Alabanza

"Un Profeta dijo al Rey Ezequías: Ya viene el día en que todo cuanto tenéis en casa será llevado a Babilonia, y nada quedará en ella, dice el Señor. De este modo cuando ya los hipócritas han llegado a la aparente cumbre de la virtud, por no haber procurado evitar las emboscadas de los espíritus malignos, ocultando las buenas obras, hacen que caiga en manos de sus enemigos todo el bien que adquirieron y no procuraron tener escondido: de este modo pierden en un instante, por su imprudencia, lo que tanto les costó juntar por largo tiempo. A la verdad, es dar ocasión a los ladrones para robarnos el manifestar nuestras riquezas; porque hasta tanto que estemos ya en la paz y en la seguridad de la eterna patria, vamos por un camino expuesto a las emboscadas de infinitos salteadores: por lo que es preciso tener un grande cuidado de llevar oculto en nuestro corazón todo el bien que hacemos, si queremos recibir el, premio del eterno Juez que ve lo más profundo de los corazones. Es absolutamente necesario ocultar nuestra virtud, porque no suceda que exponiéndola a la vista en el camino de la vida presente, nos la quiten y roben los ladrones espirituales que nos están continuamente observando. (S. Greg. el Grande, Lib. 8, c. 48, p. 282, sent. 38, Tric. T. 9, p. 244.)"

 

"Cuando manifestamos a los ojos del mundo nuestras buenas acciones, es preciso primero sondear nuestro corazón, para saber la verdadera intención que tenemos en esto. Porque, si puramente buscamos la gloria de Dios, que es el que nos comunica sus dones, no dejan de estar escondidas nuestras buenas obras, aunque sean públicas: como, al contrario, si pretendemos en esto nuestra propia gloria, ya Dios las reputa como publicadas, aunque no hayan llegado al conocimiento de muchos: pero es perfección de muy pocos buscar tan puramente la única gloria de Dios en las acciones de virtud que se manifiestan, y que no nos toque algún movimiento de complacencia en los aplausos que nos dan los hombres: porque no se pueden manifestar sin alguna culpa las buenas obras, sino cuando llega el hombre a pisar con des~ precio las alabanzas humanas. Y como las personas imperfectas, y de una piedad común no tienen todavía fortaleza suficiente para colocarse superiores a estos movimientos de la vanidad, no las queda otro medio de libertarse sino el de ocultar con todo cuidado el bien que ejecutan. Muchas veces sucede que no teniendo al principio otra intención en manifestar sus buenas obras, que la de dar a Dios la gloria que se le debe, se ven tan embriagados de los elogios que les dan, que se dejan llevar de ellos con vanidad: de suerte, que por no haber examinado el fondo de su corazón, se hallan tan derramados fuera de sí mismos, que no saben lo que se hacen, y ejecutan las acciones buenas por soberbia y vanidad cuando piensan que obran por el servicio y gloria de su Criador. (S. Greg. el Grande, lib. 8., p. 283, sent. 39, Tric. T. 9, p. 245.)"

 

"El deseo de las humanas alabanzas es como un ladrón disfrazado de caminante, que juntándose con nosotros en el camino derecho por donde vamos, como para hacernos compañía, saca de repente un puñal con que a traición atraviesa los corazones. Porque cuando la buena intención que teníamos al principio de obrar para utilidad de¡ prójimo llega a degenerar en amor propio y en deseo de vanagloria, sucede por un modo horrible al pensarlo, que la acción que había empezado

por virtud acaba en pecado. Por ejemplo: habrá tal vez algunos que defienden con celo la justicia, sólo pretenderán la recompensa temporal cuando practican tan grande acción. Entre tanto se tienen por muy justos, y se glorian de ser los protectores de la virtud: pero si llega a faltar la esperanza de los adelantami(-ntí~,,~, tetnporales, se les ve abandonar con cobardía el partido de la justic'a; en lo que se conoce, que cuando se tenían por los más justos y más celosos defensores de la equidad, no buscaban realmente otra cosa sino el mercenario interés. (S. Greg. el Grande, lib. 9, c. 24, p. 304, sent. 43, Tric. T. 9, p. 247.)"

 

"Nada hagáis con el fin de que os alaben: nada por lo que pensarán de vosotros: nada por hacer célebre vuestro nombre: hacedio todo por Dios, y por aquella feliz y eterna vida, que se digna concederos en el cielo nuestro Salvador, que vive y reina con el Padre y con el Espíritu Santo en la eternidad de los siglos. Amén. (S. Anselmo. Exhort. ad contemptum temporal., sent. 35, Tric. T. 9, p. 347.)"

 

"El que canta las alabanzas divinas y pretende otra cosa fuera del mismo Dios, le alaba, mas no le ama. Alabad, pues, al Señor, pero sea dignamente, de suerte, que no haya en vosotros, cuidado, intención, pensamiento ni deseo del espíritu que en cuanto os sea posible no contribuya a su alabanza: ninguna prosperidad de este mundo, ninguna desgracia os aparte de esta obligación, y de este modo alabaréis al Señor con todo vuestro corazón. Mas cuanto hubiereis cumplido con vuestra obligación alabando a Dios con toda el alma, y alabándole con amor, no esperéis de él otro premio, que el mismo Dios, para que sea el objeto y término de todos vuestros deseos, y el mismo Señor sea el salario de vuestro trabajo, el consuelo de vuestras penas, y por último, vuestra herencia en la posesión inmortal de la vida bienaventurada que esperamos en el cielo. (S. Anselmo, sent. 38, Trie. T. 9, p. 348, y 349.)" 1.11 Meditat.

 

"La verdadera amistad suele tener reprensiones, pero nunca adulaciones. (S. Bern., Epist. 242, sent. 61, Tric. T. 10, p. 325.)"

 

"Nada confunde tanto como el ver descubiertos los deseos de ser alabado. (S. Bern., Epist.. 106, sent. 76, Trie. T. 10., p. 326.)"

 

"La hermosa pintura, o la bella letra no es elogio del pincel, ni de la pluma. (S. Bern., Epist.. 7, n. 6, sent. 93, Trie. T. 10, p. 327.)"

 

"¿Por ventura parece que soy áspero porque no adulo, porque aterro, porque deseo para el amigo el principio de la sabiduría? Siempre quisiera favorecer de este modo a mis amigos: quiero decir, aterrándolos saludablemente, y no adulándonos con engaños. (S. Bem., Epist.. 9, sent. VII, adieda. Trie. T. 10, p. 346.)"

"Yo acostumbro a armarme de dos versecitos de la Escritura contra los que me alaban. El primero es contra los malévolos. Retirense y llénense de confusión los que para mi quieren males. Contra los benévolos, pronuncio el siguiente. Retírense inmediatamente avergonzados los que dicen viva, viva. (S. Bem., Epist. 72, sent. XIV, adic. Trie. T. 10, p. 349.)"

 

"Siendo muchos los llamados y pocos los escogidos, no es grande argumento ni razón para resolver en las cosas dudosas, tener por laudable lo que muchos alaban. (S. Bem., Epist.. 377, ad Innoc. Pap. sent. XLII, adie. Tric. T. 10, p. 361.)"

 

"La adulación, alabanza o lisonja, no sólo la reprueba la Sagrada Escritura y Santos Padres, sino hasta los Filósofos Gentiles y Emperadores). "Pitágoras dice que debemos alegrarnos cuando se nos vitupera, y jamás cuando nos alaban. Mira a los aduladores como a enemigos los más peligrosos y detestables."

"Cartes decía que los que viven entre aduladores abandonan sus deberes y se hallan como novillos en medio de lobos."

"Bion, a quién preguntaron cuál era el animal más dañoso, contestó: Entre las bestias salvajes, el tirano; entre los animales domésticos, el adulador."

"Diógenes llama a la lisonja un lazo de miel que ahoga al hombre abrasándole."

"El Emperador Constantino era tan enemigo de los aduladores, que los llamaba polilla y rateros de su palacio."

"Y el Emperador Segismundo dio un bofetón a un adulador. ¿Por qué me herís, Señor? le preguntó éste. ¿Por qué me muerdes, lisonjero? contestó el Príncipe. (Barbier, tomo 1, p. 36.)"

"Tener un grande cuidado de llevar oculto en nuestro corazón todo el bien que hacemos, si queremos recibir el  premio del eterno Juez que ve lo más profundo de los corazones. Es absolutamente necesario ocultar nuestra virtud, porque no suceda que exponiéndola a la vista en el camino de la vida presente, nos la quiten y roben los ladrones espirituales que nos están continuamente observando. (S. Greg. el Grande, Lib. 8, c. 48, p. 282, sent. 38, Tric. T. 9, p. 244.)"

"Cuando manifestamos a los ojos del mundo nuestras buenas acciones, es preciso primero sondear nuestro corazón, para saber la verdadera intención que tenemos en esto. Porque, si puramente buscamos la gloria de Dios, que es el que nos comunica sus dones, no dejan de estar escondidas nuestras buenas obras, aunque sean públicas: como, al contrario, si pretendemos en esto nuestra propia gloria, ya Dios las reputa como publicadas, aunque no hayan llegado al conocimiento de muchos: pero es perfección de muy pocos buscar tan puramente la única gloria de Dios en las acciones de virtud que se manifiestan, y que no nos toque algún movimiento de complacencia en los aplausos que nos dan los hombres: porque no se pueden manifestar sin alguna culpa las buenas obras, sino cuando llega el hombre a pisar con des~ precio las alabanzas humanas. Y como las personas imperfectas, y de una piedad común no tienen todavía fortaleza suficiente para colocarse superiores a estos movimientos de la vanidad, no las queda otro medio de libertarse sino el de ocultar con todo cuidado el bien que ejecutan. Muchas veces sucede que no teniendo al principio otra intención en manifestar sus buenas obras, que la de dar a Dios la gloria que se le debe, se ven tan embriagados de los elogios que les dan, que se dejan llevar de ellos con vanidad: de suerte, que por no haber examinado el fondo de su corazón, se hallan tan derramados fuera de sí mismos, que no saben lo que se hacen, y ejecutan las acciones buenas por soberbia y vanidad cuando piensan que obran por el servicio y gloria de su Criador. (S. Greg. el Grande, lib. 8., p. 283, sent. 39, Tric. T. 9, p. 245.)"

"El deseo de las humanas alabanzas es como un ladrón disfrazado de caminante, que juntándose con nosotros en el camino derecho por donde vamos, como para hacernos compañía, saca de repente un puñal con que a traición atraviesa los corazones. Porque cuando la buena intención que teníamos al principio de obrar para utilidad de¡ prójimo llega a degenerar en amor propio y en deseo de vanagloria, sucede por un modo horrible al pensarlo, que la acción que había empezado por virtud acaba en pecado. Por ejemplo: habrá tal vez algunos que defienden con celo la justicia, sólo pretenderán la recompensa temporal cuando practican tan grande acción. Entre tanto se tienen por muy justos, y se glorian de ser los protectores de la virtud: pero si llega a faltar la esperanza de los adelantami(-ntí~,,~, tetnporales, se les ve abandonar con cobardía el partido de la justic'a; en lo que se conoce, que cuando se tenían por los más justos y más celosos defensores de la equidad, no buscaban realmente otra cosa sino el mercenario interés. (S. Greg. el Grande, lib. 9, c. 24, p. 304, sent. 43, Tric. T. 9, p. 247.)"

"Nada hagáis con el fin de que os alaben: nada por lo que pensarán de vosotros: nada por hacer célebre vuestro nombre: hacedio todo por Dios, y por aquella feliz y eterna vida, que se digna concederos en el cielo nuestro Salvador, que vive y reina con el Padre y con el Espíritu Santo en la eternidad de los siglos. Amén. (S. Anselmo. Exhort. ad contemptum temporal., sent. 35, Tric. T. 9, p. 347.)"

"El que canta las alabanzas divinas y pretende otra cosa fuera del mismo Dios, le alaba, mas no le ama. Alabad, pues, al Señor, pero sea dignamente, de suerte, que no haya en vosotros, cuidado, intención, pensamiento ni deseo del espíritu que en cuanto os sea posible no contribuya a su alabanza: ninguna prosperidad de este mundo, ninguna desgracia os aparte de esta obligación, y de este modo alabaréis al Señor con todo vuestro corazón. Mas cuanto hubiereis cumplido con vuestra obligación alabando a Dios con toda el alma, y alabándole con amor, no esperéis de él otro premio, que el mismo Dios, para que sea el objeto y término de todos vuestros deseos, y el mismo Señor sea el salario de vuestro trabajo, el consuelo de vuestras penas, y por último, vuestra herencia en la posesión inmortal de la vida bienaventurada que esperamos en el cielo. (S. Anselmo, sent. 38, Trie. T. 9, p. 348, y 349.)" 1.11 Meditat.

"La verdadera amistad suele tener reprensiones, pero nunca adulaciones. (S. Bern., Epist. 242, sent. 61, Tric. T. 10, p. 325.)"

"Nada confunde tanto como el ver descubiertos los deseos de ser alabado. (S. Bern., Epist.. 106, sent. 76, Trie. T. 10., p. 326.)"

"La hermosa pintura, o la bella letra no es elogio de] pincel, ni de la pluma. (S. Bern., Epist.. 7, n. 6, sent. 93, Trie. T. 10, p. 327.)"

"¿Por ventura parece que soy áspero porque no adulo, porque aterro, porque deseo para el amigo el principio de la sabiduría? Siempre quisiera favorecer de este modo a mis amigos: quiero decir, aterrándolos saludablemente, y no adulándonos con engaños. (S. Bem., Epist.. 9, sent. VII, adieda. Trie. T. 10, p. 346.)"

"Yo acostumbro a armarme de dos versecitos de la Escritura contra los que me alaban. El primero es contra los malévolos. Retirense y llénense de confusión los que para mi quieren males. Contra los benévolos, pronuncio el siguiente. Retírense inmediatamente avergonzados los que dicen viva, viva. (S. Bem., Epist. 72, sent. XIV, adic. Trie. T. 10, p. 349.)"

"Siendo muchos los llamados y pocos los escogidos, no es grande argumento ni razón para resolver en las cosas dudosas, tener por laudable lo que muchos alaban. (S. Bem., Epist.. 377, ad Innoc. Pap. sent. XLII, adie. Tric. T. 10, p. 361.)"

"La adulación, alabanza o lisonja, no sólo la reprueba la Sagrada Escritura y Santos Padres, sino hasta los Filósofos Gentiles y Emperadores). "Pitágoras dice que debemos alegrarnos cuando se nos vitupera, y jamás cuando nos alaban. Mira a los aduladores como a enemigos los más peligrosos y detestables."

"Cartes decía que los que viven entre aduladores abandonan sus deberes y se hallan como novillos en medio de lobos."

"Bion, a quién preguntaron cuál era el animal más dañoso, contestó: Entre las bestias salvajes, el tirano; entre los animales domésticos, el adulador."

"Diógenes llama a la lisonja un lazo de miel que ahoga al hombre abrasándole."

"El Emperador Constantino era tan enemigo de los aduladores, que los llamaba polilla y rateros de su palacio."

"Y el Emperador Segismundo dio un bofetón a un adulador. ¿Por qué me herís, Señor? le preguntó éste. ¿Por qué me muerdes, lisonjero? contestó el Príncipe. (Barbier, tomo 1, p. 36.)"