¿Somos
demasiados o faltan muchos?
Fernando
Pascual La
alarma de que “somos demasiados” es muy vieja. Ya en el mundo griego
antiguo hubo planes complicados para evitar que las ciudades tuvieran
una población “excesiva”. El
mundo moderno encontró en Thomas Malthus (1766-1834) una voz de alarma
ante el “peligro” de la superpoblación, y propuso ideas concretas
para limitar los nacimientos entre los pobres. Charles
Darwin hizo suyas algunas ideas malthusianas, y pensó en la necesidad
de evitar, con ayuda de la ciencia, el nacimiento de seres humanos
defectuosos. En
el siglo XX diversos pensadores y grupos ideológicos lanzaron la alarma
ante el “exceso” de población en el planeta, y propusieron acciones
concretas, incluso conferencias internacionales, para afrontar el tema
de la “explosión demográfica”. Ante
la alarma creada, muchas veces con teorías carentes de fundamento,
otras con una propaganda muy bien organizada, era fácil promover campañas
orientadas a afrontar el peligro de la explosión demográfica. Un científico
de los Estados Unidos, Van Rensselaer Potter (1911-2001), consideró que
la situación era tan urgente que había que tomar medidas radicales. No
bastaba con difundir el uso de anticonceptivos, sino que había que
liberalizar el aborto para garantizar un control eficaz de la población
humana. En
los países democráticos el control demográfico se realizó,
generalmente, de modo libre. Los matrimonios y los no casados usaban
anticonceptivos con “normalidad”. Otros optaron por el método más
seguro, la esterilización. Si el método usado no era eficaz y aparecía
un hijo no deseado, muchos recurrían al aborto. En
otros países donde dominaban dictadores de izquierda o gobernantes despóticos
y sin escrúpulos, se aplicaron políticas en favor del aborto y la
esterilización, incluso forzada. No faltaron lugares en los que los médicos
engañaban a las mujeres y las esterilizaban. Otras veces prometían
ayudas económicas a quienes se esterilizasen; hubo casos en los que se
recurría a presiones y amenazas que serían impensables en el mundo
libre. A
lo anterior se añade el elevado número de abortos cada año: se habla
de una cifra entre 30 y 50 millones en todo el mundo. Los
resultados están ante nuestros ojos: la natalidad mundial ha descendido
de modo generalizado. En algunos países con más velocidad que en
otros, pero el fenómeno es evidente. A nivel mundial, según estadísticas
ofrecidas por la ONU, se ha pasado de una tasa de natalidad equivalente
a 37,4 nacimientos por 1000 habitantes en los años 1950-1955, a 20,3
nacimientos por 1000 habitantes para los años 2005-2010. Algunos países
han entrado en una nueva fase demográfica, en la que hay más muertes
que nacimientos. Ante
esta situación, podemos preguntarnos: ¿somos demasiados o faltan
muchos? Decir
que somos demasiados implica decir que algunos “sobran”. Decir que
algunos “sobran” es una enorme injusticia y una gran discriminación,
porque significa que unos (los que no sobran) son más importantes que
otros (los que sí sobran). Ante
esta mentalidad discriminatoria, tenemos que decir que nadie sobra,
porque cada ser humano vale por sí mismo, sea cual sea la situación en
la que empiece a vivir. Si
uno es concebido en una familia pobre, o con padres enfermos, o en un
contexto de guerra, o en una situación de hambre, no por ello deja de
ser un ser humano digno de respeto. No vale menos que quien nace en una
familia rica, en un ambiente de paz, lleno de salud y con una buena
esperanza de vida ante sus ojos. Ninguno
de entre los más de seis mil millones de seres humanos sobra, porque
cada uno de ellos vale infinitamente en cuanto hombre, en cuanto mujer,
en cuando digno en su existencia terrena y en su orientación hacia la
vida eterna. Más
bien tendríamos que reconocer que el egoísmo de unos poderosos ha
conseguido que falten millones y millones de compañeros de camino.
Porque fueron abortados, porque fueron asesinados, porque nacieron en un
ambiente de miseria que les llevó a una muerte precoz. Tal
vez, algunos dicen, si estuvieran vivos esos millones de ausentes los
gobiernos habrían sido obligados a construir más hospitales, a poner más
autobuses urbanos en las ciudades, a invertir en el campo para aumentar
la producción, a promover el empleo para las nuevas generaciones, a
favorecer la construcción de edificios. Pero eso, ¿no es la tarea de
cada pueblo? ¿No estamos llamados a ayudar a los que llegan, en vez de
proponer sistemas en los que no nacerán o serán abortados quienes son
declarados “sobrantes”? Es
un trabajo enorme el que debe realizarse para acoger a millones de niños
que crecen día a día y se preparan a la vida adulta. Pero es el
trabajo y la misión que los adultos tienen frente a cada nueva generación
humana, en la que nadie sobra y en la que cada uno tiene un valor
inmenso. Faltan
muchos en el banquete de la vida humana. Los creyentes sabemos que los
niños eliminados antes de nacer ya están con Dios. Pero su muerte
violenta nos dice que tenemos mucho que cambiar en este mundo de
injusticias que los despreció porque algunos dijeron que
“sobraban”. Nadie
sobra en este mundo. Todos necesitamos de todos, y todos podemos
aprender o enseñar a todos. Es hermosa la vida sólo si nos abrimos al
distinto, al pequeño, al pobre, al necesitado, si descubrimos ese
tesoro del alma inmortal que hay en cada nuevo hijo, si la familia se
convierte en un compromiso de amor abierto a la vida. En el mundo faltan millones de amigos y compañeros de viaje. Podremos honrar su memoria y llorar su ausencia si nos comprometemos, seriamente, para superar esa cultura de muerte que ha dominado durante años en muchos ambientes culturales, si construimos sociedades y naciones capaces de acoger, con esperanza y con justicia, sin discriminaciones, a cada hijo que empiece el recorrido de su aventura humana
|