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José F. Serrano Oceja.- Jean François Revel, en su libro El conocimiento inútil, responsabiliza a los intelectuales de la decadencia de la civilización de Occidente, y sitúa entre ellos a los profesores y maestros, singularmente a los de la Enseñanza Media y Secundaria cuya influencia es decisiva. La enseñanza puede situarse en el debido plano informativo o puede convertirse en plataforma de adoctrinamiento ideológico. Revel denuncia tres operaciones del dirigismo cultural que han contribuido decisivamente a la traición de los intelectuales: el lavado de cerebro por medio de la mentira y la deformación de los hechos en los textos escolares; la batalla declarada a la memoria y al libro de texto; y la guerra a la excelencia. Vivimos en los tiempos de mutaciones permanentes definidos por Julien Benda como de la traición de los clérigos, es decir, de los intelectuales. No es tarea fácil la de la definición de lo intelectual, del intelectual, más allá de tautologías al uso. Podemos acercarnos, con el sabor de la historia y con permiso de Wolf Lepenies, a una definición del intelectual que, según el decir de Edgar Morin, debe ser mucho más genética que estadística. Los intelectuales constituyen más un movimiento que un estado. La noción de intelectual corresponde no tanto a una profesión en sí misma como a un papel en la sociedad. El intelectual emerge sobre un fondo cultural y bajo una forma de papel político-social. No podemos hablar de lo intelectual ni de los intelectuales sin hablar de la cultura. La cultura puede ser descrita como el modo con que un grupo humano comprende el mundo, el hombre y su destino, el trabajo, la diversión, el arte, la técnica y el comercio. La cultura es la matriz psicosocial que una colectividad se crea, consciente o inconscientemente, para interpretar su historia pasada, para planear el futuro, para comunicar, para celebrar, para crear. Es, por lo tanto, un patrimonio de valores, transmitido de generación en generación, con un sello de originalidad que cualifica y localiza un grupo humano en su modo de comportarse, de pensar, de juzgar; en una palabra: de vivir. En la España de la complejidad por sistema y de la desintegración por empeño político, nuestro fondo de cultura y nuestro rol político-social, presupuestos de la expresión de lo intelectual católico y de la propuesta para una regeneración de nuestra sociedad nacen de la comprensión cristiana de la existencia de la vida. Una cosmovisión que tiene los siguientes horizontes de tarea y de misión: recuperar la significación en el orden teológico y antropológico para la vida individual, con especial incidencia en la defensa de la vida; devolver la dignidad objetiva del hecho religioso, al tiempo que redescubrir la fecundidad que el acontecimiento católico y sus expresiones tiene y ha tenido. La propuesta cristiana no lo es primera ni principalmente una propuesta de buena voluntad, sino primordialmente de buena inteligencia. Le oí una vez a Vintilia Horia decir que los caballeros de nuestro tiempo eran los que cabalgaban sobre las grandes ideas. Al inicio del verano se ha celebrado en la muy noble y leal ciudad de Santander, organizado por la Asociación Católica de Propagandistas, un curso sobre el papel de los intelectuales católicos. Una semana intensa de trabajo bajo la atenta mirada de los maestros en la historia que nos ha permitido ejercitar la memoria y renovar la conciencia sobre la función de los intelectuales en la sociedad y en la cultura hodierna. En el seminario de Monte Corbán, lugar que en el que se escuchó por primera vez, de boca de Ángel Herrera Oria, disertar sobre la necesidad de una Universidad Católica en España, resonaban aún las palabras del que fuera segundo presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, en Loyola el 4 de septiembre de 1943, Fernando Martín-Sánchez Juliá: “Sed señores del pensamiento, porque si lo sois nuncios faltarán súbditos para la acción”. ¿Qué quiere decir esto? Repito con nuestro segundo presidente: “Poseer ideas altas y claras. Ideas elevadas y claras por el estudio individual, por el estudio colectivo y por la reflexión. Ideas altas y claras sobre los problemas que pueden preocupar a la sociedad en que vivís. Sin ideas altas en vosotros, elementos directores; sin ideas claras en vosotros, elementos rectores de la sociedad, vuestro apostolado será infecundo, como no habría ríos caudalosos en los valles si no hubiese en las altas cumbres de las montañas nieve que apostólicamente se derritiera”. * José Francisco Serrano Oceja es decano de la Facultad de
Humanidades
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