Articulo II
DEL EFECTO DE LA PASION
TESIS 24. CRISTO, CON SU PASIÓN, MERECIÓ PARA LOS HOMBRES TODOS LOS DONES, YA DE GRACIA, YA DE GLORIA.
602. Nexo. Después de que S.Tomás consideró la pasión de Cristo, trata de la causa eficiente de la pasión (q.47), donde enseña muchas cosas, de las cuales algunas (a.2) en parte han sido tratadas antes por nosotros (tesis 18, n.4476s), en parte (a.3) las indicaremos más adelante (tesis 25, n.644 en 2; cf. antes, tesis 18, escolio 1, n.487).
Después considera el santo Doctor el efecto de la pasión de Cristo y, en primer lugar, trata acerca del modo de hacer; en segundo, del efecto mismo. Entre los seis artículos en los que se trata del modo de hacer el primer lugar lo ocupa la cuestión de si la pasión de Cristo causó nuestra salvación a modo de mérito.
603. Nociones. MÉRITO. Como de la noción de mérito se habla abundantemente en el tratado de la gracia, basta aquí indicar brevemente el asunto. Mérito, según la idea común de los hombres, se define: obra buena digna de premio. El mérito puede ser de condigno y de congruo. El mérito de condigno supone alguna igualdad con el premio, de tal manera que al premio se le deba según justicia, de donde recibe también el nombre por la igual dignidad del mérito con el premio. El mérito de congruo no supone tal igualdad con el premio, sino que se debe el premio por cierta conveniencia.
En la tesis el mérito lo entendemos propiamente tal, o sea de condigno.
604. PASION DE CRISTO. Se trata de aquella pasión que le condujo a la muerte. Por tanto no consideramos la muerte in facto esse (hecha), sino in fieri (en el hacerse) (cf. S.To. 3 q50 a.6 c).
CRISTO CON SU PASION MERECIO. Estas palabras son afirmativas, no exclusivas. Después, escolio 1, n.619, expondremos en qué tiempo y con qué actos de su vida Cristo mereció. En la tesis, sin embargo, atendemos directamente a la pasión, ya porque ésta fue la obra principal de nuestra redención y la más acomodada a nuestra liberación, ya porque en ella fue consumada nuestra redención. De esto añadiremos algo en el escolio 2, 620.
PARA LOS HOMBRES. Hablamos de los hombres después de perdida en Adán la justicia original. Por lo demás, incluimos a todos los hombres, tanto a los que vivieron antes de la venida de Cristo, como a los que viven en el presente estado de la ley de gracia. Sin embargo, del modo cómo los méritos de Cristo influyeron en los antiguos Padres, hablaremos después en el escolio 6, n.624. De las cosas que Cristo mereció para sí o para los ángeles trataremos después en el escolio 3, n.621. Finalmente, de la cuestión de si los dones conferidos a Adán, antes del pecado, fueron por los méritos de Cristo, hablaremos después en el escolio 5, n.623.
605. TODOS LOS DONES DE LA GRACIA. Todas las gracias, ya las eficientes, ya las eficaces, que proceden de la justificación, la misma primera justificación, con las virtudes y dones del Espíritu Santo, los sacramentos con todos sus efectos, las demás gracias que siguen a la primera justificación, a saber, los auxilios excitantes y adyuvantes para el bien obrar, el mérito de aumento de la gracia y el aumento mismo de ésta, la satisfacción por los pecados veniales y por la pena temporal; finalmente la perseverancia en gracia hasta el fin de la vida, fueron adquiridas para los hombres por los méritos de Cristo.
En una palabra, podremos decir: Cristo mereció todos los dones sobrenaturales que conducen a nuestra salvación eterna. Por qué razón mereció también los naturales, lo expondremos más abajo, en el escolio 7, n.625.
606. Decimos DONES de gracia, para indicar claramente que nosotros en la tesis tratamos solamente de la colación o donación, prescindiendo de la cuestión de si Cristo mereció la predestinación de las gracias eficaces.
Si Dios, como afirmamos en la tesis, da en el tiempo los dones de gracia por los méritos de Cristo, es evidente que Dios decretó desde la eternidad dar estos dones por los méritos de Cristo.
Pero una cuestión ulterior, la cual remitimos al escolio 9, n.629, es si la razón por la que Dios determinó desde la eternidad conferir tal gracia precisamente a este hombre, la cual infaliblemente consiguiera su efecto, fueron los méritos de Cristo, o únicamente el beneplácito del Padre.
607. Supongamos el caso de la primera gracia eficaz sobrenatural. Todos los teólogos deben admitir que esta primera gracia no fue predestinada por Dios *post praevisa merita+ (después de la previsión de los méritos) de aquel que recibe aquella gracia. En esta tesis probamos que esta primera gracia se da por Dios en el tiempo por los méritos de Cristo, luego desde la eternidad quiso Dios darla así, a saber, darla por los méritos de Cristo. Pero queda esta cuestión: la elección precisamente de este hombre, a quien se da tal gracia eficaz, )es por los méritos de Cristo o por el mero beneplácito del Padre? Podemos explicar esta distinción con cierto ejemplo del Antiguo Testamento. El que el ángel no diese muerte a los primogénitos en las casas en cuyas puertas había sido puesta la sangre del cordero, pero el que precisamente en estas casas se pusiese la sangre, se debía a la observancia de los hijos de Israel (cf. Ex 12,7.13).
TODOS LOS DONES DE GRACIA, a saber, la gloria misma o eterna bienaventuranza sobrenatural y el aumento de gloria, aun la esencial.
Si Cristo mereció para los hombres la predestinación a la gloria, lo diremos más adelante en el escolio 8, n.626ss.
608. Adversarios. Algunos de los antiguos teólogos negaron que Cristo hubiera merecido para los hombres determinados dones sobrenaturales que anteceden a la justificación, porque les parecía a estos autores que nuestra justificación no sería ya más gratis si las disposiciones que preceden a la justificación hubieran sido por los méritos de Cristo.
609. Doctrina de la Iglesia. A. Cristo mereció por su pasión. Concilio Tridentino: *Si alguno afirma que este pecado de Adán... se quita por otro remedio que por el mérito de Jesucristo, que nos reconcilió con Dios con su sangre+ (D 790). *Las causas de esta justificación son... meritorias... Jesucristo, que... con su santísima pasión en el leño de la cruz, nos mereció la justificación+ (D 799; cf. 552, 711).
B. Cristo mereció las gracias que preceden a la justificación. Concilio Tridentino: *Declara, además, que el mismo principio de la justificación misma en los adultos se ha de tomar de Dios por Jesucristo, actuando antes la gracia+ (D 797). Aunque la palabra *mérito+ no se emplee, supuesto, sin embargo, la doctrina expresa del mérito de Cristo en este Concilio, apenas se puede dudar que las palabras *por Cristo Jesús+ se entienden del mérito de Cristo, esto lo muestran las deliberaciones tenidas en el Concilio acerca de las disposiciones a la justificación.
610. Cristo mereció la justificación misma. Antes, n.609. D 799; cf. 809, 820.
Los auxilios excitantes y adyuvantes para obrar bien. Se atribuyen implícitamente al mérito de Cristo por el mismo Tridentino, en cuanto que, en general, enseña que las buenas obras son hechas por el justo *por la gracia de Dios y el mérito de Jesucristo+ (D 842; cf. D 809).
Aumento de gracia. El mismo Concilio: *Si alguno dijere... que el mismo justificado con las buenas obras que se hacen por él... por el mérito de Jesucristo, no merece verdaderamente aumento de gracia... sea anatema+ (D 842). Luego el aumento de la gracia se atribuye mediatamente a los méritos de Cristo.
Satisfacción por la pena temporal. Idem: *Si alguno dijere que en ninguna manera se satisface a Dios por los pecados en cuanto a la pena temporal... por los méritos de Cristo...+ (D 923).
La gloria misma y el aumento de la gloria esencial. Tridentino: *Si alguno dijese, que el mismo justificado por las buenas obras que él hace por... los méritos de Jesucristo, no merece verdaderamente... la vida eterna y la consecución de la misma vida eterna (con tal que muriese en gracia) y también aumento de gloria, sea anatema+ (D 842). De nuevo se atribuyen mediatamente estas cosas a los méritos de Cristo (cf. D 836).
611. Valor teológico. A. Cristo, por su pasión, mereció en favor de los hombres. De fe divina y católica definida (D 790, 799).
B. Cristo mereció el principio de la justificación, la justificación misma, la satisfacción por la pena temporal. De fe divina y católica definida (D 797, 799 [y antes, n.609], 923). Sin embargo, no por ello habría que llamarles ni siquiera herejes materiales a aquellos teólogos antiguos que hemos citado entre los adversarios (cf. antes, n.608). Pues sólo negaban que Cristo hubiera merecido las disposiciones imperfectas que se anticipan a la justificación.
Cristo mereció aumento de gracia, la misma gloria y aumento de la gloria esencial. Doctrina católica, al menos implícitamente (D 842; en cuanto a los auxilios excitantes y excitantes, implícitamente: cf. antes, n.610); porque lo que se refiere a nuestra cuestión, no parece que sea enseñado in recto por el Concilio y, por tanto, no consta de la definición.
Cristo mereció los demás dones de gracia (cf. antes, n.605). Es teológicamente cierto, respectivamente cierto en teología.
612. Se prueba por la sagrada Escritura. En la sagrada Escritura no se hace mención expresamente del mérito de Cristo. Sin embargo se propone de muchas maneras la realidad misma, a saber, que Cristo con su pasión hizo una obra que fue muy aceptable a Dios y, por ella, Dios concedió a los hombres la justificación, la gracia y la gloria. Una naturaleza más íntima de esta obra de Cristo la expondremos en las tesis siguientes de la satisfacción, el sacrificio y la redención.
1) Jesucristo, nuevo Adán. Como, por la obra mala de un hombre, a saber, el pecado, han sido constituidos pecadores todos los hombres, así por la obra de *justicia+ de Cristo, a saber, por su muerte por obediencia al Padre todos son constituidos justos. Rom 15,12.18-21; Fil 2,8. No pudo no ser grata a Dios la muerte que Jesucristo, por mandato del Padre, padeció. Y si a esta obra de Cristo se atribuye la justificación que Dios opera en nosotros, claramente se expresa que esta justificación fue obtenida por los méritos de la muerte de Cristo.
2) Nuestra justificación se atribuye a la sangre de Cristo. Rom 5,9: (Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!... Cf. Heb 13,12. Cómo esta *justificación+, según la doctrina de la misma sagrada Escritura, lleva consigo todos los demás dones de gracia y gloria, se prueba por el tratado de gracia.
613. Se prueba por la tradición. El término mismo *mérito+ no parece haber sido empleado por los Padres para significar que la obra de Cristo fue meritoria para nosotros, si quizás exceptuamos a S.Jerónimo: *Para que sepamos que fueron dones distribuidos a los hombres los que Cristo vencedor mereció+. Pero como la doctrina de nuestra justificación por los méritos de Cristo está, en cuanto a la realidad, tan manifiesta en la sagrada Escritura, y como los SS.PP. insisten tan claramente en la redención objetiva por Cristo (como mostraremos en la tesis siguiente, n.641s), es claro que tan frecuentes expresiones de los Padres acerca de los dones sobrenaturales que nosotros recibimos *por la gracia de Cristo+ o *por Cristo+, se entienden acerca de los méritos de Cristo, como si dijesen los Padres que la obra redentora de Cristo fue grata a Dios y que nos obtuvo estos dones. Sería superfluo aducir cada uno de los textos (cf. v.c., R, Indice teológico, n.424s).
Únicamente hay que exceptuar de esta interpretación aquellos lugares en los que aparezca que los Santos Padres tenían en consideración, o el ejemplo de Cristo dado a nosotros, o la doctrina predicada por El, o algo semejante.
En este sentido se han de tomar también las oraciones litúrgicas que suelen hacerse *por nuestro Señor Jesucristo+. En esta fórmula está latente sin duda la idea de la mediación de Cristo, en cuanto que precisamente El mismo, con sus méritos, es digno de ser oído por el Padre en favor nuestro.
614. Razón teológica. A. Mérito de Cristo. La pasión de Cristo fue en sí una obra excelentísima, puesto que fue aceptada por Cristo por obediencia y amor al Padre y por la caridad hacia los hombres (cf. Jn 10,17s; Fil 2,8; Jn 14,31; 1 Jn 3,16). Es así que esta pasión, tanto por la voluntad del Padre como por la intención de Cristo, se ordenaba a obtenernos la salvación sobrenatural (cf. Jn 3,16s; Rom 8,32; Ef 5,25); luego nada faltaba para que Cristo con su pasión nos mereciese la vida sobrenatural.
B. El objeto del mérito de Cristo son todos los dones sobrenaturales que conducen a nuestra salvación eterna. Para no descender a particularidades, basta traer a la mente el principio general de S.Pablo. Así como Adán es causa de nuestra ruina, así Cristo es causa de nuestra *justicia+. Luego, nada de lo que conduzca a esta justicia sobrenatural se exime del influjo de Cristo. Todo esto quedará más claro en el tratado de la gracia.
615. Objeciones. 1. El mérito supone alteridad personal, de tal manera que uno es el que merece, y otro delante de quien merece. Es así que Cristo no es uno el que merece y otro ante quien merece, luego Cristo no pudo merecer.
Distingo la mayor. El mérito supone alteridad personal en las criaturas, en las que cada persona no tiene sino una sola naturaleza, pase la mayor; tal alteridad es de esencia de todo acto meritorio, de tal manera que ni siquiera una persona que tenga dos naturalezas perfectas pueda, por actos de una naturaleza, merecer ante sí mismo en cuanto existente en la otra naturaleza, niego la mayor. Contradistingo la menor. En Cristo no es uno el que merece y otro delante del cual se merece, de tal manera, sin embargo, que Cristo sea la persona del Unigénito subsistente en dos naturalezas perfectas, divina y humana, concedo la menor; de tal manera que Cristo sea persona divina subsistente en una sola naturaleza, niego la menor.
616. No hay que admirarse si del misterio de la unión hipostática se siguen algunas cosas que extrañan a nuestro modo de pensar acostumbrado. En las criaturas tal alteridad personal, en verdad, se encuentra comúnmente; luego, si hemos dejado pasar en la mayor esta afirmación, lo hicimos para no entrar en la cuestión aquélla, a saber, si una persona creada que tenga una doble persona moral puede, en cuanto teniendo una persona moral, merecer no impropiamente ante sí mismo en cuanto tiene otra persona moral.
Pues, en el único, Cristo, dos naturalezas perfectas, divina y humana, que tienen voluntades libres y dominio propio de sus actos, concurren en una sola persona, de tal manera que el Verbo es simultáneamente verdadero Dios y verdadero hombre. De ahí que no parece imposible que el Verbo, por acciones cuyo principio próximo sea la naturaleza humana, merezca para los hombres ante el Verbo subsistente en la naturaleza divina.
617. 2. El verdadero mérito excluye la gratuidad. Es así que somos justificados gratis (cf. Rom 3,24), luego Cristo no pudo merecer verdaderamente nuestra justificación.
Distingo la mayor. El verdadero mérito excluye la gratuidad con respecto a aquel que ha merecido, concedo la mayor; con respecto a aquellos que no merecieron ellos mismos, niego la mayor. Contradistingo la menor. Somos justificados gratis en cuanto que nosotros mismos en ninguna manera hemos merecido esta justificación, concedo la menor; en cuanto que Cristo no nos mereció verdaderamente esta justificación, subdistingo: y este mismo mérito verdadero de Cristo en último término pendía de la gratuita voluntad del Padre que decretó libérrimamente la redención por Cristo, concedo la menor; de otra manera, niego la menor.
618. 3. Las obras sobrenaturales del hombre justo son condignas de aumento de gracia y gloria. Es así que no serían de tal modo condignas si Cristo no hubiese ya merecido este aumento de gracia y gloria, luego Cristo no mereció para los justos aumento de gracia y gloria.
Concedo la mayor. Distingo la menor. Si Cristo ya hubiese merecido este aumento de gracia y gloria, los méritos del justo no serían condignos de aumento de gracia y gloria exclusivamente, concedo la menor; los mismos méritos del justo no podrían ser condignos de tal aumento inclusivamente, subdistingo: si la causalidad meritoria de Cristo fuese del mismo género que la nuestra, pase la menor; si la causalidad de Cristo es causa universal y principal propia, en cuanto nuestra causalidad es propia de una causa particular y subordinada, niego la menor.
El mérito, pues, de Cristo, no excluye el nuestro, ni el nuestro obscurece el mérito de Cristo (cf. D 905). Más bien, el mérito de Cristo produce el nuestro como la causa el efecto (cf. D 904), y el nuestro manifiesta e ilustra la gloria de los méritos de Cristo. Porque en esto resplandece máximamente la perfección del mérito de Cristo, en que tiene su efecto y no excluye nuestras obras, méritos y satisfacciones, sino que les confiere fuerza y eficacia. Así puede decirse que concurren como causas de diversos géneros, universal y próxima, que en su orden se manifiestan perfectas.
Otras objeciones pueden verse en MUNCUNILL, n.922-929.
619. Escolio 1. En qué tiempo y en qué actos mereció Cristo. Según la casi común sentencia de los teólogos, Cristo mereció desde el instante de su concepción hasta el fin de su vida sin ninguna interrupción, y no en el primer instante de la separación del alma y del cuerpo en la cruz, ni después de la muerte.
Así pues, lo que se dice de algunos santos, que ellos no interrumpían la oración en el sueño, con más razón vale de Cristo nuestro Señor. Porque Cristo en su esencia infusa per se, era independiente de los sentidos en cuanto al ejercicio de esta ciencia (cf. antes, tesis 13, n.268).
En cuanto a los actos, los teólogos enseñan ciertamente que Cristo mereció por todos los actos libres y entitativamente sobrenaturales de la voluntad humana. Pero los autores discrepan cuando se trata de la cuestión de si Cristo pudo merecer por los actos de amor a Dios. Hay unos pocos que, con Vázquez (In 3 d.74 c.3), niegan que Cristo hubiera merecido por los actos de amor a Dios.
Gran diversidad hay al explicar el modo con el que Cristo pudiera merecer por amor a Dios. Diversidad, sin embargo, que se entiende fácilmente, supuestas cosas que antes hemos dicho en la tesis 18 sobre la libertad de Cristo bajo precepto, principalmente en los nn.467-472.
620. Escolio 2. Relación entre la razón y los demás actos meritorios de Cristo. Omitiendo la cuestión del valor meritorio infinito de las obras de Cristo (que trataremos después en la tesis 26, n.660-663), debe decirse que, especialmente a la pasión de Cristo, según la doctrina católica, se atribuye el mérito de Cristo y, porque ella fue la principal obra de nuestra salvación y porque, por la divina ordenación, todos los méritos de Cristo estaban como infieri hasta que se consumasen por la pasión, muchas conveniencias hay de por qué Dios así lo ordenó. El mismo Cristo, precisamente por la pasión, fue consumado (cf. Heb 2,10; 5,9).
621. Escolio 3. Qué mereció Cristo por sí. El hecho mismo del mérito de Cristo para sí mismo pertenece a la verdad católica (cf. v.c., Fil 2,8-11; cf. antes, tesis 18, n.455). Dos objetos principalmente vienen a consideración: uno, la gracia santificante y la gloria esencial; otro, la gloria del cuerpo y la exaltación del nombre.
En cuanto a la gracia santificante y la gloria esencial la sentencia mucho más común de los teólogos, con S.Tomás (3 q.19 a.3 c), sostiene que Cristo no las mereció de hecho, sino porque el mérito no es de aquello que todavía no se tiene, de donde sería necesario decir que Cristo alguna vez careció de ellas, lo que no se puede decir. Se discute si Cristo había podido merecer absolutamente la gracia habitual; sin embargo, se admite muy comúnmente que pudo merecer la misma bienaventuranza formal o gloria esencial.
En cuanto a la gloria del cuerpo y la exaltación del nombre con todo acierto argumenta S.Tomás (1.c) acerca de la conveniencia de este hecho que pertenece a la doctrina católica. A Cristo se debe atribuir lo que es más digno y posible según la providencia común, y se tiene por más noble lo que se tiene por mérito que lo que se tiene sin mérito; luego, como era posible que Cristo mereciese esto, hay que decir que Cristo lo mereció para sí.
622. Escolio 4. Acerca de si Cristo mereció para los ángeles. Si se exceptúa a pocos teólogos, como los Salmanticenses (d.28 dub.10, n.148), que juzgan mucho más probable que Cristo nada influyó inmediatamente en los ángeles a modo de causa meritoria, sino iluminando físicamente u operando instrumentalmente, se admite comúnmente que Cristo mereció para los ángeles premio accidental. Sin embargo, la principal dificultad se refiere a la gracia habitual con la que los ángeles fueron santificados y acerca de la gloria esencial con la que son bienaventurados.
Esta cuestión se soluciona generalmente en función de la sentencia que cada uno tenga acerca del motivo de la encarnación (cf. antes, tesis 1). A nosotros nos parece que hay que decir que Cristo no mereció para los ángeles la gracia habitual y la gloria esencial. Porque, el que Cristo mereciese esto para los ángeles, es algo que no funda en las naturalezas de las cosas, sino que depende de la libre disposición de Dios. Ahora bien, el que Dios así lo dispusiese, no sólo no se nos manifiesta por la doctrina de la sagrada Escritura y de los Padres, sino que más bien se da a entender lo contrario, puesto que se dice que el Verbo se encarnó por nosotros los hombres; luego, la encarnación se propone como un beneficio de los hombres, singular.
623. Escolio 5. Acerca de si Cristo mereció para Adán antes de la caída. Casi hay la misma diversidad de sentencias que en la cuestión precedente. Sin embargo, la sentencia más común niega con razón que la gracia de los primeros padres antes del pecado hubiese sido por los méritos de Cristo, porque los documentos de la revelación que enseñan que Cristo vino a reparar el pecado de Adán, parece que excluye el que viniese a merecer a Adán su primera elevación al estado de gracia sobrenatural.
624. Escolio 6. Del género de causalidad con el que los méritos de Cristo influyeron en los hombres que vivieron antes de su venida. De la controversia de los teólogos sobre si los méritos de Cristo, en cuanto a los antiguos Padres, influyeron en el género de causa moralmente eficiente, o sólo en el género de causa final, parece que hay que decir esto. Aunque quizás en gran parte sea cuestión de palabra, pensamos que los méritos de Cristo influyeron de modo moralmente eficiente en la gracia de los antiguos, porque esos méritos precedían en la presciencia de Dios, que había de dar como premio esos dones de gracia a los antiguos Padres, aunque en la realidad misma el premio antecediese al mérito.
625. Escolio 7. Acerca de si Cristo mereció para los hombres los dones naturales. Aunque los autores atienden generalmente más a los dones sobrenaturales, sin embargo atribuyen más comúnmente los mismos dones naturales a los méritos de Cristo. Los Salmanticenses, v.c., sostienen que Cristo nos mereció todos los efectos de la predestinación, entre los cuales se cuentan, incluso, la substancia misma de que constamos y todos los seres naturales que pertenecen a este universo (D 28 dub.8, n.92).
Parece que hay que decir que todos los dones, aun los naturales que, de hecho, conducen a que podamos hacer obras buenas sobrenaturales, son por los méritos de Cristo en cuanto que, por especial intención y ordenación, son otorgados para obtener el fin sobrenatural *porque, como podemos merecer estos bienes e impetrarlos en Cristo y por Cristo, así también, cuando se dan sin mérito ni oración nuestra, se pueden dar por los méritos de Cristo+ (Suárez, d.41 s.4, n.31). Esto exige también la conexión que se da entre estos dones naturales y nuestra cooperación a la gracia.
626. Escolio 8. Sobre si la predestinación a la gloria es por los méritos de Cristo. El conocimiento de esta doctrina de la predestinación lo suponemos por el tratado de Deo Uno. Los que admiten la predestinación a la gloria después de previstos los méritos, conciben toda esta cuestión de otra manera. Porque como la predestinación a la gloria no se da sino después de previstos los méritos del justo, en tanto, se puede y debe decir Cristo causa meritoria de la predestinación a la gloria en cuanto El es causa meritoria de nuestras buenas obras con las que merecemos la gloria. Cristo es, por tanto, causa meritoria remotamente de nuestra predestinación a la gloria.
Los que admiten la predestinación a la gloria *ante praevisa merita+, tienen que resolver una cuestión, a saber, si Cristo no solamente mereció todos los efectos de la predestinación, sino que, además, movió a Dios (del modo que en el tratado de Deo Uno se explica que Dios es movido por los objetos creados) a la elección con la que elige los hombres a la gloria, elección que, en la sentencia de estos autores, es causa de todos los dones de gracia y de gloria que se dan por Dios al predestinado. Estos autores sostienen una doble sentencia.
627. A. Más comúnmente sostienen estos autores que Cristo mereció la predestinación misma y, ciertamente, en cuanto que la predestinación incluye la intención eficaz de conferir la gloria a algunos hombres y la elección comparativa de éstos antes que otros.
Unos pocos teólogos, entre los cuales está Suárez, distinguen aquel singular amor con el que Dios, antes de la previsión de los méritos de los hombres, elige a los predestinados para la gloria, como es la elección de éstos antes que aquéllos, no es por los méritos de Cristo, sino por la libertad de la voluntad divina, pero esta voluntad misma con la que Dios preelige a los predestinados, en cuanto es amor eficaz de ellos, tuvo algún fundamento y razón en los méritos previstos de Cristo. Consecuentemente debe decirse Cristo causa meritoria de nuestra predestinación, porque toda la predestinación de los elegidos nace de este amor eficaz de ellos.
Sin embargo, en cuanto a la realidad, no parece que se dé una gran diferencia entre estos autores, porque todos admiten que la causa última y ordinaria de la elección de los predestinados no son los méritos de Cristo, sino el beneplácito del Padre. Esta voluntad del Padre movió y dirigió a Cristo para que El ofreciese sus méritos especial y precisamente por estos hombres.
La razón general de por qué se dice que Cristo mereció nuestra predestinación es porque esto parece convenir más a la dignidad de Cristo, cabeza y redentor; y no, se sigue incondicionalmente, por parte de nuestra gratuita elección, como hace poco insinuamos. Además, como Cristo ha merecido todos los efectos de la predestinación, hay que decir que mereció la predestinación misma.
628. B. Hay, sin embargo, algunos teólogos, entre los cuales está Escoto, que defienden que Dios predestinó a los hombres a la gloria en un signo de razón antecedente a la previsión de la caída de Adán como absolutamente futura y a los méritos de Cristo. Luego, la pasión de Cristo no fue eficazmente meritoria, ni en cuanto a la elección eficaz por parte de Dios a la gracia y a la gloria de los elegidos, ni en cuanto a la absoluta colación de la gracia y de la gloria. La pasión de Cristo fue, sin embargo, eficazmente meritoria en cuanto a la colación de la gracia después de la caída.
629. Escolio 9. En cuanto a la predestinación a la gracia eficaz. En la sentencia de los autores que defienden la predestinación a la gloria *ante praevisa merita+, esta ulterior cuestión de la predestinación a la gracia eficaz apenas tiene sentido, porque la predestinación a la gloria lleva consigo necesariamente la predestinación a la gracia eficaz.
Sin embargo, también estos teólogos deben resolver esta cuestión con relación a las gracias eficaces concedidas por Dios a los que no están predestinados.
Pero los teólogos que defienden la predestinación a la gloria *post praevisa merita+, deben responder íntegramente a la cuestión, a saber, si el amor eficaz con el que Dios elige a Pedro, v.c., a la gracia de la fe, y no a Cayo, es por los méritos de Cristo o no.
Hay que responder que tal predestinación a la gracia de la fe es ciertamente por el gratuito beneplácito del Padre y también, sin embargo, por los méritos de Cristo. A esta cuestión hay que aplicar lo que hace poco, en el n.627, exponíamos sobre la predestinación a la gloria *ante praevisa merita+.
TESIS 25. JESUCRISTO CON SU SANTÍSIMA PASIÓN SATISFIZO AL PADRE OFENDIDO, OFRECIÉNDOLE CUANTO EXIGÍA LA RECOMPENSA DE TODO PECADO DEL GÉNERO HUMANO.
630. Nexo. Expusimos con S.Tomás, en qué sentido la pasión de Cristo ha causado nuestra salvación a modo de mérito. El S.Doctor entra ahora más íntimamente en la naturaleza del modo con el que la pasión de Cristo efectuó nuestra salvación. En la ruina del género humano hay, antes que todo, una ofensa a Dios, de la que se sigue tanto el enojo de Dios para con los pecadores, como la cautividad del hombre bajo el pecado y la pena. La salvación, por tanto, se había de hacer en primer lugar satisfaciendo por la ofensa y, consiguientemente, aplacando a Dios, lo cual lo hizo la pasión por modo de sacrificio y liberando a los hombres, lo cual lo hizo la pasión por modo de redención.
La presente tesis trata de la eficacia de la pasión por modo de satisfacción. Así pues, lo que S.Tomás incluye en un sólo artículo, a saber, el hecho de la satisfacción y la superabundancia de tal satisfacción, nosotros lo tratamos en dos tesis.
631. Nociones. SATISFACCION. Uso no soteriológico. a) El cumplimiento de algún deseo, expectación, etc., sin connotación de alguna deuda que haya que pagar, ni material ni moral, v.c., pero Pilato, queriendo satisfacer al pueblo (Mc 15,15); b) el pago de una deuda material, v.c., *con tal de que lo que concierne al fisco se pague con satisfacción razonable+; c) en relación con una deuda moral o culpa y, ciertamente, si la culpa es únicamente aparente o estimada, la satisfacción significa defensa o prueba de inocencia, v.c., con buen ánimo satisfaré por mí (Hech 24,10); pero si la culpa es verdadera, la satisfacción significa compensación o expiación, que se ha de dar en primer lugar por aquel que cometió la culpa, v.c., *e interponiendo preces y oraciones con las que el Señor con larga y continua satisfacción ha de ser aplacado+; pero también por otros se puede ofrecer esta compensación, sentido que aparece rarísima vez en los primeros siglos, v.c., *concedes que nuestros propios crímenes no prevalezcan como la satisfacción copiosa de los justos por nosotros+.
632. Uso soteriológico. La satisfacción se puede tomar en doble sentido: en sentido dogmático (más general), en sentido teológico (más estricto). En sentido dogmático es la obra de Cristo que vale ante Dios ofendido para la compensación del pecado. En sentido teológico es la obra de Cristo que vale ante Dios principalmente para la compensación del honor dañado. El por qué decimos que la obra de Cristo vale principalmente para la compensación del honor divino, aparecerá en lo que expondremos más adelante en la tesis 27, principalmente en el n.669. El sentido teológico de la satisfacción no es sino la explicitación de la noción del *pecado+. Porque con razón S.Anselmo y teólogos posteriores consideran que el pecado es ofensa precisamente personal y, consiguientemente, atienden en el pecado sobre todo a la lesión del honor. La ofensa es personal aun por consideración de otros atributos de Dios (cf. después, n.676, 691), principalmente por la consideración del amor divino; sin embargo la tradición más común de los teólogos atiende más al honor de Dios.
En esta tesis consideramos la satisfacción en sentido dogmático; en las tesis siguientes 26 y 27 atenderemos al sentido teológico e investigaremos la naturaleza más íntima de la dolorosa satisfacción de Cristo, sobre todo en la tesis 27. Por tanto, en el sentido dogmático la satisfacción no mira explícitamente a la compensación del honor. Esta tesis nuestra enuncia el mero hecho general, a saber, que Cristo ofreció al Padre ofendido alguna obra que ha compensado nuestro pecado. La relación entre varios conceptos afines de mérito, de satisfacción, de sacrificio, de redención, la expondremos más adelante en la tesis 29, escolio 1, n.743.
633. AL PADRE OFENDIDO. Tal ofensa por parte de Dios no se considera precisamente como deshonor, lo cual pertenece al sentido teológico de la palabra satisfacción; sino que consideramos la ofensa a Dios más generalmente, como aversión e indignación existente en Dios, sea cual sea la causa de la que, en último término, proviene tal aversión.
PECADO DEL GENERO HUMANO. No especificamos en esta tesis cuál sea este pecado, si únicamente el pecado original o también el actual. En la tesis 1, n.15, expusimos, con S.Tomás, que Cristo se encarnó para quitar el pecado original y el actual. Tal pecado del género humano se propone como razón de la divina ofensa.
CUANTO EXIGIA. Esto lo decimos afirmativamente, es decir, en sentido inclusivo y no exclusivo. En la tesis siguiente trataremos de la medida de la compensación y diremos que fue mayor de la que el pecado exigía.
RECOMPENSA. De la íntima naturaleza de esta recompensa, a saber, de la acción de reintegrar el honor divino dañado, juntamente con la expiación penal, trataremos en las tesis 26 y 27.
634. Adversarios. Entre los que niegan la tesis hay que nombrar en primer lugar a ABELARDO. Este más bien, según parece dialécticamente, enseñó que la redención es el sumo amor a nosotros, por la pasión de Cristo y recuerda cómo Cristo nos enseñó, *tanto por la palabra como por el ejemplo+. De ahí es que sea tenido por muchos como el primero que entendió la redención en sentido no objetivo, sino meramente subjetivo.
Los socinianos niegan expresamente la satisfacción de Cristo y reducen su obra saludable a que Jesucristo *nos anunció el camino de la salvación eterna, lo confirmó y lo mostró manifiestamente en su misma persona ya por ejemplo de su vida, ya por su resurrección de entre los muertos+. El reciente protestantismo liberal habla mucho de la salvación de los hombres por Cristo, pero en el sentido de que la perfecta santidad de Cristo excita en nosotros la conciencia del pecado y simultáneamente destruye en nosotros el imperio del pecado; la muerte de Cristo no fue otra cosa sino la suprema revelación de la iniquidad humana y del amor divino, dicen estos protestantes liberales.
635. El modernismo afirma que Jesús no enseñó el dogma de la muerte expiatoria; tal dogma, según el modernismo, es una evolución griega de aquella concepción según la cual el Mesías era el mensajero y mediador de inmortalidad y de la felicidad que de ella proviene. S.Pablo y el autor del cuarto evangelio, según estos autores, perfeccionaron esta evolución que S.Atanasio y otros doctores de la Iglesia erigieron en un sistema perfecto.
HERMES opina que Jesús solamente padeció y murió para que el inefable amor de Dios y juntamente la gravedad del pecado, se les demostrase a los hombres como a los ojos. Como en Dios no hubiese habido ninguna ofensa, su justicia no exigía ninguna satisfacción. GÜNTHER, al menos, habla obscuramente.
Más recientemente, I. DE MONTCHEUIL exponía de tal manera la naturaleza del pecado, que decía que no era propia ofensa a Dios, por ser Dios demasiado excelso como para poder ser afeado con el cieno del pecado. Por tanto, la satisfacción que la Iglesia nos enseña que Cristo ofreció al Padre, consiste en que el Salvador, como primicias del género humano, quisiese padecer y morir en la cruz para introducirnos en el camino de la purificación, por la cual cada uno de nosotros debe entrar si quiere unirse con Dios purísimo.
Más radicalmente impugna la satisfacción de la pasión de Cristo el cristianismo positivo, que únicamente enaltece la *vida+ del Salvador y nada quiere saber de la pasión de Cristo, ya que el dolor y la muerte son propios del cristianismo *negativo+. Por lo demás, el concepto mismo de satisfacción no puede tener ningún sentido para aquellos que, jactándose de la integridad física de la propia estirpe, se ríen del pecado original, más aún, de todo pecado.
636. Doctrina de la Iglesia. El Concilio Tridentino asigna como causa meritoria de la justificación a nuestro Señor Jesucristo, que *con su santísima pasión en el leño de la cruz, nos mereció la justificación y satisfizo por nosotros a Dios Padre+ (D 799). En el contexto se trata precisamente de la remisión de los pecados, de ahí que esta satisfacción de Cristo se propone como compensación por los pecados de los hombres.
El mismo concilio, al tratar de la necesidad y efectos de la satisfacción sacramental, asegura que las obras penales valen delante de Dios ofendido para la remisión de los pecados. Con esta ocasión compara nuestras satisfacciones con la satisfacción de Cristo, *y se ofrecen por El al Padre y por El son aceptadas por el Padre+ (D 904; cf. 923s). De aquí se sigue que la virtud *del mérito y satisfacción de nuestro Señor Jesucristo+, de ninguna manera se obscurece o disminuye a causa de estas satisfacciones nuestras (D 905).
Contra los socinianos, PABLO IV (D 993). Contra los modernistas, S.PIO X, en el decreto *Lamentabili+ (D 2038).
637. LEON XIII en la Encíclica de Jesucristo Redentor: *el unigénito Hijo de Dios, hecho hombre, satisfizo con su sangre abundantísima y ubérrimamente a Dios Padre, ofendido por los hombres, y reivindicó para sí al género humano redimido con tan alto precio... Como hubiese cerrado Jesús el quirógrafo del decreto que nos era contrario, fijándolo en la cruz, inmediatamente cesaron las iras celestes..., la voluntad reconciliada de Dios+ (Cav 791s). PIO XI en la Encíclica *Miserentissimus Redemptor+ tiene muchas afirmaciones, v.c.: *Es necesario que satisfagamos a Dios, justo juez, por los innumerables pecados, ofensas y negligencias nuestras... Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres, si el Hijo de Dios no hubiese asumido la naturaleza humana para repararla... Más aún, que la copiosa redención de Cristo, "nos perdonó abundantemente nuestros pecados", con todo..., a las mismas alabanzas y satisfacciones "que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores", podemos y aun debemos añadir también las nuestras+ [AAS 20 (1928) 169s].
PIO XII en la Encíclica *Humani generis+ entre las *novedades+ que alumbraron ya *venenosos... frutos+, enumera: *... la noción del pecado original... se pervierte, y al mismo tiempo la del pecado general, en cuanto es ofensa a Dios y también la de la satisfacción de Cristo ofrecida por nosotros+. Y en la Encíclica *Sempiternum Rex+ este mismo Pontífice escribe: *En efecto, el Verbo padeció verdaderamente en su carne, derramó su sangre en la cruz y pagó por nuestras maldades, al eterno Padre, el precio de una muy abundante satisfacción, de donde resulta que trilla para ellos la esperanza cierta de salvación...+. En la Encíclica *Haurietis acquas+: *El misterio de la divina redención es ante todo y por su misma naturaleza, un misterio de amor, amor justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de la cruz ofrecido con amores y obediente sumisión, presenta una satisfacción sobreabundante e infinita, que era debida por las culpas del género humano+ [AAS 48 (1950) 321].
JUAN XXIII, en las letanías de la preciosísima sangre de nuestro Señor Jesucristo, aprueba la oración que se tiene en el Misal Romano el día 1 de julio: *Omnipotente y sempiterno Dios, que constituiste a tu unigénito Hijo Redentor del mundo y quisiste aplacarte con su sangre, concédenos, te suplicamos, que veneremos de tal modo con solemne culto, el precio de nuestro rescate...+ [AAS 52 (1960) 413].
El Magisterio ordinario propone claramente esta verdad para ser creída como revelada por Dios, lo cual solemnemente pretendía definir el Concilio Vaticano I: *Si alguno no confiesa que el mismo Dios Verbo, padeciendo y muriendo en la carne asumida, pudo satisfacer a Dios por nuestros pecados y verdadera y propiamente satisfizo y nos mereció la gracia y la gloria, sea anatema+. *Igualmente condenamos como doctrina herética, si algunos dijesen que el mismo Dios Verbo, por su naturaleza humana asumida, no satisfizo verdaderamente a Dios ofendido...+.
Valor dogmático. De fe divina y católica.
638. Se prueba por la sagrada Escritura. A.T. Is 52,13-53,12. Antes de la profecía de Isaías no sólo la idea de solidaridad del pueblo elegido era familiar a los israelitas, sino que también les era conocido que vale mucho ante Dios la intercesión de un varón justo por los indignos.
Que en Isaías se trata del siervo de Dios que es Jesucristo consta ya por las doctrinas del N.T., ya por la interpretación de los Santos Padres, que refieren esta profecía en sentido literal a Jesús, ya por el contexto mismo.
H. Hegermann muestra con todo esmero cómo los mismos judíos más cultos han interpretado este texto acerca del Mesías, que padecería y moriría para expiar los pecados de Israel y que así entraría en la gloria.
Se propone en esta profecía el máximo dolor moral y físico y la muerte misma del Mesías (52,14; 53,2-12) como pasión, no por pecados previos, ya que él es inocente (53,9), sino por los pecados de los otros (53,4-6.8.12). Se dice autor de esta pasión a Dios mismo (53,4.6 y quizás 10), y el fruto es la salvación de los hombres (53,5.11).
Isaías expone, por tanto, que el Mesías, con su pasión y muerte ofreció a Dios ofendido, en vez de los pecadores, algo que valió para compensar los pecados de los hombres. Es así que éste es el concepto dogmático de satisfacción, luego Cristo, con su santísima pasión, satisfizo a Dios.
639. N.T. Prescindiendo de las ideas de redención y de sacrificio que prueban abundantemente nuestra tesis en cuanto a la realidad, pero de las cuales trataremos en sus propias tesis, son de máxima importancia los siguientes textos de S.Pablo: 1) Rom 5,10s; 2) Rom 3,21-26.
Aunque el vocablo griego ιλαστηριον indicara en S.Pablo también sacrificio, proponemos aquí este texto, ya porque el vocablo mismo no necesariamente conlleva idea sacrificial, ya a causa del aspecto expiatorio, el cual es de un interés muy grande para nosotros en esta tesis.
1) Rom 5,10s: Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, (con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación. Por la muerte de Jesucristo se ha introducido una mutación esencial en cuanto a las relaciones entre Dios y los hombres: éstos eran *enemigos+, esto es, objeto de aversión por parte de Dios y, por tanto, estaban bajo la *ira+ de Dios (cf. Ef 2,3; 5,6; Col 3,6); la sangre de Cristo trajo la paz y los hombres se salvarán de la ira por Cristo (cf. Rom 5,9). Late en esta concepción, como idea fundamental, que el pecado es lo que a Dios justamente le había hecho opuesto al hombre y había constituido al hombre bajo la ira de Dios, pero la muerte de Cristo fue la obra que realizó la reconciliación, destruyendo la causa de aquella enemistad, a saber, el pecado. Así la muerte de Cristo es lo que vale ante Dios ofendido para la recompensa del pecado; en otras palabras, es satisfacción en sentido dogmático (cf. también 2 Cor 5,18-21).
240. 2) Rom 3,21-26: Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas... Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que crea en Jesús. Después de mostrar en los dos primeros capítulos que los judíos y los paganos yacían bajo el imperio del pecado, incapaces de llegar a la salvación, S.Pablo propone la tesis central de su soteriología: la admirable transformación del pecador, por el don gratuito de la justicia es fruto de la expiación (ιλαστηριον, esto es, monumento o instrumento de expiación) que Jesús ofreció a Dios. Que a Dios S.Pablo lo conciba como ofendido es patente por el hecho de que esta expiación de Cristo tiende a reconciliar a Dios con los hombres.
1 Jn 2,2: El es víctima de la propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. 1 Jn 4,10: ... nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.
641. Se prueba por la tradición. Los Santos Padres. Sólo S.AMBROSIO tiene la realidad y la palabra de satisfacción. Pero la realidad misma muchos la enuncian de diversos modos. Porque dicen: 1) Por la muerte del segundo Adán hemos sido reconciliados con Dios ofendido. S.IRENEO: *A Dios, ciertamente, lo ofendimos en el primer Adán..., pero en el segundo Adán hemos sido reconciliados, hechos obedientes hasta la muerte. Porque no éramos deudores para con otro cualquiera, sino para con aquél cuyo precepto habíamos transgredido desde el principio+ (R 255).
2) El Padre puso nuestros pecados en Cristo, para que con su muerte fuéramos sanados. S.JUSTINO: *Todo el género humano se encontrará sometido a la maldición... así pues, si en favor de los hombres de toda clase, el Padre de todos quiso que también su Cristo recibiese en sí las maldiciones de todos... Si quiso el Padre que El padeciese estas cosas para que con su lividez el género humano fuese ganado...+ (R 140). S.CIPRIANO: *El perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede otorgarlo aquel que llevó nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados+ (R 552).
642. 3) Cristo inocente llevó nuestros pecados y los borró con su pasión. ORIGENES: *En favor del pueblo, nace este hombre más puro que todo viviente, el cual llevó nuestros pecados y enfermedades, puesto que era poderoso para pagar y consumir y borrar todos los pecados del mundo entero, recibidos en sí porque no hizo pecado, ni se ha encontrado engaño en su boca, ni conoció pecado (R 482). S.CIPRIANO: R 565. AFRAATES: *Nuestro Salvador, rey grande, redujo al m