Santidad
del amor humano
El matrimonio es un sacramento que hace de
dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los
cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el
amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto
no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, estó
o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Nos ha dado el Creador la inteligencia,
que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite -con la libre
voluntad, otro don de Dios- conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la
posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador.
Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al
mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad
vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al
amor, a la fecundidad.
Ese
es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la
sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo
genuinamente humano, que hay aquí abajo. Nos enseña que la regla de nuestro
vivir no debe ser la búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el
sacrificio llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y
a amar a los demás con la verdad y con la autenticidad con que El nos ama. Quien
conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá
a hallar, ha escrito San Mateo en su Evangelio, con frase que parece
paradójica[1][1].
Las personas que están pendientes de sí
mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su
salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo
quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el
matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es
preparación y anticipo del cielo.
Durante nuestro caminar terreno, el dolor
es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las
cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso.
De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar
adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De
otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los
cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente
siempre iguales.
Tendría un pobre concepto del matrimonio y
del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor
y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que
animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la
ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más
poderoso que la muerte[2][2].
Esa autenticidad del amor requiere
fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales. Dios, comenta Santo
Tomás de Aquino[3][3], ha unido a las diversas funciones de la vida humana un
placer, una satisfacción; ese placer y esa satisfacción son por tanto buenos.
Pero si el hombre, invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como
valor último, despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y
ordenada, la pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión
de pecado.
La castidad -no simple continencia, sino
afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la
juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que
sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de
los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al
celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en el
matrimonio.
¿Cómo no recordar aquí las palabras
fuertes y claras que nos conserva
No hay amor humano neto, franco y alegre
en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el
misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. Nunca he
hablado de impureza, y he evitado siempre desceder a casuísticas morbosas y sin
sentido; pero de castidad y de pureza, de la afirmación gozosa del amor, sí que
he hablado muchísimas veces, y debo hablar.
Con respecto a la castidad conyugal,
aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al
contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les
pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que
obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las
relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y, por
tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos.
Cegar las fuentes de la vida es un crimen
contra los dones que Dios ha concedido a la humanidad, y una manifestación de
que es el egoísmo y no el amor lo que inspira la conducta. Entonces todo se
enturbia, porque los cónyuges llegan a contemplarse como cómplices: y se
producen disensiones que, continuando en esa línea, son casi siempre
insanables.
Cuando la castidad conyugal está presente
en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y
mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad
se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya
mirarse noblemente a la cara.
Los esposos deben edificar su convivencia
sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo
los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace
falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia
divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una
garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores
equivocados de un triste hedonismo.
No olvidéis que entre los esposos, en
ocasiones, no es posible evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos
jamás: les haréis sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a
aumentar inconscientemente vuestra desunión. Pero reñir, siempre que no sea muy
frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La
ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el
trabajo de su profesión; la fatiga -ojalá no sea el aburrimiento- de la esposa,
que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su mismo carácter, a
veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias que los hombres, si os lo
proponéis.
Evitad la soberbia, que es el mayor
enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de
los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que
contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde -a solas- reñid, que ya
haréis en seguida las paces.
Pensad vosotras en que quizá os abandonáis
un poco en el cuidado personal, recordad con el proverbio que la mujer
compuesta saca al hombre de otra puerta: es siempre actual el deber de aparecer
amables como cuando erais novias, deber de justicia, porque pertenecéis a
vuestro marido: y él no ha de olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva
la obligación de ser durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si
sonreís con ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el
afecto familiar se ha convertido en heladora indiferencia.