Sufrir,
todos sufrimos; la diferencia está en el “cómo”
Juan
Jesús Riveros El
rostro del sufrimiento aparece innumerables veces en nuestra vida.
Algunas veces sólo nos roza; otras nos golpea de tal forma que nos
cambia totalmente la vida. No
obstante, podemos paragonar el sufrimiento al dolor físico. El dolor físico,
en sí mismo, es un bien, ya que nos anuncia que hay algo que no está
funcionando correctamente. Así, por ejemplo, si tengo un dolor
abdominal del costado derecho, puede ser que tenga apendicitis; si no
hubiera dolor no podríamos remediar el problema. El
sufrimiento como tal, también nos anuncia que hay algo que no está
funcionando bien. Sufrimos porque un ser querido falleció, porque no
nos va bien en el trabajo, o en la familia, o porque tenemos un dolor físico
que nos quita las fuerzas para vivir totalmente “realizados”. El
sufrimiento, al igual que el dolor físico, sólo nos muestra que hay
algo que no está bien. La diferencia está en cómo afrontamos este
sufrimiento. Puedo sufrirlo simplemente. O puedo renegar de Dios por
mandarme este sufrimiento. O puedo darle un sentido nuevo… Antonietta
Meo, más conocida como Nennolina, una niñita que nació en 1930 y murió
en 1937 en Roma, supo darle un sentido a su sufrimiento. Una niñita muy
alegre y espiritual, rezaba ofreciendo sus dolores como Jesús en el
Calvario por la conversión de los pecadores, por las almas del
purgatorio y para alejar el peligro de la guerra. El
Papa Benedicto XVI la reconoció como venerable (primer paso, dentro del
proceso canónico para reconocer la santidad de una persona) en
diciembre de 2007. Desde
tempranísima edad, la pequeña Nennolina, escribía cartas a Jesús y a
María. Primero se las dictaba a su madre y, cuando aprendió a
escribir, ella misma las escribía. En
uno de sus textos se lee: “Jesús dame la gracia de morir antes de
cometer un pecado mortal”. En
1934 comenzó a frecuentar la escuela materna. Su hermana Margarita
comenta que en la escuela, Nennolina se comportaba con sus compañeros
como cualquier otra niñita. Cuenta que una vez había un compañero que
lo castigaban siempre y que lo mandaban de castigo. Nennolina pidió a
la profesora que lo perdonaran y ésta la mandó a que fuera con la
directora; fue y la directora se quedó tan impresionada con la pequeña
que le perdonó el castigo. El
25 de abril de 1936, a causa de un osteosarcoma en la rodilla izquierda,
los médicos le debieron amputar la pierna. La primera noche de la
amputación (estamos en el año 1936) fue terrible – testimonia su
hermana Margarita: “pero ella ofrecía todos sus dolores, tanto así
que festejó el primer año de la operación, porque era ‘un año de
ofrecimiento a Jesús’ ”. La
pequeña Antonietta, algunos meses después, regresó al colegio con una
prótesis de madera. Le provocaba mucho dolor el caminar, pero decía
con alegría: “cada paso que doy, sea una palabrita de amor”. El
22 de mayo de 1937 tuvo que abandonar la escuela, ya que el tumor le había
causado metástasis y fue hospitalizada en el hospital de San Stefano
Rotondo, en la Ciudad Eterna, y después de una agonía de un mes y
medio, murió. En
su última carta escribía: “te doy gracias Jesús, porque me has
mandado esta enfermedad ya que es un medio para llegar al paraíso […]
te pido que cuides a mis papás y a Margarita”. Margarita
dice que la vida sencilla y rica de Antonietta es un ejemplo de santidad
en las pequeñas cosas: “para mí, ser santa es aceptar, día a día,
aquello que Dios quiere, es querer a todos los demás, incluso a las
personas que no te quieren; con el amor se pueden superar todos los obstáculos”. Con informaciones de Zenit, 23 de febrero de 2009
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