Se
cumplen 30 años de la muerte de Pablo VI
Fernando
Pascual El
6 de agosto de 2008 se cumplen 30 años de la muerte del Papa Pablo VI,
y vale la pena evocar su figura y su pontificado. Giovanni
Battista Montini había nacido en 1897 en el norte de Italia. Recibió la
llamada al sacerdocio y dio su sí generoso. Dios permitió que su camino
estuviese marcado por una salud enfermiza, pero ello no le impidió llegar
a recibir la ordenación sacerdotal en 1920. Sufrió
intensamente los años difíciles que vivía Italia después de la I Guerra
Mundial. La juventud y la sociedad soportaba el calvario producido a causa
de las disputas y luchas entre socialistas, laicistas y fascistas. La dictadura
de Mussolini le llevó a grandes dolores, sobre todo al ver cómo la Iglesia
era sometida a presiones e injusticias de todo tipo. En
1923 fue enviado a trabajar en la nunciatura en Varsovia, pero pronto regresó
a Roma, y pudo colaborar con el Papa Pío XI en diversos encargos. La colaboración
continúo durante el pontificado de Pío XII, primero en los años difíciles
de la II Guerra mundial, luego en la postguerra. Fue
nombrado por el Papa pro-secretario de Estado, y en 1954 recibió la misión
de ser arzobispo de Milán. Allí permaneció casi 10 años. El Beato Juan
XXIII lo hizo cardenal en 1963. Además, participó activamente y a veces
de modo decisivo en las discusiones del Concilio Vaticano II. Tras
la muerte de Juan XXIII, Montini fue al cónclave, y ya no pudo regresar
a su amada diócesis de Milán: había sido elegido Papa. Tomó
como nombre el de Pablo. Y como Pablo empezó una tradición que era también
una aventura: los viajes internacionales para predicar el Evangelio. Europa,
Asia, África, América, Oceanía, pudieron ver al Papa más de cerca, y
escuchar de sus labios una confesión continua y ardiente de amor a Jesucristo.
La tradición y la aventura se hicieron una praxis “normal” con Juan
Pablo II, y siguen, en la medida en que se lo permite su edad y su saludo,
con Benedicto XVI. En
su viaje a Filipinas (noviembre de 1970) explicó el sentido de sus viajes
apostólicos, que coincidía plenamente con el de corazón de san Pablo: “¡Ay
de mí si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo
Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta,
cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos
apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el
Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él
es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es
también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y
resucitó por nosotros”. Fue
especialmente emocionante su viaje a Tierra Santa (enero de 1964), en el
que llegó a mezclarse literalmente entre una multitud confusa y
fervorosa de cientos de personas que quería estar cerca del Papa. Otro
momento clave de su pontificado fue el abrazo fraterno con el patriarca
de Constantinopla, Atenágoras I, el 7 de diciembre de 1965 (un día
antes de clausurar el Concilio Vaticano II). El abrazo estaba unido a
una declaración conjunta que levantaba las condenas entre católicos y
ortodoxos. Pablo
VI publicó documentos importantes para la vida de la Iglesia. Presentó
las líneas generales de su pontificado en su primera encíclica, Ecclesiam
suam (1964), en la que, entre otros temas, explicó el verdadero
sentido del diálogo y su necesaria vinculación con la verdad. Habló
del sentido genuino del matrimonio y de los peligros del uso de los
anticonceptivos en la encíclica Humanae vitae (1968). Defendió
la justicia social y el correcto sentido del desarrollo en otra encíclica,
Populorum progressio (1967). Expuso el sentido de la catequesis y
de la evangelización en la exhortación postsinodal Evangelii
nuntiandi (1975). Habló de la devoción a la Virgen María en la
exhortación Marialis cultus (1974). Defendió y refrendó la
validez del celibato en la encíclica Sacerdotalis caelibatus
(1967). En
1978 sufrió en lo más íntimo de su corazón el drama de un amigo
personal, Aldo Moro, un importante político italiano que había sido
secuestrado por un grupo terrorista de izquierdas. Pablo VI imploró en
público, con la emoción en la garganta, su liberación. Su súplica no
fue acogida, y su amigo fue vilmente asesinado por los terroristas. Ese
año desembocó en el final de su camino terreno. Muchos recordamos
aquel domingo 6 de agosto de 1978 en el que se sucedían las noticias
sobre la salud de Pablo VI, hasta que antes de la noche el mundo supo
que el Papa había muerto. Valgan,
como recuerdo de su persona y de su pontificado, unas líneas de una
meditación manuscrita del Papa Montini y publicada sólo un año después
de su muerte, en las que expresa su profundo amor a Cristo y a la
Iglesia. “Ruego
al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima don de
amor para la Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor
quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su
servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero
quisiera que la Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo,
como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la
vida se tiene el coraje de hacer. Quisiera
finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su
destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su
consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en
las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos
menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de
perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría
abrazarla, saludarla, amarla, en cada uno de los seres que la componen,
en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la
vive y la ilustra; bendecirla. También porque no la dejo, no salgo de
ella, sino que me uno y me confundo más y mejor con ella: la muerte es
un progreso en la comunión de los Santos” (Meditación ante la
muerte).■
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