¿Sobra alguien en la Iglesia?
En mi opinión, se trata, en gran medida, de lo que la teología clásica llamaría una cuestión de verbis, es decir, una cuestión que depende fundamentalmente del sentido que damos a las principales palabras utilizadas. Para discernir si alguien “sobra en la Iglesia", resulta esencial definir lo que se quiere decir con “sobrar”. Es tan importante definir este término que, como veremos, según como se defina, el resultado puede ser que nadie sobra en la Iglesia, que hay personas que sobran en ella o, incluso, que todos sobramos en la Iglesia. 1) Un sentido de la palabra “sobrar” equivale a “no ser necesario”. Lo esencial nunca sobra, lo accesorio sí. De esta forma, por ejemplo, dijo el Señor de aquella pobre viuda: los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir. Aunque pueda resultar sorprendente o incluso escandaloso, en este primer sentido de la palabra, todos sobramos en la Iglesia. Nadie tiene derecho a pertenecer a la Iglesia, que es un don sobrenatural de Dios. Es decir, no es algo que podamos exigir ni que nos corresponda por naturaleza. Por eso mismo, no es algo que esté en nuestra mano conseguir por nuestras propias fuerzas. Ninguno de nosotros puede salvarse a sí mismo. La persona más virtuosa del mundo, sin el regalo de la fe y del bautismo no puede pertenecer a la Iglesia. Este primer punto es especialmente importante para que comprendamos nuestro papel en la Iglesia. Nadie es imprescindible, excepto Jesucristo. Desde el Papa hasta el último monaguillo somos invitados en la Iglesia y no sus dueños ni sus constructores.
Creo que, a este respecto, lo mejor que podemos hacer es escuchar lo que dice la Escritura: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Por lo tanto, Dios quiere que todos lleguen a formar parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ya sea en esta vida o en la otra. Teniendo en cuenta la voluntad salvífica universal de Dios, nadie “sobra” en la Iglesia en el sentido de que sería mejor que no perteneciese a ella. Decir eso sería contrario a la voluntad de Dios y a su infinita misericordia. Es raro que esto se niegue en general (excepto entre los calvinistas), pero, en la práctica, lo negamos a pequeña escala muchas veces. Dada nuestra casi infinita estupidez humana, es frecuente que, en las parroquias o en los pequeños grupos o comunidades eclesiales, nos permitamos juzgar a los demás hermanos. Es grande la tentación de pensar: ¿Para qué sirve que A o B vengan aquí, si nunca hacen nada y no colaboran ni participan? No hacen más que molestar, ¿no sería mejor que no estuviesen? Son una carga para todos, qué descanso sería si se fueran… e infinitas variaciones. Al actuar así, olvidamos precisamente lo que hemos visto en el primer punto: los cristianos somos invitados en la Iglesia y no dueños. El hecho de que alguien sea bueno, cumplidor, perfecto, comprometido, solidario, piadoso o cualquier otra cosa no le da derecho a pertenecer a la Iglesia ni, mucho menos, a pensar que los menos buenos, cumplidores, perfectos, comprometidos, solidarios o piadosos tienen menos derecho a permanecer en ella. ¿Qué invitado tendría la desfachatez de echar a otro invitado de la fiesta, como si fuese el mismo dueño? Por lo tanto, es Dios quien llama y no nosotros. Es él quien ha elegido las personas que están a tu lado en tu parroquia, en tu grupo, en tu comunidad o en tu blog. Y, por eso mismo, son exactamente las que tú necesitas para convertirte, para encontrarte verdaderamente con Dios. Es muy probable que necesites que alguien desafine a tu lado, para que la belleza de la música no te haga olvidar de que estás adorando a Dios. Puede que sea necesario que un chico que nunca atiende pregunte tonterías en la catequesis que impartes, para que recuerdes que el único Maestro es Jesucristo y no tú. Quizás Dios haya puesto en tu parroquia a esa persona que siempre te hace la vida imposible por envidia o rencor, precisamente para que aprendas a amar a tus enemigos a imitación de tu Señor en la cruz… también de esto hay infinitas variaciones.
Conviene, a este respecto, disipar un malentendido que surge a veces con respecto a lo que es una excomunión. Cuando la Iglesia excomulga a alguien, no le está privando de nada, sino declarando públicamente que, por sus actos, se ha colocado fuera de la comunión de la Iglesia. En ese sentido, resulta totalmente contraproducente que esa persona intente engañarse a sí misma o a los demás pretendiendo que su comportamiento es compatible con ser católico. Esto no sucede solamente con las excomuniones, que son algo excepcional, sino también cuando alguien vive en pecado mortal sin arrepentirse de ello. En esa situación, no puede recibir ningún sacramento lícitamente y no porque la Iglesia le prive de sus sacramentos, sino porque, por su propia situación, se auto-excluye libre y voluntariamente de la gracia de Dios. Si, en esa situación, se acerca a comulgar o a recibir otro sacramento, se estará engañando a sí mismo y escandalizando a los demás. No sólo no obtendrá nada bueno de ello, sino que, al contrario, se estará perjudicando aún más. En estos casos, se podría quizá decir, coloquialmente, que una persona sobra en la Iglesia, pero sin olvidar que lo que sobra no es la pertenencia de esa persona a la Iglesia (nos está vedado sugerir siquiera algo así por lo que hemos visto en el segundo apartado). Lo que verdaderamente sobra es la apariencia ficticia de una comunión con la Iglesia que, realmente, no existe. Es decir, lo que sobra es el autoengaño o el intento de engañar a los demás. Las consecuencias del autoengaño son terribles. No olvidemos las durísimas palabras del propio Cristo: No son los que me dicen: “Señor, Señor", los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?". Entonces yo les manifestaré: “No os conozco; apartaos de mí, ustedes, autores de iniquidad”. Por favor, cuando me engañe a mí mismo, que la Iglesia me lo diga. Cualquier cosa menos oír esas palabras de la boca de Cristo. Si un médico abortista, por ejemplo, afirma que es católico e incluso se permite la desfachatez de ir a comulgar los domingos, necesita que le digan la verdad. Necesita que la Iglesia le anuncie, con caridad pero con firmeza, que por su gravísima forma de actuar se ha separado de la comunión de la Iglesia y que acabar con la vida de niños inocentes e indefensos es totalmente incompatible con la gracia de Dios, que es la vida misma de la Iglesia. Este tipo de advertencias, dirigidas a una persona por parte de la Iglesia o de los hermanos, deben ser siempre de tipo medicinal. Es decir, deben estar dirigidas a que la persona que las reciba sea consciente de su situación para poder remediarla, ya que sólo se puede curar una enfermedad cuando el enfermo sabe que lo está. Es la Verdad la que nos hace libres. Si, en cambio, están motivadas por el enfado, la impaciencia, la soberbia de creerse mejor que otros o el deseo de evitar problemas, serán contraproducentes, porque la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere. Así pues, como hemos visto, en el contexto de la pertenencia a la Iglesia se puede utilizar el término “sobrar” en tres sentidos diferentes, con resultados totalmente distintos. Estos tres sentidos diferentes (dos de los cuales, al menos, se utilizaban indistintamente en la discusión de ayer) pueden dar lugar a multitud de confusiones si no precisamos a qué nos referimos exactamente. Como regla general, pues, conviene precisar todo lo posible lo que se dice al hablar de este tema, para no meter la pata. Sin embargo, en mi opinión, si es necesario ser imprecisos, por falta de tiempo o por exigencias de la situación, creo que siempre es mejor ser imprecisos en el sentido que resalte la misericordia de Dios y recordar que las puertas de la Iglesia siempre están abiertas, como esperaba sin cansarse el Padre del hijo pródigo, al igual que permanecen eternamente abiertos los brazos de Cristo crucificado y de la misma forma que siempre se dará el Espíritu Santo a aquellos que lo pidan. |