, que es quien realmente cura y perdona.
Conviene
insistir en esto: el “poder” de perdonar los pecados se
entrega al mismo tiempo que se otorga el don del Espíritu
Santo, que es Señor y
Dador de vida
precisamente porque es un poder de curación, de resurrección,
de dar una nueva vida. En el Sacramento actúa el poder de
este Espíritu vivificador. A través de las palabras de la
absolución se realiza el
perdón y la reconciliación con Dios, se nos da una nueva
vida, se renueva nuestra relación con Dios Padre, Dios Hijo y
Dios Espíritu Santo -en cuyo nombre se nos absuelve de
nuestros pecados-, y se nos reconcilia también con
la Iglesia.
He
aquí cómo lo expresa el Catecismo de
la Iglesia Católica
:
“El
perdón de los pecados reconcilia con Dios y también con
la Iglesia. El
obispo, cabeza visible de
la Iglesia
particular, es considerado, por tanto, con justo título,
desde los tiempos antiguos como el que tiene principalmente el
poder y el ministerio de la reconciliación: es el moderador
de la disciplina penitencial (Lumen
gentium, 26). Los presbíteros, sus colaboradores, lo
ejercen en la medida en que han recibido la tarea de
administrarlo sea de su obispo (o de un superior religioso),
sea del Papa, a través del derecho de la Iglesia”.
Precisamente
por la dimensión eclesial de la reconciliación, el sacerdote
ha de sentirse un humilde «administrador» de este
Sacramento, en el que actúa in
persona Christi Capitis.
A este respecto, conviene recordar que la eclesiología
de comunión resulta decisiva a la hora de considerar la
figura del sacerdote en
la Iglesia
y en el mundo, su vocación, su misión de reconciliación,
orientada hacia
la Eucaristía. El
sacerdote es el hombre de la comunión, el hombre
de la unidad y reconciliación de los hombres con Dios y
de los hombres entre sí. Ha de ser, en consecuencia, el
hombre de la communio;
el que reúne, no el que dispersa.
Por
eso, el sacerdote debe orientar el ministerio de la
reconciliación de tal modo que sea instrumento de
comunión, sirviendo a la unidad de
la Iglesia. Esto
–conviene insistir en ello – ha de notarse en su fidelidad
a la fe y a la moral de
la Iglesia
, en la suave fortaleza con que sabe aplicarla al
caso concreto del penitente que tiene delante, a la misma celebración
litúrgica, que ha de hacerse conforme a cuanto prescriben
las normas de
la Iglesia.
La
vida nueva del Espíritu
El
Sacramento de
la Penitencia
, al reconciliarnos con Dios, es fuente de vida, la vida nueva
del Espíritu, que derrama en nuestros corazones el amor
divino (Rm 5, 5). Por la acción vivificadora del Espíritu,
que se ejerce a través del ministerio sacerdotal, el hombre
es devuelto al amor, a la comunión con Dios y con
la Iglesia
, de la que precisamente el Espíritu es el alma y la fuerza
que le da unidad.
El
Espíritu no sólo se encuentra en los primeros momentos de
nuestra conversión, sino en todo nuestro caminar hacia la
casa del Padre. Además, nos ayuda a madurar el firme propósito
de vivir un camino de conversión permanente, hecho de empeños
concretos, de caridad y de oración, de lucha y de paz. La
presencia del sacerdote en el momento del acontecimiento
sacramental no sólo hace presente fidedignamente el perdón
de Dios, sino que es también ayuda para el propósito y la
perseverancia. La vida nueva, a la que así renacemos, muestra
no sólo la belleza y la fuerza del perdón invocado y
recibido siempre de nuevo, sino que se abre a un progreso sin
límites en el amor y en la comunión, es decir, a un progreso
hacia la santidad.
A
lo largo de toda su vida, pero especialmente en el sacramento
del perdón, el sacerdote puede hacer realidad la oración que
se atribuye a San Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un
instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el
amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá
donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay
un error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo
ponga
la Fe. Que
allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá
donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay
tristeza, yo ponga la alegría».
Aunque
hemos de esforzarnos por realizar este hermoso ideal a lo
largo de todo nuestro ministerio, en el sacramento de la
reconciliación lo hacemos presente de un modo inmediato y con
eficacia sacramental. El sacerdote “por la unción del Espíritu
Santo queda marcado con un carácter especial que lo configura
con Cristo Sacerdote, de tal forma que puede obrar in
persona Christi Capitis”.
En el sacramento de la reconciliación, con la fuerza del Espíritu,
el sacerdote es padre, maestro, consejero, médico. Él es
Cristo que sale al encuentro del hombre de nuestro tiempo
lleno de misericordia y perdón: donde hay ofensa, él pone
perdón, donde hay oscuridad, él pone luz.
Hacia
una renovada valentía pastoral
Esto
exige del sacerdote un
gran esfuerzo y una gran atención. Le exige,
conviene decirlo con claridad, el
ejercicio heroico de la caridad pastoral, que le
llevará a saber actuar con fortaleza y con paciencia, a poner
un gran amor –amor de buen pastor – en todo lo relativo al
sacramento de la reconciliación: en la predicación
que anuncia la misericordia y que convoca a la conversión; en
el trato personal
que prepara y anima para una fructuosa recepción del
Sacramento; en la acogida
a quien pide confesión, en la capacidad
de escucha, en la ayuda
a la conversión y al propósito. En una palabra, ha de «implicarse»
en la vida del penitente, consciente de que ese «encuentro»
puede marcar «la hora de Dios» en la vida del pecador.
El
sacerdote debe ser la visibilidad del Padre que se alegra
con la vuelta del hijo pródigo, el testimonio vivo de la
presencia de Cristo, el que perdona y aconseja con la fuerza
del Espíritu. Significativamente, el don de consejo, que
tanto necesita el buen confesor,
es uno de los siete dones del Espíritu Santo.
En
la Carta Apostólica
Tertio millennio
ineunte, escribía Juan Pablo II: “Deseo pedir, además,
una renovada valentía pastoral para que la pedagogía
cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera
convincente y eficaz la práctica del Sacramento
de
la Reconciliación
” (n. 37).
Se
trata de la pedagogía del buen pastor que sabe ir delante de
su rebaño. La situación actual, que en tantos ambientes hace
más difícil valorar el sacramento del perdón, requiere de
nosotros un mayor amor, una mayor atención. Requiere que
vayamos por delante, antes que nada recorriendo nosotros
mismos el camino de la conversión; valorar personalmente el
sacramento, recibiéndolo con sincero corazón, lleno de amor
contrito. Para enseñar a confesarse, lo primero es practicar
bien, con esmero y frecuencia, nuestra propia confesión. Esta
“experiencia” nos hará ir por delante del rebaño; nos
llenará también de una santa confianza en la fecundidad de
la gracia
En
la Carta Apostólica
antes citada, el Papa se dirige a los sacerdotes en estos términos:
“Es necesario que los Pastores tengan mayor confianza,
creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. ¡No
debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las
crisis contemporáneas! Los dones del Señor –y los
sacramentos son de los más preciosos – vienen de Aquel que
conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la
historia”.
Esto
exige una pastoral activa y llena de iniciativas. Los
sacerdotes hemos de predicar el perdón, despertar
amorosamente las conciencias y atender con esfuerzo y
cansancio nuestros confesonarios. Y, en el momento de la
confesión, «no estar pasivos», sino bajar a lo concreto, a
orientar hacia el próximo paso que conviene dar en la marcha
hacia de Dios; es decir, estar atentos para ayudar a la
sinceridad, al dolor, a la formulación de un buen propósito.
Dedicar
tiempo a oír confesiones
El
aprecio del sacerdote por el sacramento de la reconciliación
se manifiesta, en primer lugar, en la importancia que
concede a la administración de este sacramento a la hora de
distribuir su tiempo. La pedagogía de que habla Juan
Pablo II incluye, como es lógico, que los fieles puedan
percibir que el sacramento de la reconciliación es de suma
importancia para
la Iglesia
y para nosotros.
Esto
se desprende y “entra por los ojos” por el modo en que
cuidamos su celebración. Me refiero, en primer lugar, a la disponibilidad
de los sacerdotes para oír las confesiones; a la claridad
con que se percibe que, en su plan de trabajo pastoral, la
administración del sacramento de la reconciliación ocupa un
espacio de singular relieve; y a la delicadeza con que
se cuidan todos los detalles. Los fieles distinguen cuándo se
les confiesa bien y cuándo su confesión es recibida como un
trámite molesto que se desea concluir de la forma más rápida
posible.
Al
hablar así, lógicamente tengo presentes las dos formas
usuales de la celebración de este sacramento. Ambas formas
son de suma importancia. En las dos hay una acogida y un
encuentro real del penitente con
la Iglesia. Hemos
de tener presente que ese encuentro no es primordialmente con
nuestra persona, sino con
la Iglesia
: los fieles son acogidos, escuchados y reconciliados por el
sacerdote en la persona de Cristo y en el nombre de
la Iglesia.
Esta
dimensión eclesial del sacramento de la reconciliación se
pone especialmente de manifiesto en la celebración
comunitaria de la penitencia, siguiendo el «Rito para
reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución
individual» (Rito B). También aquí han de ponerse los
medios necesarios para que la celebración, con la riqueza de
signos y símbolos previstos por
la Liturgia
, toque el corazón de los fieles y sea vivida piadosamente.
Confiemos en la gran pedagogía de la liturgia. El ambiente
que crea la comunidad orante y penitente facilita, sin duda,
la conversión de cada uno. Por esta razón, es de suma
importancia que haya suficiente número de sacerdotes para que
todo –especialmente la manifestación de los propios pecados
al confesor– se realice ágilmente, pero sin
precipitaciones, con la clara conciencia de no ser tratado
como un “un número”, sino como “una persona”, con el
esmero que merece una joya preciosísima. Buen ejemplo de esto
nos da el Maestro en su encuentro con tantas personas a las
que atiende con amor y paciencia.
En
cualquier caso, estemos disponibles para celebrar este
sacramento teniendo horarios fijos y estables para oír
confesiones, de modo que, especialmente en las parroquias,
todos sepan cuándo y dónde hay confesores dispuestos a
atenderles. La experiencia dice que es frecuente que los
fieles se acerquen a recibir el perdón y la paz cuando saben
dónde hay sacerdotes disponibles para oírles en confesión.
La
figura del confesor
Aunque
en los sacramentos, como es bien sabido, el Espíritu da su
gracia ex opere operato
-por la obra realizada-, también el opus
operantis -la santidad de quien confecciona el sacramento-
tiene una gran importancia. En todos los sacramentos hay una synergia,
una colaboración entre Dios y el hombre. En el caso del
sacramento de la reconciliación esta synergia
tiene lugar de modo especialmente palpable. No es lo mismo oír
desinteresadamente, pasivamente, que atender con interés, con
amor.
Como
dice Benedicto XVI, en el misterioso proceso de renovación
interior que es el sacramento de la reconciliación, «el
confesor ya no es espectador pasivo, sino «persona dramatis»,
es decir, instrumento activo de la misericordia divina. Por
tanto, es necesario que junto a una buena sensibilidad
espiritual y pastoral tenga una seria preparación teológica,
moral y pedagógica que le permita comprender lo que vive la
persona (...) No
hay que olvidar que el sacerdote, en este sacramento, está
llamado a desempeñar el papel de padre, juez espiritual,
maestro y educador».
No
se improvisa un buen confesor. Se necesita una gran madurez
humana y sobrenatural para desempeñar el “papel de
padre”. En el buen confesor debe brillar esa eximia
humanitas de que hablaba Pablo VI, esa capacidad de leer
en el corazón del hombre, que se reflejaba, por ejemplo, en
el modo con que el Santo Cura de Ars ejercía su ministerio.
En
virtud de la ordenación sacerdotal, el confesor desempeña un
peculiar ministerio en nombre de
la Iglesia
: el ministerio de la acogida, del encuentro, del perdón, de
la curación. Por tanto, es necesario unir a la sabiduría
humana y a la preparación teológica, una profunda vida
interior, una gran intimidad con Dios. El
sacerdote ha de ser, en el sentido profundo de la expresión, homo
Dei, hombre de Dios, como pide San Pablo a Timoteo (1 Tm
6, 11), hombre portador de Dios, hombre poseído por Dios,
hombre revestido de las entrañas de misericordia de Dios
Padre.
Cuida
de ti y de la enseñanza (1
Tm 4, 16)
El
sacerdote que quiere ser un buen confesor, debe atender
especialmente a su vida interior, a su unión íntima con
Dios, a su identificación con el mensaje íntegro del Señor,
también en su dimensión moral. Es decir, debe orar, debe
recibir piadosamente el sacramento de la reconciliación, y
debe estudiar, consciente de que hoy nos encontramos con
nuevos y no fáciles problemas sobre la antropología sexual,
el matrimonio, el respeto y cuidado de la vida, la justicia
social, la colaboración al mal, etc. El ejercicio responsable
del ministerio de la reconciliación exige, por tanto, el
estudio y la formación permanente, los cuales son parte
integrante de la caridad pastoral.
Para
cumplir con nuestro ministerio lo menos indignamente posible,
hemos de hacer que penetre en nosotros el mensaje de salvación
del Señor, transformándonos profundamente. No podemos
predicar seriamente el perdón y la reconciliación a los demás,
si no estamos personalmente penetrados de ese perdón y de esa
reconciliación.
Dicho
llanamente: si queremos ser buenos ministros del sacramento de
la reconciliación, recibamos bien este sacramento; si
queremos acoger con el corazón del padre al hijo pródigo que
vuelve, hagamos nosotros también, con frecuencia, la
experiencia del hijo pródigo. Seamos hombres que están
abiertos a la infinita misericordia de Dios, que tienen
conciencia de su pecaminosidad y de la infinitud de la
misericordia con que Dios los trata. Seamos, además, hombres
que tienen un corazón con los mismos sentimientos
misericordiosos de Cristo Jesús (cfr Flp 2, 5).
Como
recordaba Juan Pablo II, describiendo precisamente las
cualidades de un buen confesor, misericordia es la absoluta
gratuidad con la que Dios nos ha elegido (cfr Jn 15,
16); misericordia es la condescendencia con la que nos llama a
actuar como representantes suyos, aun sabiendo que somos
pecadores; misericordia es el perdón que Él nunca rechaza,
como no rehusó a Pedro después de haber renegado tres veces
de Él.
También
a nosotros se dirige la afirmación del Señor: habrá
más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta
que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de
conversión (Lc 15, 7). Ya que queremos ser buenos
administradores de la «misericordia de Dios», redescubramos
esa misericordia en nuestra propia vida, redescubramos nuestra
vocación como ministros de la misericordia.
Gracias
a Dios, para su formación teológico-moral, el sacerdote,
además de los conocidos manuales de teología sacramentaria y
moral, tiene a su disposición numerosos documentos emanados
por el Magisterio, que son de gran actualidad y que se deben
meditar con frecuencia. Entre ellos hay que destacar
la Exhortación Apostólica
Reconciliatio et
poenitentia (2.XII.1984) de Juan Pablo II,
la Instrucción Pastoral
Dejaos reconciliar con
Dios (15.IV.1989),
de
la Conferencia Episcopal
Española,
la Carta Apostólica
en forma de «motu proprio» Misericordia
Dei (7.IV.200), de Juan Pablo II y el Vademecum
para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal
(12.II.1997) del Pontificio Consejo para
la Familia.
Hacia
una catequesis penitencial renovada
En
nuestro planes pastorales hemos de ponernos como prioridad
importante el objetivo de que el pueblo de Dios –nuestros
fieles – redescubran la importancia de la penitencia y,
especialmente, de su momento fuerte en la celebración del
Sacramento de
la Reconciliación.
Para
lograr esta recuperación –cuya perentoria necesidad todos
advertimos- es imprescindible seguir realizando una
catequesis, a la vez sencilla y profunda, en todos los
niveles, teniendo como guía las enseñanzas de
la Iglesia. En
este sentido, es necesario enseñar, con convicción y
prudencia, que el Sacramento de
la Reconciliación
es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la
remisión de los pecados graves cometidos después del
Bautismo. Esto hay que hacerlo sin ningún eufemismo, de modo
que se eviten situaciones que puedan servir de
coartada para el abandono o el retraso en su práctica por
parte de los fieles.
En
este sentido, sigue siendo actual y oportuno lo que dice el Catecismo
de
la Iglesia Católica
sobre los Sacramentos
de Curación (nn. 1420-1532), especialmente lo relativo al
valor del Sacramento de
la Penitencia
en nuestro proceso de conversión y santificación, a los
actos del penitente, de
modo especial a la forma de hacer bien el examen de
conciencia, la correcta confesión de los pecados, el dolor y
el propósito.
Para
la recuperación efectiva y afectiva del Sacramento de
la Reconciliación
, es de gran importancia, además, hacer comprender que la dinámica
propia de este sacramento es una dinámica de «encuentro»
con Cristo y con
la Iglesia
en la persona del sacerdote; como señalaba Juan Pablo II,
este sacramento es un “especialísimo coloquio de salvación”.
El
misterio de Pedro
El
itinerario espiritual de San Pedro, su caída y su elevación
por Cristo como la piedra sobre la que edifica su Iglesia, se
reflejan, en cierto modo, en cada uno de nosotros y en nuestro
ministerio.
Es
muy significativo el gesto del Señor al constituir a Pedro
Primado de su Iglesia, tras la triple caída y la triple
confesión de amor (cfr Jn 21, 15-23). La misericordia y el
poder divinos son capaces de convertir la debilidad de Pedro
en roca inconmovible; esa misericordia es también capaz de
convertir nuestra debilidad en fortaleza para los demás. Como
advierte Juan Pablo II, «la vida de Pedro es emblemática
para todos los que han recibido la misión apostólica en los
diversos grados del sacramento del Orden».
El
itinerario espiritual de San Pedro es un misterio grande
porque es efecto y expresión de lo que constituye el núcleo
del gran misterio de la historia de la salvación: el misterio
de la misericordia, del pecado y de la conversión. Insistamos
una vez más: Cristo no
ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los
pecadores.
La Carta
a los Hebreos
explica la razón de esta elección: Porque
todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está
constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a
Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados, y
puede compadecerse de
los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está rodeado
de debilidad (Hb 5, 1-2).
No
hemos sido elegidos a
pesar de nuestra debilidad, sino precisamente por
ella. La razón que da el autor de
la Carta
a los Hebreos nos
estimula a poner todo nuestro amor a la hora de administrar el
sacramento de la reconciliación: hemos sido elegidos de entre
los débiles para que podamos compadecer
a los que ignoran y yerran.
Algo
muy parecido encontramos en la vocación de Pablo. También
ella es fruto de la iniciativa divina, de la gratuita y eficaz
intervención de la misericordia de Dios. En el camino de
Damasco se le hace descubrir el amor misericordioso del Padre
que reconcilia consigo al mundo en Cristo. Sobre esta base de
gratuidad y de misericordia, Pablo comprenderá el servicio
apostólico como ministerio de reconciliación: Todo
proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos
confió el ministerio de la reconciliación (2 Co
5, 18-19).
Los
testimonios de Pedro y Pablo nos invitan a vivir con
sentido de infinita gratitud el don del ministerio de la
reconciliación,
que nos ha sido entregado con la unción por el Espíritu. Es
importante que redescubramos el sacramento de la reconciliación
como instrumento fundamental de nuestra santificación.
Acercarnos a un hermano sacerdote, para pedirle esa absolución
que tantas veces nosotros mismos damos a nuestros fieles, nos
hace vivir la grande y consoladora verdad de ser, antes aún
que ministros, miembros de un único pueblo, un pueblo de «salvados».
El sacramento de
la Reconciliación
, irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda,
orientación y medicina de la vida sacerdotal.
Recordar
la fe de
la Iglesia
Es
necesario tener presente que la normativa en torno a la
celebración del sacramento de la reconciliación está en
dependencia de la fe cristiana en torno a los diversos modos
en que
la Iglesia
ejerce el poder de perdonar los pecados. Hay que celebrar,
pues, el Sacramento del Perdón del mejor modo posible, en
las formas litúrgicamente previstas, para que conserve su
plena fisonomía de celebración de la divina Misericordia, de
encuentro del hijo que vuelve con el padre que espera. Hay que
celebrar el sacramento de la reconciliación con la clara
conciencia de que estamos cumpliendo un mandato de
Cristo, de que estamos actuando en nombre de
la Iglesia.
Es
importante que, incluso desde este punto de vista, el ministro
de la reconciliación cumpla bien su obligación. Su capacidad
de acogida, de escucha, de diálogo, y su constante
disponibilidad, son elementos esenciales para que el
ministerio de la reconciliación manifieste todo su valor. El
anuncio fiel, nunca reticente, de las exigencias radicales de
la Palabra
de Dios, ha de estar acompañado siempre de una gran comprensión
y de una exquisita delicadeza, también en el lenguaje y en
el gesto. Los evangelios relatan numerosos encuentros
de Jesús con los publicanos y pecadores. Esos encuentros nos
sirven de ejemplo perenne.
Ni
rigorismo ni laxismo
Es
necesario desempeñar con sabio equilibrio pastoral la difícil
tarea de ser fiel a Dios y a
la Iglesia
en la administración del sacramento de la reconciliación. Me
refiero a la gran sabiduría –y también al sentido común–
que son necesarios para actuar con fortaleza de médico y con
entrañas de padre. Es necesario evitar dos extremos: el
rigorismo y el laxismo.
El
rigorismo no tiene
en cuenta la gracia previa que ha movido al penitente a la
conversión y que le ha acercado a la confesión; el laxismo
no tiene en cuenta el hecho de que la salvación plena, la que
verdaderamente sana y reaviva, implica una verdadera conversión
a las exigencias del amor de Dios. Tengamos esto en cuenta,
sobre todo cuando nos encontramos ante pecados que han violado
la justicia, cuando hay daño a terceros que es necesario
reparar. La reparación, la claridad del propósito son
muestra, tantas veces necesaria e imprescindible, de la
sinceridad del arrepentimiento y de la conversión.
Hay
que estar siempre atentos para evitar cualquiera de estos dos
vicios, que tanto daño hacen a las almas. El rigorismo
oprime y aleja; el laxismo
desorienta, crea falsas ilusiones y, a la larga, no cura la
enfermedad del alma.
Resulta
delicado el encuentro del sacerdote con las almas en un
momento tan íntimo como es el de la confesión de los propios
pecados. Esto exige mucha discreción, mucha prudencia, un
acertado discernimiento. Efectivamente, el sacerdote debe
suponer que el penitente, al acercarse y confesar sus pecados,
manifiesta un dolor y un propósito suficientes para
recibir la absolución.
Esta
suposición, habitual en los confesores a lo largo de los
siglos, estará más justificada si
la pastoral de la reconciliación sacramental ha sabido
ofrecer las ayudas oportunas, facilitando, por ejemplo, los
momentos de preparación al Sacramento.
La
importancia de la liturgia
Además,
es necesario dar toda su importancia a la configuración litúrgica
del Sacramento. El Sacramento entra en la lógica de comunión
que caracteriza a
la Iglesia. El
pecado mismo no se comprende
del todo si es considerado sólo de una manera exclusivamente
privada, olvidando que afecta inevitablemente a toda la
comunidad y hace disminuir su nivel de santidad. Con mayor
razón, la oferta del perdón expresa un misterio de
solidaridad sobrenatural –la comunión de los santos–,
cuya lógica sacramental se basa en la unión profunda que
existe entre Cristo cabeza y sus miembros.
Es
muy importante ayudar a redescubrir el aspecto «comunional»
del Sacramento de
la Reconciliación
, también mediante los gestos litúrgicos, mediante las liturgias
penitenciales comunitarias que se concluyan con la confesión
y la absolución individual. Esto ayuda a los fieles a
percibir mejor la doble dimensión de la reconciliación y los
compromete más a vivir el propio camino penitencial en toda
su riqueza regeneradora, también en su faceta de testimonio.
A
este propósito, deseo reiterar –subrayaba Juan Pablo II –
que la celebración personal es la forma ordinaria de
administrar este Sacramento, y que sólo en «casos de grave
necesidad» es legítimo recurrir a la forma comunitaria con
confesión y absolución colectiva. Las condiciones
requeridas para esta forma de absolución están definidas en
el Ritual de
la Penitencia
y en el Código vigente y
en el documento Dejaos reconciliar con Dios, de la
Conferencia Episcopal
Según este magisterio, «no se considera suficiente necesidad
cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una
gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una
fiesta o peregrinación»; «corresponde al obispo diocesano
juzgar si se dan las condiciones requeridas (...), el cual,
teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás
miembros de
la Conferencia Episcopal
, puede determinar los casos en los que se verifica esta
necesidad»
grave y urgente. Para que un penitente reciba validamente
la absolución colectiva se requiere: estar debidamente
dispuesto y, a la vez, tener el propósito de hacer
a su debido tiempo la confesión individual de todos los
pecados graves que en las circunstancias presentes no ha
podido confesar. Quien haya recibido tal absolución debe
hacer confesión individual e íntegra antes de recibir otra
absolución general, de no interponerse causa justa. Y, en
cualquier caso, sigue en pie la obligación para todos los
fieles que hayan llegado al uso de razón de confesar sus
pecados graves al menos una vez al año.
Esforcémonos
en ser auténticos ministros de la misericordia. Dios
cuenta también con nosotros, con nuestra
disponibilidad y con nuestra fidelidad, para hacer prodigios
en los corazones de los hombres. Cada encuentro con un fiel
que nos pide reconciliarse, ha de ser siempre, por la gracia
de Dios, un momento de encuentro suyo personal con Dios. En el
sacramento de
la Reconciliación
, nosotros somos instrumentos de un encuentro sobrenatural
entre Dios y el hombre, que tiene sus propias leyes, y que a
nosotros corresponde seguir y respetar.
La
gracia de Dios –la misericordia divina–
precede siempre el acercamiento a la confesión. Para
llegar a nosotros, el penitente no ha recorrido su camino
de modo solitario, sino acompañado por Dios. La
misericordia divina es la que le ha tocado el corazón, la que
le ha hecho iniciar su personal itinerario de conversión.
Este itinerario llega a su momento fuerte en el momento de la
celebración penitencial. La llamada divina, las exigencias de
conversión, han de encontrar una decidida respuesta en el
corazón del hombre. La claridad y la sinceridad de esa
respuesta depende muchas veces del «arte» con que el
sacerdote sabe animar al arrepentimiento y al propósito.
El
ministerio de la reconciliación pertenece al corazón mismo
de la historia de la salvación; aunque afecta a la persona en
lo más hondo de su existencia, no pertenece propiamente
hablando a la esfera de lo «privado», sino a la relación
del hombre con Dios, relación que tiene lugar precisamente en
el ámbito de
la Nueva Alianza.
En
el sacramento del perdón se inserta en ese gran dinamismo
trinitario de la historia de la salvación: Dios Padre ha
sellado una alianza en su Hijo, Cristo nuestro Señor,
ofreciendo en Él y a través de Él la gracia y la
reconciliación. En Él reconcilia consigo al mundo entero. El
Espíritu es enviado a
la Iglesia
para hacer volver a los hombres a Cristo y, a causa de esta
vuelta, entregarse al servicio de todos los hombres. En la
pedagogía del Sacramento de
la Reconciliación
es necesario prestar gran atención a la dimensión pneumatológica
de la reconciliación. El Espíritu, enviado del Padre, mueve
los corazones hacia la reconciliación.
El
banquete eucarístico
El
ministro del perdón, que encarna para el penitente el rostro
del Buen Pastor, debe expresar al mismo tiempo la misericordia
que espera al hijo que vuelve, el perdón que alcanza el fondo
del alma y le hace convertirse más profundamente, y la alegría
que culmina en el banquete eucarístico.
La
eucaristía es el centro de la vida de
la Iglesia. De
ella brota el sacramento de la penitencia y a ella conduce.
Volviendo a la parábola del hijo pródigo, la vuelta al
Padre, la reconciliación culmina en un gran banquete. He aquí
cómo describe San Ambrosio este sentido eucarístico del
sacramento de la reconciliación tomando pie precisamente de
la parábola del hijo pródigo:
«Tan
pronto merece el perdón, que ya de vuelta, estando aún
lejos, sale a su encuentro su padre y le da una beso, que es
signo de paz sagrada, ordena que le pongan la estola, que es
el vestido nupcial y todo aquel que no
lo lleva es excluido del banquete de bodas; coloca un anillo
en su mano que es garantía de fidelidad y sello del Espíritu
Santo; manda que le entreguen un calzado –pues se ha de
celebrar
la Pascua
del Señor, se ha de comer el cordero (...)–; manda que se
mate un becerro, pues Cristo, nuestra Pascua, ha sido
inmolado. Pues cuantas veces bebemos la sangre del Señor,
anunciamos su muerte. Pues así como una sola vez fue inmolado
por nosotros, así también cuantas veces se perdonan los
pecados, tomamos el sacramento de su cuerpo, para que por su
sangre se perdonen los pecados».
Las palabras de San Ambrosio son un testimonio
elocuente del itinerario seguido por los cristianos, desde los
primeros siglos, en su itinerario hacia Dios, tal y como se
refleja paradigmáticamente en la parábola del hijo pródigo.
La recepción gozosa por la vuelta del hijo culmina en la paz,
la recepción del vestido nupcial, la comunión con el cuerpo
y la sangre de Cristo.
Existe
una relación mutua entre el sacramento de
la Eucaristía
y el sacramento de la reconciliación. El pensamiento de la
recepción de
la Eucaristía
debe llevar a un mayor amor al sacramento de la penitencia y,
a su vez, el movimiento penitencial que lleva a la confesión
culmina precisamente en la celebración del Misterio Pascual y
en la recepción del sacramento eucarístico.
Su
Santidad Benedicto XVI recuerda en su Exhortación Apostólica
Sacramentum caritatis
“que es cometido pastoral del Obispo promover en su propia
diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la
conversión que nace de
la Eucaristía
y fomentar entre los fieles la confesión frecuente”.
El
testimonio de San Ambrosio y tantos más que podrían aducirse
pone de relieve que la pedagogía de la conversión, como toda
la Iglesia
, brota de
la Eucaristía
y lleva a ella. Es la convicción de que comulgar con el
Cuerpo y
la Sangre
de Cristo exige estar en comunión plena con Dios, lo que ha
llevado tantas veces a los fieles a vencer las propias
dificultades para acercarse al sacramento de la penitencia con
dolor y con alegría. Y, al mismo tiempo, la conciencia de que
el camino de la conversión conduce al banquete eucarístico,
les ha llevado a fomentar la piadosa costumbre de la comunión
frecuente.
María,
Madre de misericordia
Al
terminar esta Carta Pastoral, dirijo los ojos al Corazón
Inmaculado de Santa María. Ella es la estrella de la mañana
que lleva a Cristo; Ella es Madre de misericordia, con un
corazón, que es fuente inagotable de ternura y de perdón. En
su seno dio comienzo la obra de la reconciliación; bajo su
protección se reunió la primera Iglesia en el Cenáculo a la
espera del Espíritu Santo. Ella, con su pedagogía maternal,
acogió y llevó a Cristo a los que volvían después de la
deserción del Viernes Santo. Diciéndolo con palabras de Juan
Pablo II, “que por su intercesión la humanidad misma
descubra y recorra el camino de la penitencia, el único que
podrá conducirla a la plena reconciliación”.