Te
explico la familia
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
Me
preguntas qué es eso de la familia. Sobre el tema reina una confusión
enorme, especialmente por nuevas leyes que aparecen aquí y allá. Por
eso no resulta nada fácil darte una respuesta. Pero vamos a probar, a
ver si llegamos a buen puerto.
Los
seres humanos son parte del misterio de la vida que desde hace miles de
años llena de variedad y dinamismo el planeta tierra. Hombres y mujeres
nacen, crecen y mueren. Aparentemente, según leyes parecidas a las que
siguen los pinos y los cangrejos, los jilgueros y las ballenas.
Pero
hay algo en el ser humano que lo hace distinto de los demás animales.
Grandes filósofos de la Antigüedad se dieron cuenta de que tenemos un
alma espiritual, de que no somos simplemente animales, de que nuestra
vida no termina con el tiempo terráqueo, de que tras la muerte se abre
un telón desconocido (más no por ello menos verdadero).
Diversas
religiones, antiguas y menos antiguas, repiten lo mismo: venimos a la
vida por el querer de Dios, y llegaremos un día a la presencia de Dios
para iniciar una vida tras la muerte.
En
el tiempo de la vida terrena, mientras convivimos con tulipanes y libélulas,
con koalas y cebras, los hombres y las mujeres pueden casarse gracias a
energías profundas y a una complementariedad física y espiritual. Física,
porque el hombre tiene una configuración sexual que le permite unirse a
la mujer; y porque la mujer, si se une sexualmente con un hombre, es
capaz de recibir en su seno nuevas vidas humanas. Gracias a esa
complementariedad aparecimos un día tú y yo...
Se
trata de una complementariedad también espiritual. Porque somos algo más
que simples animales. Los animales viven y mueren según las leyes de la
selección natural, de la victoria del más fuerte, de la lucha por la
supervivencia. De un modo asombroso, millones de hombres y mujeres son
capaces de amar hasta el sacrificio, de luchar por un mundo más justo,
de defender los derechos humanos de todos (sin discriminaciones), de
ayudar a los pobres, los ancianos, los enfermos, los débiles. Aunque
también, me dirás, muchos son egoístas, porque viven de modo
equivocado su vocación al amor. Porque piensan equivocadamente, porque
aman mal, porque deciden peor.
La
doble complementariedad, física y espiritual, entre un hombre y una
mujer que se aman, permite que pueda darse el matrimonio. El matrimonio
es una unión basada no sólo en el simple instinto, en las hormonas por
las que hombres y mujeres sienten una atracción mutua, sino en algo más
profundo: en el deseo de amar al otro, a la otra, plenamente, en los
buenos y en los malos momentos, en las horas de alegría y ante las
pruebas más dolorosas. Cada uno puede amar al otro o a la otra cuando
una nueva vida (un hijo) inicia del amor mutuo y complementario de los
esposos, cuando ella le dice a él que está “esperando”...
Así
debería ser cada familia. No todas, por desgracia, se basan en el amor,
ni todas se abren a la vida. Existen, además, muchas parejas que no
pueden tener hijos, por lo que su vocación al amor y su apertura a la
vida está llamada a orientarse a nuevas metas, a modos tan hermosos de
entrega a los demás como, por ejemplo, la adopción, o la ayuda a
personas solas y necesitadas.
Algunos,
en el pasado y en el presente, intentan dar el nombre de familia a
uniones humanas que no lo son. Dicen que es familia una unión entre
personas del mismo sexo, o que lo sería un grupo de amigos más o menos
estable, o un hombre casado con muchas mujeres (como en la poligamia),
etc. En realidad, usan el nombre de “familia” para esas uniones
porque quisieran, en el fondo, imitar de algún modo la belleza de las
familias verdaderas, la riqueza de amores que se abren a la vida y a la
entrega total al otro, amores capaces de construir sociedades sanas y
generosas.
Hay
también familias aparentemente “normales” (un hombre, una mujer,
quizá uno o varios hijos) que pierden el amor o que nunca lo tuvieron,
que mantienen lazos de unidad simplemente por inercia, o por miedo, o
por conveniencias mutuas. En esos casos se ha introducido un virus dañino
que hiere la vida propia de la familia. No es de extrañar que el
conflicto, la rabia, la ruptura (divorcio, abandono del hijo por parte
de los padres, abandono de los padres por parte de alguno de los hijos)
dominen y llenen de oscuridad el “hogar”. Un hogar que estaba
llamado a ser centro de amor y de concordia, y no lo es...
Todos
podemos hacer algo para que la familia sea lo que puede ser, lo que está
llamada a ser. Con familias sanas el mundo se hace grande y hermoso.
Pero, sobre todo, con familias sanas cada uno se siente seguro,
respetado, amado por aquellos que viven a su lado. Lo cual es siempre la
mejor manera de comprometernos para ayudar y amar también a los que no
son de la propia familia, y que también necesitan recibir el testimonio
y el apoyo de quienes saben lo hermoso que es vivir enamorados en
familia.
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