Semana santa: las homilías escondidas del
Papa Benedicto
Escondidas excepto para los fieles que las han
podido escuchar en vivo: pocos miles entre los 1,2 mil millones
de católicos en el mundo. Aquí los textos completos. Una lectura
obligatoria para entender este pontificado
por Sandro Magister
ROMA, 25 de marzo del 2008 – De las seis homilías pronunciadas
por Benedicto XVI durante los ritos de semana santa de este año,
sólo dos han tenido una amplia resonancia y han llegado a los
oídos de millones de personas.
La primera es la leída al final del Vía Crucis del viernes santo
y la otra es el mensaje “urbi et orbi” del domingo de Pascua.
Ambas trasmitidas en directo por vía radiofónica y televisiva en
numerosos países del globo.
Pero las otras cuatro no. Han llegado a pocos. O sea solamente a
los pocos miles de fieles que estaban presentes en los ritos
celebrados por el Papa y que entendían el italiano (porque entre
ellos muchos eran extranjeros). A los que se agregan aquellos,
también pocos, que las han leídos después en los medios de
comunicación católicos en los días siguientes.
Si se piensa que los católicos en el mundo superan largamente
los mil millones, el número de los que han escuchado o leído las
homilías del Papa la semana pasada resulta más microscópico.
Sin embargo, estas homilías son uno de los tratados más
reveladores del pontificado de Joseph Ratzinger. Son una veta
del magisterio de este Papa teólogo y pastor.
Son inconfundiblemente escritos de su puño y letra. Y están
inseparablemente ligadas a la celebración litúrgica en la que
fue pronunciada cada una de ellas. Son obras maestras en su
género.
La comparación que viene más natural es con las homilías de los
Padres de la Iglesia. Por ejemplo, de León Magno, el primer Papa
del que se ha conservado la predicación litúrgica. De san
Ambrosio. De san Agustín.
Es una comparación iluminada también bajo el perfil
comunicativo. Porque también las homilías de un León Magno, a su
época, fueron escuchadas por pocos y leídas por muchos menos. Lo
mismo se puede decir de san Agustín. Pero la influencia que la
prédica de estos Padres ha tenido sobre la Iglesia ha sido
igualmente grande y se ha dado a lo largo de los siglos.
No es imposible que por las homilías de Benedicto XVI ocurra
algo análogo. Sólo es necesario que haya en la Iglesia personas
que reconozcan la originalidad y la profundidad de la prédica
litúrgica de este Papa. Y que actúen para propagar su
conocimiento.
De Benedicto XVI han hecho noticia el libro sobre Jesús, las
encíclicas, los grandes discursos sobre fe y razón. Desde hace
un tiempo se ha encendido un interés también por sus discursos
en las audiencias de los miércoles, dedicadas primero a los
Apóstoles y ahora a los Padres de la Iglesia.
Sobre las homilías, en cambio, todavía falta una atención al
menos igual. Pero basta leer las de la semana santa de este año
– reproducidas más abajo – para entender cuan centrales son en
el magisterio del Papa Benedicto.
Sorprende que la máquina comunicativa de la Santa Sede las haya
desatendido hasta hoy. “L’Osservatore Romano” las publica con
rapidez, pero para un círculo muy reducido de lectores,
faltándole todavía a este diario un adecuado uso de internet. La
Libreria Editrice Vaticana hasta ahora no ha producido ningún
libro que recoja las homilías de Benedicto XVI en su conjunto o
en varios tiempos litúrgicos, por ejemplo, las homilías de
navidad, o las pascuales, mejor todavía si se les acompaña de
los textos de las liturgias de las que hacen parte.
Más abajo, presentamos una muestra iluminadora: los textos
completos de las seis homilías de Benedicto XVI en la semana
santa 2008.
1. Domingo de Ramos
16 de marzo del 2008
Queridos hermanos y hermanas, año tras año el pasaje evangélico
del Domingo de Ramos nos relata el ingreso de Jesús en
Jerusalén. Junto a sus discípulos y a un grupo creciente de
peregrinos, Él subió desde las llanuras de Galilea hacia la
Ciudad Santa. Como peldaños de esta subida, los evangelistas nos
han transmitido tres anuncios de Jesús referidos a su Pasión,
señalando con esto al mismo tiempo el ascenso interior que se
estaba cumpliendo en esta peregrinación. Jesús está en camino
hacia el templo, hacia el lugar donde Dios, como dice el
Deuteronomio, había querido “fijar la sede” de su nombre (cf.
12, 11; 14, 23). El Dios que ha creado el cielo y la tierra se
ha dado un nombre, ha permanecido invocable, más aún, ha
permanecido casi tangible por parte de los hombres. Ningún lugar
puede contenerlo y, sin embargo, o precisamente por esto, Él
mismo se da un lugar y un nombre, a fin de que Él personalmente,
el Dios verdadero, pueda ser venerado como Dios en medio de
nosotros. Gracias al relato sobre Jesús cuando tenía doce años
de edad, sabemos que Él ha reverenciado al templo como la casa
de su Padre, como su casa paterna. Ahora vuelve a este templo,
pero su recorrido va más allá: la última meta de su subida a
Jerusalén es la Cruz. Es la subida que la Epístola a los Hebreos
describe como el ascenso hacia la tienda no fabricada por manos
de hombre, hasta encontrarse en presencia de Dios. El ascenso
hacia la presencia de Dios pasa a través de la Cruz. Es el
ascenso hacia “el amor hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1), el cual
es el monte verdadero de Dios, el lugar definitivo del contacto
entre Dios y el hombre.
Durante el ingreso a Jerusalén, la gente rinde homenaje a Jesús
como hijo de David, con las palabras del Salmo 118 [117] de los
peregrinos: “¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en
nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos!” (Mt
21, 9). Luego, Él llega al templo. Pero allí, donde debía ser el
espacio del encuentro entre Dios y el hombre, Él encuentra
comerciantes de animales y cambistas que, con sus negocios,
ocupan el lugar de oración. Es cierto que los animales que había
allí a la venta estaban destinados al sacrificio de inmolación
en el templo. Además, no se podían usar en el templo las monedas
en las que estaban representados los emperadores romanos
(quienes eran adversarios del Dios verdadero), por eso era
necesario cambiarlas por monedas que no tuvieran imágenes
idolátricas. Pero todo esto podría haber sido erigido más lejos:
el espacio donde ahora sucedía esto debía ser, según había sido
diseñado, el atrio de los paganos. De hecho, el Dios de Israel
era el único Dios de todos los pueblos. Y aunque, para decirlo
de alguna manera, los paganos no entraban en el interior de la
Revelación, sin embargo podían asociarse, en el atrio de la fe,
a la oración al único Dios. El Dios de Israel, el Dios de todos
los hombres, estaba a la espera siempre también de sus
oraciones, de sus búsquedas, de sus invocaciones. Ahora, por el
contrario, primaban los negocios – negocios legalizados por la
autoridad competente que, a su vez, participaba de las ganancias
de los mercaderes. Los mercaderes actuaban en forma correcta,
según las disposiciones vigentes, pero este mismo ordenamiento
legal era corrupto. “La avidez es idolatría”, dice la Epístola a
los Colosenses (cf. 3, 5). Ésta es la idolatría que Jesús
encuentra y frente a la cual cita a Isaías - "Mi casa será
llamada casa de oración " (Mt 21, 13; cf. Is 56, 7) - y a
Jeremías - "Pero vosotros la habéis convertido en una cueva de
ladrones” (Mt 21, 13; cf. Jer 7, 11). Contra el ordenamiento
malinterpretado, Jesús defiende con su gesto profético el orden
verdadero que se encuentra en la Ley y en los Profetas.
Todo esto nos debe hacer pensar también a nosotros como
cristianos: 'nuestra fe es lo suficientemente pura y abierta,
para que a partir de ella también “los paganos”, las personas
que hoy están en búsqueda y tienen sus interrogantes, puedan
intuir la luz del único Dios, asociarse en los atrios de la fe a
nuestra oración y con su preguntar convertirse quizás también
ellos en adoradores? 'La conciencia que la avidez es idolatría
está presente también en nuestro corazón y en nuestra praxis de
vida? 'No será que, probablemente y de diversas maneras, dejamos
entrar a los ídolos también en el mundo de nuestra fe? 'Estamos
dispuestos siempre a dejarnos purificar de nuevo por el Señor,
permitiéndoLe expulsar de nosotros y de la Iglesia todo lo que
se Le opone?
Pero en la purificación del templo hay en juego algo más que la
lucha contra los abusos, ya que se preconiza una nueva hora de
la historia. Ahora está comenzando lo que Jesús había anunciado
a la samaritana, al responder a su pregunta respecto a la
adoración verdadera: “ha llegado el momento, y es éste, en el
que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y
verdad, porque el Padre busca tales adoradores” (Jn 4, 23). Ha
concluido el tiempo en el que se inmolaban animales para Dios.
Desde mucho tiempo atrás los sacrificios de animales habían sido
una sustitución lastimosa, un gesto de nostalgia del verdadero
modo de adorar a Dios. La Epístola a los Hebreos ha puesto como
lema de la vida y del obrar de Jesús una frase del Salmo 40
[39]: "Tú no has querido ni sacrificios ni ofrenda, pero me has
preparado un cuerpo" (Hb 10, 5). En lugar de los sacrificios
cruentos y de las ofrendas de alimentos se introduce el cuerpo
de Cristo, se introduce Él mismo. Solamente “el amor hasta el
extremo”, sólo el amor que se dona totalmente a Dios en favor de
los hombres es el culto verdadero, el sacrificio verdadero.
Adorar en espíritu y en verdad significa adorar en comunión con
El que es la verdad; significa adorar en comunión con su Cuerpo,
en el que el Espíritu Santo nos reúne.
Los evangelistas nos narran que, en el proceso contra Jesús, se
presentaron falsos testigos, quienes afirmaron que Jesús había
dicho: “puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres
días” (Mt 26, 61). Frente a Cristo clavado en la Cruz, algunos
que se burlaban de Él hacen referencia a la misma frase, al
gritarle: “Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres
días, ¡sálvate a ti mismo!” (Mt 27, 40). La versión justa de la
frase, tal como salió de la boca del mismo Jesús, es la que ha
transmitido Juan en su relato de la purificación del templo.
Frente al pedido de un signo con el que Jesús debía legitimarse
para una acción de ese tipo, el Señor respondió: “Destruid este
templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn 2, 18 y ss.). Juan
agrega que, al recordar ese acontecimiento luego de la
Resurrección, los discípulos comprendieron que Jesús había
hablado del Templo de su Cuerpo (Jn 2, 21 y ss.). No es Jesús
quien destruye el templo: éste es entregado a la destrucción
mediante la actitud de aquéllos que, en lugar de encuentro de
todos los pueblos con Dios, lo han transformado en una “cueva de
ladrones”, en un lugar para sus negocios. Pero como ocurre
siempre a partir de la caída de Adán, el fracaso de los hombres
se convierte en la ocasión para un compromiso todavía más grande
del amor de Dios respecto a nosotros. La hora del templo de
piedra, la hora del sacrificio de los animales estaba superada:
que ahora el Señor expulse a los mercaderes no sólo impide un
abuso, sino que indica el nuevo obrar de Dios. Se forma el nuevo
Templo: Jesucristo mismo, en quien el amor de Dios se inclina
sobre los hombres. Él, en su vida, es el Templo nuevo y
viviente. Él, que ha pasado a través de la Cruz y ha resucitado,
es el espacio viviente de espíritu y vida en el que se realiza
la adoración justa. De este modo, como culminación del ingreso
solemne de Jesús en Jerusalén, la purificación del templo es
además el signo de la inminente ruina del edificio y de la
promesa del nuevo Templo; es la promesa del reino de la
reconciliación y del amor que, en comunión con Cristo, se
instaura más allá de toda frontera.
San Mateo, cuyo Evangelio escuchamos a lo largo de este año, se
refiere al final del relato del Domingo de Ramos, luego de la
purificación del templo, a dos pequeños acontecimientos que,
nuevamente, tienen carácter profético y una vez más nos revelan
claramente la verdadera voluntad de Jesús. Inmediatamente
después de la frase de Jesús sobre la casa de oración de todos
los pueblos, el evangelista continúa de esta manera: “En el
templo se le acercaron ciegos y cojos y Él los curó”. Además de
esto, Mateo nos dice que los niños repetían en el templo la
aclamación que los peregrinos habían entonado cuando Él ingresó
a la ciudad: “Hosanna el Hijo de David” (Mt 21, 14 y ss.). Jesús
contrapone su bondad sanadora al comercio de animales y a los
negocios con dinero. Aquélla es la verdadera purificación del
templo. Él no se presenta como destructor, tampoco viene con la
espada del revolucionario. Viene con el don de la curación. Se
dedica a aquéllos que, a causa de su enfermedad, son arrojados a
los confines de la vida y a los límites de la sociedad. Jesús
muestra a Dios como Aquél que ama, y su poder como el poder del
amor. Nos dice entonces qué es lo que formará parte para siempre
del culto justo de Dios: curar, servir, la bondad que sana.
Están también los niños que rinden homenaje a Jesús como hijo de
David y entonan el “Hosanna”. Jesús les había dicho a sus
discípulos que, para entrar en el Reino de Dios, ellos deberían
volver a ser como niños. Él mismo, que abraza al mundo entero,
se ha hecho pequeño para venir a nuestro encuentro, para
encaminarnos hacia Dios. Para reconocer a Dios debemos abandonar
la soberbia que nos deslumbra y que quiere llevarnos lejos de
Dios, como si Dios fuese nuestro competidor. Para encontrar a
Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. Debemos
aprender a ver con un corazón joven, que no es obstaculizado por
prejuicios y que no se deslumbra por intereses. Es por eso que
en los pequeños que Lo reconocen, porque poseen un idéntico
corazón libre y abierto, la Iglesia ha visto la imagen de los
creyentes de todas las épocas y también su propia imagen.
Queridos amigos, en esta hora nos asociamos a la procesión de
los jóvenes de ahora, una procesión que atraviesa toda la
historia. Junto a los jóvenes de todo el mundo vamos al
encuentro de Jesús. A partir de Él nos dejamos guiar hacia Dios,
para aprender de Dios mismo el modo recto de ser hombres. Con Él
agradecemos a Dios, porque con Jesús, el Hijo de David, nos ha
regalado un espacio de paz y de reconciliación que abraza al
mundo. Recémosle a Él, a fin de que también nosotros seamos con
Él y a partir de Él mensajeros de su paz, a fin de que en
nosotros y en torno a nosotros crezca su Reino. Amén.
2. Jueves Santo. Misa crismal
20 de marzo del 2008
Queridos hermanos y hermanas, cada año la Misa Crismal nos
exhorta a entrar en ese “sí” a la llamada de Dios que hemos
pronunciado en el día de nuestra Ordenación sacerdotal. "Adsum –
eccomi!", hemos dicho como Isaías, cuando sintió la voz de Dios
que preguntaba: "'A quién mandaré y quien irá por mí?". "¡Aquí
estoy, mándame!", respondió Isaías (Is 6, 8). Luego el Señor
mismo, mediante las manos del Obispo, nos impuso las manos y
nosotros nos hemos ofrecido para llevar a cabo la misión que Él
nos confiara. En forma sucesiva hemos recorrido muchos caminos
en el marco de su llamada. Podemos afirmar siempre lo que san
Pablo, luego de años de servicio al Evangelio (servicio muchas
veces fatigoso y marcado por sufrimientos de todo género),
escribió a los corintios: "Nuestro celo no disminuye en ese
ministerio que, por la misericordia de Dios, nos ha sido
confiado " (cf. 2 Cor 4, 1). "Nuestro celo no disminuye". Oremos
en este día, para que ese celo se encienda siempre, para que se
alimente permanentemente de la llama viva del Evangelio.
Al mismo tiempo, el Jueves Santo es para nosotros una ocasión
para preguntarnos siempre de nuevo: 'A qué le hemos dicho “sí”?
'Qué es este “ser sacerdote de Jesucristo"? El Canon de nuestro
Misal, que fue redactado probablemente ya a fines del siglo II
en Roma, describe la esencia del ministerio sacerdotal con las
palabras con las que se describía en el libro del Deuteronomio
(18, 5. 7) la esencia del sacerdocio veterotestamentario: astare
coram te et tibi ministrare [estar de pie en tu presencia y
servirte]. En consecuencia, son dos las tareas que definen la
esencia del ministerio sacerdotal: en primer lugar, el "estar
frente al Señor". En el Libro del Deuteronomio esto se lee en el
contexto del precepto previo, según el cual los sacerdotes no
recibían ninguna porción de terreno en Tierra Santa, ya que
ellos vivían de Dios y para Dios. No se ocupaban de las
habituales labores necesarias para el sustento de la vida
cotidiana. Su profesión era “estar delante del Señor”
–contemplarlo, estar a Su disposición. De este modo, en
definitiva, la frase indicaba una vida en la presencia de Dios
y, con ello también, un ministerio en representación de los
otros. Así como los otros cultivaban la tierra, de la que
también vivía el sacerdote, de la misma manera éste mantenía el
mundo abierto hacia Dios, debía vivir con la mirada dirigida a
Él. Si esta frase se encuentra ahora en el Canon de la Misa,
inmediatamente después de la consagración de los dones, luego de
la entrada del Señor en la asamblea en oración, entonces esto
indica para nosotros el estar delante del Señor presente, es
decir, indica a la Eucaristía como centro de la vida sacerdotal.
Pero también aquí lo señalado va más allá. En el himno de la
Liturgia de las Horas que durante la cuaresma introduce el
Oficio de Lecturas –el Oficio que en la vida monástica se rezaba
durante la hora de la vigilia nocturna, delante de Dios y por
los hombres – se describe una de las obligaciones de la cuaresma
con el imperativo: arctius perstemus in custodia – permanezcamos
en guardia en la forma más profunda. En la tradición del
monacato sirio, los monjes eran caracterizados como “los que
están de pie”; el estar de pie era la expresión de la actitud
vigilante. Lo que aquí se consideraba que era deber de los
monjes, podemos verlo también con razón como expresión de la
misión sacerdotal y como interpretación justa de la frase del
Deuteronomio: el sacerdote debe ser alguien que vigila, debe
estar en guardia frente a las potencias apremiantes del mal.
Debe mantener despierto al mundo para Dios. Debe ser alguien que
está de pie: erguido frente a las corrientes de la época;
erguido en la verdad; erguido en el esfuerzo a favor del bien.
En el sentido más profundo, estar delante del Señor debe ser
siempre también un hacerse cargo de los hombres en el Señor,
quien a su vez se hace cargo de todos nosotros en el Padre. Y
debe ser un hacerse cargo de Él, de Cristo, de su palabra, de su
verdad, de su amor. El sacerdote debe ser recto, impávido y
dispuesto a recibir ultrajes a causa del Señor, como muestra el
libro de los Hechos de los Apóstoles: ellos estaban “contentos
de haber sido ultrajados, por amar el nombre de Jesús" (5, 41).
Pasemos ahora a la segunda frase, la que el Canon retoma del
texto del Antiguo Testamento – "estar delante de ti y servirte".
El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante, una persona
que está erguida. A todo esto se agrega entonces el servir. En
el texto veterotestamentario, esta frase tiene un significado
esencialmente ritual: a los sacerdotes se les reservaba todas
las acciones del culto previstas por la Ley. Pero este obrar
según el rito era catalogado como servicio, como una labor de
servicio, y así se explica con qué espíritu debían ejercerse
esas actividades. Al asumir la palabra “servir” en el Canon,
este significado litúrgico del término se adopta en un cierto
modo, en forma acorde a la novedad del culto cristiano. Lo que
el sacerdote hace en ese momento, en la celebración de la
Eucaristía, es servir, cumplir un servicio a Dios y un servicio
a los hombres. El culto que Cristo ha efectuado al Padre ha sido
el de ofrecerse hasta el extremo por los hombres. El sacerdote
debe insertarse en este culto, en este servicio. De este modo,
la palabra “servir” comporta muchas dimensiones. Por cierto,
ante todo forma parte la recta celebración de la Liturgia y de
los Sacramentos en general, realizada con la participación
interior. Debemos aprender a comprender cada vez más la sagrada
Liturgia en toda su esencia, desarrollar una viva familiaridad
con ella, para que se convierta en el alma de nuestra vida
cotidiana. Es así que celebramos en modo justo, es así que
emerge desde sí el “ars celebrandi”, el arte de celebrar. En
este arte no debe haber nada que sea artificial. Si la Liturgia
es una labor central del sacerdote, significa también que la
oración debe ser una realidad prioritaria que hay que aprender
siempre de nuevo y cada vez más profundamente en la escuela de
Cristo y de los santos de todas las épocas. Ya que la Liturgia
cristiana, por su naturaleza es también siempre anuncio, debemos
ser personas que tienen familiaridad con la Palabra de Dios, la
aman y la viven. Sólo entonces podremos explicarla de modo
adecuado. "Servir al Señor" – el servicio sacerdotal significa
precisamente también aprender a conocer al Señor en su Palabra y
hacerlo conocer a todos los que Él nos confía.
Por último, forman parte del servir también otros dos aspectos.
Nadie está tan próximo a su señor como el siervo que tiene
acceso a la dimensión más privada de su vida. En este sentido,
“servir” significa vecindad, requiere familiaridad. Esta
familiaridad conlleva también un peligro: que lo sagrado
continuamente encontrado por nosotros se convierta para nosotros
en algo habitual, con lo cual se apaga el temor reverencial.
Condicionados por todas las costumbres, no percibimos más el
hecho grande, nuevo y sorprendente: que Él mismo está presente,
nos habla, se dona a nosotros. Debemos luchar sin tregua contra
este acostumbramiento a la realidad extraordinaria, contra la
indiferencia del corazón, reconociendo una y otra vez nuestra
insuficiencia y la gracia que hay en el hecho que Él se pone así
en nuestras manos. Servir significa vecindad, pero sobre todo
significa también obediencia. El siervo está bajo la frase “¡no
se haga mi voluntad, sino la tuya!” (Lc 22, 42). Con esta frase,
Jesús ha librado en el Huerto de los Olivos la batalla decisiva
contra el pecado, contra la rebelión del corazón caído. El
pecado de Adán consistió precisamente en el hecho que él quiso
realizar su voluntad y no la de Dios. La tentación de la
humanidad es siempre la de querer ser totalmente autónoma, de
seguir solamente la propia voluntad y de considerar que
solamente así seríamos libres, que solamente gracias a una
similar libertad sin límites el hombre sería completamente
hombre. Pero justamente así nos ponemos en contra de la verdad,
pues la verdad es que nosotros debemos compartir nuestra
libertad con los otros y podemos ser libres únicamente en
comunión con ellos. Esta libertad compartida puede ser verdadera
libertad, sólo si con ella entramos en lo que constituye la
medida misma de la libertad, si entramos en la voluntad de Dios.
Esta obediencia fundamental que forma parte del ser humano - un
ser no desde sí y sólo por sí mismo -, se torna todavía más
concreta en el sacerdote: no nos anunciamos a nosotros mismos,
sino a Él y a su Palabra que no podíamos concebir por nosotros
solos. Anunciamos la Palabra de Cristo en una forma justa sólo
en comunión con su Cuerpo. Nuestra obediencia es un creer con la
Iglesia, un pensar y hablar con la Iglesia, un servir con ella.
En esto se hace presente siempre también lo que Jesús predijo a
Pedro: “serás llevado adonde no quieras”. Este hacerse guiar
hacia donde no queremos es una dimensión esencial de nuestro
servir, y es precisamente lo que nos hace libres. En este ser
guiados, que puede ser contrario a nuestras ideas y proyectos,
experimentamos lo nuevo: la riqueza del amor de Dios.
"Estar delante de Él y servirlo". Jesucristo, como el verdadero
Sumo Sacerdote del mundo, ha otorgado a estas palabras una
profundidad antes inimaginable. Él, que como Hijo era y es el
Señor, ha querido convertirse en ese siervo de Dios que ha
previsto la visión del Libro del profeta Isaías. Ha querido ser
el siervo de todos. Ha representado la totalidad de su sumo
sacerdocio en el gesto del lavado de los pies. Con el gesto del
amor hasta el extremo, Él lava nuestros pies sucios, con la
humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra
soberbia. De este modo nos hace capaces de convertirnos en
comensales de Dios. Él ha descendido, y el verdadero ascenso del
hombre se realiza ahora en nuestro descender con Él y hacia Él.
Su elevación es la Cruz. Es el descenso más profundo y, como
amor impulsado hasta el extremo, es al mismo tiempo la
culminación del ascenso, la verdadera “elevación” del hombre.
"Estar delante de Él y servirLo" significa ahora entrar en su
llamada de siervo de Dios. La Eucaristía como presencia del
descenso y ascenso de Cristo remite de este modo siempre, más
allá de sí misma, a los múltiples modos del servicio del amor al
prójimo. En este día, pidamos al Señor el don de poder decir
nuevamente, en el sentido mencionado, nuestro “sí” a su llamada:
“Aquí estoy. Mándame, Señor” (Is 6, 8). Amén.
3. Jueves Santo. Misa en la Cena del Señor
20 de marzo del 2008
Queridos hermanos y hermanas, san Juan inicia su relato sobre
cómo Jesús lavó los pies de sus discípulos con un lenguaje
particularmente solemne, casi litúrgico. “Antes de la fiesta de
Pascua, Jesús, sabiendo que había llegado su hora de pasar de
este mundo al Padre, luego de haber amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (13, 1). Ha
llegado la “hora” de Jesús, hacia la cual estaba dirigido su
obrar desde el comienzo. San Juan describe con dos palabras lo
que constituye el contenido de esta hora: pasaje (metabainein,
metabasis) y amor /"agape". Las dos palabras se explican
recíprocamente, ambas describen en forma conjunta la Pascua de
Jesús: cruz y resurrección, la crucifixión como elevación, como
“pasaje” a la gloria de Dios, como un “pasar” del mundo al
Padre. No es como si Jesús, luego de una breve visita en el
mundo, ahora simplemente partiese y retornara al Padre. El
pasaje es una transformación: Él lleva consigo su carne, su ser
hombre. Es como si sobre la cruz, en el donarse a sí mismo, Él
se fundiese y transformase en un nuevo modo de ser, en el que
ahora está siempre con el Padre y al mismo tiempo con los
hombres. Transforma la Cruz, el acto de muerte, en un acto de
donación, de amor hasta el extremo. Con esta expresión “hasta el
extremo”, Juan anticipa la última frase de Jesús en la Cruz:
todo ha llegado a su término, “se ha cumplido” (19, 30).
Mediante su amor, la Cruz se convierte en "metabasis",
transformación del ser hombre en el ser partícipe de la gloria
de Dios. En esta transformación, Él nos envuelve a todos
nosotros, atrayéndonos dentro de la fuerza transformadora de su
amor, al punto que en nuestro ser con Él, nuestra vida se
convierte en “pasaje”, en transformación. Así recibimos la
redención, es decir, el ser partícipes del amor eterno, una
condición a la que tendemos con nuestra entera existencia.
Este proceso esencial de la hora de Jesús es representado en el
lavado de los pies, en una especie de acto simbólico profético.
En éste, Jesús pone de manifiesto, precisamente con un gesto
concreto, lo que el gran himno cristológico de la Epístola a los
Filipenses describe como el contenido del misterio de Cristo.
Jesús depone los atuendos de su gloria, se ciñe con el “paño” de
la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los
discípulos y los hace así capaces de acceder al banquete divino
al que Él los invita. En lugar de las purificaciones cultuales y
exteriores que purifican ritualmente al hombre, pero dejándonos
tal como somos, se introduce el baño nuevo: Él nos purifica
mediante su palabra y su amor, mediante la donación de sí mismo.
“Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he anunciado”,
dirá a los discípulos en el discurso sobre la vid (Jn 15, 3). Él
nos lava siempre de nuevo con su palabra. Sí, si acogemos las
palabras de Jesús con una actitud de meditación, de oración y de
fe, ellas desarrollan en nosotros su fuerza purificadora. Día
tras día estamos como cubiertos con una suciedad que reviste
múltiples formas: palabras vacías, prejuicios, una sabiduría
reducida y alterada. Se infiltra continuamente en nuestro ser
íntimo una semifalsedad de múltiples formas o una falsedad clara
y evidente. Todo esto ofusca y contamina nuestra alma, nos
amenaza con la incapacidad para la verdad y para el bien. Si
acogemos las palabras de Jesús con un corazón atento, ellas se
revelan como verdaderos lavados, como purificaciones del alma y
del hombre interior. Es esto a lo que nos invita el pasaje
evangélico del lavado de los pies: que nos dejemos lavar siempre
de nuevo por esta agua pura, hacernos capaces de la comunión
conviviente con Dios y con los hermanos. Pero del costado de
Jesús, luego del golpe de lanza del soldado, salió no sólo agua,
sino también sangre (Jn 19, 34; cf. 1 Jn 5, 6. 8). Jesús no sólo
ha hablado, no sólo nos ha dejado palabras. Él se dona a sí
mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir,
con su donarse “hasta el extremo”, hasta la Cruz. Su palabra es
más que un simple hablar, es carne y sangre “para la vida del
mundo” (Jn 6, 51). En los santos Sacramentos, el Señor se
arrodilla siempre de nuevo delante de nuestros pies y nos
purifica. ¡RecémosLe, a fin de que del baño sagrado de su amor
seamos siempre impregnados más profundamente y así seamos
verdaderamente purificados!
Si escuchamos el Evangelio con atención, podemos vislumbrar en
el acontecimiento del lavado de los pies dos aspectos
diferentes. El lavado que Jesús ofrece a sus discípulos es ante
todo simplemente acción suya – el don de la pureza, de la
“capacidad para Dios” ofrecida a ellos. Pero el don se convierte
luego en un modelo: la tarea de hacer lo mismo los unos por los
otros. Los Padres de la Iglesia han calificado esta duplicidad
de aspectos del lavado de los pies con las palabras "sacramentum"
y "exemplum". En este contexto, "Sacramentum" significa no uno
de los siete sacramentos, sino el misterio de Cristo en su
totalidad, desde la encarnación hasta la cruz y la resurrección.
Esta totalidad se convierte en la fuerza sanadora y
santificadora; la fuerza transformadora para los hombres se
convierte en nuestra "metabasis", en nuestra transformación en
una nueva forma de ser, en la apertura para Dios y en la
comunión con Él. Pero este nuevo ser que Él simplemente nos da,
sin mérito alguno de nuestra parte, debe luego transformarse en
nosotros en la dinámica de una nueva vida. La totalidad de don y
ejemplo, que encontramos en la perícopa del lavado de los pies,
es característica de la naturaleza del cristianismo en general.
En relación con el moralismo, el cristianismo es algo superior y
diferente. Al comienzo no está nuestro hacer, nuestra capacidad
moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se dona a
nosotros, no nos da algo sino que se da a sí mismo. Y esto
acontece no sólo al comienzo, en el momento de nuestra
conversión: Él permanece continuamente como el que dona. Una y
otra vez nos ofrece sus dones y nos precede siempre. Por eso el
acto central del ser cristiano es la Eucaristía: la gratitud por
haber sido gratificados, la alegría por la vida nueva que Él nos
da.
Pero con esto no permanecemos como destinatarios pasivos de la
bondad divina. Dios nos gratifica como “socios” [partner]
personales y vivos. El amor donado es la dinámica del “amar
juntos”, quiere ser en nosotros una nueva vida a partir de Dios.
Así comprendemos la palabra que, al término del relato del
lavado de los pies, Jesús dice a sus discípulos y a todos
nosotros: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a
los otros; como yo los he amado, de la misma manera amaos
también los unos a los otros” (Jn 13, 34). El “mandamiento
nuevo” no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta ahora
no existía. El mandamiento nuevo consiste en amar juntos con
Aquél que nos ha amado primero. Así debemos comprender también
el Sermón de la montaña. Éste no significa que Jesús haya dado
en ese momento preceptos nuevos que representaban exigencias de
un humanismo más sublime que el precedente. El Sermón de la
montaña es un camino de entrenamiento en el identificarse con
los sentimientos de Cristo (cf. Fil 2, 5), un camino de
purificación interior que nos conduce a un vivir juntos con Él.
Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo.
Si consideramos esto, percibimos cuán lejos estamos
frecuentemente en nuestra vida de esta novedad del Nuevo
Testamento; cuán poco damos a la humanidad el ejemplo de amar en
comunión con su amor. En este sentido, quedamos en deuda con
ella respecto a la prueba de credibilidad de la verdad
cristiana, la cual se demuestra en el amor. Precisamente por
esto queremos orar tanto más al Señor para que, mediante su
purificación, nos haga maduros para el nuevo mandamiento.
En el Evangelio del lavado de los pies, el diálogo de Jesús con
Pedro presenta todavía otro detalle de la praxis de la vida
cristiana, a la que, para concluir, queremos dirigir nuestra
atención. En un primer momento, Pedro no quiso dejarse lavar los
pies, pues este trastocamiento del orden, es decir, que el
maestro – Jesús – lave los pies, que el amo asuma el servicio
del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial
hacia Jesús, con su concepto de la relación entre maestro y
discípulo. “No me lavarás jamás los pies”, dice a Jesús con su
pasión habitual (Jn 13, 8). Es la misma mentalidad que, luego de
la profesión de fe en Jesús, Hijo de Dios, en Cesarea de Filipo,
lo había impulsado a oponerse a Él, cuando anticipó la
condenación y la cruz: “¡Esto no te sucederá jamás!”, había
declarado Pedro categóricamente (Mt 16, 22). Su concepto del
Mesías acarreaba una imagen majestuosa, de grandeza divina.
Debía aprender siempre de nuevo que la grandeza de Dios es
diferente de nuestra idea de la grandeza; que aquélla consiste
precisamente en descender, en la humildad del servicio, en la
radicalidad del amor hasta la total auto-inmolación. Y también
debemos aprenderlo siempre de nuevo, porque sistemáticamente
deseamos un Dios del éxito y no de la Pasión; porque no estamos
en condiciones de darnos cuenta que el Pastor viene como Cordero
que se dona y nos conduce así a los pastos apropiados.
Cuando el Señor dice a Pedro que sin el lavado de los pies él no
podría tener parte con Él, inmediatamente Pedro pide con ímpetu
que le sean lavadas también la cabeza y las manos. A
continuación sigue la frase misteriosa de Jesús: “quien se ha
bañado sólo necesita lavarse los pies” (Jn 13, 10). Jesús alude
a un baño que sus discípulos, según las prescripciones rituales,
ya habían llevado a cabo; para la participación en el banquete
solamente era necesario el lavado de los pies. Pero naturalmente
hay oculto en esto un significado más profundo. 'A qué alude? No
lo sabemos con certeza. En todo caso, tengamos presente que el
lavado de los pies, según el sentido de todo el capítulo, no
indica un Sacramento específico particular, sino el "sacramentum
Christi" en su totalidad – su servicio de salvación, su descenso
hasta la cruz, su amor hasta el fin, que nos purifica y nos hace
capaces de Dios. Pero aquí, con la distinción entre el baño y el
lavado de los pies, se hace perceptible además una alusión a la
vida en la comunidad de los discípulos, a la vida en la
comunidad de la Iglesia, una alusión que quizás Juan quiere
transmitir conscientemente a las comunidades de su tiempo. Ahora
parece claro que el baño que nos purifica definitivamente y que
no debe ser repetido es el Bautismo – el estar inmersos en la
muerte y resurrección de Cristo, un hecho que cambia
profundamente nuestra vida, dándonos como una nueva identidad
que se conserva, si no la arrojamos como hizo Judas. Aunque
permanezcamos con esta nueva identidad, por la comunión de vida
con Jesús, tenemos necesidad del “lavado de los pies”. 'Por qué?
Me parece que la Primera Epístola de san Juan nos da la clave
para comprenderlo. En ella se lee: “Si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en
nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, él – que es fiel y
justo – nos perdonará los pecados y nos purificará de toda
culpa” (1, 8 y ss.). Tenemos necesidad del “lavado de los pies”,
del lavado de los pecados de cada día, y por eso tenemos
necesidad de la confesión de los pecados. No sabemos cómo se ha
desarrollado esto precisamente en las comunidades joáneas. Pero
la dirección indicada por las palabras de Jesús a Pedro es
obvia: para ser capaces de participar en la comunidad de vida
con Jesucristo debemos ser sinceros, debemos reconocer que
también pecamos, pese a nuestra nueva identidad de bautizados.
Tenemos necesidad de la confesión, tal como ella toma forma en
el Sacramento de la reconciliación. En éste, el Señor nos lava
siempre de nuevo los pies sucios y nosotros podemos sentarnos a
la mesa con Él.
Pero de este modo asume un nuevo significado también la palabra
con la que el Señor ensancha el "sacramentum", haciéndolo el "exemplum",
un don, un servicio para el hermano: “Si entonces yo, el Señor y
Maestro, he lavado vuestros pies, también vosotros debéis
lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). Debemos lavarnos los
pies unos a otros en el servicio cotidiano recíproco del amor.
Pero debemos lavarnos los pies también en el sentido que siempre
de nuevo nos perdonemos los unos a los otros. La deuda que el
Señor nos ha perdonado es siempre infinitamente más grande que
todas las deudas que otros puedan tener respecto a nosotros (cf.
Mt 18, 21-35). El Jueves Santo nos exhorta a esto: a no dejar
que el rencor hacia el otro se convierta en lo más profundo en
un envenenamiento del alma; nos exhorta a purificar
continuamente nuestra memoria, perdonándonos recíprocamente de
corazón, lavando los pies los unos a los otros, para así poder
ir juntos al banquete de Dios.
El Jueves Santo es un día de agradecimiento y de alegría por el
gran don del amor hasta el extremo que el Señor nos ha hecho.
Queremos orar al Señor en esta hora, a fin de que el
agradecimiento y la alegría se conviertan en nosotros en la
fuerza de amar juntos con su amor. Amén.
4. Viernes Santo. Via Crucis
21 de marzo del 2008
Queridos hermanos y hermanas, también en este año hemos
recorrido el camino de la cruz, el Vía Crucis, volviendo a
evocar con fe las etapas de la pasión de Cristo. Nuestros ojos
han vuelto a contemplar los sufrimientos y la angustia que
nuestro Redentor tuvo que soportar en la hora del gran dolor,
que supuso la cumbre de su misión terrena. Jesús muere en la
cruz y yace en el sepulcro. El día del Viernes Santo, tan
impregnado de tristeza humana y de religioso silencio, se cierra
en el silencio de la meditación y de la oración. Al volver a
casa, también nosotros, como quienes asistieron al sacrificio de
Jesús, nos golpeamos el pecho, evocando lo que sucedió. 'Es
posible permanecer indiferentes ante la muerte del Señor, del
Hijo de Dios? Por nosotros, por nuestra salvación se hizo
hombre, para poder sufrir y morir.
Hermanos y hermanas: dirijamos hoy a Cristo nuestras miradas,
con frecuencia distraídas por disipados y efímeros intereses
terrenos. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz, manantial
de vida y escuela de justicia y de paz, es patrimonio universal
de perdón y de misericordia. Es prueba permanente de un amor
oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre,
vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado.
A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas
las épocas, reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo,
se han convertido en amigos de Dios, hijos del Padre celestial.
«Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el último y
dramático llamamiento a la conversión. «Amigo», llama a cada uno
de nosotros, porque es auténtico amigo de todos nosotros. Por
desgracia, no siempre logramos percibir la profundidad de este
amor sin fronteras que Dios nos tiene. Para Él no hay diferencia
de raza y cultura. Jesucristo murió para liberar a la antigua
humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y
violencia, de la esclavitud del pecado. La Cruz nos hace
hermanos y hermanas.
Pero preguntémonos, en este momento, qué hemos hecho con este
don, qué hemos hecho con la revelación del rostro de Dios en
Cristo, con la revelación del amor de Dios que vence al odio.
Muchos, también en nuestra época, no conocen a Dios y no pueden
encontrarlo en el Cristo crucificado. Muchos están en búsqueda
de un amor o de una libertad que excluya a Dios. Muchos creen
que no tienen necesidad de Dios.
Queridos amigos: Tras haber vivido juntos la pasión de Jesús,
dejemos que en esta noche nos interpele su sacrificio en la
cruz. Permitámosle que ponga en crisis nuestras certezas
humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace
libres para amar. No tengamos miedo: al morir, el Señor destruyó
el pecado y salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros.
El apóstol Pedro escribe: «sobre el madero llevó nuestros
pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados,
viviéramos para la justicia» (I Pedro 2, 24). Esta es la verdad
del Viernes Santo: en la cruz, el Redentor nos ha hecho hijos
adoptivos de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza.
Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.
Cristo, danos la paz que buscamos, la alegría que anhelamos, el
amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es
nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por
nosotros en la cruz y resucitado al tercer día. Amén.
5. Vigilia Pascual
22 de marzo del 2008
Queridos hermanos y hermanas, en su discurso de despedida, Jesús
anunció a los discípulos su inminente muerte y resurrección con
una frase misteriosa: "Me voy y vuelvo a vuestro lado" (Jn
14,28). Morir es partir. Aunque el cuerpo del difunto aún
permanece, él personalmente se marchó hacia lo desconocido y
nosotros no podemos seguirlo (cf. Jn 13,36). Pero en el caso de
Jesús existe una novedad única que cambia el mundo. En nuestra
muerte el partir es una cosa definitiva, no hay retorno. Jesús,
en cambio, dice de su muerte: "Me voy y vuelvo a vuestro lado".
Justamente en su irse, él regresa. Su marcha inaugura un modo
totalmente nuevo y más grande de su presencia. Con su muerte
entra en el amor del Padre. Su muerte es un acto de amor. Ahora
bien, el amor es inmortal. Por este motivo su partida se
transforma en un retorno, en una forma de presencia que llega
hasta lo más profundo y no acaba nunca. En su vida terrena
Jesús, como todos nosotros, estaba sujeto a las condiciones
externas de la existencia corpórea: a un determinado lugar y a
un determinado tiempo. La corporeidad pone límites a nuestra
existencia. No podemos estar contemporáneamente en dos lugares
diferentes. Nuestro tiempo está destinado a acabarse. Entre el
yo y el tú está el muro de la alteridad. Ciertamente, amando
podemos entrar, de algún modo, en la existencia del otro. Queda,
sin embargo, la barrera infranqueable del ser diversos. Jesús,
en cambio, que a través del amor ha sido transformado
totalmente, está libre de tales barreras y límites. Es capaz de
atravesar no sólo las puertas exteriores cerradas, como nos
narran los Evangelios (cf. Jn 20, 19). Puede atravesar la puerta
interior entre el yo y el tú, la puerta cerrada entre el ayer y
el hoy, entre el pasado y el porvenir. Cuando, en el día de su
entrada solemne en Jerusalén, un grupo de griegos pidió verlo,
Jesús contestó con la parábola del grano de trigo que, para dar
mucho fruto, tiene que morir. Con eso predijo su propio destino:
no se limitó simplemente a hablar unos minutos con este o aquel
griego. A través de su Cruz, de su partida, de su muerte como el
grano de trigo, llegaría realmente a los griegos, de modo que
ellos pudieran verlo y tocarlo en la fe. Su partida se convierte
en un venir en el modo universal de la presencia del Resucitado,
en el cual Él está presente ayer, hoy y siempre; en el cual
abraza todos los tiempos y todos los lugares. Ahora puede
superar también el muro de la alteridad que separa el yo del tú.
Esto sucedió con Pablo, quien describe el proceso de su
conversión y Bautismo con las palabras: "vivo yo, pero no soy
yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Mediante la llegada
del Resucitado, Pablo ha obtenido una identidad nueva. Su yo
cerrado se ha abierto. Ahora vive en comunión con Jesucristo, en
el gran yo de los creyentes que se han convertido –como él
define– en "uno en Cristo" (Ga 3, 28).
Queridos amigos, se pone así de manifiesto, que las palabras
misteriosas de Jesús en el Cenáculo ahora –mediante el Bautismo–
se hacen de nuevo presentes para vosotros. Por el Bautismo el
Señor entra en vuestra vida por la puerta de vuestro corazón.
Nosotros no estamos ya uno junto al otro o uno contra el otro.
Él atraviesa todas estas puertas. Ésta es la realidad del
Bautismo: Él, el Resucitado, viene, viene a vosotros y une su
vida a la vuestra, introduciéndoos en el fuego vivo de su amor.
Formáis una unidad, sí, una sola cosa con Él, y de este modo una
sola cosa entre vosotros. En un primer momento esto puede
parecer muy teórico y poco realista. Pero cuanto más viváis la
vida de bautizados, tanto más podréis experimentar la verdad de
esta palabra. Las personas bautizadas y creyentes no son nunca
realmente ajenas las unas para las otras. Pueden separarnos
continentes, culturas, estructuras sociales o también
acontecimientos históricos. Pero cuando nos encontramos nos
conocemos en el mismo Señor, en la misma fe, en la misma
esperanza, en el mismo amor, que nos conforman. Entonces
experimentamos que el fundamento de nuestras vidas es el mismo.
Experimentamos que en lo más profundo de nosotros mismos estamos
enraizados en la misma identidad, a partir de la cual todas las
diversidades exteriores, por más grandes que sean, resultan
secundarias. Los creyentes no son nunca totalmente extraños el
uno para el otro. Estamos en comunión a causa de nuestra
identidad más profunda: Cristo en nosotros. Así la fe es una
fuerza de paz y reconciliación en el mundo: la lejanía ha sido
superada, estamos unidos en el Señor (cf. Ef 2, 13).
Esta naturaleza íntima del Bautismo, como don de una nueva
identidad, está representada por la Iglesia en el Sacramento a
través de elementos sensibles. El elemento fundamental del
Bautismo es el agua; junto a ella está, en segundo lugar, la luz
que, en la Liturgia de la Vigilia Pascual, destaca con gran
eficacia. Echemos solamente una mirada a estos dos elementos. En
el último capítulo de la Carta a los Hebreos se encuentra una
afirmación sobre Cristo, en la que el agua no aparece
directamente, pero que, por su relación con el Antiguo
Testamento, deja sin embargo traslucir el misterio del agua y su
sentido simbólico. Allí se lee: "El Dios de la paz, hizo subir
de entre los muertos al gran pastor de las ovejas, nuestro Señor
Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna" (cf. 13,
20). En esta frase resuena una palabra del Libro de Isaías, en
la que Moisés es calificado como el pastor que el Señor ha hecho
salir del agua, del mar (cf. 63, 11). Jesús aparece como el
nuevo y definitivo Pastor que lleva a cabo lo que Moisés hizo:
nos saca de las aguas letales del mar, de las aguas de la
muerte. En este contexto podemos recordar que Moisés fue
colocado por su madre en una cesta en el Nilo. Luego, por
providencia divina, fue sacado de las aguas, llevado de la
muerte a la vida, y así –salvado él mismo de las aguas de la
muerte– pudo conducir a los demás haciéndolos pasar a través del
mar de la muerte. Jesús ha descendido por nosotros a las aguas
oscuras de la muerte. Pero en virtud de su sangre, nos dice la
Carta a los Hebreos, ha sido arrancado de la muerte: su amor se
ha unido al del Padre y así desde la profundidad de la muerte ha
podido subir a la vida. Ahora nos eleva de la muerte a la vida
verdadera. Sí, esto es lo que ocurre en el Bautismo: Él nos
atrae hacía sí, nos atrae a la vida verdadera. Nos conduce por
el mar de la historia a menudo tan oscuro, en cuyas confusiones
y peligros corremos el riesgo de hundirnos frecuentemente. En el
Bautismo nos toma como de la mano, nos conduce por el camino que
atraviesa el Mar Rojo de este tiempo y nos introduce en la vida
eterna, en aquella verdadera y justa. ¡Apretemos su mano! Pase
lo que pase, ¡no soltemos su mano! De este modo caminamos sobre
la senda que conduce a la vida.
En segundo lugar está el símbolo de la luz y del fuego. Gregorio
de Tours narra la costumbre, que se ha mantenido durante mucho
tiempo en ciertas partes, de encender el fuego para la
celebración de la Vigilia Pascual directamente con el sol a
través de un cristal: se recibía, por así decir, la luz y el
fuego nuevamente del cielo para encender luego todas las luces y
fuegos del año. Esto es un símbolo de lo que celebramos en la
Vigilia Pascual. Con la radicalidad de su amor, en el que el
corazón de Dios y el corazón del hombre se han entrelazado,
Jesucristo ha tomado verdaderamente la luz del cielo y la ha
traído a la tierra –la luz de la verdad y el fuego del amor que
transforma el ser del hombre. Él ha traído la luz, y ahora
sabemos quién es Dios y cómo es Dios. Así también sabemos cómo
están las cosas respecto al hombre; qué somos y para qué
existimos. Ser bautizados significa que el fuego de esta luz ha
penetrado hasta lo más íntimo de nosotros mismos. Por esto, en
la Iglesia antigua se llamaba también al Bautismo el Sacramento
de la iluminación: la luz de Dios entra en nosotros; así nos
convertimos nosotros mismos en hijos de la luz. No queremos
dejar que se apague esta luz de la verdad que nos indica el
camino. Queremos preservarla de todas las fuerzas que pretenden
extinguirla para arrojarnos en la oscuridad sobre Dios y sobre
nosotros mismos. La oscuridad, de vez en cuando, puede parecer
cómoda. Puedo esconderme y pasar mi vida durmiendo. Pero
nosotros no hemos sido llamados a las tinieblas, sino a la luz.
En las promesas bautismales encendemos, por así decir,
nuevamente, año tras año esta luz: sí, creo que el mundo y mi
vida no provienen del azar, sino de la Razón eterna y del Amor
eterno; han sido creados por Dios omnipotente. Sí, creo que en
Jesucristo, en su encarnación, en su cruz y resurrección se ha
manifestado el Rostro de Dios; que en Él Dios está presente
entre nosotros, nos une y nos conduce hacia nuestra meta, hacia
el Amor eterno. Sí, creo que el Espíritu Santo nos da la Palabra
verdadera e ilumina nuestro corazón; creo que en la comunión de
la Iglesia nos convertimos todos en un solo Cuerpo con el Señor
y así caminamos hacia la resurrección y la vida eterna. El Señor
nos ha dado la luz de la verdad. Esta luz es también al mismo
tiempo fuego, fuerza de Dios, una fuerza que no destruye, sino
que quiere transformar nuestros corazones, para que nosotros
seamos realmente hombres de Dios y para que su paz actúe en este
mundo.
En la Iglesia antigua existía la costumbre de que el Obispo o el
sacerdote después de la homilía exhortara a los creyentes
exclamando: "Conversi ad Dominum" –volveos ahora hacia el Señor.
Eso significaba ante todo que ellos se volvían hacia el Este –en
la dirección del sol naciente como señal del retorno de Cristo,
a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía.
Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su mirada
a la imagen de Cristo en el ábside o a la Cruz, para orientarse
interiormente hacia el Señor. Porque, en definitiva, se trataba
de este hecho interior: de la conversio, de dirigir nuestra alma
hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios viviente, hacia
la luz verdadera. A esto se unía también otra exclamación que
aún hoy, antes del Canon, se dirige a la comunidad creyente: "Sursum
corda" –levantemos el corazón, fuera de la maraña de todas
nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras
angustias, de nuestra distracción– levantad vuestros corazones,
vuestra interioridad. Con ambas exclamaciones se nos exhorta de
alguna manera a renovar nuestro Bautismo: Conversi ad Dominum
–siempre debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los
que tan a menudo nos movemos con nuestro pensamiento y obras.
Siempre tenemos que dirigirnos a Él, que es el Camino, la Verdad
y la Vida. Siempre hemos de ser "convertidos", dirigir toda la
vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea
sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y
levantarlo interiormente hacia lo alto: en la verdad y el amor.
En esta hora damos gracias al Señor, porque en virtud de la
fuerza de su palabra y de los santos Sacramentos nos indica el
itinerario justo y atrae hacia lo alto nuestro corazón. Y lo
pedimos así: Sí, Señor, haz que nos convirtamos en personas
pascuales, hombres y mujeres de la luz, colmados del fuego de tu
amor. Amén.
6. Domingo de Pascua
23 de marzo del 2008
"Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy
siempre contigo. ¡Aleluya!". Queridos hermanos y hermanas,
Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio
gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y
gratitud.
"Resurrexi et adhuc tecum sum – He resucitado y aún y siempre
estoy contigo". Estas palabras, entresacadas de una antigua
versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa
Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia
reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte,
colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre
mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo
estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca. Así
también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del
Salmo: "Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el
abismo, allí te encuentro... Por que ni la tiniebla es oscura
para ti, la noche es clara como el día; para ti las tinieblas
son como luz" (Sal 138, 8.12). Es verdad: en la solemne vigilia
de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el
paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del
Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor
insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la
esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la
historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a
la vida del hombre.
"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras
nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar
en nuestro corazón su voz. Con su sacrificio redentor Jesús de
Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora
podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso
entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus
oyentes: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al
Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). En esta
perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús
resucitado al Padre, – "Estoy aún y siempre contigo" – nos
concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y
coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus
sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17). Gracias
a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros
resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya
proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios,
nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso.
Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El
acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es
esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que
entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que
se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor
del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su
cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que "vuelve
a abrazar" al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que
con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra
humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir
la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es
un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir
rechazando el odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las
huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al
Redentor "manso y humilde de corazón", que es descanso para
nuestras almas (cf. Mt 11,29).
Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo,
hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad:
que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor
redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es
nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano.
Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al
Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como
testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con
vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20).
Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo
transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del
sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen
ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus
llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la
misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es
quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien
defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos,
quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de
alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en
lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a
Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la
respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a
Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica
comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia
y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la
humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, "fuimos
salvados" (cf. Rm 8,24)
Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos,
están marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la
violencia, en vez de estarlo por el amor. Son las llagas de la
humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del
planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente
escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de
innumerables hermanos y hermanas nuestros. Éstas esperan obtener
alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor
resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos,
siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor,
se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en
su alrededor signos luminosos de esperanza en los lugares
ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad
de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El
anhelo es que precisamente allí se multipliquen los testimonios
de benignidad y de perdón.
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz
deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera
confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del
misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en
nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las
partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de
modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y
Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en
Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet,
regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que
salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los
dones pascuales por intercesión de María que, tras haber
compartido los sufrimientos de la Pasión y crucifixión de su
Hijo inocente, ha experimentado también la alegría inefable de
su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo,
sea Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la
solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis anhelos
pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los
hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con
nosotros a través de la radio y de la televisión. ¡Feliz Pascua!
__________
Todas las homilías de Benedicto XVI, año por año, en el sitio
web del Vaticano:
> Homilías
__________
En esta página de www.chiesa, las homilías de Benedicto XVI en
la semana santa del 2007:
> Pascua en Roma: las homilías secretas del
sucesor de Pedro (11.4.2007)
__________
Los textos del Vía Crucis papal del viernes santo, escritos por
el cardenal Joseph Zen Ze-kiun, obispo de Hong Kong:
> Vía Crucis
__________
La noche del sábado 22 de marzo del 2008, durante la vigilia
pascual en San Pietro, Benedicto XVI bautizó a 7 nuevos
cristianos, 5 mujeres y 2 hombres, provenientes de Italia,
Camerún, de China, de los Estados Unidos y del Perú.
Entre estos había un convertido del Islam, Magdi Allam, 56 años,
nacido en Egipto y ciudadano italiano, escritor y periodista de
fama, subdirector “ad personam” del “Corriere della Sera”.
Poco antes del rito, el padre Federico Lombardi, director de la
sala de prensa de la Santa Sede, declaró:
“Para la Iglesia católica cada persona que pide recibir el
bautismo después de una profunda búsqueda personal, una elección
plenamente libre y una adecuada preparación, tiene el derecho de
recibirlo.
"Por su parte, el Santo Padre administra el Bautismo en el curso
de la liturgia pascual a los catecúmenos que les han sido
presentados, sin hacer ‘diferencia entre personas’, o sea
considerándolos a todos igualmente importantes frente al amor de
Dios y bienvenidos en la comunidad de la Iglesia”.
Al bautismo de Magdi Allam www.chiesa dedicará pronto un
servicio.
__________
Traducción en español de
José
Arturo Quarracino, Buenos Aires,
Argentina, y de Juan Diego Muro, Lima, Perú.
25.3.2008