29 de Octubre
SAN NARCISO
Obispo de Jerusalén de Jerusalén, 222
La fecha de la celebración de la Pascua fue uno de los temas más candentes y polémicos en los primeros siglos de la Iglesia. Y en realidad aún sigue sin resolverse. Pues el año 2001, que coincidió la fecha, y todas las iglesias cristianas la celebraron el mismo día ‑15 de abril‑, se pensaba que era la oportunidad para ponerse de acuerdo todos los cristianos ‑ortodoxos, protestantes y católicos‑ para celebrar la Pascua conjuntamente en el mismo día, pero nada se ha resuelto, quedando las cosas como estaban. Celebrar la Pascua de Resurrección del Señor en una misma fecha todos los años, por todas las iglesias cristianas, sería de un altísimo significado, pues así se daría un gran paso hacia la unidad, tan deseada por Cristo, y seria un ejercicio práctico de ecumenismo concreto.
Desde un principio la Iglesia descubrió la importancia de celebrar la Pascua, es decir, la Resurrección del Señor, y su celebración se generalizó pronto en todas las Iglesias. Pero no se logró, a pesar de muchos intentos, que se celebrara en la misma fecha. Mientras en Roma y en las Iglesias de Occidente se celebraba el domingo siguiente al 14 de Nissán (día y mes hebreo en que Cristo murió en la cruz), es decir, en el primer plenilunio del equinocio de primavera (22 de marzo‑25 de abril), en las Iglesias de Oriente se celebraba el mismo 14 de Nissán. La confusión se produce porque hay años que la diferencia de fechas es de varias semanas, y mientras los católicos ya estamos en tiempo pascual, los ortodoxos aún no han celebrado el Viernes Santo. También los intentos de solución vienen de lejos. Ya San Policarpo, obispo de Esmirna, intentó arreglarlo con el papa Aniceto (155‑166), pero no llegaron a un acuerdo; más tarde, el papa Víctor I (189‑199) se tomó muy a pecho el asunto y ordenó que para solucionarlo se celebrasen sínodos en Roma, las Galias, Asia Menor y Palestina. Pero los de Asia Menor defendieron con tesón su tradición con el obispo de Éfeso, Policrates, al frente, llegando casi a crear un cisma, que no se llegó a producir gracias a la intervención de San Ireneo, obispo de Lyon, ante el papa Victor I.
Toda esta introducción viene a cuento porque precisamente San Narciso, obispo de Jerusalén, presidió el sínodo de Palestina, que decidió aceptar la fecha de Pascua que mantenía Roma. Así nos lo cuenta Eusebio de Cesarea, que escribió a principios del siglo IV una Hístoria Eclesíástica en la que dedica un capítulo entero a San Narciso, decimoquinto obispo de Jerusalén, y especialmente a los milagros que se le atribuían, como el de convertir agua en aceite para alimentar las lámparas de la iglesia. Por Eusebio sabemos esto y además que presidió el sínodo en el que se decidió, entre otras cosas, que en Palestina la Pascua se celebrara en la misma fecha que la celebraba la iglesia de Roma. Pero no a todos gustó esta resolución, por lo que algunos quisieron quitárselo de en medio, difundiendo una acusación infamante contra él. Esta acusación consistía en divulgar que había jurado en falso. Narciso no creyó oportuno ni disculparse ni defenderse para no dividir a la comunidad y optó por desaparecer, retirándose a vivir como eremita en el desierto de Judá. Los cristianos de Jerusalén, creyéndole muerto, eligieron un nuevo obispo, pero, trascurridos muchos años de su desaparición, volvió a aparecer en la comunidad, que se alegró mucho al verle y algunos le pidieron que volviera a ser el obispo de Jerusalén. Narciso aceptó, pero quiso tener junto a sí como obispo coadjutor a su amigo Alejandro, a quien le confió el cuidado pastoral de los fieles y que ya era obispo en Capadocia y, al final, murió mártir en Jerusalén durante la persecución de Decio (249‑251).
Por una carta de este Alejandro a los cristianos de Antinoe (Egipto) sabemos que Narciso tuvo una gran longevidad, pues escribe: «Os saluda Narciso, mi antecesor en esta sede episcopal y ora conmigo con el mismo rango que yo. Ha cumplido ciento dieciséis años y os exhorta como yo a la concordia».
RAFAEL DEL OLMO, O.S.A.