LECTURA ESPIRITUAL

SELECCIÓN DE TEXTOS

3296 Es lo que San Pablo aconsejaba a Timoteo: Dedícate a la lectura (I Tim 4, 13) [...], y lo que San Jerónimo recomienda para poder también defender la verdad cristiana: «Nunca caigan de tus manos los Libros Sagrados [...], asimila la palabra fiel que está en armonía con la verdad, para que puedas exhortar con doctrina sana y refutar a quienes enseñan lo contrario» [...]. ¿Quén ignora el gran influjo que sobre el corazón de un amigo ejerce la voz de un amigo, que le corrige lealmente, le aconseja, le reprende, le anima y le aparta del error? Dichoso aquel que encuentra un amigo verdadero... (Eccli 25, 12). El que lo encuentra, ha encontrado un tesoro (Eccli 6, 14). Entre nuestros amigos más fieles debemos contar los libros piadosos. Ellos nos hacen recordar la seriedad de nuestros deberes y las normas de la disciplina legítima; despiertan en nuestros corazones las voces celestiales adormecidas; nos echan en cara el abandono de nuestros buenos propósitos; sacuden nuestra falsa tranquilidad; desenmascaran los afectos menos rectos y disimulados [...1; su voz jamás es amarga, sus advertencias jamás son interesadas, su palabra jamás es timida ni engañosa. Muchos y famosos ejemplos demuestran la eficacia saludable de los buenos libros; entre esos ejemplos sobresale el de San Agustín, cuyos grandes méritos dentro de la Iglesia tuvieron comienzo en la lectura: «Toma y lee, toma y lee... Yo tomé (las epístolas de S. Pablo), abrí y leí en silencio... Como si la luz de la seguridad se hubiese esparcido en mi corazón, todas las tinieblas de mis dudas se disiparon» (S. Pio X, Exh. Haerent animo, 4-VIII-1908).

3297 Guárdate, sobre todo, de los malos libros; por nada del mundo te seduzcan ciertas obras muy admiradas de los cerebros débiles que hacen gala de ponerlo todo en duda, de menospreciarlo todo y de burlarse de toda norma tradicional. Búscate, por el contrario, libros de sólida doctrina, cristianos y espirituales, para recrearte siempre (SAN FRANCISCO DE SALES, Carta a un joven, 1. c., p. 839).

3298 De tan buena gana debemos leer los libros sencillos y devotos como los profundos. No mires si el que te escribe es de mucha o pequeña ciencia, sino que te lleve a leer el amor de la pura verdad. No te preocupe quién lo ha dicho, mas mira qué ha dicho (Imitación de Cristo, I, 5, 1).

3299 No dejes tu lección espiritual. La lectura ha hecho muchos santos (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, n. 116).

3300 Ten siempre a la mano algún libro bueno y devoto [...], y lee todos los días un poco con gran devoción, como si leyeras cartas que los Santos te hubiesen escrito desde el Cielo para enseñarte el camino y animarte a ir allá. Lee también las historias y vidas de los Santos, en las cuales, como en un espejo, verás el retrato de la vida cristiana, y acomoda sus acciones a tu provecho según tu vocación (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, II, 17).

3301 A Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras (SAN AMBROSIO, Trat. contra las herejías, 4, 32).

3302 La cual no ha de ser apresurada ni corrida, sino atenta y sosegada; aplicando a ella no sólo el entendimiento para entender lo que se lee, sino mucho más la voluntad para gustar lo que se entiende. Y cuando hallare algún paso devoto, deténgase algo más en él para mejor sentirlo (SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Trat. de la oración y meditación, I, 7).

3303 En la lectura—me escribes—formo el depósito de combustible.—Parece un montón inerte, pero es de allí de donde muchas veces mi memoria saca espontáneamente material, que llena de vida mi oración y enciende mi hacimiento de gracias después de comulgar (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, n. 117).

3304 (Aconseja que se lean cada día unos versículos de la Sagrada Escritura, y) escritos espirituales de hombres doctos, cuidando, sin embargo, de que sean autores de segura doctrina, porque no hay que ir buscando el oro en medio del fango (SAN JERÓNIMO, Epístola 54, 10).

3305 Después que uno estudia la Escritura se vuelve sensible, es decir, adquiere el discernimiento y gusto de la razón para distinguir lo bueno de lo malo, lo dulce de lo amargo (SANTO TOMÁS, en Catena Aurea, val. I, p. 51).

3306 Debemos conocer la vida de los santos, para afinar-en la corrección de nuestra propia vida [...], y así el fuego de la juventud espiritual, que tiende a apagarse por el cansancio, revive con el testimonio y el ejemplo de los que nos han precedido (SAN GREGORIO MAGNO, Moralia, 24, 8).