Tercera estación: María al pie de la cruz
«Habiendo mirado, pues, Jesús a su Madre y al discípulo que Él amaba, el cual estaba allí, dice a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dice al discípulo: «Ahí tienes a tu Madre.» Y desde aquel punto encargóse de Ella el discípulo y la tuvo consigo en su casa». (Juan 19, 25-27.) He aquí el más largo fragmento «mariano» de la Pasión.
Y he aquí
el desenlace luminoso y triunfal de ese poema
acacatamiento
y la cooperación que fue toda la vida de María. La
tradición cristiana hace
desbordar el significado de este episodio, de su simple apariencia externa de
encargo doméstico y disposición testamentaria de Cristo, con respecto a la
guarda de su Madre. «Desde el siglo XII a
esta parte —dice el padre Meschler—, la cristiandad se ha complacido en
interpretar este misterio de una manera conmovedora, considerando a San Juan
como el representante de todos los fieles. En su persona, pues, el Salvador
nos dio a María para que fuese Madre de todos nosotros».
Parece que la humanidad se ha ido acercando a la Madre de Dios, como poco a
poco y de puntillas. El siglo XII se atreve ya a ver en ese episodio un
sentido místico de maternidad y filiación
universal. Luego, cada vez con mayor insistencia, se deriva de ello la
seguridad de una especial medianería de la Virgen: «La faccendiera d'il
Paradiso», «la «atareada del Paraíso», la llama San Andrés Avelino, que gusta
figurársela casera y humanamente enfrascada en su ir y venir de súplicas, en
su despacho de gracias y mercedes. Y luego, nuestro sabroso padre Cabrera
gusta de su-poner que la causa de la conversión del Buen Ladrón no fue otra
sino la intercesión y medianería de la Virgen, que se aprovechó en seguida de
la maternidad que acababa de recibir. «No sólo intercede por nosotros la
Virgen Bienaventurada —añade luego gravemente el padre Suárez—, sino que su
intercesión es más eficaz que todas». Ya están estas palabras impacientes por
añadir al dictado de «mediadora» el adjetivo «universal» que, siguiendo la
vieja tradición de San Bernardo o de Santo Tomás de Villanueva, aparece ya sin
rebozo en San Alfonso de Ligorio y en San Leo-nardo de Puerto Mauricio. Y
luego viene con el padre Petau la exégesis teológica y el cuerpo de doctrina.
Y más tarde, la creencia piadosa llega al Vaticano y pone en boca de Pío IX
aquellas palabras de la bula «Ubi primum»: «Porque tal es la voluntad de Dios,
que quiso lo tuviésemos "todo" por María»; y en boca de León XIII aquellas más
fogosas de la Encíclica «Octobri mense»: «Es lícito afirmar con toda verdad y
en sentido propio que, por voluntad de Dios, "nada absolutamente se nos
concede" de aquel grandísimo tesoro de toda gracia que trajo el Señor, si no
es por medio de María».