SAN COLUMBANO
Abad
525/543
Columbano es una de las personalidades que marcaron la vida de la Iglesia a finales del siglo VI y principios del VII: inteligente, apasionado por la causa del Evangelio, servidor de la Iglesia con miras universales, pero siempre amante de su patria. Columbano es, por otra parte, uno de los primeros testimonios ecológicos, por su amor a la naturaleza y su contacto cercano y entrañable con los animales.
Por el año 640, Jonás de Bobbio terminaba su famosa obra Vitae Columbani abbatis discipulorum eius, principal fuente bibliográfica para conocer la vida y la trascendencia monástica y eclesial de Columbano. Jonás había ingresado en el monasterio de Bobbio tres años después de la muerte del fundador, Columbano, y fue secretario de los dos abades que le sucedieron.
IRLANDÉS, CON VOCACIÓN DE PEREGRINO
Columbano nació en la Irlanda centro‑oriental, en el reino de Leinster. Del año de su nacimiento no se tienen datos fehacientes, pero se supone que fue entre el año 525 y el 543. Siguiendo su vocación monástica, se dirigió primero a Cluan‑Inis, bajo la dirección del abad Sinell, pero le llegaron noticias de mayor austeridad en el monasterio de Bangor, en el Ulster, y no dudó en encaminar sus pasos hacia él, y ponerse bajo la sabia y rigurosa dirección del abad Comgall, fundador del monasterio. Hacia los veinte años tuvo un encuentro providencial con una peregrina que le animó a llevar a cabo lo que siempre deseó: peregrinar más allá de la bella isla que le vio nacer. Pero, antes de la peregrinación, continuaría su vida de estudio y oración en el monasterio de Bangor. La Biblia fue, según su biógrafo Jonás, el objetivo principal de su estudio, y los Salmos, que él mismo comentó, la fuente de su oración. Pero también conocía obras de algunos padres latinos y había leído a los clásicos latinos, como Séneca, Horacio, Virgilio, Ovidio y Juvenal.
Y llegó la hora de la soñada peregrinación. Acompañado de otros doce monjes, arribó a las costas de Bretaña en el año 590. Aquella peregrinación no tenía sólo sentido de penitencia y austeridad personal, sino que estaba marcada por un claro afán misionero: a ejemplo de Abrahán, Columbano veía en la peregrinación un medio eficaz para la difusión de la fe y la extensión de la Iglesia. Aun sabiendo que el pueblo franco era cristiano, Columbano llevaba a los francos un mensaje de conversión a una mayor radicalidad evangélica. Se trataba de trasladar la vivencia cristiana de Irlanda a Francia ‑‑especialmente lo referente a las costumbres monásticas y a la frecuencia del sacramento de la Penitencialo cual no desagradó al rey de los francos, que le ayudó en su misión y en la fundación de monasterios: Annegrey, Fontaine, Coutances, Saint Gall, Jouarre, Faremoutiers y, sobre todo, Luxeil, donde permaneció por espacio de veinte años. Los monasterios se regían por una regla que había redactado el propio Columbano, con dos tratados: la Regla de los monjes y la Regla del cenobio. Una de las normas que llaman la atención es la que exige que los monjes lleguen cansados, casi extenuados por el trabajo, a la cama: Han de dormirse en cuanto se echen en la cama y se levantarán antes de haber dormido lo suficiente.
CON SUS MONJES, EN FRANCIA
Alguna de las enseñanzas de Columbano y de sus monjes desagradaron a los obispos de la región, especialmente la llamada «penitencia tarifada» (graduación de la gravedad del pecado, a la que ha de responder la dureza de la penitencia) y la fecha de la celebración de la Pascua, según el cómputo irlandés, distinto del continental. Los obispos convocaron un sínodo en el año 603, para debatir estos temas, e invitaron expresamente a Columbano. El abad prefirió no asistir, y envió una carta a los obispos reunidos aconsejándoles que no dieran tanta importancia a la fecha de la Pascua y atendieran con más celo apostólico la vida religiosa del clero y del pueblo.
La situación de Columbano y de sus seguidores era cada vez más incómoda en Francia, no ya sólo por parte de los obispos, sino también del rey. El monarca, que en un tiempo le apoyó, ahora detestaba su presencia, posiblemente molesto por las acusaciones de adulterio que Columbano le hizo valiente y libremente. Y, al fin, Columbano hubo de abandonar Francia. La primera intención fue volver a Irlanda. Cuando navegaban rumbo a la isla, el capitán del barco los devolvió al continente, interpretando una fuerte tormenta como una venganza del Cielo. Y Columbano, que siempre se mostró con sus monjes «dulce como una madre y duro como un diamante», aceptó la nueva prueba con la serenidad de quien sabe que Dios dirige su historia y la dirige admirablemente. Ni un reproche contra los perseguidores: Si (Dios) quita de en medio a los adversarios, no habrá lucha, y sin lucha no hay corona. En la lucha está el coraje, la vigilancia, el fervor, la paciencia, la fidelidad, la sabiduría, la firmeza. Pero si no hay libertad, no hay dignidad, escribía Columbano. Tras un periplo por Neustria, Austrasia y Constanza, llegó a Milán, donde fue acogido favorablemente por el rey Agilulfo hacia el año 612, y al año siguiente le concedía una ermita en ruinas y un amplio terreno en Bobbio, en la región de los Apeninos, para construir un monasterio.
EN BOBBIO PARA SIEMPRE
Dos problemas hubo de enfrentar Columbano en su definitiva residencia italiana: la herejía arriana, muy arraigada entre los longobardos, y el cisma relacionado con los llamados,Tres Capítulos», que enfrentaba a los católicos de la región con el papa. Contra la herejía escribió Columbano un librito, en el que da inequívocas muestras de conocer la verdad católica y defenderla con sabiduría y firmeza. Por otra parte, rechaza enérgicamente la insinuación de Agripino, obispo de Como y líder de un cisma, que en una carta le aconsejaba mantenerse alejado del papa Bonifacio IV (608‑615), al que Agripino acusaba de favorecer la herejía. Columbano intentó dirigirse a Roma, para abordar directamente con el papa asuntos tan delicados, pero las circunstancias políticas le hicieron desistir del viaje. Columbano escribió a Bonifacio IV una carta, que constituye una profesión de fe, un testimonio de celo por la verdad católica y un pleno acatamiento de la cátedra de Pedro. Está tan convencido de que tiene la verdad, que no duda en afirmar que Roma ha de despertar de un nefasto sueño y pronunciarse sobre la cuestión de los Tres Capítulos, ante la que el papado permanecía en silencio pro bono pacis, aduciendo que no atacaba el dogma. El problema venía del Concilio de Calcedonia (año 451). Tres obispos favorables al nestorianismo habían manifestado por escrito sus tesis: uno de ellos murió antes de la apertura del concilio y los otros dos se retractaron públicamente.
Pasaron los años y la herejía seguía haciendo estragos en la unidad de la Iglesia. Con tono autoritario, Columbano le pide al papa que convoque un concilio para que brille la verdad y se refuerce la unión.
Lleno de méritos, venerado ya en vida como santo al que se le atribuían milagros, moría este luchador de la fe y de la unidad en su monasterio de Bobbio, el 23 de noviembre del año 615. Fue sepultado en la iglesia monástica, y la ciudad y la diócesis de Bobbio se acogieron a su protección declarándolo patrono celestial.
José A. MARTINEZ PUCHE, O.P.
ORACIÓN.‑ Señor, Dios nuestro, que has unido de modo admirable en el abad San Columbano la tarea de la evangelización y el amor a la vida monástica; concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que te busquemos a ti sobre todas las cosas y trabajemos por la propagación de tu reino.