LIBRO II

 

ACERCA DE DIOS TRINO EN CUANTO A LAS PERSONAS

 

 Por el Rev. P.José M. Dalmau, S.J.

 

 

 

CAPÍTULO  I

 

SOBRE LA EXISTENCIA DEL MISTERIO

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

 

Artículo  I

 

ERRORES OPUESTOS Y DOCTRINA DE LA IGLESIA

 

 

287.  Noción del misterio de la Santísima Trinidad. El primer y el más simple enunciado del misterio de la Santísima Trinidad, ha establecido lo siguiente:  A pesar de que Dios es único, de tal forma que implica contradicción el que se den muchos dioses, así como se dan muchos hombres, no obstante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas, realmente distintas, las cuales son el Dios único por identidad real. Ahora bien, puesto que aquello por lo que algo se constituye en cierto orden de seres se llama esencia, sustancia y naturaleza, y puesto que el sujeto de la naturaleza intelectual distinto de otros sujetos recibe el nombre de persona, por ello, el misterio de la *Santísima Trinidad+ se expresa en las fórmulas de la fe de este modo: SE DA EN DIOS UNA SOLAZ ESENCIA O NATURALEZA, Y TRES PERSO­NAS; o bien DIOS ES UNO SOLO EN NATURALEZA Y TRINO EN PERSONAS. El nombre de Trinidad (en griego ) usado ya desde el siglo II y el siglo III, designa simultáneamente de un modo cuasicolectivo, tres personas en unidad de esencia. Los párrafos siguientes presentarán otros términos que aparecen en la declaración y en la explicación del misterio.

 

Ya que las proposiciones ulteriores y las definiciones del dogma trinitario han sido propuestas principalmente para cerrar el paso a los errores que pululaban, es menester tratar antes acerca de estos errores.

 

288. Las herejías y los errores en contra de la Trinidad, pueden distribuirse conforme aparece por el enunciado mismo del misterio:

 

1) Se niega o se destruye, bien de modo manifiesto, bien de forma indirecta, la unidad de la naturaleza divina, en el cual error se da un cierto triteísmo.

 

2) Se niega la verdadera Trinidad de personas en Dios.

 

Ahora bien, esto puede llevarse a cabo de un doble modo muy distinto:

 

a) o bien por negarse la distinción real personal entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, manteniendo solamente una cierta distinción menor, modal o mera distinción de razón; afirma esto el monarquianismo y el modalismo;

 

b) o bien por negarse explícita o implícitamente, de un modo manifiesto o de una forma subrepticia, la verdadera divinidad de la segunda y de la tercera persona, las cuales, por tanto, según este error herético, quedan subordinadas a la primera, puesto que ésta sola es el verdadero Dios; así se expresa el subordinacianis­mo.

 

En verdad, estos errores brotan de la dificultad misma del misterio y de la total confusión entre naturaleza y persona.  No obstante, de hecho, estos errores están unidos a las falsas nociones acerca de la divinidad misma.  En efecto, en los primeros siglos del cristianismo se habían divulgado las teorías emanatistas acerca de los eones y acerca de los intermediarios entre Dios y las cosas creadas; teorías derivadas en parte de la filosofía estoica y neoplatónica, las cuales los herejes gnósticos pretendieron adaptarlas al dogma cristiano.  Surgieron de éstas muchos errores, no sólo en contra de la Trinidad, sino también en contra de la simplicidad de Dios y en contra de la creación; hasta el punto de que solamente la doctrina trinitaria ortodoxa ha mantenido incólume la verdadera noción de Dios conocida por la razón y por la revelación.

 

Ahora bien, puesto que la revelación del misterio de la Santísima Trinidad se ha llevado a cabo, sobre todo y principalmente, en Jesucristo Dios‑hombre y mediante Él mismo, no tiene nada de extraño el que las primeras herejías trinitarias sean al mismo tiempo herejías cristológicas, y el que las principales controversias versen acerca del Verbo, la segunda persona. Quedará suficientemente claro por su sola exposición el que no se puede deducir por ello que se trate exclusivamente acerca del hijo, como si los cristianos profesaran en lo concernientes a las personas divinas un mero dualismo, según han tenido la osadía de afirmar ciertos racionalistas modernos.

 

Por otra parte, estos errores han sido propuestos de un modo muy diferente y muchas veces de una forma bastante confusa, lo cual no es extraño, puesto que el misterio de la Santísima Trinidad, aunque inaccesible a la razón humana, ha sido propuesto con toda claridad por la luz de la revelación.  Este es el motivo por el que las herejías y los errores, que parecerían mas bien obvios, según la razón natural, se desvanecieron rápidamente, mientras que las controversias fueron más pesadas y más prolongadas, bien acerca de ciertas sentencias, ya ilógicas, ya unidas a falsas teorías filosóficas, bien acerca del uso de los términos en la exposición de un misterio que sobrepasa de tal modo la capacidad de la mente creada. A pesar de ello, se ha conseguido por esto, el que, bajo la dirección inspiradora del Espíritu Santo, se alcanzara en la Iglesia un conocimiento más exacto del misterio mismo.

 

289. Serie cronológica de los errores.  Ya a finales del siglo I, negaron la divinidad de Jesucristo algunos judaizantes, como CERINTO y los EBIONITAS. En último término vinieron a caer en esto mismo muchos GNÓSTICOS del siglo II. El gnosticismo, gran herejía que causó pesar a la Iglesia primitiva, aunque no sea propiamente herejía trinitaria, tiene una gran importancia en la historia de este dogma, ya que, al incluir entre los eones al Verbo, Jesucristo, y al Paráclito, es testigo de la doctrina trinitaria de la Iglesia y ha tenido una enorme importancia mediante sus especulaciones en el desarrollo de la teología. Marción introdujo el dualismo entre el Dios del N. Testamento y, por otra parte, es acusado por S. Dionisio Romano de que *corta y divide la monarquía en tres principios+ (D 48).

 

A finales del siglo II y a lo largo del siglo III se divulgó de diversas formas el monarquianismo, llamado de este modo porque tenía como a guisa de consigna: "tenemos monarquía", al querer salvar la unidad del principio divino, la cual no sabían compaginarla con la Trinidad de personas. Los teodocianos, seguidores de los dos Teodotos, el curtidor y el banquero, los cuales son llamados ahora adopcionistas por muchos, negaban la divinidad de Jesús; y afirmaban que se daban en Él unas virtudes divinas, Cristo y el Espíritu, impersonales; esto es, personalmente indistintas del Padre; por ello, el sistema de éstos fue llamado acertadamente monarquianismo dinámico.

 

El monarquianismo odalístico lo sostuvieron los patripasianos, PRAXEAS, NORTO Y CLEÓMENES, llamados de esta manera porque decían que el Padre y el Hijo eran una sola persona, y que por tanto el Padre padeció en Jesucristo.  El modalista más notable es SABELIO, a partir del cual, el modalismo fue prácticamente conocido en la posteridad con el nombre de Sabelianismo.  Para el modalismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son más que tres modos con los que se manifiesta la única persona divina, en cuanto creador, según aparece en Jesucristo, y conforme se otorga a la Iglesia y a los apóstoles. PABLO DE SAMOSATA conjugó de un modo, en apariencia muy científico, el modalismo con la negación de la divinidad de Jesucristo; pues afirmó que en Dios persona única, pueden distinguirse, en cierto modo, la razón y la sabiduría; y que, por tanto, el Verbo es manifestado ciertamente por Dios, pero impersonal como es el verbo humano, el cual habría habitado con una unión peculiar en Jesús puro hombre.  Consta por la epístola del PAPA S. DIONISIO, que por este mismo tiempo hubo ciertos triteístas y subordinacianos. Son para muchos, sospechosos de subordinacianismo, algunos adversarios del modalismo, como HIPÓLITO Y NOVACIANO.

 

290. A comienzos del siglo IV surgió el SUBORDINACIONISMO, considerado en sentido más estricto, ARRIO, del cual proviene el nombre de arrianismo; negó directamente que el Verbo fuese verdadero Dios, sino que dijo que aquél era el primer ser creado; hecho antes de los siglos, sin embargo teniendo un principio de duración, en orden a la creación del mundo, y que, por tanto, no fue engendrado ni eterno.  Sus seguidores posteriores, EUSEBIO DE NICOMEDIA, AECIO y AUNO­MIO, fueron llamados anomeos, ya que decían que el Verbo era distinto del Padre.  Una vez condenado el arrianismo en el CONCILIO DE NICEA, de los restos de éste, que surgieron de nuevo, brotó también el SEMIARRIANISMO, el cual consistió, todo el, en atacar la palabra de la consustancialidad (όμοούσιον). Entre los semiarrianos, muchos fueron realmente subordinados, al menos al principio, ya que negaban que el Verbo era perfectamente igual al Padre, sino que decían que solamente era semejante a Él (όμοιούσιον) en cambio, otros discutían, según parece, solamente acerca de la palabra.

 

En medio de la lucha arriana, FOTINO reinstauró el modalismo, al enseñar que el Verbo incorporado era totalmente idéntico con el Padre, y que en cambio era distinto del Verbo prolongado, el cual es Cristo.

 

De entre los semiarrianos, propiamente tales, surgió el subordinacianismo acerca de la persona del Espíritu Santo, el cual dijeron los PNEUMATÓMACOS, siguiendo, sobre todo, a MACEDONIO, que habría sido creado por el Verbo.  Todos estos errores fueron condenados en el Concilio Romano (380), por el PAPA DÁMASO (D 83), y en el Concilio I de Constantinopla (381).

 

En España, en el siglo V, los que habían quedado del sabelianismo introducido por Prisciliano, coexisten con el arrianismo de los visigodos.  En el siglo VI, ciertos monoteletas y filósofos semi‑cristianos, como JUAN FILÓPONO, profesaron un triteísmo, al decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran tres individuos de naturaleza divina, al igual que tres hombres son de naturaleza humana.

 

291. En los siglos XI y XII, en la controversia acerca de los universales, erraron sobre la Trinidad los nominalistas ROSCELINO y ABELARDO. Las teorías del primero supusieron un triteísmo y las del segundo conllevaron un modalismo. En efecto, aquél sostuvo que las tres personas eran tres sustancias, de la misma forma que tres hombres, y que sin embargo se llamaban un sólo Dios por la identidad perfecta de ellas; éste, en cambio, confundiendo las apropiaciones con las propiedades personales, parece que enseñó que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son solamente tres atributos divinos de poder, de sabiduría y de bondad. Entre los realistas, a GILBERTO PORRETANO, al establecer la distinción real entre naturaleza y personalidad, se le acusó de una cuádruple división en lo relacionado con Dios. El ABAD JOAQUIN DE FIORE, ponía entre las personas divinas una unidad meramente colectiva y semejante.

 

Aunque los principales protestantes profesaron la doctrina católica acerca de la Trinidad, brotó en el siglo XVI entre ellos, el unitarismo y el arrianismo; así SERVET, LELIO y FAUSTO SOCIANO, por el que fueron llamados socianianos, y muchos en Transilvana, y algunos en Inglaterra.

 

En el siglo XIX, los racionalistas y los protestantes liberales rechazan, según queda claro, el dogma de la Santísima Trinidad; ahora bien, niegan principalmente que la fe primitiva de la Iglesia fuera la católica.

 

GÜNTER pretendió explicar la Trinidad echando mano del evolucionismo hegeliano, en virtud del cual mezcló de forma confusa casi todos los antiguos errores, y admitió una unidad solamente formal; esto es, orgánica, entre las personas, las cuales, sin embargo, no son propiamente en su sistema más que una sola persona absoluta.  ROSMINI enseñó algunas teorías extrañas acerca de la persona del Verbo y del Espíritu Santo, las cuales fueron condenadas.  Por último, los modernistas del siglo XX se ponen totalmente de acuerdo con los racionalistas, y no admiten ni la Trinidad de personas en Dios, ni la divinidad de Jesucristo, a no ser como un medio para fomentar a través de estas fórmulas el afecto religioso.

 

292. Documentos eclesiásticos acerca de la Santísima Trinidad.  Consta de manera sobreabundante que la doctrina acerca de la Trinidad, es de fe divina, católica y definida y siempre ha sido propuesta en los símbolos y en las profesiones de fe.  Es preferible presentar al menos los principales documentos del magisterio eclesiástico.

 

DEFINICIONES PROPIAMENTE DICHAS. El Concilio de Nicea definió la consustancialidad del Hijo de Dios con el Padre, por medio de la adición al símbolo de la palabra homousion y mediante el anatema del arrianismo (D 54); los anatematismos de S. DÁMASO (D 58‑82); la condena de los errores del macedonianismo respecto al Espíritu Santo y de otros errores contrarios a la Trinidad en el Concilio I de Constanti­nopla juntamente con las adiciones en el símbolo respecto a la tercera persona (D 85 86); el canon del I Concilio de Letrán, presidido por INOCENCIO III (D 428 431‑432); las definiciones acerca de la procesión del Espíritu Santo respecto al Padre y al Hijo en el Concilio II de Lión (D 460) y en el Concilio Florentino (D 691 703‑705).

 

SÍMBOLOS Y PROFESIONES DE FE.  Son universales el símbolo apostólico (D Iss), el Niceno (D 54), y el Niceno‑Constantinopolitano (D 86), el quicumque conocido vulgarmente con el nombre de Atanasio (D 39 40); la profesión de fe propuesta a los valdenses (D 420 421); el símbolo de LEÓN IX (D 343 346); la profesión de fe del Concilio de Trento (D 994); las profesiones de fe prescritas a los orientales (D 1083 1084 1459 1461 1468).

 

SÍMBOLOS PARTICULARES ADMITIDOS EN LA IGLESIA UNIVERSAL. La exposición de la fe de S. GREGORIO TAUMATURGO (R 611); el símbolo de EPIFANIO (D 13 14); muchos símbolos franceses y españoles en contra de los arrianos y de los priscilianistas, como la llamada FÉ DE DÁMASO (D 15), LA CLEMENS TRINITAS (D 17 18), el símbolo de los Concilios I y II de Toledo (esto es, El Opúsculo Pastoris (D 19 38).  El símbolo XI de Toledo (D 275 284), XV y XVI (D 294 296), y los anatematismos del Concilio de Braga (D 231 232).

 

CONDENAS de errores específicos: El ABELARDO (D 368‑370 381), el de GILBERTO PORRETANO (D 389‑392), el del ABAD JOAQUIN (D 431 432), el de los Socinianos (D 993), el de los Jansenistas (D 1595‑1597), el de GÜNTER (D 1655) y el de ROSMINI (D 1897 1915 1918).

 

Por último, presentan excelentes exposiciones del dogma trinitario la epístola DEL ROMANO PONTÍFICE S. DIONISIO en la causa de S. DIONISIO DE ALEJANDRÍA (D 48‑51) y LEÓN XIII en la carta encíclica Divinum illud sobre el Espíritu Santo.

 

A causa de la gran trascendencia del tema, propondremos en distintas tesis y artículos las pruebas positivas de la doctrina católica acerca de la Santísima Trinidad, y la relación de este dogma con la razón natural.

 

 

                                                Artículo  II

 

EL MISTERIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

EN LA SAGRADA ESCRITURA

 

Como el misterio de la Santísima Trinidad ha sido llamado por los Santos Padres: "Sustancia del Nuevo Testamento", el cual recibió la Iglesia con palabras explícitas, y perteneciendo a Cristo la clara revelación de este misterio en el N. Testamento, de éste extraemos principalmente la prueba. En el escolio mostramos qué parecer debe sostenerse acerca de la revelación de este misterio en el A. Testamento.

 

TESIS 26. SE PRUEBA POR EL NUEVO TESTAMENTO LA TRINIDAD DE PERSONAS EN LA UNIDAD   DE LA ESENCIA DIVINA.

                                                                                          

293. Prenotando.  A cualquiera que recorra, incluso leyendo por encima, el N. Testamento, le resulta evidente que se habla en éste respecto a lo relacionado con Dios; además de Dios Padre, del Verbo; esto es, el Hijo y del Espíritu Santo.  Los nombre con los que se designan las personas divinas son los siguientes:  A la primera persona se le denomina con el nombre Padre, Dios, Dios Padre, Dios y Padre, Dios nuestro Señor.  A la segunda persona se le conoce con los nombres de Hijo, Verbo, Jesús, Cristo, Jesucristo, Señor, Jesús Señor, Señor Jesucristo, nuestro Señor, el Hijo del hombre, el Hijo de Dios. A la tercera persona se le designa con los nombres de Espíritu, Espíritu Santo, Espíritu de Dios, Espíritu de aquel que resucitó a Jesús, Espíritu de Cristo, Espíritu Santo de la verdad de la promesa, Espíritu de la sabiduría y de la revelación, Paráclito, el Prometido del Padre.

 

El nombre de Padre respecto a Dios, aparece cincuenta veces en los Sinópticos (sin contar los lugares paralelos) y ciento dos veces en S. Juan.  En los Sinópticos, muchas veces el nombre de Padre indica relación respecto a los hombres, bien respecto a todos ellos, bien principalmente respecto a los hombres, bien respecto a todos ellos, bien principalmente respecto a los justos (lo cual también encontramos en otros libros del N. Testamento).  Ahora bien, esta revelación tiene una gran importancia como preparación de la clara revelación del misterio de la Santísima Trinidad; en efecto, pone de manifiesto que la paternidad adoptiva de Dios para con nosotros, guarda una íntima dependencia respecto de la unión con el Hijo natural de Dios.  Además, muchas veces, en los Sinópticos también Dios recibe el nombre de un modo peculiar de Padre de Cristo; y de tal forma que nunca quedan situados en el mismo plano Cristo y los hombres respecto a la paternidad divina.  Por ello, S. Pablo dice Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo; Ef. 1,3, etc., lo cual también lo expresa S. Pedro: I P. 1,3.

 

Probaremos por separado la significación de filiación natural y divina por los textos en los que Cristo recibe el nombre de Hijo de Dios.

 

La palabra Espíritu no es exclusiva de la tercera persona, pues, según queda patente por el uso, a veces significa viento, alma humana, ángel, y a veces naturaleza divina: S. Jn. 4,24.  Incluso con la adición de la palabra Santo, no siempre denota exclusivamente la persona divina, sino también los dones creados de ésta, lo cual puede, prácticamente, quedar claro por el contexto.  No obstante, con mucha frecuencia, en lo relacionado con Dios, es el nombre propio de la tercera persona.

 

294. No solamente se trata de estas personas separadamente en el N. Testamento, sino que también, con frecuencia, en concreto, más de cuarenta veces, se las cita en conjunto y simultáneamente.  Los principales textos trinitarios son: S. Mt. 3,16‑17 (S. M. 1,10‑11;  S. Lc. 3,22) la Teofonía en el bautismo de Cristo. S. Mt. 28,19 el mandato de bautizar.  S. Lc. 1,35 la anunciación de la Encarnación.  S. Jn. 14,16,17.26;  15,26;  17,7‑11.13‑15.  La promesa del Espíritu Santo en el sermón de la cena.  Ac. 2,33.38‑39;  5,31.32 los primeros sermones de S. Pedro.  Rom. 8,9‑11.14‑17;  I Cor. 2,10‑16;  Ef. 1,17;  2,18‑22 la acción de Dios en el corazón de los justos.  I Cor. 6,15‑20 los cristianos son templo de Dios. I Cor. 12,3‑6 la distribución de los carismas.  2 Cor. 13,13 bendición y saludo. Gal. 4,4‑6 misión de Jesucristo. Ef. 3,14‑19 oración de S. Pablo.  Ef. 4,4-6 unidad de la Iglesia. Tit. 3,4‑6 nuestra regeneración. Heb. 9,14 sacrificio de Cristo.  Heb. 10,29‑31 maldad de la apostasía.  I P. 1,1‑2 saludo y bendición.  I P. 4,14 aceptación de los ultrajes por el nombre de Jesucristo.  I Jn 4,11‑16 la caridad.  Con sólo este repaso de textos se ve en qué grado está revelada la religión entera y la vida cristiana en conexión con el misterio de la Santísima Trinidad, y cuánta verdad es lo que hemos dicho apoyados en los Santos Padres respecto a que la doctrina de la Santísima Trinidad es "la sustancia del N. Testamento".

 

Sin embargo, no pretendemos probar la revelación del misterio de la Trinidad basándonos exclusivamente en estos textos considerados por separado, e incluso basándonos, principalmente, en ellos.  En efecto, es preferible probar que está contenida clara y explícitamente de distintas maneras la revelación de este misterio en el conjunto del N. Testamento; a saber: una vez que hemos dejado sentado que hay un solo Dios, lo cual ya se ha probado en el tratado "de Deo uno",

 

a) que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas realmente distintas, y

b) que cada una de las tres personas es el verdadero Dios.

 

Por último, veremos el valor de algunos textos trinitarios.

 

295. Es doctrina de todos los católicos y doctrina que ha sido siempre afirmada y proclamada absolutamente en la predicación eclesiástica, el que la revelación de la Trinidad está contenida en el N. Testamento. Es suficiente recordar las palabras de S. AGUSTÍN y SANTO TOMAS.  Dice S. Agustín: "Los escritores católicos de todos los libros teológicos tanto antiguos como recientes, que he podido leer, los cuales han escrito antes que yo acerca de la Trinidad Divina, han pretendido, según las Sagradas Escrituras, enseñar esto: que el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo manifiestan una unidad divina de una sola y misma sustancia con una igualdad inseparable; y que, por ello, no son tres dioses, sino un solo Dios; si bien el Padre ha engendrado al Hijo, y por ello el Hijo no es la persona del Padre; y el Hijo ha sido engendrado por el Padre y por ello el Padre no es la persona del Hijo; y el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino solamente el Espíritu del Padre y del Hijo, y también el mismo Espíritu Santo es igual al Padre y al Hijo y pertenece a la unidad de la Trinidad"  Y el Doctor Angélico dice: "En el tiempo de la economía de la gracia, ha sido revelado el misterio de la Trinidad por el Hijo de Dios en persona" (2.2 q. 174 a. 6).

 

Adversarios. Niegan la tesis, como es manifiesto, los herejes que se oponen a ella. Principalmente, en nuestros días, los racionalistas y los modernistas, pretenden afirmar que la doctrina trinitaria es totalmente ajena al N. Testamento, y elucubran muy diferentes orígenes de esta doctrina, y atacan de forma especial la divinidad de Jesucristo, en cuanto que es el primer paso de la revelación del misterio. Algunas teorías de estos las veremos brevemente en las tesis siguientes.

 

Doctrina de la Iglesia.  Ciertamente, no ha sido dada ninguna definición explícita acerca de la revelación del misterio de la Santísima Trinidad en el N. Testamento, puesto que tal definición no es necesaria; ahora bien, esto se afirma constantemente en la predicación católica; por consiguiente, es claro el pensamiento universal de la Iglesia. Han sido condenadas explícitamente las proposiciones de los modernistas acerca de la divinidad de Jesucristo, en el Decreto Lamentabili 27.28.31.62 (D 2027s 2031 2062).

 

Valor teológico. La tesis es crítica e históricamente cierta, y es doctrina de fe, al menos implícitamente divina (el que revela dice implícitamente que él revela) y católica.

 

296. Prueba de la tesis. La prueba contiene una doble parte:

 

A)   EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU SANTO SON TRES PERSONAS          REALMENTE DISTINTAS.

 

B)   CADA UNA DE LAS TRES PERSONAS ES EL VERDADERO DIOS, EL        CUAL ES ÚNICO.

 

La prueba del misterio de la Santísima Trinidad por el N. Testamento, puede proponerse de dos maneras:

 

a) Complexiva y cuasi‑sintéticamente, presentando los datos que contiene el N. Testamento acerca de los elementos de los que consta el misterio.

 

b) Por separado y analíticamente, apreciando lo que los distintos autores, esto es, el conjunto de los autores indican acerca del misterio, los Sinópticos, S. Pablo, S. Juan, y los otros autores. Este segundo modo, el cual es más propio de la Teología bíblica y de la Historia de la revelación o del dogma, es frecuente hoy día. Nosotros seguimos el primer modo, como más apto y más a propósito para el tratado de la Suma de la doctrina teológica.

 

A).  El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas realmente distintas.

 

La distinción personal incluye la distinción real de supuestos o de sujetos, y la naturaleza intelectual de los mismos; por tanto, hay que probar ambas cosas: que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son realmente distintos, y que son supuestos o sujetos de naturaleza intelectual.

 

LA DISTINCIÓN PERSONAL ENTRE EL PADRE Y EL HIJO, es clara por los nombres mismos con los que se les designa.  No obstante, puesto que el Hijo es Cristo, el cual es llamado también Verbo, y en Él hay una doble naturaleza, divina y humana, es menester mostrar que la distinción real personal entre Él mismo y el Padre se da no sólo por razón de la naturaleza humana de Cristo, sino también según el elemento divino que hay en Él.  Ahora bien, esto se enseña en el tratado de "Verbo Incarnato", cuando se prueba que hay una sola persona en Cristo, y que ésta es divina.  Sin embargo, debemos también mostrar aquí los principales documentos de la prueba.  Así, pues, probamos que Jesucristo, según el elemento divino, es EL HIJO O EL VERBO, ES REAL Y PERSONALMENTE DISTINTO DEL PADRE.

 

1. Cristo es el único sujeto, del cual se predican elementos divinos y humanos; es así, que Cristo aparece de modo manifiesto como persona y sujeto distinto del Padre;  luego, el Hijo, esto es, el Verbo, es en lo referente a Dios, persona distinta del Padre. Por otra parte, no es necesario probar que el Padre es persona.

 

Prueba de la mayor. S. Juan 1,18, el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre y nos da a conocer la divinidad, es Cristo hombre donde se afirma, con firmeza, la identidad personal preexistente entre el Verbo y Cristo.  En S. Jn. 8,58 dice Cristo: Antes que Abraham naciese era Yo.  S. Jn 17,5: Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de tí mismo con la gloria que tuve cerca de tí antes que el mundo existiese. Fil. 2,6 Jesucristo existía en la forma de Dios.

 

La menor está clara por todo el N. Testamento y por el nombre mismo de Hijo.

 

2. Cristo es Hijo de Dios propiamente dicho, o sea, natural: lo cual se muestra en la segunda parte de la prueba en la demostración de la divinidad de Cristo; ahora bien, el hijo natural en cualquier naturaleza es un supuesto distinto del Padre.  Según la lectura probable de S. Juan 1,18, se dice: μονογενής θεός, Dios unigénito.

 

3. El Verbo es persona distinta de Dios (Padre).  En efecto, el Verbo estaba en Dios, πρός τόν θεόν, S. Jn. 1,1, lo cual indica la comunión de vida íntima con el Padre; luego se trata de dos personas.  Además, el Verbo se hizo carne, S. Jn. 1,14, de tal manera que el nombre de Cristo es el Verbo de Dios, Ap. 19,13, y el Verbo de vida, S. Jn. 1,1; es así que Cristo es persona distinta de Dios Padre; luego sáquese la consecuencia.

 

297.  EL ESPÍRITU SANTO ES PERSONA DISTINTA DEL PADRE Y DEL HIJO. Para probar esto, es suficiente mostrar que el Espíritu Santo es realmente distinto del Padre y del Hijo, y que es un ser persona; esto es, un sujeto que se muestra y obra como un ser de naturaleza intelectual. Y no es menester que tenga operaciones exclusivamente propias; ahora bien, a fin de que se manifieste con más claridad su personalidad distinta, se le adjudican ciertas obras divinas.

 

Se prueba. 1. La enumeración conjunta, tan frecuente con el Padre y el Hijo, los cuales son personas distintas, en los textos trinitarios, como S. Mt. 28,19;  2 Cor. 13,13, las cuales glosas no dejan lugar a duda alguna.

 

El espíritu Santo es persona. Pues por las operaciones que se le atribuyen se muestra de un modo manifiesto como un ser persona, exactamente del mismo modo que Cristo.  Así es llamado Paráclito (por doquier) y en verdad otro 14,16, para que Éste ocupe el lugar de Cristo; es enviado, como fue enviado Cristo 14,6.16,13, y tomará de lo mío (de lo de Cristo) y os lo dará a conocer, 16,14:  el Espíritu Santo enseñará, traerá a la memoria, dará testimonio, argüirá, guiará hace la verdad completa, hablará, oirá (habla, oye), anunciará toda la verdad, glorificará: 16,26;  16,8.13‑15 (Véase S. Jn. 5,6) todo lo cual se dice de Cristo: 3,11‑13;  8,38;  17,4;  5,19ss; 7,16;  8,26‑40; dará testimonio como los Apóstoles: 15,26‑27.  Por éste último texto vemos que el Espíritu Santo, al dar testimonio, es otro distinto de los Apóstoles cuando dan estos testimonios.

 

El Espíritu Santo es distinto del Padre y del Hijo.  En efecto, es dado por el Padre, es enviado por el Padre a petición del Hijo y también es enviado por el Hijo mismo, ya, ciertamente, cuando el Hijo regresare al Padre, enseñará lo que ha dicho el Hijo y dará testimonio del Hijo, le glorificará, tomará de lo de Él, argüirá al mundo de pecado, por falta de fe en el Hijo que procede del Padre: 14,16‑26;  15,26;  16,7‑11.13‑15.

 

298. 3. Se muestra casi del mismo modo por S. PABLO:

 

El Espíritu Santo es persona. En efecto, da testimonio, viene en ayuda de nuestra flaqueza, aboga por nosotros, desea: Rom. 8,16.26.27, grita, Ga 4,6; claramente dice, 1 Tm. 4,1, todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios, 1 Cor 2,10;  dis­tribuye a cada uno de los carismas según quiere, 1 Co. 12,4‑6, puede entristecerse Ef. 4,30 es enviado a nuestros corazones, Ga. 4,6; habita en nosotros y nosotros somos su templo, Tm. 8,9.11;  1 Co. 3,16;  6,19;  2 Tm. 1,14; todo lo cual se dice del Espíritu Santo, como se dice de Cristo y de Dios, Rm. 8,10.34;  1 Co. 3,16;  14,25;  2 Co. 6,16.

 

Es distinto del Padre y del Hijo.  En efecto, es de Dios, 1 Co. 2,12; es enviado por Dios, Ga. 4,6; es derramado por Dios mediante Jesucristo, Tt. 3,6; muchas veces es llamado el Espíritu de Dios; 1 Co. 2,14; 3,16.11;  7,40;  12,3;  2 Co. 3,3;  Ef. 3,16; Rm. 8,9 y el Espíritu de Cristo, a veces en los mismos textos, como Rm. 8,9; Ef. 3,16;  2 Co. 3,17s; Ga. 4,6;  Flp. 1,19.  Este modo de hablar, considerado en su conjunto, y dando por supuesto que se trata de un ser personal, muestra de modo patente la distinción personal respecto a ambas personas de las cuales es llamado Espíritu.

 

4. POR LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES, el cual libro ha sido denominado el Evangelio del Espíritu Santo, y describe la acción de Éste en el cuerpo de la Iglesia, así como S. Pablo describe la acción que ejerce en la vida interior sobrenatural.

 

La personalidad del Espíritu Santo, se expresa claramente cuando se le presenta como autor y rector de toda la actividad de la Iglesia primitiva.  Él mismo da el hablar a los apóstoles, 2,4;  mentir a Pedro es mentir al Espíritu Santo, 5,3‑4; es testigo juntamente con los apóstoles 5,32; habló por boca de David 1,16 y por Isaías 28,15; dice 21,11;  Él mismo dirige la misión de Felipe, diciendo  8,29.39;  acerca de Cornelio dijo a Pedro: Los he enviado yo  10,19‑20;  22,12;  en la misión de Pablo y Bernabé dijo a los discípulos 13,2;  y los envía 13,4;  les prohíbe y no les permite predicar en algunos lugares 16,6‑7;  advierte a Pablo 20,23; Él mismo constituye obispos 20,28;  el Espíritu Santo da el decreto de Jerusalén juntamente con los discípulos 15,28.

 

La distinción del Espíritu Santo respecto del Padre y del Hijo, se enseña cuando se le llama Espíritu del Señor y de Jesús, 5,9;  8,39;  16,7 y cuando se dice que es dado por Dios, 5,32, que es derramado por Cristo, 2,33;  que Dios ungió a Cristo con el Espíritu Santo, 10,38;  que el Espíritu constituye obispos para apacentar la Iglesia de Dios (de Cristo) 20,28.  Por último, cuando se dice del Espíritu Santo que es el objeto de la doctrina especial para antes de recibir el bautismo, 19,1‑7.

 

5. POR LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS.

 

El Espíritu Santo aparece como persona.  En efecto, Siméon recibió respuesta de Él, S. Lc. 2,26;  Cristo se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo, S. Lc. 10,21; el Espíritu hablará en los discípulos, S. Mt. 10,20;  S. Mc. 13,11;  enseñará lo que deben hablar, S. Lc. 12,12; la blasfemia contra el Espíritu Santo se pone en relación con la blasfemia contra Jesucristo, S. Mt. 12,13‑32 (S. Mc. 3,28‑30).

 

La distinción respecto al Padre y al Hijo, aparece de un modo suficientemente claro en el bautismo y en la tentación de Cristo, S. Mt. 2,16;  4,1  (Mc. 1,10.12;  Lc. 3,22;  4,1,  Jesús lleno del Espíritu Santo es llevado por el Espíritu).

 

299. Los textos aducidos de la fórmula bautismal, de S. Juan y de los Hechos de los Apóstoles, son totalmente ciertos para todos los católicos en cuanto a la distinción personal del Espíritu Santo respecto al Padre y al Hijo. Sin embargo, hay autores, para los cuales esto no está tan claro en S. Pablo y en los Sinópticos. No obstante, hay que sostener el que también, apoyándonos en éstos, puede garantizarse un argumento cierto.

 

       a) S. Pablo:

 

1º. Establece claramente en los textos aducidos la distinción entre el Espíritu Santo y el Padre y el Hijo.  En efecto, el Espíritu de Dios y de Cristo, el cual es enviado por Dios, y que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y coherederos de Cristo, Rm. 8,9.11.16‑17, es manifiestamente distinto del Padre y del Hijo.

 

2º. Lo que se ha dicho acerca del Espíritu Santo, no puede entenderse de una simple personificación del poder divino, ni tampoco de un solo don creado, ni del entendimiento del Padre.  No puede entenderse de lo primero, pues no debe suponerse una personificación, a no ser que conste con claridad, como del pecado o de la ley, Rm. 7,17‑23, y no es tan frecuente;  ahora bien, el Espíritu Santo en muchísimas ocasiones y en circunstancias muy diversas, es presentado como persona. Tampoco de lo segundo, pues aunque es verdad que muchas veces el nombre del Espíritu Santo significa también un don creado, esto no se ajusta con la distribución de los dones, ni con la misión, las cuales se predican del Espíritu Santo. Ni puede entenderse lo tercero, pues la comparación que se hace en la 1 Co. 1,10‑11 con el espíritu humano, no se aduce para explicar el modo cómo el Espíritu es respecto a Dios, sino solamente para explicar que el Espíritu puede escudriñar las profundidades de Dios.

 

3º. Por último, se encuentran abundantes fórmulas Trinitarias en S. Pablo, 1 Co 12,4‑6;  2 Co. 13,13,  etc.; ya en estos textos está clara la distinción personal, y en ellos mismos se enseña la misma distribución de funciones o acciones entre las divinas personas, que presentan otros textos, los cuales tratan exclusivamente del Espíritu. Por lo que se refiere a las objeciones que ponen los racionalistas, respecto a la identificación del Espíritu de Cristo, las estudiaremos al resolver las dificultades.

 

       b) Los Sinópticos hablan, aunque con menos frecuencia, como S. Juan, S. Mat. 10,20; S. Mc. 13,11; S. Lc. 12,12, y éstos, los Sinópticos, también tienen textos trinitarios; luego deben entenderse del mismo modo.  Principalmente, el texto acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo, S. Mt. 12,24‑32; S. Mc. 3,22‑30; S. Lc. 11,15‑22; 12,10,  declara, de forma manifiesta, el carácter personal del Espíritu como distinto de Cristo y del Padre;  y Belcebú, en cuyo nombre los judíos decían de un modo blasfemo que Cristo realizaba los milagros y arrojaban los demonios, era para los judíos alguien totalmente personal.

 

B)   El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son el verdadero Dios.

 

300. No necesita prueba alguna el que LA PRIMERA PERSONA, EL PADRE, ES VERDADERO DIOS.

 

Al Padre se le llamada Dios vivo, S. Mt. 16,16; Él es el solo (el único) Dios verdadero, S. Jn. 17,3;  el Señor del cielo y de la tierra, S. Mt. 11,25;  a Él se le atribuyen todos los predicados divinos y todo lo que ha sido revelado de la naturaleza divina en el A. y N. Testamento; solamente en el sermón de la montaña, S. Mt. 5,7, se enseña la suma perfección del Padre, su omnisciencia, su providencia paternal para con todos, la necesidad de hacer su voluntad, a fin de que cualquiera pueda entrar en la vida, la necesidad de dirigirse orando a ÉL, etc.

 

Más aún, el nombre de Dios ό θεός, se le atribuye al Padre, sobre todo en los escritos apostólicos, incluso en los textos trinitarios, de una forma tan especial que se dice acerca de Él, por apropiación, lo que, según se indica en su lugar, se fundamenta en el hecho de que el Padre es en lo divino el principio de las otras personas; por lo cual, se manifiesta en Él de un modo peculiar la razón de la divinidad, por la que Dios es el principio de las demás cosas.

 

301. LA DIVINIDAD DE CRISTO, rebosa en realidad a lo largo del Nuevo Testamento entero, presentada por Jesucristo mismo en cuanto hombre con sus palabras y sus hechos, y con los testimonios de los apóstoles de una forma ciertamente peda­gógica y de distintos modos. Y no solamente hay por qué afirmar la proposición abstracta Jesucristo es verdadero Dios (si bien también esta proposición se encuentra en el N. Testamento);  sin embargo, debían proponerse de un modo vivo y adecuado en orden a presentar y a promover la vida religiosa, las muchas e inefable relaciones que Cristo tiene, en cuanto Dios y en cuanto hombre, respecto al Padre y respecto a los hombres, a causa de cuya redención y santificación, Jesucristo posee la humanidad;  de este modo, la manifestación de Cristo acerca de sí mismo y de su divinidad, es mucho más viva y más clara.  Debe también tenerse en cuenta, que el monoteísmo totalmente estricto que es propio de la revelación del A. Testamento, ha sido, ciertamente, confirmado en el N. Testamento.  Por tanto, queda excluida, ya de entrada, tanto de la Sagrada Escritura como del pensamiento de los judíos, cualquier participación menguada o degradada de la divinidad, la cual entrometían por la fuerza algunos sistemas filosóficos‑religiosos, y con la cual pretendían explicar científicamente el politeísmo de la religión popular.

 

Advierte San JUAN CRISÓSTOMO: "En efecto, si hubiera dicho al instante:  Habéis oído se dijo a los antiguos: Yo soy el Señor tu Dios, y fuera de mí no hay otro;  pero yo os digo que me adoréis igual que a Él; esto hubiera conseguido el que todos le hubieran considerado como a un persona que está fuera de sí".  Ahora bien, el testimonio de Cristo acerca de sí mismo, tiene mayor valor por el hecho de que siempre se manifestó como extremadamente humilde y sumiso respecto al Padre y parda con los hombres.  Con hermosas palabras y llenas de verdad, dice Lagrange:  "No entenderá el Evangelio, el que no intente penetrar en la profunda humildad de Jesús".

 

Puesto que en el tratado De revelatione christiana se ha estudiado crítica y apologéticamente el testimonio de Cristo acerca de su divinidad, remitimos a él al lector, respecto de esta parte principal de la prueba, conformándonos con resumirla aquí brevemente.

 

302. Se prueba. I. POR LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS.

 

a) Cristo se muestra como el centro y el fin de la vida religiosa y moral, lo cual es propio exclusivamente de Dios. En efecto, Él mismo se atribuye una potestad legislativa igual a la divina, llevando a su culmen la ley dada por Dios, y quitando algo de ella, como el repudio y la ley del talión; pero Yo os digo, S. Mt. 5,21‑42; es Señor del sábado, S. Mt. 12,8 es el juez de la vida moral y religiosa; más aún, el juez universal, S. Mt. 9,3‑6;  S. Lc. 7,48‑50;  S. Mt. 13,41ss;  25,31ss;  26,46;  es el centro del amor y el objeto de la vida religiosa de todos, que exige renuncia, S.Mt. 10,27‑39;  16,24 (S. Lc. 14,26‑27);  a la pecadora se le perdonan los pecados porque amó a Jesús, S. Lc. 7,47; se exige fe en Él, bajo pena de condenación eterna, S. Mt. 10,33;  bienaventurado es aquel contra el que digan con mentira todo género de mal por Jesús, S. Mt. 5,11.

 

b) Cristo se atribuye ciencia divina; en efecto, conoce al Padre, así como el Padre le conoce a Él, S. Mt. 11,27; S. Lc. 10,22, el cual texto ha sido llamado por los racionalistas joánico.  Este es el gran misterio que el Padre ha revelado a los pequeñuelos que todas las cosas han sido entregadas al Hijo por el Padre, S. Mt. 11,26‑27;  S. Lc. 10,21‑22.

 

c)    Cristo es Hijo propio, queridísimo de Dios, en una palabra, hijo natural.

 

Esto lo proclamó solemnemente el Padre en el bautismo y en la transfiguración, S. Mt. 3,17;  17,,5;  S. Mc.  1,11;  9,77;  S. Lc. 3,22;  9,35: este es (tú eres) mi Hijo muy amado ό υίός μον, ό άγαπητός. Esta expresión, nunca se dice en el N. Testamento en un sentido lato, o acerca de un hijo adoptivo, sino solamente de un hijo natural y equivale al vocablo hebreo  iahid,  único, unigénito.  La lectura que se introdujo en Lc. 3,22 en códices contadísimos, extraída del libro de los Salmos, 2,7 , hoy te he engendrado yo, no cambia el sentido, según está claro por los textos del N. Testamento, donde se emplea, en realidad (Hch. 13,33;  Hb. 1,5;  5,5). Ahora bien, Cristo se atribuye este nombre, y, ciertamente, con el mismo significado propio;  Jesucristo enseña, ciertamente, muchas veces a los discípulos, que Dios es Padre de ellos; sin embargo, nunca se une a ellos en la filiación, sino que siempre se distingue de ellos diciendo que es es su Padre, S. Mt. 7,21;  10,32;  11,27;  12,50;  15,13;  16,17;  18,10‑35;   20,23;  25,34;  26,53;  S. Lc. 2,49;  10,22;  22,29;  24,49.

 

No obstante, hay declaraciones especiales de Cristo acerca de su divina filiación.

 

303. S. Mt. 16,16‑17, la confesión de Pedro Tú eres Cristo el Hijo de Dios vivo, σύ ει ό χριστό ό υιό τοϋ θεοϋ τοϋ ζώντο es alabada por Cristo como que ha sido conocida por revelación del Padre.  Está claro que el testimonio de Pedro no se refiere exclusivamente a la mesianidad; a saber, a la sola naturaleza del legado divino, la cual, sin duda, los apóstoles ya habían reconocido, sin que esperaran una revelación especial del Padre (véase S. Mt. 8,29;  9,1‑8;  14,33 y textos paralelos), sino que el testimonio de Pedro se refiere a la verdadera filiación natural y propiamente tal, respecto a Dios, la cual filiación estaba en realidad incluida por revelación del A. Testamento en la dignidad del Mesías, si bien no había sido propuesta de un modo tan claro.  En efecto, los judíos pudieron conocer por  el A. Testamento, que el Mesías era el Verdadero Dios; sin embargo, de hecho, no se dieron cuenta de esto.  Por eso, no llamaban al Mesías Hijo de Dios, al menos de un modo corriente, sino que le llamaban, más bien, hijo de David, o rey de Israel, o profeta[1].  Por tanto, el sentido de la confesión de Pedro es: Tú eres el Mesías, el cual es el Hijo de Dios vivo. Confirman esto y todas las circunstancias y la teofanía que ocurrió poco después en la transfiguración.

 

En la parábola de los viñadores, S. Mt. 21,33‑46;  Mc. 12,1‑12;  S. Lc. 20,9‑19, Cristo aparece en la casa de Dios como el hijo único muy querido en una familia τόν υιόν μον τόν άγαπητόν, en contraposición a los profetas, a los cuales llamaba siervos (toda creatura es esencialmente sierva de Dios) los cuales no obstante eran hijos de Dios en sentido más lato.

 

En el juicio en presencia de Caifás, S. Mt. 26,62‑66;  S. Mc. 14,60‑64;  S. Lc. 22,66‑71, a la pregunta bajo juramento del juez: te conjuro por Dios vivo, dí si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios, responde Cristo afirmativamente, añadiendo lo gloria de estar sentado a la diestra de Dios (Sal. 109,1) y de venir sobre las nubes del cielo.  Donde hay que tener en cuenta que, según S. Lucas, en el juicio que se llevó a cabo por la mañana, se le hicieron a Jesús dos preguntas distintas: Si eres el Mesías, dínoslo, y después que Jesús habló de que estaría sentado desde ahora a la diestra del poder de Dios, luego )eres tú el Hijo de Dios? Los sanedritas tomaron esta respuesta como una enorme blasfemia merecedora de la muerte; ahora bien, el solo hecho de atribuirse la dignidad mesiánica, ni siquiera aparentemente podía tener la calificación de una blasfemia tan horrible; y además, el nombre del Hijo de Dios no era meramente mesiánico; y la pregunta de Caifás, suponía una significación clara de las palabras de Cristo en la controversia mantenida poco ha en el templo, S. Mt. 22,41‑46;  S. Mc. 12,35‑37;  S. Lc. 41,44, cuando hizo callar a los judíos, citando el Sal. 109,1, donde David, en Espíritu, llama al Mesías Señor, a pesar de ser su hijo.

 

d) Por último, ya en los Sinópticos se halla expresiones acerca de Cristo las cuales en el A. Testamento tratan claramente acerca de Yahvé. Acerca de S. Juan Bautista como precursor de Cristo se dice en S. Mt. 3,3;  S. Mc. 1,2s;  S. Lc. 7,27;  S. Mt. 11,10;  S. Lc. 3,4s;  las palabras que se dicen en Is. 40,3 y Mal. 3,1 acerca de aquel que debía preparar el camino del Señor;  Cristo es, por tanto, Yahvé.  Cristo mismo, en la cuestión acerca del ayuno, S. Mt. 9,14s;  S. Mc. 2,18‑20;  S. Lc. 5,33‑35, se llama a sí el esposo; y ya en el A. Testamento, el esposo del pueblo de Israel es Dios.

 

304.  2. POR S. PABLO: S. Pablo enseña brillantemente la divinidad de Cristo a base de los mismos capítulos doctrinales.

 

a) Cristo es el centro de la vida religiosa.  En efecto, es la vida de los fieles, Co. 3;  Gál. 2,20; mediante el bautismo en el nombre de Cristo, Act. 19,5;  esto es, por la consagración a Cristo, se visten de Cristo, Gál. 3,27. La vida religiosa reside en Cristo Jesús, con cuya fórmula, en 164 textos, significa lo mismo que estar en el Espíritu, y está claro que el Espíritu es divino.

 

Como es sabido, los judíos no querían pronunciar por referencia el nombre constituido de cuatro letras, Yahvé;  y por ello leía en todas partes Adonai, el Señor.  De donde vino a resultar que el nombre el Señor tenía la nota de nombre divino, cuando se trataba acerca de temas religiosos.  Luego, el que este nombre se emplee por S. Pablo constantemente (en 86 textos) simplemente como nombre propio de Jesucristo, según se encuentra ya en los Hechos de los Apóstoles, es un claro testimonio de la verdadera divinidad reconocida en Él.

 

Las relaciones del hombre para con Dios en el A. Testamento, las llama el Apóstol relaciones en orden a Cristo, como invocar el nombre del Señor, Jl. 3,32;  Rm. 10,9.13;  por tanto, lo esencial de la predicación apostólica y de la confesión de la fe salvadora, es Cristo Señor, Act. 16,31;  Rm. 10,0;  2 Co. 4,5.

 

b) Se predican de Cristo atributos y operaciones divinas: Preexistía antes de la creación del mundo, y en Él fueron creadas todas las cosas y las conserva, Co. 1,15‑17; Heb. 1,2.3.10‑12, donde dice acerca de Cristo, Sal. 101,26‑28, afirmaciones claramente divinas; fue enviado por Dios cuando nació de mujer, Gál. 4,4‑5;  es adorado por los ángeles, Heb. 1,6; al nombre de Jesús dobla la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, Flp. 2,10‑11;  como rey del universo está sentado a la derecho de Dios, sobre los ángeles, Hb. 1,13 (Sl. 109,1).

 

305. C)  Cristo es hijo propio y natural de Dios:  El nombre de Hijo de Dios es tan propio de Cristo, que el nombre de Dios es Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, 1 Ts. 1,1.10 y así constantemente;  ahora bien, Cristo es el Hijo propio, Ro. 8,32, en contraposición a aquellos que mediante Jesucristo llegan a ser hijos adoptivos de Dios, Ro. 8,15;  Gl. 4,5;  el hijo es el esplendor de la gloria del Padre y la imagen de su sustancia, Hb. 1,3, tan por encima de los ángeles que el nombre de Hijo a él solo le ha sido dado, Sl. 2,7; por último, es el primogénito de toda creatura, Co. 1,15; a saber, engendrado antes de toda creatura y como Señor de la creación, como heredero y primogénito en la familia del universo entero.

 

Estos testimonios son tan patentes y tan claros, que con razón dice Lebretón, que apenas el prólogo de S. Juan es más claro respecto a la divinidad de Jesucristo.  Principalmente el capítulo 1 de la epístola a los Hebreos, presenta una demostración muy adecuada al pensamiento de los judíos, la cual tuvo una gran importancia en la controversia contra los arrianos.

 

Comienza el autor afirmando la verdadera dignidad y filiación natural de Cristo; versículo 2, Cristo es el Hijo, el cual nombre lo tiene a manera de nombre propio; así como en las otras epístolas tiene a manera de nombre propio el de Señor κύρος. El heredero, esto es: Señor de todo el universo.  Su naturaleza y origen se describe en el V. 3. Es esplendor de la gloria άπάγανσμα τής δόεης, (véase Sb. 7,26), porque contiene la consustancialidad y la generación eterna, y es imagen de su sustancia χαρακτήρ τής ύποστάσεως αυτού, sello de la sustancia por ser divino, como imagen perfecta de Dios, donde se señala la distinción respecto del Padre; y hay que fijarse en que S. Pablo dice que el Hijo  es  , no dice  tiene , la impresión de la sustancia divina.  Por último, se atribuyen al Hijo acciones divinas:  por quien también hizo el mundo, V. 2;  a saber:  la creación proviene del Padre, pero mediante el Hijo, el cual recibió del Padre la naturaleza y la actividad;  por último, la conservación, V. 3, y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas (todo subsiste en Él, Co., 1,17).  Por tanto, se le atribuyen honores divinos; está sentado a la diestra de la majestad del Padre en el cielo (Sl. 109,1), poseyendo igual gloria que Dios.

 

Comprueba esta por el Antiguo Testamento a causa de su eminencia sobre los ángeles.  Ya en el V. 4s, en virtud del nombre de Hijo, Sl. 2,7 y R. 7,14, y expone el sentido bien literal, bien típico, de estos textos.  Después, por el hecho de que debe ser adorado por los ángeles, V. 6, donde predica de Cristo algo totalmente divino, Sl. 96,7.  Por último, en razón del cargo, los ángeles son servidores, V. 7,14, siendo así que Cristo es Rey y Dios que se sienta a la derecha de Dios, Sl. 44,7‑8;  Sl. 109,1, donde se aplica a Cristo dos veces, en vocativo, el nombre Dios ό θεό, V. 8s: y al Hijo: tu trono, (oh Dios!...  Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido...  por tanto, los atributos divinos, la creación, la eternidad y la inmutabilidad, expresados en el libro de los Sl. 101,26‑28, se transcriben como sencillamente referidos al Hijo.

 

306. d) Por último, aunque S. Pablo adjudica el nombre Dios al Padre, sin embargo, en varios textos, llama a Jesucristo Dios en sentido propiamente dicho. Cristo es Dios que adquirió con su sangre la Iglesia, Act. 20,28.  Cristo, que está por encima de todas las cosas, es Dios bendito por los siglos, Ro. 9,5;  en Tito 2,14, dice S. Pablo que nosotros esperamos la venida gloriosa del Gran Dios y salvador nuestro, Cristo Jesús.  Por último, Cristo, antes de la Encarnación, existía en la forma de Dios; tenía derecho a los honores divinos de los cuales se despojó voluntariamente y Dios Padre se los devolvió, constituyéndole como Señor en su gloria, Fl. 2,5‑8.

 

Cristo, que está por encima de todas las cosas, es Dios bendito por los siglos, Ro. 9,5. En este texto, que ha sido llamado el tormento de los racionalistas, donde S. Pablo comienza a tratar acerca de la reprobación de Israel, recuerda, en primer lugar, las prerrogativas del pueblo elegido, de entre las cuales, la mayor y principal, es el hecho de que de él nació Jesucristo, según la carne, que está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén δ ών έπι πάντων θεός είς τούς αίώνας Аμήν. Queda patente la aposición, por la que aquel que es llamado Dios bendito, que está por encima de todas las cosas, es Cristo.

 

Ahora bien, a fin de tratar los racionalistas de esquivar la fuerza del argumento, propusieron dos interrupciones distintas, colocando el punto o bien después de la palabra Cristo, o bien después de por encima de todas las cosas, a fin de tratar de conseguir el que de este modo el nombre de Dios se dijera del Padre, y el que la expresión Dios que está por encima de todas las cosas, o bien Dios bendito por los siglos, amén, fuera una doxología referida al Padre.  Sin embargo, está claro que ambas interrupciones han sido elegidas de un modo totalmente arbitrario, y en contra de la ordenación simétrica de la frase; y por ello, si exceptuamos exclusivamente a Tischendorf, todos los editores críticos más modernos rechazan esta interrupción racionalista y echan mano de la tradicional.  Ahora bien, aquí no puede pensarse que se trate de una doxología referida al Padre.  Pues todas las doxologías comienzan con la palabra Benedictus Еύλογητός. Además, en este texto, va totalmente en contra del contexto psicológico de esta perícopa, donde Pablo está lleno de amarga tristeza, V. 2s., a causa del rechazo de los judíos.

 

En T. 2,14, S. Pablo dice que nosotros esperamos la venida εχιφάνειαν gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús. La aposición sin repetir el artículo, τήςδόεης τού μεγάλου θεού Кαί σωτήρος ήμών Іησού χριστού indica de forma manifiesta que se trata de una sola e idéntica persona;  cuando S. Pablo quiere distinguir entre Dios Padre y Dios Hijo, lo muestra claramente, v. gr. Tit. 1,4.  Además, el título del gran Dios, así como en Ro. 9,5 que está por encima de todas las cosas Dios, no encaja de ningún modo en la forma de hablar del Apóstol acerca de Dios Padre.  Por último, al hablar de la manifestación επιφάνεια , siempre lo hace S. Pablo refiriéndose a Cristo, puesto que se trata de la gloria de la segunda venida, 1 Tim. 6,24;  2 Tm. 4,1‑8,  y nunca lo hace refiriéndose al Padre.  Ahora bien, el título del gran Dios y Salvador, es divino, Tit. 1,3;  3,4,  el cual título lo arrogaban por aquella época los reyes y emperadores paganos.

 

307.  En Fl. 2,5‑8, S. Pablo enseña la preexistencia de Cristo en su naturaleza divina; que le eran debidos honores propios de Dios; y que después de su humillación había sido exaltado como Señor en la gloria del Padre.

 

En esta sublime perícopa, en la que los autores se extrañan de que sea puesta como paso en medio de una exhortación moral (lo cual supone ciertamente que la doctrina que enseña era conocida y familiar a los fieles) a fin de recomendar la caridad a los filipenses, propone el ejemplo de abnegación y de exaltación de Cristo.

 

V. 6 Quien, existiendo en la forma de Dios ως έν μορφή θεού υπάρχων .  El participio υπάρχων en contraposición al participio γενόμενος del V. 7, indica un estado permanente "como existiera y existiendo ahora" (Estio);  por tanto, Cristo preexistía antes de la Encarnación Мορφή θεού , según explican los Padres griegos, la naturaleza divina, el modo de ser de Dios; en contraposición al modo de presentarse σχήμα V. 7, al aspecto externo, como en el mismo V. 7 la forma de siervo μορφή δούλου denota la naturaleza humana esencialmente sierva. Luego Cristo era Dios antes de la Encarnación, y permanece siendo Dios, como es lógico y natural.

 

Sin embargo, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, ουχ αρπαγμόν ηγήσατο τό εϊναι ιςα θεώ. La expresión τό είναι ίσα θεώ significa más bien mantenerse igual a Dios, tener los honores divinos, que su naturaleza reclamaba de suyo, "igualarse a Dios" traduce Tertuliano. El vocablo αρπαγμόν los Padres latinos lo consideran en sentido activo, y traducen no consideró rapiña o robo la igualdad divina; esto es, no juzgó que Él se apropiaba lo que no era suyo al decir que Él era igual a Dios; sin embargo, comúnmente, los intérpretes ahora al igual que los Padres griegos, consideran este vocablo en sentido pasivo no reputó que los honores divinos eran a manera de un codiciable tesoro, si bien le eran debidos. Ahora bien, esta interpretación está más de acuerdo con la ordenación simétrica de la frase y con el contexto, al tratarse de recomendar la abnegación y la humildad. Sin embargo, el sentido teológico respecto a la divinidad de Cristo es el mismo: Cristo tenía derecho a los honores divinos.

 

V. 7  Antes se anonadó εκ ενωσεν , se vació, se despojó, tomando la forma de siervo, μορφήν δούλου, a saber, la naturaleza humana, la cual, como toda naturaleza creada, está esencialmente bajo el dominio absoluto de Dios; y habiendo sido hallado en aspecto σχήματι y también en apariencia externa como un hombre, V. 8  aún se humilló más hasta la cruz.  Por tanto Кένωσις , consiste en la acción de tomar la naturaleza humana, la condición y el aspecto externo de los otros hombres, dejando a un lado los honores divinos.  Así, pues, no se despojó de la naturaleza divina según se han inventado muchos protestantes a base de elucubraciones que carecen de sentido.

 

V. 9‑10  Por lo cual, Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre; a saber, la potestad y la majestad divinas, según el sentido que en hebreo se deja entrever en el vocablo nombre.  Para que el nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, le tribute culto divino; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor οτι κύριος Іησούςχριστός nombre divino de Yahvé, existiendo en la gloria de Dios Padres. De este  modo le fueron devueltos a Jesucristo los honores divinos.

 

308. 3. POR S. JUAN: Es manifiesto que S. Juan enseña que Cristo es verdadera y propiamente Dios, y aparece de forma totalmente patente en su Evangelio entero y en su primera Epístola.  Más aún, la divinidad de Cristo resplandece en S. Juan, no solamente en algunos textos, sino que vivifica íntimamente toda su exposición de la doctrina y de la vida de Cristo.

 

       a) El autor mismo manifiesta en su cap.  20 V. 31, cuál fue la finalidad del cuarto Evangelio: Estas señales fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías Hijo de Dios ότι Іησούς έστιν ό χριστός ό υίός τού θεού , lo cual es evidente que debe entenderse acerca del Hijo verdadero y natural; pues todo esto se dice después de narrar la confesión de Sto. Tomas, S. Jn. 20.20, respondió Tomas y dijo: (Señor mío y Dios mío! Ο κύριος μου καί ο θεός, confesión aprobada por Cristo como confesión de fe en Él mismo, en la que habla Sto. Tomás de forma clara acerca de la verdadera divinidad de Cristo.

 

Esta misma finalidad la pone de manifiesto S. Juan al final de la primera epístola, la cual es a manera de introducción del Evangelio  1 S. Jn. 5,20, donde en griego leemos: ινα γινώσκομεν τόν αληθινόν, καί εν τώ αληθινώ εσμεν εν τώ υιώ αυτού τησού χριστύ ούτός εστιν ο αληθινός θεός καί ζωή αιώνιος , para que conozcamos al que es Verdadero, y nosotros estemos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo; Él es el verdadero Dios y la Vida eterna.  Que el pronombre ÉL se refiere al Hijo, como a sustantivo que precede inmediatamente a este pronombre, lo exige la ordenación simétrica de la frase, y lo confirma especialmente todo el modo de expresarse de S. Juanh; pues ο αληθινός , el verdadero, con artículo y ζωή αιώνιος , la vida eterna, son nombres personales de Cristo  (Apoc. 3,7;  19,11;  S. Jn. 11,25;  14,16:  1 S. Jn. 1,2;  5,11‑12); y la finalidad de S. Juan no era mostrar que el Padre es verdadero Dios (lo cual, por otra parte, ya lo había dicho) sino que su Hijo Jesucristo es Dios.

 

309. B) La divinidad de Cristo resplandece en las primeras palabras del evangelio en el sublime prólogo, donde es revelada la doctrina acerca del Verbo divino, el cual texto es "el culmen y al mismo tiempo el resumen de la doctrina entera acerca de la persona divina de Jesucristo".

 

V. 1  Al principio... se muestra aquí la doctrina de la distinción del Verbo respecto del Padre (véase anteriormente núm. 296) y la eternidad y divinidad del Verbo. Έν άρχή hace referencia, según parece, a la creación del mundo (Gén. 1,1).  Ahora bien, cuando Dios creó el mundo ya era el Verbo ήν no fue hecho; preexistía, por tanto, en la inmutable eternidad divina. El nombre ό λόγος Verbo se encuentra cini nombre propio solamente en este capítulo y en la epístola de S. Juan 1,1, y en el Apoc. 19,13, y en el V. 14 nos dice S. Jn. que el Verbo se hizo carne, el Unigénito del Padre, que habitó entre nosotros; a saber, Jesucristo.  Y Dios era el Verbo θεός ήν ό λογος  (que es el sujeto) era Dios (el predicado).  El cual predicado se antepone al sujeto en sentido enfático y a fin de mantener la estructura de construcción de todo el versículo, ya que se pretende, principalmente, enseñar la divinidad del Verbo. Y θεός sin artículo significa la naturaleza divina; esto es, el que posee esta naturaleza divina.

 

Por ello, en el V. 3 se dice: Todas las cosas fueron hechas por Él.  A saber, el Verbo es creador como el Padre, al decir πάντα que todas y cada una de las cosas han sido creadas por Él; δι‘αύτού puesto que Dios *obra intelectualmente+.  Por el mismo motivo, en el V. 4 se dice en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y los que reciben ésta, vienen a ser hijos de Dios, τέκνα θεού , nacidos de Dios; pues la gracia y la verdad, V. 17, vino por Jesucristo, de cuya plenitud recibimos todos.

 

V. 18  El Verbo es el Unigénito del Padre, el Hijo Unigénito, o según la lección más probable el Dios Unigénito, μονογενής; θεός , el cual una vez hecho hombre, narró lo relacionado con Dios, lo cual ninguna creatura lo vio jamás; sin embargo, el Hijo Unigénito nos lo narró, porque estaba en el seno del Padre.  Donde el título μονογενής como propio del Hijo natural, le distingue de aquellos que vienen a ser hijos por participación τέκνα θεού; ahora bien, la gloria de Cristo es aquella que conviene al Unigénito del Padre.

 

De nuevo repite S. Juan estos puntos capitales en su primera epístola 1,1‑3 (véase S. Jn. 3,18).  El Verbo de vida, la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó;... y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo, el cual se nos dice en el cap. 4,9 es el Unigénito de Dios.

 

310.  e) A lo largo de toda la predicación de Cristo, descrita por S. Juan, Él mismo reivindica de muchas y distintas formas su divinidad y su unidad de naturaleza, de vida y de operación con el Padre.

 

Reclama para Él lo mismo que para el Padre; a saber: el culto  de la fe, todo el que ve al Hijo y cree en Él, tiene la vida eterna, 6,40, no morirá para siempre, 11,26;  creéis en Dios, creed también en mí, 14,1,  17,2;  culto de esperanza, en la cual se fundamenta la oración, lo que pidiéreis al Padre en mi nombre, éso haré, 14,13‑14;  15,5‑7, para que tengáis paz en mí;...  el que me ama a mí, será amado de mi Padre... 14,21‑28;  y los honores divinos, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre; el que no honra al Hijo no honra al Padre, 5,22‑23.

 

Cristo afirma en muchas ocasiones su preexistencia eterna.  Él mismo bajó del cielo, 3,13;  6,38‑41.50‑51.62, lo cual ya lo había afirmado muchas veces S. Juan Bautista, 1,27‑30;  3,31‑32.  Lleva a término Jesucristo una fuerte discusión con los judíos, de la que se nos habla en el capítulo 8, con la siguiente declaración solemne:  En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciese, yo soy, 8,58, donde se ha de notar la contraposición entre antes que Abraham naciese πρίν А βραάμ γενέσθαι y yo soy, εγώ ειμι , cuya 3expresión hace referencia al nombre divino mismo de Yahvé puesto en primera persona; por eso, los judíos quisieron apedrearle, porque se hacía Dios.  Jesús hace mención de su misma preexistencia eterna junto al Padre en la oración sacerdotal; ahora Tú, Padre, glorifícame cerca de Ti mismo con la gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiese, 17,5 (véase 16,28;  17,8).

 

Jesucristo tiene un modo de obrar divino y que es exactamente idéntico al modo de obrar del Padre.  Enseña esto Jesucristo en la discusión con los judíos;  5,17, mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también; por esto los judíos le acusaban porque decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios, 5,18;  a los cuales responde afirmando otra vez lo mismo, porque lo que Éste (el Padre) hace, lo hace igualmente el Hijo, 5,19;  más aún, ha entregado el Pazdre al Hijo todo el poder de juzgar, a fin de que tenga honores divinos, 5,22‑23.  En el sermón de la cena, afirma repetidas veces la unidad entre Él y el Padre en la procesión y en la misión del Espíritu Santo, 14,15‑16.26;  15,26;  17,6.13‑15, porque todo cuanto tiene el Padre es mío.

 

311. Por último, reivindica para sí Jesucristo, la unidad de naturaleza con el Padre. En presencia de los judíos en el tempo, 10,24.38, que estaban intentando el que dijera públicamente si era Cristo, habiéndoles, en primer término, reprendido su incredulidad, y después de recurrir al testimonio de las obras de su Padre, y habiendo afirmado su potestad suprema y la potestad del Padre sobre ovejas, dice Cristo: Yo y el Padre somos una sola cosa, έγώ κάί ό πατήρ έν έσμεν, 10,30. La unidad debe entenderse simplemente como unidad en la naturaleza de aquellos que son distintos en las personas; puesto que con estas palabras, Jesucristo da la razón de la unidad de la potestad, ya muchas veces afirmada y de nuevo repetida, 10,28‑29, por la cual viene a suceder el que nadie arrebate a las ovejas de su mano, puesto que el Padre es mayor que todos. Y queriendo los judíos apedrearle por lo que ellos llamaban blasfemia, puesto que decía: Tú, siendo hombre, te haces Dios, 10,33, rechaza en primer término el escándalo verbal, 10,34‑36, cuando dice decíais vosotros: blasfemas, porque dije: soy Hijo de Dios;  y apela de nuevo a las obras de su Padre para que sepáis y conozcáis que el Padre Está en mí y yo en el Padre, 10,38.  Donde Jesús pronuncia tres expresiones equivalentes para proclamar esta unidad de naturaleza:  Yo y el Padre somos una sola cosa, V. 30;  soy Hijo de Dios, V.36;  el Padre está en mí y yo en el Padre, V. 38;  en la primera expresión se da a conocer de modo inmediato la consustancialidad o unidad de naturaleza en las dos personas, en la segunda, la filiación natural, y en la tercera, la mutua en compañía.

 

En compañía de sus discípulos, en el sermón de la cena, 14,7‑11, habiendo dicho Jesucristo si me habéis conocido conoceréis también a mi Padre (en el texto griego con toda probabilidad del siguiente modo: θί έγνώκατέ με, καί τόν πατέρα μον γνώσεσθε V. 7, responde Jesús a Felipe que deseaba que le mostrara más e inmediatamente al Padre: )Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ha visto a mí ha visto al Padre, V. 9, porque yo estoy en el Padre y el Padre en mí, V. 10‑11, donde dice el Padre, que mora en mí, hace sus obras; a saber: a causa de la unidad de naturaleza y de la inexistencia mutua, las palabras de Cristo son del Padre y el Padre morando en el Hijo hace sus obras.  Por ello, los discípulos podían entender lo que Jesucristo había afirmado en multitud de ocasiones, 5,17;  14,8.15.7.23. "Difícilmente puede hallarse en el N. Testamento algo más expreso acerca de la unidad del Padre y del Hijo".

 

Por último, en la oración sacerdotal, 17,20‑23, propone como modelo de la unidad de todos los cristianos entre sí y con Cristo,