Blasfemia

 

"Si oís alguno blasfemar cuando pasáis por la calle, le debeís reprender, y si es persona que depende de vosotros, castigarle si es menester: santificad de este modo vuestra mano, y si os delata a la justicia, y os hace comparecer en juicio para que os castiguen por la ofensa que habéis hecho, entrad con valor y responded con entereza, que no pudísteis sufrir que vomitase blasfemias contra el Rey de los Angeles. Pues si los que dicen injurias contra el Rey de la tierra son dignos de castigo, ¿cuánto más lo merecerán los que ultrajan al Rey del cielo? Aun cuando por este motivo os hubieran de quitar la vida, no por eso desistáis de corregir a vuestro hermano, porque esto sería un verdadero martirio. (S. Juan Crisóst., Homl. 1, ad popul. Antioch., sent. 2, Tric. T. 6, p. 300.)"

"San Gregorio el Grande cuenta que un niño de cinco anos, que ya tenía la costumbre de blasfemar, fue arrancado por el demonio de los brazos de su padre y no volvió a parecer. (Barbier, T. 1, p. 156.)"

"Habiendo blasfemado cierto León de Poitiers, dice San Gregorio de Tours, Dios le castigó; se volvió sordo, mudo, y murió después de haber perdido la razón. (Barbier, ¡bid.)"

"El Emperador Justiniano castigó con la última pena a los blasfemos. Felipo Asequeto, Rey de Francia, los condenó por medio de un edicto a ser ahogados. Roberto, hijo de Hugo Capeto, habiendo pedido un día a Dios, en la ciudad de Orleans, que se sirviese devolver la paz y tranquilidad a su reino, se le apareció Jesucristo y le dijo que no tendría paz hasta que hubiese hecho cesar a los blasfemos, frecuentes en aquel tiempo. San Luis mandó que a los blasfemos, de cualquiera condición que fuesen, se les atravesara la lengua con hierro candente. (Barbier, ibid., ibid.)"

Empero, no necesitamos buscar en otras naciones leyes, edictos ni decretos: bien claras y patentes existen en la ley 4, lib. 12, tit. 28 de la Novísima Recopilación: "impone al blasfemo cincuenta azotes por la primera vez, señalamiento con hierro caliente en los labios, y cortarle la lengua por la tercera. Acev. en dicha ley, citando a Pérez y Covarrubias, la pena por segunda vez se suele conmutar en ponerle una mordaza por mano del verdugo y llevarle así públicamente, y la tercera, en horadarle la lengua. Por la Real Pragmática de Toledo por D. Carlos V, año de 1525, y en lo que en el día se practica, incurre en la pena de un mes de prisión por la primera, seis meses de destierro y una multa por la segunda, etc. etc. (Bergier, -nota T. 2, p. 155.)"