Y una vez escrito el título del presente artículo me
ponga a considerar los mil entuertos de la vida. ¡Son
tantas las dificultades y los sinsabores! ¡Son tantos
los problemas cotidianos! Puede que quejarse no
resulte muy elegante y todo eso, pero no hacemos otra
cosa. Te despiertas y antes de haber puesto un pie en
el suelo ya algo te viene a la cabeza. ¡Mierda! El
sueño no ha borrado las evidencias. Todo sigue igual.
El día es nuevo, es otro, pero no hay cristiano que
tenga tanta paciencia. Con lo que sea. Con el marido o
con la mujer, con los díscolos hijos (o pánfilos,
según sea el caso), con las mil gestiones del alma,
con la empresa de telefonía, con los impuestos, con
las coladas, con las cábalas de los colegios, con
esos dolores o enfermedades, con el gobierno, con esa
angustia económica… Te levantas y sólo falta que
alguien te diga que no haces nada, o similar. Salen de
estampida las palabras. O te callas rotundo. O piensas
(lo pensamos con frecuencia): Que me dejen en paz de
una puñetera vez, que salgan todos de escena. El prójimo,
el prójimo. A paseo con el prójimo. Quieres respirar
un poco. Pero la vida no para (por ahora contigo
dentro) y cuanto más te rebelas más amargo puede ser
el trago. ¡Qué desgana! Te vuelves gruñón o apático
o escéptico o maniático del ego.
Vista la vida así da pena. Damos pena. Doy pena. O
asco. Es deprimente salir a la calle con el alma
triste, enclaustrado en un gesto adusto e
impertinente. Aunque la persona no se sea del todo
consciente de su alma. Te devanas lo sesos, piensas
mal de todo (y de casi todos), das pábulo a mentiras,
ansías más de lo que tienes, no te conformas… Y es
que estamos enfermos del alma, creyendo que vivimos
por y para nosotros mismos, que la vida sólo es por
fuera. O que la vida puede vivirse con un ridículo
esfuerzo o a cargo del presupuesto o mediante
chapuzas. Pensamos que la alegría nace por generación
espontánea o es fruto de la compraventa. Y poco a
poco vamos quitando a Dios de nuestras vidas. Aunque
nos tengamos por muy píos Dios pierde terreno en el día
a día. ¿O no? No nos lo acabamos de creer. Ponemos más
empeño en cualquier antojo o apetencia. Nos vamos
creando necesidades sin fin o nos enfadamos por
cualquier pirueta de la Providencia. La que sea. ¡Qué
a disgusto vivimos! Al menos es lo que parece.
Hablamos a gritos o con displicencia. Hasta lo más
querido se nos hace insufrible. Y lo mejor nos importa
un bledo. Y vivimos -y morimos- entre eufemismos. Y
todo es relativo. ¿Y Dios? ¿También es relativo?
Sin Dios, o tomándonos a Dios en vano, la vida es un
asco. O bien podemos utilizar cualquier otra palabra.
¿Prefieren pena, o tristeza, o cambalache o paripé?
Pero el asunto es el mismo. La vida desnuda de Dios es
un frío atroz, te pongas como te pongas o aunque la
vistas de seda. No hay Ley, no hay referencia. La vida
sin Dios no tiene ritmo, y nos deja huérfanos de
alma, y hasta de vida. Sin Dios la metafísica es una
bobada, y la física un engranaje en busca de autor y
de mantenedor. Sin Dios se confunde la belleza con
vete tú a saber que mezcolanza de fantasmagorías u
ocurrencias. Sin Dios, decidme, sin Dios ¿qué
narices es la vida? ¿Qué explicación podemos dar
para todo esto que amanece cada día? Sin Dios la vida
es un pin, pan, pun, como salta a la vista. ¿Quién
la respeta? Se vende al mejor postor. ¿Quién aguanta
una existencia así, sin meollo, sin esa íntima
esperanza, que no inercia? El amor de Dios es la
Fuerza, el Color, el Gozo, el Sentido, la Poesía. De
ese Amor mana la gracia que nos convierte y resucita y
alienta.