¿Soy persona las 24 horas del día?

José Murillo | equipogama@arcol.org

 

 

Hay guerras que son importantes y en las que los gobiernos, por unas u otras razones, están sumamente involucrados. En ellas se invierten grandes cantidades de dinero y se elaboran planes con objetivos muy claros. Esto sin contar los miles de hombres que día a día arriesgan su propia vida en el campo de batalla.

 

Sin embargo, existen otras batallas mucho más profundas e importantes y a las que, desgraciadamente, no siempre se les da el interés y cuidado que merecen.

 

Una de estas batallas es la que en este momento se está librando a muerte contra la vida. El aborto y la eutanasia se han convertido en los verdaderos y grandes destructores de la paz. Y el problema radica en que hoy en día hay un gran desconocimiento de quién es el hombre y hasta dónde llega su dignidad.

 

En un artículo publicado en la revista italiana Bioetica, Revista Interdisciplinare 17 (2009), 112, se leía lo siguiente: “se debe reconocer que no todos los seres humanos son personas porque no son autoconscientes y no tienen la capacidad de ser racionales y de elaborar procesos lógicos”.

 

Por tanto, partiendo de este argumento, se debería reconocer que no sería persona el neonato y el ser en estado vegetativo, pues “para que se pueda llegar al reconocimiento público de la persona se debe mostrar que estas propiedades son ejercitadas en modo actual”, continuaba el artículo.

 

¿Qué elementos están en juego cuando se habla de “racionalidad” en el hombre?

 

Ser “racional” no implica solamente la capacidad de “elaborar procesos lógicos”, entendiendo aquí por “procesos lógicos” la capacidad de dar argumentos. Es como decir, con perdón de la comparación, que un perro es perro porque ladra.

 

La racionalidad va mucho más allá e indica todas las capacidades superiores del hombre: inteligencia, amor, sentimientos, moralidad, religiosidad, etc. Ser racional, por tanto, no es un “acto” que la persona ejercita, sino un “modo de ser” que le pertenece.

 

Volvamos a coger el ejemplo del perro. Cuando vemos a un perro inmediatamente entendemos y pensamos: “tiene la naturaleza canina”, aunque no lo manifieste al momento por medio de un ladrido.

 

Algo similar ocurre con la persona. Sabemos que tiene la “naturaleza humana”, aunque ésta no se manifieste siempre en el acto. Basta que esté presente como una capacidad que le pertenece, que le es propia por la sencilla razón de ser hombre. Por lo tanto, también es persona quien duerme, el embrión y el enfermo en estado vegetativo. Se es o no se es racional, pero no se puede decir que una persona deja de serlo simplemente porque no lo manifiesta.

 

Las consecuencias que se desprenden de aceptar que persona es sólo aquel ser que “elabora procesos lógicos” serían más bien catastróficas. Como el neonato y el que se encuentra en estado vegetativo no serían personas, entonces correspondería a los médicos y a los padres decidir “su mejor interés”. Es decir, darles muerte o permitirles más tiempo de vida. Y tristemente, muchas veces se opta por la primera opción.

 

Por estos y otros motivos urge que el hombre se conozca a sí mismo. Conocerse para poder defenderse. Defenderse, para trascender. La dignidad de la persona no es materia negociable, ni siquiera algo que debe estar sometido al arbitrio de la persona misma. Hay Alguien que por  puro  amor nos ha comunicado su ser, convirtiéndonos en hijos suyos. Y nuestra pertenencia a Él es la razón de ser de toda nuestra dignidad.