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Sobre Voltaire y Tierno Galván, dos
feroces enemigos de la fe |
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Actualizado 18
febrero 2010
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Escribir sobre la fe y la conversión te hace plantearte
cosas que de otra manera no te plantearías, o al menos
no con la asiduidad con la que lo hago ahora. A ello se
une la dificultades por las que está pasando la Iglesia
Católica hoy día, lo que no es otra cosa que la
demostración de que el enemigo anda revuelto y le
encanta crear división, sobre todo cuando podemos
comprobar que el Espíritu Santo anda realmente
ajetreado moviendo corazones.
Por ello me dio por pensar que ante la fe caben varias
posturas por parte de los creyentes: los hay que creen
por fe pura y dura, para algunos se trataría de la
“fe del carbonero” pero personalmente me merece
todos los respetos; otros apoyan esa fe en la razón,
pero la compaginan con la aceptación de que el Misterio
es el Misterio y mucha parte de su vida como creyentes
la apoyan en la sola fe; y en tercer lugar tenemos
aquellos que a todo quieren dar una conclusión
“razonada”, que me expliquen a mí cómo puedes
llegar a explicar la Trinidad por la sola razón, o más
aún, ¿cómo puede alguien explicar que Dios se hizo
Hombre y murió en una Cruz por nosotros? No hay manera
razonable. Últimamente estoy leyendo cosas de
apologetas de la Iglesia que debo reconocer que me dejan
perpleja, porque detrás te tanto razonamiento,
legalidad, teología, filosofía,... Cristo no aparece
por ningún lado. Y ese es el peligro, si Cristo no está
¿de qué va esto? Otro peligro es que todo aparece
deshumanizado, parece que los que formamos parte de la
Iglesia no somos humanos, tenemos que ser seres
perfectos, sin pobrezas, cuando Cristo dijo que Él había
venido a los pecadores; los perfectitos no le necesitan,
ya son perfectitos pero sin Cristo porque, repito, no le
necesitan. Deberíamos estar despiertos ante esto,
porque la verdad es que tanto racionalismo enfría más
corazones de los que ilumina, espanta más que atrae.
Hoy sin embargo vengo a hablar de dos personalidades
históricas que durante la mayor parte de su vida
rechazaron a Cristo, y lo hicieron de manera ostensible
pero que, llegado el momento de la muerte, dieron el
paso a la reconciliación con el Señor. Son dos casos
radicales, a los que no se ha dado publicidad porque no
interesa, pero uno de ellos lo dejó por escrito,
incluso llegó a publicar su profesión de fe y a pedir
perdón a la Iglesia por su postura beligerante durante
toda su vida.
El primero es uno de los padres de la Ilustración:
Voltaire, feroz anticatólico durante toda su vida, uno
de los padres del pensamiento moderno que nos ha llevado
al actual relativismo, aquel que puso las bases para que
otros afirmaran que Dios había muerto. Pues bien, al
final de su vida acudió a la reconciliación, según
los estudios publicados por Carlos Valverde en 1989 y
para lo que dio suficiente información como para
confirmar lo que decía. No solo eso, sino que dejó su
profesión de fe por escrito y lo hizo publicar en su
revista “Correspondance Littérairer, Philosophique et
Critique” poco antes de morir.
El segundo caso es el de Enrique Tierno Galván, muchos
ya habíamos escuchado sobre su deseo de reconciliación
pero no teníamos datos concretos. Pues bien, el periódico
El Mundo publicó hace unos años un reportaje sobre la
habitación en la que murió Tierno Galván (en la que
habían estado otros personajes conocidos) y recurre al
testimonio de la monjita que cuidaba a los pacientes
para confirmar dichos pasos hacia la Iglesia por parte
del Viejo Profesor. Uno puede creerlo o no, pero hay
datos que parecen confirmar este extremo al que éste
diario da publicidad (y no se puede decir que el diario
El Mundo tenga un interés especial por favorecer a la
Iglesia, pero muchas veces simplemente se muestra
riguroso).
Ahí quedan estos dos testimonios, espero que os gusten
o, al menos, que os sorprendan.
El testimonio de Tierno Galván lo podéis encontrar en:
http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2009/695/1234047607.html
El testimonio de Voltaire os lo trascribo tomado de:
http://lasbodasdecana.wordpress.com/2007/05/16/voltaire-y-otros-feroces-contras-de-la-iglesia-murieron-catolicos/
Aunque el artículo original se publicó en el Diario Ya
en 1989.
UN 30 DE MAYO DEL AÑO 1778
La investigación de documentos antiguos siempre depara
sorpresas. La última me ha salido al paso mientras
hojeaba el tomo Xll de una vieja revista francesa,
Correspondance Littérairer, Philosophique et Critique
(1753-1793), monumento inapreciable y riquísimo para
conocer el siglo de las luces y los comienzos de la gran
Revolución.
Todos sabemos quién fue Voltaire: el peor enemigo que
tuvo el cristianismo en aquel siglo XVIII, en el que
tantos tuvo y tan crueles. Con los años crecía su odio
al cristianismo y a la Iglesia. Era en él una obsesión.
Cada noche creía haber aplastado a la infame y cada mañana
sentía la necesidad de volver a empezar: el Evangelio sólo
había traído desgracias a la Tierra.
Manejó como nadie la ironía y el sarcasmo en sus
innumerables escritos, llegando hasta lo innoble y
degradante. Diderto le llamaba el anticristo. Fue el
maestro de generaciones enteras incapaces de comprender
aquellos valores superiores al cristianismo, cuya
desaparición envilece y empobrece a la humanidad.
Pues bien, en el número de abril de 1778 de la revista
francesa antes citada (páginas 87-88) se encuentra uno
nada menos que con la copia de la profesión de fe de M.
Voltaire. Literalmente dice así:
«Yo, el que suscribe, declaro que habiendo padecido un
vómito de sangre hace cuatro días, a la edad de
ochenta y cuatro años y no habiendo podido ir a la
iglesia, el párroco de San Sulpicio ha querido añadir
a sus buenas obras la de enviarme a M. Gautier,
sacerdote. Yo me he confesado con él y, si Dios dispone
de mí, muero en la santa religión católica en la que
he nacido esperando de la misericordia divina que se
dignará perdonar todas mis faltas, y que si he
escandalizado a la Iglesia, pido perdón a Dios y a
ella.»
Firmado: Voltaire, el 2 de marzo de 1778 en la casa del
marqués de Villete, en presencia del señor abate
Mignot, mi sobrino y del señor marqués de Villevielle.
Mi amigo».
Firman también: el abate Mignot, Villevielle. Se añade:
«declaramos la presente copia conforme al original, que
ha quedado en las manos del señor abate Gauthier y que
ambos hemos firmado, como firmamos el presente
certificado. En París, a 27 de mayo de 1778. El abate
Mignot, Villevielle».
Que la relación puede estimarse como auténtica lo
demuestran otros dos documentos que se encuentran en el
número de junio de la misma revista -nada clerical, por
cierto,- pues estaba editada por Grimm, Diderot y otros
enciclopedistas.
Voltaire murió el 30 de mayo de 1778. La revista le
ensalza como «el más grande, el más ilustre, quizá,
¡ay!, el único monumento de esta época gloriosa en la
que todos los talentos, todas las artes del espíritu
humano parecían haberse elevado al más alto grado de
perfección»
La familia quiso que sus restos reposaran en la abadía
de Scellieres. El 2 de junio, el obispo de Troyes, en
una breve nota, prohibe severamente al prior de la abadía
que entierre en sagrado el cuerpo de Voltaire. El 3
responde el prior al obispo que su aviso llega tarde,
porque -efectivamente- ha sido enterrado en la misma
abadía.
La carta del prior es larga y muy interesante
por los dalos que aporta. He aquí los que más
nos interesan ahora: La familia pide que se le entierre
en la cripta de la abadía hasta que pueda ser
trasladado al castillo de Ferney. El abate Mignot
presenta al prior el consentimiento firmado por el párroco
de San Suplicio y una copia -firmada también por el párroco-
«de la profesión de fe católica, apostólica y romana
que M. Voltaire ha hecho en las manos de su sacerdote,
aprobado en presencia de dos testigos, de los cuales uno
es M. Mignot, nuestro abate, sobrino del penitente, y el
otro, el señor marqués de Villevielle (…) Según
estos documentos, que me parecieron y aún me parecen
auténticos -continúa el prior-, hubiese creído faltar
a mi deber de pastor si le hubiese rehusado los recursos
espirituales (…) Ni se me pasó por el pensamiento que
el párroco de San Suplicio hubiese podido negar la
sepultura a un hombre cuya profesión de fe él había
legalizado (…). Pienso que no se puede rehusar la
sepultura a cualquier hombre que muera en el seno de la
Iglesia (…) Después de mediodía, el abate Mignot ha
hecho en la iglesia la presentación solemne del cuerpo
de su tío. Hemos cantado las vísperas de difuntos; el
cuerpo permaneció toda la noche rodeado de cirios. Por
la mañana, todos los eclesiásticos de los alrededores
(…) han dicho una misa en presencia del cuerpo y yo he
celebrado una misa solemne a las once, antes de la
inhumación (…) La familia de M. Voltaire partió esta
mañana contenta de los honores rendidos a su memoria y
de las oraciones que hemos elevado a Dios por el
descanso de su alma. He aquí los hechos, monseñor, en
la más exacta verdad».
Así parece que pasó de este mundo al otro aquel hombre
que empleó su temible y fecundo ingenio en combatir
ferozmente a la Iglesia.
La Revolución trajo en triunfo los restos de Voltaire
al panteón de París -antigua iglesia de Santa
Genoveva-, dedicada a los grandes hombres. En la oscura
cripta, frente a la de su enemigo Rousseau, permanece
hasta hoy la tumba de Voltaire con este epitafio:
«A los Manes de Voltaire. La Asamblea Nacional ha
decretado el 30 de mayo de 1791 que había merecido los
honores debidos a los grandes hombres».
Carlos VALVERDE
Catedrático de Filosofía
Publicado en YA, día 02/06/1989
Tomado de Arvo.net
Isabel Warleta
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Nacida en Sevilla pero
criada en Madrid, ha desarrollado varios
tipos de trabajos, aunque su vocación
principal y a la que ahora se dedica es la
de educadora. Es licenciada en Geografía e
Historia, rama de Historia Antigua por la
Universidad Complutense, y en la actualidad
tiene pendiente la realización de su tesis
sobre Historia del Cristianismo Primitivo.
Es una conversa, y de ahí surge su interés
por el tema de las conversiones. Tiene dos
blogs, uno dedicado a conversiones y
ecumenismo y otro dedicado a Arte. |
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