Sentido
divino del andar terreno de Jesús
Porque hemos de reproducir, en la nuestra,
la vida de Cristo, conociendo a Cristo: a fuerza de leer
Jesús, creciendo y viviendo como uno de
nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y
ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas
verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años
de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos
los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol.
Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección,
porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la
de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.
Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri
filius[1][1], el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años
de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende:
¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya,
la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae[2][2], el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba
realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las
cosas[3][3].
Como cualquier otro suceso de su vida, no
deberíamos jamás contemplar esos años ocultos de Jesús sin sentirnos afectados,
sin reconocerlos como lo que son: llamadas que nos dirige el Señor, para que
salgamos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad. El Señor conoce nuestras
limitaciones, nuestro personalismo y nuestra ambición: nuestra dificultad para
olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos a los demás. Sabe lo que es no
encontrar amor, y experimentar que aquellos mismos que dicen que le siguen, lo
hacen sólo a medias. Recordad las escenas tremendas, que nos describen los
Evangelistas, en las que vemos a los Apóstoles llenos aún de aspiraciones
temporales y de proyectos sólo humanos. Pero Jesús los ha elegido, los mantiene
junto a El, y les encomienda la misión que había recibido del Padre.
También a nosotros nos llama, y nos
pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem, quem ego
bibiturus sum?[4][4]: ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz -este cáliz de la
entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre- que yo voy a beber? Possumus![5][5]; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de
Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la
voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o
seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad,
a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de
cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la
ocasión de rectificar.
Es necesario empezar por convencerse de
que Jesús nos dirige personalmente estas preguntas. Es El quien las hace, no
yo. Yo no me atrevería ni a planteármelas a mí mismo. Estoy siguiendo mi
oración en voz alta, y vosotros, cada uno de nosotros, por dentro, está
confesando al Señor: Señor, ¡qué poco valgo, qué cobarde he sido tantas veces!
¡Cuántos errores!: en esta ocasión y en aquélla, y aquí y allá. Y podemos
exclamar aún: menos mal, Señor, que me has sostenido con tu mano, porque me veo
capaz de todas las infamias. No me sueltes, no me dejes, trátame siempre como a
un niño. Que sea yo fuerte, valiente, entero. Pero ayúdame como a una criatura
inexperta; llévame de tu mano, Señor, y haz que tu Madre esté también a mi lado
y me proteja. Y así, possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte
apor modelo.
No es presunción afirmar possumus!
Jesucristo nos enseña este camino divino y nos pide que lo emprendamos, porque
El lo ha hecho humano y asequible a nuestra flaqueza. Por eso se ha abajado
tanto. Este fue el motivo por el que se abatió, tomando forma de siervo
aquel Señor que como Dios era igual al Padre; pero se abatió en la majestad y
potencia, no en la bondad ni en la misericordia[6][6].
La bondad de Dios nos quiere hacer fácil
el camino. No rechacemos la invitación de Jesús, no le digamos que no, no nos
hagamos sordos a su llamada: porque no existen excusas, no tenemos motivo para
continuar pensando que no podemos. El nos ha enseñado con su ejemplo. Por
tanto, os pido encarecidamente, hermanos míos, que no permitáis que se os haya
mostrado en balde un modelo tan precioso, sino que os conforméis a El y os
renovéis en el espíritu de vuestra alma[7][7].
¿Veis qué necesario es conocer a Jesús,
observar amorosamente su vida? Muchas veces he ido a buscar la definición, la
biografía de Jesús en