Segunda
estación: María,
tras su hijo
«Habían seguido a Jesús desde Galilea». Esto se dice de las santas mujeres cuando ya Jesús ha llegado a la Cruz. Y se dice así, sin excepciones, sin distingos: «le habían seguido». Así fue, seguramente. No se le habían apartado hasta allí ni un momento. Le habían seguido confundidas en la muchedumbre, sin destacarse de ella, como no se destacan en el relato evangélico: lo que en el Evangelio es silencio, fue también antes silencio y pudor y resignación en la Virgen de los Dolores.
Cuando en la mañana del Viernes Santo(1) cantan los sacerdotes a tres voces la Pasión del Señor, las bóvedas del templo, vestidas por las altas vidrieras de lilas y de rosas, se incorporan al canto, con un eco esfumado y profundo. A mí me gusta pensar que las bóvedas cantan la pasión de la Virgen: esa otra pasión que sí también, como un eco lejano, acompañó todo el tiempo del Viernes Santo a la de Cristo.
El que así fuera, está también dentro de la belleza del orden. Cuando a raíz del milagro del endemoniado mudo, una mujer del pueblo estalló en piropos y bendiciones para la Madre de Jesús y los pechos que lo amamantaron, éste se volvió a ella y le respondió: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.» (Lucas 9, 28.) Más que su milagrosa maternidad, alaba Jesús en María su humana sumisión. Efectivamente, cuando el arcángel San Gabriel le anunció la gran nueva, la Virgen cruzó sobre su pecho sus manos pálidas, en esa actitud de anonadado sometimiento que Fray Angélico ha reproducido. Y esa cruz de las blancas manos sumisas, fue la primera cruz de nuestra Redención. Desde aquel instante empezó ese voluntario asociarse de María como corredentora a la obra de Jesús, ese voluntario someterse al dolor y a la gloria de nuestra salvación.
Por eso está dentro de la belleza y del orden que María estuviese incorporada y asociada, paso tras paso, a todo el dolor de la Pasión. Era el epílogo de la adhesión anonadada del «sí» sin condiciones pronunciado ante el Anunciador. Sólo los ángeles la distinguirían entre las turbas y dirían: «He ahí la esclava del Señor»... Y al morir Jesús, a la hora de sexta, a sus pies volvería a florecer la cruz de azucenas de Nazareth, primer diseño de la Cruz de leños del Calvario.
1 Hasta la reforma litúrgica del Vaticano II, que ya había iniciado Pío XII, los Oficios del Viernes Santo se celebraban por la mañana. (N. del E.).